A propósito de los actos conmemorativos de la Navidad Negra y la oposición de la Academia Nariñense de Historia

Por: Vicente Apráez Apráez

Querido Pablo Emilio.

Aparte del primordial objetivo de este escrito que no es distinto de ratificar mis sentimientos de perenne admiración y aprecio por tan magnífico escritor e insustituible amigo, por medio de él quiero aludir a la importancia de coadyuvar con tu propuesta de erigir en la Calle de El Colorado el monumento capaz de perennizar la memoria de una más, quizá  la mayor, masacre que en estos lares cometiera la llamada “campaña emancipadora”.

Para comenzar, ante todo es preciso advertir que cuando en otras ocasiones aludí a lo sucedido en la navidad de 1822, premonitoriamente alerté sobre algo que más tarde ratificarían las absurdas argumentaciones surgidas de perfil intelectual que exhibe la persona que allá pretende empoderarse de nuestros entes estructurales. Esas prevenciones que antes podían ser hipotéticas toman cuerpo en los obstáculos que contrariando el deber misional de preservar el acervo cultural y enaltecer caros valores ancestrales, a la presente, con toda desfachatez y patrocinadas por la alcaldía, toman desarrollos al interior de la Academia Nariñense de Historia.

Después de analizar las propuestas del Centro de Pensamiento Libre y la Fundación Urcullaqta, expresaba: Hacer justicia de esa manera a la ciudad y al entorno de la Calle de El Colorado, es más razonable que dejarnos llevar por pusilanimidades como las propuestas por la Academia de Historia de Nariño, cuando en ella era previsible que apelara a la acostumbrada sinuosidad con que su presidenta acostumbra eludir temas ajenos a su iniciativa, para lo cual no tiene reatos en utilizar difusos galimatías retóricos: “se hace necesario interponer el criterio científico frente a los sofismas de distracción que circulan impunemente”. Eso lo dijo, sin que aún para ese momento denostara de la manera en que más tarde lo hizo para irrespetar iconos de tanta valía histórica como Agustín Agualongo y Estanislao Merchancano, e incluso apelara al nombre ilustre del gran José Martí para mejor justificar las tropelías de Bolívar. Esa Señora Cordero, a quien tu bien defines como alguien que se creyó integrada al cuerpo y esencia de la Academia de Historia, suma su voz a las de aquellos que con todo desparpajo se atreven a insinuar que los pastusos de ahora, somos herederos de esos que estuvieron afincados en los errores de su guerra infame, y que perdonamos todo en aras de incorporarnos al contexto nacional. Si bien a lo ocurrido en la guerra podría caberle perdón, es evidente que jamás le acogerá el olvido, pero si afirma que con lo primero pretendimos patentar la incorporación nuestra al contexto patrio, nuevamente yerra, ya que a pesar de que Pasto siempre ha antepuesto su disposición patriótica, la verdad es que en forma real y verdadera nunca Colombia nos ha acogido plenamente en su contexto, cuando es evidente que para la patria, somos una especie de seres ambivalentes o marcianos  dignos de toda clase de recelos y discriminaciones. Lo cierto es que ni el transcurso de dos siglos nos redime y por el contrario, es perceptible la forma en que algunos nos consideran advenedizos enemigos de la libertad patria. Si comenzamos por admitir que en verdad son pocos los colombianos que entienden las razones que inspiraron tanta aversión de nuestros antepasados hacia las causas republicanas, probablemente la fragilidad con que se han explicado sus fundamentos dificulte mucho más su asimilación.

Peor todavía, si la suficiencia académica de quienes han considerado propicios los recintos académicos para atrincherar caprichos y albergar resentimientos, está dispuesta a dejar en el olvido páginas que según sus apreciaciones es mejor que por siempre hibernen. Basta leer algunos párrafos del fragosisimo sermón de Lydia Inés Cordero para entender su predisposición de atravesar palos a las ruedas del emprendimiento del Centro de Pensamiento Libre y la Fundación Urcullagta. Dice: La Academia Nariñense de Historia considera que la memoria colectiva debe acudir a los procesos históricos, en su etiología de causalidad y consecuencias, bajo contextos geopolíticos determinados, para lograr así una explicación y comprensión de los mismos. Recomienda y convoca a no quedarse en el acontecimiento que en el enfoque moderno de la historia, es de corta duración, evita el contexto y el análisis y trata solo de fechas y acontecimientos, se limita a adjetivizar el hecho suelto y los personajes, los divide en héroes y villanos, levanta juicios de tipo subjetivista”.

Pésimo precedente para la ciudad, que el Alcalde Pedro Vicente Obando, delegue sus atribuciones en alguien que como su Secretario de Cultura, en un comunicado en el cual hace gala de desconocer las más elementales normas de sintaxis, como mejor puede despacha los derechos fundamentales de petición impetrados ante su superior. Pero peor todavía, si como corresponde, el Acalde de Pasto se sacude del deber de asumir posiciones para pronunciarse y/o definir respecto al monumento conmemorativo que con decidido acento patriótico usted propusiera.

A propósito de lo anterior, cuando hace un año me encontraba en la ciudad de Berlín, absorto ante la multiplicidad y magnificencia de tan variados monumentos erigidos para recordación de los excesos del nacional socialismo, me pregunté el por qué tan numerosos y destacados cuando per se hablan mal del reciente pasado alemán. La respuesta se me ofreció en el propio Reichstag que aloja al Bundestag, cuando a la entrada de tan magnifico recinto, aparece destacado el hecho de que precisamente fuera el Parlamento, el organismo democrático que en alarde de consistencia, en 1999 expidió la ley que dispuso que en cada lugar que lo ameritase se honrase la memoria de los que allí hubieran sido victimizados. Mantener viva la presencia de cuanto sucedió, es otra de las formas con las cuales las grandes potencias se confiesan y lavan sus errores ante la contemporaneidad histórica. De tal manera que erigir en la ciudad de Pasto el monumento propuesto, lejos de encajar dentro de los criterios que se atreven a calificarle como uno de los “sofismas de distracción que circulan impunemente”, ni menos constituir expresión de improvisación, de emotividad o acaso de tropicalismo, no quiere sino hacer justicia con aconteceres que si mal han permanecido arrumados en el olvido, deben rescatarse para que las nuevas generaciones entiendan el pasado y mejor proyecten el futuro.

El debate histórico de nuestra región va más allá de definir cuánta importancia para la recordación pretérita tienen los antagonismos planteados entre la figura de un Bolívar evidentemente consagrado por los resultados, y la del osado provinciano que sin más armas que las banderas de la dignidad se atrevió a enfrentarle. Agustín Agualongo y cuanto en nuestra historiografía representa su trayectoria epopeyica, es el guerrero inmensamente superior a las denostaciones de esos que ocasionalmente procrastinan su trayectoria. En la esquina opuesta estamos quienes no solo la valoramos sino que la sabemos digna de la exaltación que se merece. La memoria de un hombre empeñado en reivindicar los valores supremos de su pueblo, mal puede sucumbir a manos de oscurantismos parroquiales que, a priori le atribuyan connotaciones conservadurizantes y retardatarias, mientras con insignificante miopía le sitúan en las antípodas libertarias de ese que según ellos fuera “liberalísimo” antagonista suyo.

Examinado el mapa de la Gran Colombia, en el ámbito geográfico de los cinco países, ningún otro líder como Agualongo para personificar la actitud enhiesta y contestataria de los suyos. Si de parangonarle se tratase, quizá nuestro líder popular solo sea homologable con guerreros venezolanos de tanto reconocimiento como: Piar, Boves y Páez. Los próceres raizales, como los encomenderos y notables de los cabildos, cuando no de Venezuela como la mayoría, provenían de la entraña elitista usufructuaria de enormes privilegios y propiciadora de tantas desigualdades mareadas por inciensos y sacristías. Tratar de encontrar vicios ocultos en Agualongo, es tanto como insistir en seguir rayando el disco que encasilla la radicalidad pastusa en sofismas facturados a partir del san Benito de su parcialidad en favor del rey Fernando VII, cuando la verdad es que tales veneraciones mejor respondieron a esos fanatismos religiosos inducidos por la clerecía medieval de entonces. Por encima de lo anterior, lo que de veras reverberaba al interior del alma colectiva de los pastusos del siglo XVIII, era un profundo resentimiento fundamentado en el descontento ante las arbitrariedades con que los llamados “adalides de la nueva patria” quisieron imponer sus preceptos.

Múltiples razones del tenor de las anteriores demuestran que la radicalidad pastusa; su propio origen y posterior vigencia se afincó, acrecentó y tomó vigencia, desde el momento en que a su manera los ecuatorianos de 1808, forzaron la adhesión de los pastusos hacia fórmulas de gobierno que en su estulticia ellos hasta entonces ensayaban. Para peor suceso de esas incursiones, las de los puendos fueron tan inoportunas como que coincidieron con un ambiente saturado por el tufillo de muerte dejado tras el cruento episodio de Los Clavijos. Entonces, los precursores independentistas, lejos de sacar partido del rencor contra los alcabaleros del rey, lo único que mostraron fue su apetito por utilizar a sus vecinos del norte en beneficio del egoísmo en  que se cimentaban los intereses de la aristocracia quiteña. Los movimientos que por esos tiempos en toda indoamérica se dieron, como si estuviesen concertados sucedieron simultáneamente, en aprovechamiento de las precarias condiciones por las que atravesaba la monarquía española tras el apresamiento del rey a manos de Napoleón, y como tales, lo único que se propusieron fue cambiar a los enviados del rey por unas juntas de seudo dirigentes criollos, eso sí, dejando intacto el derecho de indias e incólume la autoridad del soberano. En medio de su caracterizada improvisación, la ola insurgente tomo forma hasta extenderse a lo largo y ancho de las latitudes continentales, y replicar como lo hizo el 20 de julio de 1810 en Santa Fe, sin pretender nunca ir más allá de clonar una serie de patrias bobas y naciones erráticas.

Pero en cuanto se refiere a la torpeza con que la aristocracia de Pichincha liderada por el Márquez de Selva Negra trató a Pasto, sus procederes se quedaron cortos frente a los que dentro de la secuencia tormentosa le esperaban a la ciudad, cuando años más tarde y al mando de Joaquín Caicedo y Cuero aparecieron los de la Junta de las Ciudades Confederadas del Valle, quienes a pesar de haber sido acogidos con acostumbrada hospitalidad, devolvieron atenciones con la felonía que inspiraba sus intensiones, ameritando entonces que la indignación ciudadana fusilara a su comandante en el paredón de San Agustín. Este capítulo de 1813, aparentemente irrelevante, determina el punto de quiebre de la aversión pastusa contra toda predica o penetración patriótica. Pero para colmo de males, y como si de envenenar los ánimos e incrementar esa predisposición se tratara, pendenciero y dueño de caracterizada arrogancia, al promediar el año de 1814, por los lados del Morasurco arribó el Presidente de la Junta del Gobierno de la Nueva Granada don Antonio Nariño, quien por cierto y desde su triunfo en Calibio venia conminando la rendición incondicional de Pasto so pena de incendiarle. La derrota propinada por el paisanaje pastuso y las mujeres en El Ejido, sumada al apresamiento de tan magnífico Tribuno, y al hecho de que su prisión se prolongara durante los dos siguientes años en lugar visible de la ciudad, actuaron como llama votiva para mantener latentes los ánimos contra cualquiera que se osase proponer postulados diferentes a los del statu quo al lado del rey.

Dos años después de la partida de Nariño con destino al puerto de El Callao y de allí a las mazmorras de La Carraca en España, por orden de Sucre y en cumplimiento del Pacto de Santa Ana suscrito entre Bolívar y Pablo Morillo, por entre el cañón del rio Pasto y hasta las planadas de Genoy llegó el general Manuel Valdez en la pretensión de asegurar esos territorios dentro del mapa de la república. Notificados de su presencia e intenciones, los pastusos con los indígenas del resguardo de Genoy, se apostaron a esperarle y en rápidas maniobras con todos sus efectivos militares les devolvieron hasta el rio Mayo. Este fue otro hecho gravísimo en cuanto obligó a que Bolívar dejara todo en suspenso, y ordenara que Sucre fuera por Buenaventura a Guayaquil. Después de sus triunfos en Vargas y Boyacá, y al reemprender la campaña del sur sería el mismísimo Bolívar, quien al tratar de evadir el inconveniente paso por la ciudad que nunca pudo vencer, por el mismo constado del Galeras por el cual fuera derrotado Valdez, al tropezar con las tropas españolas que obedecían al coronel Basilio García consideró que vencerlas seria cuestión de trámite.

Ni en los desarrollos de la batalla de Bomboná del 7 de abril de 1822 indiscutiblemente ganada por las milicias de Pasto al mando de Basilio García, ni durante ninguna de las etapas antecedentes antes referidas, tuvo participación alguna el coronel Agualongo, quien solo llegó a la ciudad después de Pichincha (mayo 24 de 1822), en momentos en los cuales su pueblo que se sentía traicionado por quienes firmaron las capitulaciones, requería de alguien que la liderara. Fue allí cuando Agualongo, se impuso como adalid de la inconformidad popular, y con ella dio cuenta de Flores y Salom, tiránicos gobernantes que después de las capitulaciones dadas como resultado de la Batalla de Pichincha, por encargo de Bolívar, a su anchas y so pretexto de ejecutar las leyes de Trujillo, ejecutaban excesos y depravaciones como aquellas de arrojar a los rebeldes amarrados por pares a los abismos del Güaitara, mientras el gobierno militar desde Tuquerres hacia lo propio.

Como si en Pasto abundaran los héroes, resulta insólito que a estas alturas, al único de sus luchadores populares que de veras merece ser reconocido como tal, no solo se le escatimen los podios sino que además se pretenda lapidar su memoria. Si ni siquiera hemos tenido la grandeza de reconocer a hombres tan sobresalientes como José Rafael Sañudo, para citar solo al más grande, y en cambio nos dejamos imponer monumentos desde los cuales se airean las figuras de quienes fueran nuestros verdugos, y hasta se consagró la región al nombre de uno de ellos, solo faltaba que a estas alturas emerja esa especie seudo intelectualidad negacionista, empeñada en ignorar relevancias históricas tan fundamentales como las de la nefanda navidad, mientras que desfachatadamente se justifican los excesos del periodo independentista dentro de esos, que según ellos, son  desarrollos normales de cualquier guerra. Solo faltaría que en las celebraciones de 2022, la Academia de Historia o algún alcalde de tan poca sensatez como el de ahora, llegara a cometer el exabrupto de erigir estatuas en honor de Sucre, Córdoba, Flores, Salom y el batallón Rifles, y hasta lo hiciera tan contento como se mostraba su antecesor cuando en los aniversarios de la ciudad desfilaba florido ante la estatua de Nariño.

Nada más justo entonces que acoger la propuesta del Centro de Pensamiento Libre  y en consecuencia con la historia de la ciudad sea desarrollada, más todavía cuando se sabe que a sus integrantes les alienta el patriótico afán por perpetuar el recuerdo del nefando holocausto, hecho que como tantos de nuestra trágica epopeya, por insólito e inaudito desconcierta a quienes se percatan de su realidad, y deja incrédulos a aquellos que creyeron impoluta la conducta de sus ejecutores.

Punto aparte merece el maestro Riberth Insuasty, cuando con la limpidez que él como ninguno imprime a sus expresiones artísticas, supo recoger los vestigios de la tragedia para darle forma y traerla al presente con el patetismo propio de su expresión fatal. Con ella y durante el desarrollo del desfile magno, al igual que bien lo hacen los mejicanos con las Catrinas de Diego Ribera, el 6 de enero, en magnifico alarde metafórico, por entre el jolgorio embriagado de música y fiesta paseo tan contradictorias expresiones lúdicas de farsa y verdad. Solo al artista en los arrebatos de su inspiración, le está dada la facultad de mesclar imágenes fatales con las estupendas estampas coloniales de la calle de El Colorado, al punto de exacerbar la euforia y plasmar el profundo mensaje que precedido de racionalidad bien pudiera servir de inspiración al pretendido monumento.

Los doscientos años transcurridos luego del peor genocidio soportado por ciudad alguna durante la independencia, al igual que sucedió con el Guernica de Picasso (también, coincidencialmente, Pablo), merecen su propio cuadro, para que desde la loma de Santiago, y por siempre honre la memoria de tantas víctimas anónimas; levante el orgullo patrio de sus descendientes, y sirva de  eterno baldón a sus victimarios.

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