Alicia querida, Alicia adorada

Por: Maycol Rodríguez

Como el diamante finamente tallado por el artista, con sus manos el maestro convierte una simple piedra en una verdadera joya.

Fue en marzo de 1.990, yo tenía 5 años y su nombre era Alicia, Alicia Roa de Zea. Profesora, rectora y propietaria del Colegio Santa Mónica en un barrio del centro de Bogotá. Llegué allí luego de que otro colegio del mismo barrio no valorara mis talentos y me mantuviera en el grado primero cuando ya sabía leer, escribir, sumar, restar y multiplicar gracias a la “chancletoterapia” de mi primera docente de homeschool: mi madre. Pero eso es otra historia.

Así que luego de una improvisada entrevista con la Señora Alicia (en esa época no se usaba el miss) y con la profesora Stella de Valderrama, directora de curso y única profesora para todas las materias del grado Segundo, ingrese a cursar segundo año de primaria.

Ese colegio, aunque privado y funcionando en la capital, tenía grandes semejanzas con cientos de escuelas rurales que sólo siguen a flote gracias al empuje de sus maestros. Funcionaba en una casa de familia (compuesta únicamente por la Señora Alicia y su esposo, Don Heriberto Zea, Abogado) de una sola planta, donde dos de las habitaciones eran destinadas como recamara del matrimonio, y la otra era destinada a la empleada del servicio y su hija, y adicional a ello sólo disponía de dos salones: en la tarde la Señorita Nury dictaba kínder y la Señora Alicia dictaba primero. En la mañana la profe Stella dictaba segundo y la Señora Alicia se encargaba simultáneamente de los grados Tercero y Cuarto en el mismo salón dotado de dos tableros en la misma pared. Como no había Quinto en esa institución, la mayoría de estudiantes éramos acogidos en “El Colegio Juventud” a cargo de la Señorita María y la Profe Blanca. Recuerdo mucho una instrucción frecuentemente usada por la Señora Alicia durante mi paso por Tercero y Cuarto: si el asunto era del grado Tercero, ella decía “Los de Cuarto pongan atención que esto les sirve de repaso”. Si por el contrario, el asunto era de Cuarto, dirigiéndose a los de Tercero decía “pongan cuidado que esto les va a servir más adelante”.

La Señora Alicia, quien tras una vida de servicio debía rondar los 60 años, era estricta. Usaba solamente dos esferos Parker clásicos: uno rojo y uno negro, y una regla metálica dorada con una raya roja al centro, con la que adoctrinaba a los indisciplinados con un par de reglazos, que nunca probé. Gracias a ella aprendí, entre muchas otras cosas, que los guaduales lloran porque también tienen alma, que los fraccionarios estarían presentes toda mi vida, y que escribir requiere  de una buena ortografía, habilidad que le debo en gran parte a ella, quien en clase de español nos hacía dictados que eran calificados por nuestro compañero de pupitre: en mi caso normalmente Yolanda, otra niña pilosa de la que nunca volví a saber. Conmigo estudiaron además un Andres Valbuena, un Juan Carlos Godoy, un Yul Martinez que era frecuentemente adoctrinado, y Tatiana, una morenita que me gustaba como hoy le gusta Valeria a mi hijo Martin, que ahora tiene 5 años y cada vez que lo molesto niega su amor y dice que son sólo amigos.

En aquel colegio de techos altos, pisos de madera crujiente y pupitres artesanales hechos en madera, los días transcurrían de forma similar. Empezaban normalmente con clase de matemáticas desde las 7:15 a.m. luego de formación y oración en el patio. La salida a descanso la daba la empleada de la casa, quien informaba a las profesoras que estaban servidas las mediasnueves o las onces, según la jornada. El descanso finalizaba cuando las profesoras terminaban de “poner su cuaderno al día” y regresábamos a otra clase, posiblemente español, ciencias o educación física. Eso implica que mi formación fue muy buena en matemáticas y español. A diferencia de mi hija, que hoy tiene 7 años y cursa también Segundo, yo no veía robótica, informática, lenguage arts, angloxason culture, inteligencia financiera o ética con inteligencia emocional; aunque si vi urbanidad de Carreño. No tuve formación en música pero en esa época cuando se calificaba de 1 a 5, obtuve la nota mínima bailando el joropo, el bambuco o la cumbia. Bueno, en realidad no aprendí a bailar ni merengue, pero sobreviví a Educación física, como la haría hasta el final de mi bachillerato.

Las clases se dictaban usando como guía los cuadernos del mejor estudiante del año que recién terminaba, o al menos los más bonitos y mejor coloreados; pues no recuerdo que usaran los míos para tan altos menesteres. No recuerdo que el colegio tuviera himno, o escudo, o historia bonita para narrar acerca de sus egresados ilustres. No había manual de convivencia más allá del sentido común y la urbanidad de Carreño. No se permitía el cabello largo, salvo para las niñas. Todos podían presentar sus exámenes aunque los padres se encontraran en mora con los pagos escolares. La habitación de la señora Alicia o de la empleada eran terrenos prohibidos aunque la pelota (normalmente de papel) ingresara accidentalmente allí. Recuerdo tareas como ver un capítulo de Alf y hacer un resumen. Las onces de cada estudiante provenían de su propia lonchera y normalmente incluían un banano, un ponqué y el famoso jugo sellado con bolsa, que solo las profesoras tenían el poder de abrir.

Cada lunes había izada de bandera, cantábamos el himno de Colombia y el de Bogotá, y se imponían medallas a la excelencia, al mérito y a la disciplina a los mejores estudiantes de cada salón. El condecorado usaba la medalla toda la semana en su pecho asegurada con un peligroso gancho nodriza y debía devolverla el viernes para que el lunes siguiente otro la portará, excepto si repetía el mérito. Cada bimestre se contaban la cantidad de excelentes, buenos, aceptables e insuficientes obtenidos por cada estudiante y en una libreta diligenciada a mano por la mismísima Señora Alicia se entregaban las notas junto con la indicación del puesto ocupado por el estudiante; algo inaceptable hoy en día donde decirle a un niño que obtuvo el segundo lugar es destruir sus sueños, porque lo importante es participar y no ganar…

Pero no nos desviemos del tema, aquí lo verdaderamente importante, como siempre, son ellas: la Señorita Nury, la Profe Stella de Valderrama (su apellido impedía decirle señorita, pero señora sonaba a persona mayor. Creo que siempre le dije profe) y la Señora Alicia. Y en sentido amplio: LO VERDADERAMENTE IMPORTANTE SON LOS MAESTROS. Sin duda el ser humano que somos, es producto de su interacción con la sociedad, y los maestros cincelan finamente su huella en cada uno de nosotros, desarrollando un vínculo afectivo perenne como el que nace entre un artista y su obra. En mi caso, la Señora Alicia me acompañó, ya viuda y habiendo perdido la vista de su ojo izquierdo, en mi grado de abogado 12 años después de haberme dictado clase en aquel cuarto grado, o tercero segunda parte.  Nuestros padres e incluso hermanos mayores son nuestros primeros maestros, pero estas líneas están dedicadas a aquellos que escogen la docencia como una vocación de servicio, una elección de vida.

Ahora en épocas de pandemia y teleeducación, es más notorio el esfuerzo de nuestros docentes, algunos a través de herramientas tecnológicas como el internet y las plataformas virtuales, otros mediante elaboración y desarrollo de guías escritas semanales, otros mediante el poder de la radio, pero, hablando de fraccionarios, todos ellos unidos por un común denominador: el amor al oficio. No de otra manera se explica el tolerar condiciones salariales tristes en la gran mayoría de casos, y los grandes sacrificios hechos para llevar a sus alumnos ese conocimiento y esas competencias tan necesarias para la vida adulta.

Ninguno de nosotros sería lo que es hoy en día, sin los maestros que ha tenido. A ellos les debemos todo. Por eso, no importan los títulos que obtenga ni los cargos que un día pueda ocupar, sueño con ser algún día maestro e influenciar positivamente a un grupo de personas que estén dispuestas a dar lo mejor de sí en beneficio de la sociedad repitiendo el ciclo de la vida, tan finamente explicado en nuestras clases de ciencia como tiernamente representado en “El Rey León”.

Y parafraseando a Antoine de Saint Exupery, adjunto un dibujo del plano del colegio, lo mejor que recuerdo.

Comentarios

Comentarios