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Aurelio Arturo en la voz de las cosas

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Aurelio Arturo, el hombre. 

No ha habido en Colombia poeta de mayor significaci√≥n que Aurelio Arturo, bien sea por la originalidad de su canto, sin par en las letras colombianas, bien por la evocaci√≥n simb√≥lico-metaf√≥rica del cosmos, de la naturaleza, del mundo que lo rode√≥ y que le fue enso√Īaci√≥n en la a√Īoranza. Sin embargo, como bien lo anota William Ospina, desconocido por su pueblo, sigue siendo lo que fue en su vida: el m√°s an√≥nimo, el menos editado y el m√°s importante de los poetas de Colombia. (‚Ķ) Ya se encargar√° el tiempo de revelarnos a todos cu√°l es el lugar de este hombre en la gran Historia[1]. Ha llegado, no tan prontamente como muchos quisi√©ramos, el momento en que la voz del cantor de Morada al Sur sea puesta en di√°spora, para romper del c√≠rculo de unos cuantos especialistas el eco del cantor de nuestra patria, de esta Colombia que √©l vio poblada de libertad y ensue√Īo en forma de viento y de hojas solas en que vibran los vientos que corrieron/ por los bellos pa√≠ses donde el verde es de todos los colores, / los vientos que cantaron por los pa√≠ses de Colombia.

 

Habiendo saliendo el pa√≠s de uno de sus m√°s cruentos enfrentamientos, y poco antes de morir en Madrid uno de los m√°s aviesos personajes que alimentaban la llama del encono en el sur del pa√≠s durante la Guerra de los Mil D√≠as, Ezequiel Moreno, nac√≠a Aurelio Arturo Mart√≠nez, un 22 de febrero de 1906, en la antigua Venta Quemada ‚Äďen cuyas monta√Īas de Berruecos fueron sacrificados el Mariscal Sucre y el poeta soldado Julio Arboleda-, hoy La Uni√≥n, departamento de Nari√Īo. No hay datos fidedignos acerca de su ni√Īez, pero es esta √©poca pretexto para que la a√Īoranza se tejiera en filigrana de bellos recuerdos, especialmente esa agreste y generosa tierra nari√Īense, en cuyos confines se abre dadivosa a las cordilleras del pa√≠s, y que marcar√° el derrotero de su canto: No todo era rudeza, un √°ureo hilo de ensue√Īo / se enredaba a la pulpa de mis encantamientos. / Y si al norte el viejo bosque tiene un tic-tac profundo, / al sur el curvo viento trae franjas de aroma. / Yo miro las monta√Īas. Sobre los largos muslos / de la nodriza, el sue√Īo me alarga los cabellos. Recuerdo por dem√°s universalizado bajo el ejido de su fantas√≠a, llevado al mundo de las letras de manera tan singular y √ļnica que es imposible ubicarlo en uno de los tantos grupos o escuelas que copan los anaqueles de nuestra literatura, diremos, sin embargo, que hist√≥ricamente se movi√≥ entre el grupo de Los nuevos y Piedra y Cielo.

 

Bajo esa tradici√≥n humanista propia del sur del pa√≠s, en 1925 ingresa a estudiar derecho en la Universidad Externado de Colombia, profesi√≥n que ejercer√° hasta el final de sus d√≠as, alcanzado el m√°s alto pelda√Īo en la rama judicial, la de Magistrado. Habiendo ocupado algunos cargos en la administraci√≥n p√ļblica, tuvo la oportunidad de viajar a los Estados Unidos, en d√≥nde perfeccion√≥ su ingl√©s, el que le sirvi√≥ para conocer obras de algunos escritores anglosajones y norteamericanos, a la vez que para traducirlos a nuestro idioma, y as√≠ mismo la oportunidad de conocer poetas que ser√≠an de relevancia mundial, como Yeoryos Seferis, Mija√≠l Sh√≥lojov, Alexandr Solzhenitsin, entre muchos otros de igual importancia.  En 1931, Rafael Maya publica en la Cr√≥nica Literaria del peri√≥dico El Pa√≠s sus primeros poemas, tal honda impresi√≥n caus√≥ en el poeta caucano los cantos de Aurelio Arturo, que √©ste se expresa as√≠: Le√≠, pues, los poemas y qued√© un poco perplejo. Aquello no se parec√≠a en nada a cuanto se hab√≠a escrito en Colombia hasta entonces, en el orden de la poes√≠a. (‚Ķ) Es poes√≠a que se siente, como se siente el rumor de la yerba sacudida por el roci√≥, el h√°bito de la noche plateada en el campanario o la emanaci√≥n de los pinos que respiran bajo las estrellas. La poes√≠a de Arturo es un sonambulismo luminoso[2], y de ah√≠ siempre la admiraci√≥n por lo novedoso de su estilo y de su estro, tanto del escritor, como del hombre.                        

 

De su personalidad, diremos lo que recogen quienes lo conocieron e intimaron: Rafael Maya dice: Muy parco en la conversaci√≥n, casi monosil√°bico. √Ālvaro Mutis: no ten√≠a Aurelio ninguno de los signos convencionales que en nuestra juventud admiramos como propio del poeta. Rogelio Echavarr√≠a: Era un hombre lejano y silencioso, aun para sus m√°s allegados. No logramos nunca entrevistarlo para la prensa. Dec√≠a que la poes√≠a no es para los peri√≥dicos ni los peri√≥dicos para la poes√≠a[3]. De ah√≠ que distara tanto de los paradigmas impuestos y expuestos, no ten√≠a el alo misterioso de Le√≥n de Greiff, ni la prepotencia at√°vica de Carranza, ni mucho menos el dejo despectivo de Rafael Maya. No era el poeta por antonomasia que el imaginario colectivo hab√≠a labrado en Colombia, fue diferente hasta en eso. Aurelio Arturo rompe con el estereotipo del poeta, no es bohemio, no tiene una personalidad arrolladora, ni es taciturno o ensimismado, no rompe las reglas, sino que m√°s bien su √©tica profesional le traza un sendero de pulcritud y honestidad en todas sus formas; m√°s bien serio, formal en el vestir y por sobre todo esquivo a las multitudes, parco en el hablar, huidizo a los reconocimientos y promociones, s√≥lo ante las insistencias de sus amigos y allegados acepta el Premio Nacional de Poes√≠a Guillermo Valencia, otorgado en 1963, y por sobre todo sustancial en una poes√≠a brev√≠sima, pues poco m√°s de 30 poemas constituye la totalidad de su obra, en un pa√≠s, que como reconocen muchos, se acostumbraba a la edici√≥n anual en grueso, las m√°s de las veces en inversa proporci√≥n a la calidad de lo publicado. Es innegable el origen burgu√©s del poeta, y para quienes no ven la conjugaci√≥n entre lo real y lo ideal, es necesario acotar que en Arturo, dada su experiencia de meditado creador, su vanidad se hace elocuencia y su desd√©n por la figuraci√≥n lo acercan a esa cotidianidad que √©l ve, siente y canta. Lo importante es que su vida se hizo poema, poema desde Nari√Īo, desde Colombia, donde el verde se hace enso√Īaci√≥n para todo el universo.

 

Poco editado, sin embargo los noveles escritores y poetas se preciaban de contarlo entre sus colaboradores; en 1945 Jaime Ib√°√Īez publica 13 de sus poemas en C√°ntico, y la Revista de la Universidad Nacional de Colombia, a√Īo II, No. 7, publica en el mismo a√Īo el poema Morada al Sur, el mismo que dar√° nombre a su √ļnico libro, que s√≥lo ser√° publicado en 1963 por el Ministerio de Educaci√≥n Nacional. Las revistas Eco, Golpe de Dados, Espiral, ser√°n las encargadas de publicar y dar a conocer sus poemas en vida del bardo, quien falleci√≥ el 24 de noviembre de 1974 en Bogot√°.

 

Aurelio Arturo: entre lo provinciano y lo citadino.

Las palabras de Arturo se mecen entre los recuerdos infantiles y juveniles de esa tel√ļrica tierra Nari√Īense en donde, como bien lo vislumbr√≥, el verde es de todos los colores, y entre la magia del modernismo y lo coloquial que se vivencia en las grandes ciudades, encontrando especialmente en Bogot√° el barullo con que aprendi√≥ a amar: la noche de los cristales/ en la que apenas se oye si agita/ el coraz√≥n sus alas azules.  La poes√≠a de Arturo se mueve as√≠ entre la dualidad del recuerdo por lo pasado, encontrando en su lejana Nari√Īo el pretexto de una pureza de sentimiento labrada en filigrana de a√Īoranza y melancol√≠a; ve en esa tierra m√°gica el sinf√≠n de figuras y de personas que le marcaron el derrotero de su destino y que logra simbolizar en el consentimiento de lo racional con lo pulsional, creando as√≠ la magia de sus ensue√Īos en la poes√≠a: el viento como s√≠mbolo que recrea en el aqu√≠ y el ahora la magia de lo pret√©rito, ese viento que: viene, viene vestido de follajes/ y se detiene y duda ante las puertas grandes,/ abiertas a las salas, a los patios, a los trojes, o la geograf√≠a singular y generosa que le permite ascender desde el plano de lo concreto a un mundo de ensue√Īo y fascinaci√≥n, por eso se permite decir: yo sub√≠ a las monta√Īas, tambi√©n hechas de sue√Īos,/ yo ascend√≠, yo sub√≠ a las monta√Īas donde un grito/ persiste entre las alas de palomas salvajes, o su persistente y recursiva hoja capaz de formar un pa√≠s, un mundo: este poema es un pa√≠s que sue√Īa,/ nube de luz y brisa de hojas verdes, y son tambi√©n su madre hecha melod√≠a y nota frente al piano que interpreta, o su nodriza entre cuyos muslos: el sue√Īo me alarga los cabellos, o aquellos hombres que labraron la patria desde el sur, por ello: trabajar era bueno en el sur, y por eso en ese dualismo hay un eco que desde siempre le arrullaba al o√≠do: Torna, torna a esta tierra donde es dulce la vida.

 

Pero Arturo, sin dejar de amar la provincia, su provincia sure√Īa, vislumbr√≥ en el norte el mundo de su siglo, el de los viajes espaciales y la inform√°tica, es el norte que irrumpe con la raz√≥n frente a lo entitivo de su coraz√≥n: Y en mi pa√≠s apacentando nubes, / puse en el sur mi coraz√≥n, y al norte, / cual dos aves rapaces, persiguieron/ mis ojos, el reba√Īo de horizontes. Bogot√° se convierte as√≠ en su morada permanente donde habita para trabajar, para ejercer su profesi√≥n de abogado, de traductor de los modernos poetas norteamericanos, es la que le permite prefigurarse como un hombre contempor√°neo; aunque el Sur sigue siendo su morada constante, la de los pretextos que se convierten en texto, en met√°foras casi aparentes para proseguir con su canto. Si el recuerdo hace de Arturo un poeta de a√Īoranza en la provincia, el presente hace de √©l un poeta de la ciudad, cabe recordar que desde que sali√≥ de su tierra para Bogot√° en 1925, s√≥lo en 1950 y en 1955 con motivo de su viaje a los Estados Unidos y de su nombramiento como Magistrado del tribunal en Pasto, jam√°s abandonar√° esta ciudad por largos espacios de tiempo. Y √©l, amante del susurro taciturno de los secretos que le conf√≠a la naturaleza, en la metr√≥poli tambi√©n encuentra el eco melodioso de las avenidas, capaz de seguirle susurrando sus cantos, por ello la ciudad se le vuelve instrumento: Yo amo la noche sin estrellas/ altas; la noche en que la brumosa/ ciudad cruzada de cordajes,/ me es una grande, d√≥cil guitarra, no puede cantar donde no hay murmullo, por eso nuestra Bogot√° le es propicia para sus cantos, donde en la singularidad se universaliza la experiencia del hombre provinciano en la metr√≥poli. Siendo Arturo el poeta de la atenta escucha, no pod√≠a pasarle desapercibida por entre su percepci√≥n creativa el diario traj√≠n, pero en su o√≠do hecha melod√≠a, la m√ļsica capaz de permitirle al hombre despertar una nueva conciencia, no la de la inocencia, sino la de la experiencia, por ello nos dice a todos: T√ļ (‚Ķ) que encendiste en la ciudad tu coraz√≥n. Bogot√°, la ciudad, le permite la acci√≥n en lo real concreto, pero cantado desde el ideal como advocaci√≥n permanente de su quehacer como poietes, en donde, si bien pausado, una explosi√≥n de sensaciones le eran diatriba permanente para que las hiciera arte en la candidez de sus palabras.

 

La s√©ptima tambi√©n le es su Almaguer: en oro y en leyendas alzada, y los j√≥venes caballos con seguridad se le segu√≠an presentando en la fuerza mec√°nica de los autom√≥viles que recorren la capital; el viento lo segu√≠a acompa√Īando desde la corriente g√©lida que desciende del gozne de Monserrate y Guadalupe: he escrito un viento, un soplo vivo/ del viento entre fragancias, entre hierbas/ m√°gicas; he narrado/ el viento; s√≥lo un poco de viento; y las hadas se le siguen presentando: se han transformado en trajes de seda; Aurelio Arturo es el poeta citadino en a√Īoranza de lo provincial, y hoy a cien a√Īos de su nacimiento en la lejana La Uni√≥n, la morada de su a√Īoranza, as√≠ como en Bogot√°, la morada de su existencia, seguimos descubriendo en √©l y a trav√©s de √©l, que hace siglos la luz es siempre nueva.  

 

Aurelio Arturo, social.

En este ac√°pite, har√© simplemente un breve escolio frente a la tem√°tica social arturiana, pues requiere de un mayor detenimiento en el an√°lisis de su obra completa ‚Äďpublicada y no publicada- para de ah√≠ partir en el afianzamiento de la tesis que me mueve: descubrir la influencia de su primera √©poca ‚Äďla de la llegada de las ideas socialistas a Colombia, y especialmente al Externado- y desenmara√Īar el precepto social que se pueda encontrar en sus obras primeras. En un ejercicio puramente acad√©mico, no  har√© referencia a la sintaxis gramatical de la obra, sino que ser√° recurrente el contenido social en ella impresa, con el fin de auscultar el √°nimo cr√≠tico que lo pudo animar desde su primera √©poca, claramente social, hasta develar este sentimiento en el resto de su obra.

 

Antes he de precisar que el arte literario puede, en algunos casos, servir como testimonio de una √©poca; as√≠ la pintura, la escultura, la m√ļsica, y en nuestro caso el arte escrito, puede servirnos de referente para el estudio social de determinado momento y circunstancia; y esto es lo que sucede con Arturo en sus primeros poemas, en donde hay una clara intenci√≥n de mostrar un quehacer social particular, experiencia que se trasciende en sus poemas -Arturo aqu√≠ no se ha convertido a√ļn en interlocutor, no es aun la voz de la cosas- y que muestra una clara referencia situacional, es decir en clara correspondencia a su entonces y a su espacio, esto para verificar que en √©sta √©poca de su vida literaria, encontramos al verdadero poeta social, como apunta Sierra Mej√≠a: la historia del arte, incluida la literatura, nos servir√° sin duda para tratar de ver hasta qu√© punto las artes pl√°sticas y verbales pueden dar informaci√≥n sobre la √©poca y de qu√© naturaleza es la informaci√≥n que suministran[4]. En los poemas arturianos que denomino sociales, el autor intenta construir, como los modernistas, un esquema y un destinatario distintos a los de √©pocas anteriores, est√°n dirigidos a la conciencia, pero tanto a la particular, a la suya propia, como a la de la colectividad; as√≠ como el noble cedi√≥ el paso al burgu√©s, aqu√≠ se narra el paso -aunque temeroso e incierto en Colombia- que el proletariado empieza dar en un nuevo orden social, no se describen introspecciones abstractas o metaf√≠sicas, no se apuntala a un idealismo rom√°ntico de formas y tradiciones habladas y escritas, sino que se explora el continente ut√≥pico de las intensiones de una clase determinada, obreros y estudiantes juntos, tal y como se vivenci√≥ en esta d√©cada del XX.

 

No en vano durante el lustro del 25 al 30, es la fecha de su real producci√≥n de poes√≠a social; en el 28, el pa√≠s se conmocion√≥ con la llamada masacre de las bananeras, ocurrida en Ci√©naga, y que literalmente marc√≥ al pa√≠s en la lucha de las reivindicaciones laborales y las luchas estudiantiles que reprime Abad√≠a M√©ndez, y en donde cae v√≠ctima del fusil su paisano nari√Īense Gonzalo Bravo P√©rez. En su Balada de la Guerra Civil (1928), pareciera describir los infortunados sucesos del 28, por eso este es un canto de juventudes, de muchachos, quiz√° de los estudiantes alzados en protesta, de los campesinos inconformes; hay en el pensamiento de Arturo la expresi√≥n de un ideario social nuevo, fruto quiz√° de las ense√Īanzas del Externado de Colombia, abanderada social liberal que form√≥, junto con la Universidad Libre, a los primeros socialistas colombianos; en el canto, como se mencion√≥ ya, confluyen campesinos y estudiantes, ya que aun permanec√≠a fresco el recuerdo de los trabajadores del Sur, el mismo que se vuelve s√≠mbolo para expresar toda convulsi√≥n social, todo inconformismo, y en un ejercicio puramente formal Arturo equipara la experiencia de su tierra con lo que es nuevo para √©l. Sin embargo, tambi√©n es un poema doloroso, de sangre, de violencia, en este canto esa es la √ļnica consecuencia, no puede asimilar que la revoluci√≥n conlleve a la tragedia: Tras ellos viene la lluvia roja, la lluvia de sangre. / La lluvia roja. Es una clara alusi√≥n a la barbarie, al dolor y al exterminio, Colombia inaugura as√≠ una serie de sucesos que aun no han parado: la pol√≠tica de terrorismo, armada y refinada con la contribuci√≥n de las nuevas ideolog√≠as totalitarias ha tenido las m√°s diversas expresiones, desde el asesinato preventivo hasta el genocidio y la acci√≥n punitiva sobre regiones campesinas y aldeas[5], como bien lo anota nuestro verdadero radi√≥logo, Antonio Garc√≠a.

 

El poema Balada de Juan de la Cruz (¬Ņ1927?), nos muestra, de manera muy sucinta, la figura de un h√©roe, que a partir de lo dicho pareciera un revolucionario, un rebelde, el retrato de un hombre guerrero; no hay exactitud sobre el referente empleado, sin embargo cabe recordar que en el imaginario social de la √©poca, para los j√≥venes liberales de entonces, las figuras de los h√©roes revolucionarios mexicanos se hab√≠an constituido en sustrato de sus a√Īoranzas y desvelos. Quiz√° Juan de la Cruz, es el epitome del h√©roe revolucionario, y Arturo muestra aqu√≠ una faceta poco explorada despu√©s, la de la vivencia real de unos ideales -los mismos que no se exponen, pero que se deducen populares, por el ambiente en que recrea al personaje-, lo factico en un ambiente social convulsionado, y la figura universal puede convertirse en un Emiliano Zapata o en un Francisco Villa: a Zapata lo segu√≠an masas de comuneros pueblerinos despojados de sus tierras, mientras que a Villa lo segu√≠an masas de peones, aparceros, arrieros y buhoneros que jam√°s hab√≠an tenido un pedazo de tierra como propio[6], descripci√≥n que nos remite a esos cien mozos con que parte tambi√©n Juan de la Cruz, y tambi√©n la referencia a la tierra es consustancial a uno y otros: Yo soy Juan de la Cruz, llamado el h√©roe,/ que perdi√≥ su alegr√≠a que era tambi√©n/ un fruto de su tierra que bendijo el Se√Īor./, sin embargo, es pertinente acotar las claras diferencias existentes en las primeras d√©cadas del XX, entre el M√©xico de la Revoluci√≥n y la pervivencia de la llamada Rep√ļblica Conservadora en nuestro pa√≠s. Sin embargo, durante la d√©cada del 20, Colombia experimenta unos cambios que se gestan dentro del seno del mismo liberalismo, con Uribe Uribe y de Benjam√≠n Herrera; y no es raro que en 1925, a√Īo de la llegada de Arturo a Bogot√°, las luchas estudiantiles y los movimientos obreros capitalinos, aun candentes, hayan despertado inter√©s y curiosidad en el novel estudiante nari√Īense.

 

La Revoluci√≥n rusa de 1917, se convirti√≥ en el icono del modelo revolucionario socialista, tanto para campesinos, como para obreros y estudiantes; Arturo no qued√≥ ajeno a esta fascinaci√≥n, de ah√≠ su poema El grito de las antorchas (1928), inicialmente publicado en Juventud Socialista. Despu√©s de esta breve etapa de sus poemas sociales, Arturo no deja de explorar la experiencia del hombre inmerso en una naturaleza que desea transformar, pero no en el sentido de apropiaci√≥n, en donde √©ste se siente superior a su propia esencia, sino en un alborozo permanente de sentirse parte de ella misma -as√≠ es c√≥mo se convierte en su interlocutor, pues para Arturo existe un trinomio concreto: hombre-naturaleza-cosas, animados por la palabra, el verbo es esp√≠ritu de todo-, y es desde esta interpretaci√≥n en donde seguimos encontrando elementos sociales en toda su obra. La evocaci√≥n permanente en algunos de sus poemas es al trabajo, como preconizaci√≥n de un elemento propio del hombre, tanto para transformar el mundo que lo rodea, como para el sustento cotidiano; reconoce en ello su origen campesino y provinciano, como lo vimos ya, pero es un reconocimiento trascendido en el trabajo como posibilidad de encuentro, de amistad, pero tambi√©n de reconocimiento en la labor las jornadas de lucha y de protesta, influenciado por las vivencias de las explotaciones agr√≠colas de inicios del XX ‚Äďde las caucherias, tan cercanas a su propia raigambre, y de las bananeras-; hace de sus cantos un preg√≥n al pueblo, a la raza de los trabajadores, de ah√≠ su preg√≥n, casi un grito de ense√Īa de lo que puede llegar a ser la propiedad y el trabajo consagrados a en un solo fin: el servicio social. Y sin caer en una simbolog√≠a rayana en el despego total del objeto de las realidades, tambi√©n su met√°fora es pretexto para cantar a la naturaleza que se transforma y que ayuda a esa misma transformaci√≥n:

 

Y en su celeb√©rrima Rapsodia de Saulo, se pregona el trabajo como posibilidad de sociabilidad y de socializaci√≥n, es decir es la experiencia del hombre inmerso en la cotidianidad, pero fundante a la vez de realidades que se transmutan en mitos: Trabajar era bueno en el sur, cortar los √°rboles, / hacer canoas de los troncos. / Ir por los r√≠os en el sur, decir canciones, / era bueno. Trabajar entre ricas maderas./‚Ķ/ Trabajar era bueno. Sobre troncos/ la vida, sobre la espuma, cantando las crecientes. / ¬ŅTrabajar un pretexto para no irse del r√≠o, / para ser tambi√©n el r√≠o, el rumor de la otra orilla?/ ¬ŅNo es acaso est√° √ļltima estrofa una s√≠ntesis del ejercicio ps√≠quico de salirse de s√≠ mismo para reconocer las otras posibilidades, no es una posibilidad de deconstrucci√≥n de los absolutismos que tanta mella han hecho en la humanidad?

 

Su esencia y su sustancia nos ense√Īar√≠an a revalorar nuestro sentimiento hacia nuestra doliente naci√≥n, la tierra que el vislumbr√≥ buena, murmullo l√°nguido, / caricia, tierra casta, (‚Ķ) / Tierra, tierra dulce y suave, quiz√° si escuchamos atentos su canto de hojas, de vientos, de distancias, de bullicio-silencioso en sus palabras, tal vez, solo tal vez su eco murmurante se nos haga grito de encantamiento, en una sociedad que ans√≠a estar labrada con justicia y paz.

 



[1] Ospina, William. La palabra del hombre. En: Cuatro Ensayos sobre la poesía de Aurelio Arturo. Bogotá: Ediciones Fondo Cultural Cafetero, 1989.

[2] Palabras, Lluvias y Tambores. Bogot√°: Fondo Cultural Cafetero ‚Äď Corporaci√≥n Gesti√≥n Nari√Īo, 1999.p. 20.

[3] Lu√≠s Dar√≠o Bernal Pinilla y Lynn Arbel√°ez. Un soplo vivo. En: Cuatro ensayos sobre la poes√≠a de Aurelio Arturo. Bogot√°: Fondo Cultural Cafetero, 1989. pp. 58-59   

[4] Rub√©n Sierra Mej√≠a. Arte y testimonio. En: La filosof√≠a y la crisis colombiana. Bogot√°: Rub√©n Sierra Mej√≠a - Alfredo G√≥mez M√ľller, Editores, Taurus, Universidad Nacional de Colombia, 2002. pp. 271-298.

[5] Antonio García. Hacía dónde va Colombia. Bogotá: Tiempo Americano, Editores Limitada, 1981. p. 56

[6] Arnaldo Córdova. La ideología de la revolución mexicana. México: Ediciones Era, 2003. p. 144.

J. Mauricio Chaves Bustos

Escritor de poesía, cuento y ensayo. Gestor cultural.

E-mail:  jemaoch@gmail.com

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