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Fernando Vallejo, copia de una copia Destacado

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Por César Herrera

¡Llegaron!, el más reciente libro de Fernando Vallejo no es más que una copia del primer volumen de El río del tiempo: Los días azules. Cuando este se publicó, en la década de los 80 del siglo veinte, fue todo un hallazgo para los entusiastas de la literatura. Descubrimos un estilo vigoroso, dinámico, ágil, irreverente, lleno de humor; pero lo más importante, encontramos a un autor auténtico, que nos hablaba de cosas que estaban muy cerca de nuestra propia niñez; nos recordaba nuestras costumbres, a nuestros padres, hermanas y tías.  Nos llevaba a un lugar conocido. En los relatos de Vallejo no pasaba nada, pero eran un espejo de la ciudad y el departamento en el que habíamos crecido; en realidad, no aparecían los hechos de miseria y de sangre a los que nos tenían acostumbrados algunos autores colombianos, pero pasaba de todo lo que ha ocurrido históricamente en nuestro país.

Fernando Vallejo había prometido que no volvería a escribir, que no volvería a Colombia (renunció a la nacionalidad colombiana el 8 de mayo de 2007), que se moriría; sin embargo, ha demostrado que le gusta tanto la plata y la fama, que se dejó tentar de Alfaguara para retomar el asunto Santa Anita, aunque ya sabemos que no es capaz de hablar de un solo tema.

En ¡Llegaron! aparecen las mismas anécdotas familiares: el viejo Ford sin gasolina, los globos que incendian fincas y fábricas en diciembre, las pulgas que tanta hilaridad produjeron en su momento. Arremete de nuevo contra su madre Lía, contra los presidentes y expresidentes, contra el Papa y contra “Cristoloco”. La diferencia entre Los días azules y ¡Llegaron!, es que en este se ve la costura, se percibe el truco. Es decir, se acabó la ilusión, señor ilusionista.

¡Llegaron! transcurre en el tiempo de un viaje en avión y es una conversación del narrador con su psiquiatra (su alter ego). Los diálogos son forzados e ingenuos. Vallejo apunta en su libreta de los muertos a Belisario Betancur y pone a sus dos hermanitas Gloria y Marta de seis y cinco años a hacer travesuras sacadas de un manual: a orinarse dentro de un Wyllis y sobre una cosecha de cebollas para secarlas, a rayar con un clavo la camioneta de las monjitas del colegio Santa Clara de Asís, a bombardear con guayabas a todos los que pasaban cerca de la finca… “Salían las dos hijueputicas recién bañadas, relucientes, inocentes con sus maleticas de los útiles terciadas de pecho a espalda como bandoleras”.

Cuando se muera Fernando Vallejo empezaré una libreta de muertos  en la que él será el primero y figurará como el mejor escritor antioqueño de todos los tiempos; pero es necesario que este autor y su explotadora Alfaguara entiendan que la copia de libros es ilegal; no podemos soportar que se nos cuente una y otra vez (y se nos cobre) la misma historia con los mismos chistes con pequeñas variaciones. El único consuelo que me queda es que lo leí en una copia pirata comprada por ocho mil pesos en el pasaje Boyacá, a un costado de la Iglesia de la Candelaria.

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