A propósito de la inundación de Sandoná en 1972

Por: Alejandro García Gómez

El jueves 29 de marzo de este año, el Informativo Del Guaico hizo un recuento de la inundación ocurrida en nuestro municipio durante los días 28 (martes) y 29 (miércoles) de 1972. Varios de quienes tienen de mi edad vivimos esos hechos en nuestra juventud, ya que nos encontrábamos disfrutando, también, de las vacaciones de Semana Santa. Yo era estudiante –por entonces- de la Universidad de Nariño.

Muchos, muchos años después escribí un cuento (EL HIJO DEL SEPULTURERO), para el que puedo afirmar que me ambienté en esos sucesos, el mismo que hoy estoy compartiéndoles. Es bueno advertir que no se trata ni de una crónica ni de una noticia histórica ni de nada parecido. Aprovecho algunos hechos de esa realidad sí, pero recreo una ficción que llamaremos una verdad literaria, que es otra de las funciones de la narrativa.

Con él gané el Tercer Premio del Concurso Internacional de Cuento Carlos Castro Saavedra 1994, auspiciado por la empresa Transempaques de Medellín y apareció ese año en la publicación de la colección de los cuentos ganadores y de los que merecieron mención honorífica. En su acta, el jurado de entonces dijo sobre EL HIJO DEL SEPULTURERO: “Sobresale por un hábil manejo de los planos narrativos, donde convergen y se alternan lo onírico y lo real. Su protagonista enfrenta un debate con la muerte y el heroísmo”.

Algunos años después se publicó con diez cuentos más (para un total de once), como parte de mi libro de NO ES POR AZAR QUE NACEMOS (Medellín, 1994, edición agotada). Adjunto al director de PÁGINA 10 (y mi amigo) Mario Cepeda las fotografías de las carátulas de ambos libros. Creo que otro de mis amigos, el profesor Libardo Suárez, de Sandoná, casi con seguridad que también los tiene en su  pródiga y amplia biblioteca.

Con lo anterior no me resta sino agradecerles su lectura, con la esperanza de que les agrade este trabajo mío:

Alejandro García Gómez.

EL HIJO DEL SEPULTURERO

 

(Ganador del Tercer Premio en el Concurso de Cuento

Carlos Castro Saavedra, Medellín, 1994)

 

Despertó con el sueño semejante al de tantas noches desde cuando de la tumba cercana oyó unos claros golpes. Sentía miedo de que eso que se había ido acumulando a través de su tranquila vida se convirtiera ahora, cuando podía almorzar, cenar y dormir tranquilo, vivir tranquilo, en la causa no sólo de sus preocupaciones sino en su diario y secreto terror. A nadie podía contar el enigma. No podía dejar de ser para los demás el hombre duro, el hombre en quien confiaban todos para ese oficio, el hijo del sepulturero y ahora el sepulturero. Su padre aún vivía, paro ya estaba retirado. Aseguraba que la edad y el cansancio lo habían apartado. Con el tiempo, llegó la edad en que el hijo aprendió a no creer al padre. Pensaba que, a lo mejor, también algo extraño debió ocurrirle mucho antes, para dejar de enterrar a los muertos de ese pueblo, y confiarle a él, el último de sus hijos, el trabajo. El padre había tenido que ganarse la voluntad y confianza del sacerdote que por muchos años atendió como párroco y que envejeció allí viendo también crecer a los hijos y nietos de su hermana. Después llegaron otros curas que se demoraron cortas temporadas. Estos últimos se acostumbraron a ver en el hijo del sepulturero una parte indispensable de su parroquia. Le consideraban un respeto casi semejante al que se profesaba a la imagen de la Virgen del Rosario -patrona de la parroquia- o al de la imagen de la Virgen de la Asunción, patrona de los camioneros, que surcaban las carreteras de la patria, y de los choferes de la flotilla de destartalados buses que a diario cubrían la ruta hacia y desde la fría capital provinciana. Cada año, camioneros y buseros gastaban grandes cantidades de pólvora y aguardiente para celebrar las fiestas de su patrona. Eran borracheras de ocho días sin parar que compartían con los campesinos, los artesanos, los comerciantes del rebusque y los pocos empleados del pueblo, trayéndoles unos toros sementales que pastaban en las faldas y altos cercanos al volcán. Era fiestas, por duración e intensidad, sólo superadas por los carnavales de fin y comienzos de año, en los que las borracheras duraban más de quince días. Algunas veces, los toros sólo se dejaban arrear con sus vacas a la fiesta brava. Alguna parió en los transitorios establos. Con gran despliegue era anunciado un cartel de graciosos remoquetes taurinos como El Gallito Ojeda, El Macho Bucheli, el Varón Chincowsky, Riverín, y otros que a última hora, o no llegaban o resultaban ser algunos de los paisanos que, buscando fortuna, habían partido del pueblo, y regresaban a escamparse en el solar paterno con los bolsillos vacíos y la mirada definitivamente ausente. También era infaltable la competencia ciclística en las calles, organizada por el taller de arreglo y alquiler de bicicletas viejas del profesor Montilla y Lucio Montezuma, en la que todos sabían que al final de cualquier duelo, el vencedor sería Orlando Suárez, profesor, pintor, escultor, poeta y participante en quince Vueltas a Colombia, en las que estuvo a punto de ganar algunas etapas y varias veces el liderato absoluto de la montaña. En sus borracheras de varios días, y ya retirado de las competencias nacionales, era común verlo con una de las copias de las fotos triunfales metida en su vaso de cerveza junto a la de la mujer que amó por toda la vida, porque le quedó fácil y cerca enamorarse sin esperanzas y definitivamente de la chiquilla que vivía dos cuadras adelante de su casa en su diario bicicletear hacia el parque, bebiéndoselas y llorando el tiempo en las cantinas de la calle del Huilque, cantando con Alejandro, entre lágrimas y abrazos, “Con la fe verdadera, / el alma noble y pura, / con íntima ternura mi amor te consagré…”, acompañados con la trompeta también amanecida de Gerardo Locro y las baquetas de Juanito Nicle.

   Como los nuevos sacerdotes profesaban al hijo del sepulturero casi el mismo respeto que a las imágenes más veneradas de la iglesia, jamás cuestionaban los arreglos que por sus servicios cobraba. El se sabía necesario aun en este pueblo lleno de manos sin trabajo. Pero con lo ocurrido, abruptamente se le había roto esa paz que poco a poco había ido acumulando.

2

Papá se adelanta lentamente hacia mí con una sonrisa y me muestra sus manos extendidas.

-Pequeño hijo del sepulturero, eres mi testamento y mi fortuna.

-Papá, papá, ¿cuál es tu secreto?

La imagen de papá empieza a pasar frente a mí en forma repetida. Cada vez lo hace más de prisa. De la misma manera como se suceden las imágenes se repiten sus palabras: “pequeño hijo del sepulturero, eres mi testamento y mi fortuna… Pequeño hijo del sepulturero, eres mi testamento y mi fortuna… Pequeño hijo del sepulturero… ”. Se suceden con velocidad las frases, pero entonces ya no es papá quien las dice, sino yo quien las repite varias veces frente al ataúd en el que se encuentra papá. Me asombra mi indiferencia frente a su cadáver. Entonces me culpo de no sentir dolor por su muerte. Intento conseguir un sitio donde ocultarme y no lo encuentro. Cuando empiezo a desesperar, me tranquiliza el descubrimiento que hago al reposar dentro de otro ataúd semejante al de papá. Me doy cuenta porque yo mismo me estoy mirando desde fuera, desde arriba del ataúd. Yo, en mi posición de pie, pregunto a quien ya es mi cadáver: “¿cuál es tu secreto?”

3

Aquel día parecía que todo iba a ser como el de otro entierro normal; lo de siempre: los dolientes adquirían una tumba en propiedad o en alquiler de la parroquia y, luego de cancelar su precio, él la preparaba en las horas de la mañana, antes de ir a sus labores agrícolas, cuando la hora del traslado se lo permitía. El entierro debería ser bien entrada la tarde, ya que el difunto tenía un hijo que vivía fuera del país. Por solicitud del ausente, lo habían velado por dos noches en su espera. Se celebró la liturgia de las honras mortuorias y aún a la hora del traslado del féretro desde la iglesia hasta el cementerio, el hijo no llegaba. El cortejo fúnebre esperó. Luego empezó la lenta marcha. Pero tampoco llegaba. En el campo santo hubo nueva espera. Ya la tarde caía rápido. Y entonces él, el hijo del sepulturero, comenzó las labores sin consultar a los deudos. Pero cuando trató de entrar la caja a la fosa, no embocaba, aunque al verlo afuera, parecía un ataúd normal. Era como si se hubiera agrandado. Alguien gritó: “¡Llegó! ¡Edmundo llegó!”. Por fin, el hijo. Destapó el ataúd y con llanto y un beso despidió el cadáver. Sólo entonces, el féretro entró en la bóveda funeraria. Con las primeras sombras terminó su labor y los deudos se marcharon. El se quedó terminando algunas tareas que había dejado casi listas esa mañana. Entonces fue cuando escuchó que desde una fosa, también en forma de bóveda, golpeaban. Tratando de mantener la calma, se levantó lentamente para ubicar el origen de los golpes. Los oyó ahora más claramente pero desde otra parte. Dejó todo como estaba y en forma apresurada salió. Esa noche tuvo el primer sueño.

4

Camino por las calles. Es noche oscura. Me acerco al parque; sé que hay fiestas; que es noche de carnaval. Oigo la música, los saludos y los insultos, los abrazos y hasta los besos. Un borracho se ha quedado dormido en la calle, deshojando a besos una rosa roja. Escucho la orquesta en la plataforma. El animador anima. Cae un botellazo en el pavimento, cerca de mí. Busco a mi alrededor y no veo a nadie. Sólo siento el barullo. Entonces observo a quien me ha tirado el botellazo. Soy yo mismo… Mi misma imagen. Viene hacia mí con otra botella vacía en son de reto. La despica y se lanza en contra mía; la esquivo; alcanzo a sacar mi navaja y se la hundo varias veces. “¡Se mató! ¡Se mató!”, se escuchan voces. Todos me miran caído en el suelo. “¡Es el hijo del sepulturero! ¡Es el hijo del sepulturero! ¡El mismo se mató!”. De nuevo la música y los gritos de la fiesta; y no escucho más.

5

La noche comenzó como cualquier noche normal, pero terminada la procesión de las siete caídas de ese martes santo, se desgranó el aguacero. Aunque éste es un pueblo en el que cuando se dijo a llover es a llover, al aguacero dio paso una torrentera a borbotones jamás vista por nosotros y sólo comparable a las recordadas por los ancianos que contaban los estragos que hizo el volcán en el ’27 y en el ’34, cuando ellos eran niños y cuando a los temblores y la ceniza volcánica se sumaron temporales y turbiones acompañados de tormentas eléctricas. Esa noche, con las primeras de agua, el pueblo quedó a oscuras; el derrumbe de varios postes -se supo después- cortó el suministro de energía eléctrica. En la oscuridad de las calles, sólo de vez en cuando se veía pasar a alguna que otra persona con su linterna. Pero había una calle por sobre todas que sufrió mayor inundación: “La calle de la Chorrera”, así llamada porque por debajo de ésta se había canalizado la quebrada que se desprendía de la caída de agua  que daba al pueblo una bella e imponente imagen. Y no era en esa calle donde estaba situada la casa del sepulturero. El y su familia vivían en una de las menos anegadas. Cuando se dispuso a la salida, la madre se mostró contrariada.

-Es sólo a mirar, mamá.

-De estar en su casa, nadie tiene que arrepentirse luego, mijo- Ella era la única que había notado que su hijo había cambiado en los últimos días. No se había decidido aún a preguntarle nada. Esperaba una oportunidad.

-Quiero salir, mamá, y voy a salir- Y salió.

Ya para esos días había tenido varios sueños semejantes a los dos primeros. Eso lo atormentaba en secreto. Recordaba aquél en el que al mirarse al espejo, su imagen sacó su propia navaja y se la hundió varias veces a él, tal como en otro sueño, él se la hundió a su imagen. Después de hacer una mueca de angustia seguida de otra de profunda tristeza, se burlaba de él. Al descargarle un puñetazo, el espejo se transformaba primero en sangre y luego en humo muy negro; el viento que entraba por una de las ventanas, lo dispersaba. Entonces escuchaba una voz que le repetía: “cada uno es dueño de su propio miedo… Cada uno es dueño de su propio miedo… Cada uno…”.

   Ya en la calle, al mismo tiempo que se repetía que sólo había salido a mirar el espectáculo de esta noche de tragedia, que muy difícilmente se repetiría, se sentía avergonzado ante sí de hacerlo. Pero siguió adelante. Se dio cuenta de que la mayor cantidad de gentes se habían concentrado en el sector de “La Calle de la Chorrera” que pasaba por el centro del pueblo. Que las afueras, habitadas en menor cantidad, estaban desprotegidas de personas que ayuden y auxilien. La curiosidad lo llevó a las afueras. No pensaba en auxiliar a nadie. Pero algo más que la curiosidad lo empujaba. Dudó… Sus sueños le habían enseñado a sentir un miedo más definitivo. Se hallaba vacilante. Mientras más se aproximaba al sitio, más dudoso se sentía. En esas cavilaciones oyó gritos. Al llegar, alcanzó a divisar que eran de una niña que trataba de salvar su perrito. La corriente lo arrastraba. Al intentar agarrarlo, resbaló y empezó a arrastrarla a ella.

   Con las imágenes de los sueños que provocaban sus vacilaciones, se acercó a la orilla. El fulgor de un rayo le permitió observar su propia imagen en el agua. Era él mismo; reconoció entonces su mueca de angustia seguida de otra de profunda tristeza de uno de sus sueños. Al finalizar el relámpago, se convirtió en sombra dentro del agua. Lo urgía a salvar la niña. Se encomendó a ese Dios a quien sólo recurría cuando la necesidad lo apremiaba; se hizo una cruz y se lanzó. Desde la oscuridad, no alcanzó a medir la profundidad y corriente del sitio. Sus fuerzas no alcanzaban para dominar las del agua allí. Aún así pensó en la niña y en su perro. Los empujó hacia un madero que vio atravesado. Fueron instantes precisos para que él perdiera toda posibilidad de alcanzar el mismo palo que pudo haberlo salvado. La niña empezó a gritar:

-¡Auxilio! ¡Sálvennos a nosotros y a un hombre que se ahoga!… ¡Auxilio! ¡Auxilio!- Y repetía el llamado.

El hijo del sepulturero alcanzó a valorar por un instante su acto. No supo si recriminarse por lo estúpido u honrarse por su coraje, por su valor. No alcanzó a decidir nada; no escuchó más. Tampoco supo si la niña y su perrito se salvaron.

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