A proposito de una entrevista presidencial

Nuestro consagrado cronista, amigo y coterráneo Mauricio Chaves Bustos nos ha deparado el doble placer de recordar y leer la crónica relacionada con la histórica entrevista de los presidentes Marco Fidel Suarez de Colombia y Alfredo Baquerizo Moreno del Ecuador, hecho acontecido hace 100 años.

Esta reminiscencia, en el acto, me ha transportado a los ya lejanos tiempos de mi niñez, cuando mi padre, a flor de labios, me refería la visita del presidente Suarez a nuestra tierra nativa La Cruz del Mayo, luego del largo y penoso trayecto realizado desde Popayán, atravesando el ardiente Valle del Patía, el ascenso a los llanos de Mercaderes y de aquí, las duras jornadas hasta llegar a La Cruz en donde se hospedó en nuestra casa familiar. Ante tan prominente visitante, no faltó, desde luego, al día siguiente de su llegada, el merecido homenaje, con los elocuentes discursos de los señores José María Benavides y Manuel Antonio Delgado Torres.

Y viene aquí lo inesperado. Al caer de la tarde, me refería mi padre, el presidente Suarez se paseaba por los amplios corredores de la casa, con inocultables muestras de padecimiento. Al verlo en semejante estado, se le acercó mi padre a preguntarle qué le acontecía. La respuesta confidente no se hizo esperar. Con la premura del caso, mi padre, con el conocimiento del curtido viajero, acude a proporcionarle lo que era indicado, un emplasto de velas de cebo, y santo remedio.

La imaginación de nuestros lectores, ya se habrán compenetrado con semejante dolencia, luego de un largo viaje, de días y días, a lomo de una cabalgadura, y sobre una dura montura de cuero, es decir, el lugar donde la espalda pierde su honesto nombre.

Provisto de semejante y eficaz medicamento casero, el presidente Suarez, sin pérdida de tiempo, prosigue su itinerario, y se dirige a La Unión, antaño, la Ventaquemada, y terruño de nuestro gran poeta Aurelio Arturo, y de aquí a Pasto, luego de atravesar y admirar los tenebrosos peñascos del río Juanambú.

Transcurrido este viaje, vivido y padecido, a su edad avanzada, por el presidente Suarez, vienen a la memoria las expresiones de reconocimiento que aparecen en uno de sus célebres Sueños de Luciano Pulgar.

De su visita a la Cruz del Mayo, escribe: “Sus vecinos nos dejaron recuerdos de remordimiento, que es el afecto que resulta de extraordinarias bondades a que uno se siente incapaz de corresponder”.

Y de su visita a Pasto, en el Sueño de Galeras, dice: “Aquel monte ha de ser, bajo el querer del cielo, el muro que guarde a la ciudad del sur, y el broquel que la preserve siempre hermosa, y siempre centinela de la patria”.

Son las sentidas expresiones del presidente de la República, hijo de una lavandera; del presidente viajero; del presidente paria; en una palabra, del presidente, llamado justamente, el Cervantes colombiano. ¿Para qué más?

Definitivamente esos fueron otros tiempos, otros hombres y otros nombres que, a estas horas de nuestras adversidades, recordamos con nostalgia. ¿No es verdad, Mauricio Chaves, que la memoria de estos episodios, quizás relegados en las sombras del olvido, reverdecen y reaniman nuestro indeclinable afecto al terruño?

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