Artesana del carnaval, Dayra Benavides, es El Personaje 10

Por: Gustavo Montenegro Cardona

Dayra Benavides se asomó a la senda del carnaval guiada por un nuevo brote de locura creativa. En 2016 llegó con pasitos tímidos, sin pedir permiso y se quedó para dejar su firma en la historia del Carnaval de Negros y Blancos de San Juan de Pasto.

La sabedora mayor

De rodillas frente al tocado de su traje, Dayra Benavides parece implorar una oración a los espíritus del Carnaval de Negros y Blancos. Cierra los ojos, inclina su rostro y el silencio la acompaña. Dayra Cristina Benavides Benavides, maestra artesana, ha hecho del carnaval su religión, del arte una devoción y de su obra el altar mayor.

A sus 38 años, Dayra, artista visual de la Universidad de Nariño, lleva sobre su metro con sesenta de altura el poder de la mujer coronada con tres primeros puestos y un segundo lugar en la modalidad de disfraz individual, méritos alcanzados de manera consecutiva durante las últimas cuatro versiones del Carnaval de Negros y Blancos de Pasto, capital de Nariño, en el bello sur de Colombia.

Dayra sigue arrodillada ante su altar, en un silencioso ritual. Dayra invoca la magia que envuelve su creación. Desde ahí recuerda sus años de infancia junto a su madre Aura Benavides, Andrés su hermano mayor y sus hermanas Doris y Mónica. En su memoria debe estar dibujando las jornadas de inocentes bailes infantiles en los que participaba de pequeña cuando era motivada por la alegría viva de su mamá.

Aura. Dicen que su nombre significa brisa, viento suave y apacible. Aura y esa sonrisa constante. Aura nació en el sur del sur, en la vereda Tatambud, hoy corregimiento de José María Hernández, municipio de Pupiales. Llegó a Pasto cuando tenía cinco años. En un rincón de su casa, en una pequeña mesa redonda al lado del comedor, reposa una fotografía de Aura siendo apenas una niña. Aura en blanco y negro con su pelo trenzado. Dice que desde entonces ya bailaba y hacía maromas con sus manos. “Amo las trenzas”, dice.

Sesenta años después se convirtió como ella misma se define, en la “gerente del hogar”. Aura, madre de cuatro hijos. Desde que estaban pequeñitos los traía de arriba para abajo. Tejía vestidos para que ellas danzaran en las celebraciones barriales. Con sus tres hijas y su hijo mayor llegaba hasta el centro de Pasto y cerca a la Facultad de Artes en la antigua sede de la Universidad de Nariño, ponía a pastar parejas de gallos y gallinas que se habían convertido en mascotas de la casa. Entre tanto, el padre de sus hijas, el fotógrafo Carlos Benavides, trabajaba en la Universidad y ellas se formaban en las artes de la danza, el modelaje de la arcilla o la talla en el Centro Cultural del Banco de la República. Bellos días cuando el mundo apenas nacía.

“Pero andar con los cuatro no era fácil. Entonces no salíamos mucho. De vez en cuando nos asomábamos a los carnavales, pero era poco realmente”, dice Aura, como estirando las palabras, como si tomara cada sílaba y la volviera un manojo de lana que se puede manipular con la suavidad del terciopelo. Su acento grave, su mirada honesta, sus manos de miranchurito.

En uno de esos ocasionales encuentros carnavaleros, Aura se sintió tentada a ser parte de la fiesta cuando miró que sobre una especie de carroza su amiga, Otilia Delgado, danzaba, lanzaba besos y se movía como una reina sobre el pedestal del triunfo. Años más tarde, su sueño más anhelado sería el de pertenecer algún día a “Indoamericanto”, el magnífico colectivo coreográfico que a comienzos de los años 90 abrió las puertas del Carnaval de Negros y Blancos para darle entrada triunfal a la música, la danza y la expresión andina. Ahí le picó el bichito carnavalero para quedarse danzando, tocando los chequeres y avivando la fiesta.

Siendo parte de diferentes colectivos, Aura aprendió los secretos del carnaval. Fue ahí donde supo lo que es empapelar, fondear, pintar, encolar, tallar, bordar. Desde entonces conoció el alma de un vestuario, los movimientos secretos de una danza y aprendió a leer los códigos cifrados del lenguaje carnavalero. Todo ese amor, toda esa magia, todo ese mundo se lo entregó de corazón a corazón a cada una de sus hijas y Dayra, especialmente, ha sabido degustar ese néctar con una sed imparable.

“Esto no es un amor barato. Lo que sentimos por el carnaval es un amor bonito. Es que de verdad que esto nosotros no lo queremos, lo amamos” afirma Aura con desbordante brillo en sus ojos negros y profundos. Por eso no se equivoca Mónica, la hija menor, en afirmar que su mamá, su Aura querida, es la sabedora mayor de este taller de mujeres que hoy marca historia de renovación en el carnaval del sur.

Canto de mujeres

A las tres de la mañana del seis de enero de 2019 Dayra ya estaba despierta. A las cuatro, Aura ya le había trenzado el cabello; Doris se preparaba para danzar junto a su colectivo y Mónica ultimaba los detalles para juntas salir, un nuevo año más, a enfrentar el reto de transitar por la senda del carnaval. En la cocina quedó lista una sopa de fideos y un transporte las recogió antes de las seis para llevarlas al punto de concentración. Por esa misma senda ya habían desfilado Aura y Dayra, llevando de pies a cabeza a “Nuna Raymi”, el espíritu fiesta. Un traje que sorprendió como la chispa de luz que se enciende en medio de la oscuridad dejando un brillo nuevo en la historia del carnaval. Era su primera participación: ¡ganaron! En 2017 el turno fue para “Muju”, el símbolo de la semilla, traje escultural con el que también obtuvo el primer lugar y en el que por primera vez participó su hermana Mónica. La semilla floreció en 2018 con un deslumbrante “Tikay” que significó el segundo lugar en la categoría de disfraz individual. Ahora el tiempo le correspondía para ver pasear por el camino del desfile magno a una “Guaneña”, el homenaje de Dayra Benavides al renacer del canto de las mujeres en el carnaval. El veredicto del jurado nuevamente le otorgó el primer lugar a Dayra y a su taller de mágicas mujeres.

Ese mismo seis de enero llegaron a casa hacia el mediodía. Luego del periplo carnavalero las cuatro, Aura, Doris, Dayra y Mónica, estaban tendidas en el suelo tras lidiar con una puerta que no se pudo abrir porque olvidaron las llaves de la casa. En ese instante, ya Dayra quería deshacerse del tocado que alcanzó a elevarse sobre el metro con cincuenta desde sus hombros hacia el cielo y sus piernas gritaban ¡ya no más! Días después, todas juntas, en otra especie de ceremonia alrededor del fuego de la palabra, recordaban el momento, que como muchos otros, hacen parte del oxígeno con el que se nutre la vida de la artista carnavalera.

El ritual

Ahí, tendida en el suelo, agotada, Dayra recordaría cómo ha llegado a su mente cada uno de los trajes que le han significado marcar territorio en el carnaval. En el mundo de los sueños la artista habla con sus vestuarios. Ella misma le implora a cada escultura que le comunique cómo debe ser tallada y modelada. “Dime, ¿cómo te hago?”, les pregunta, con la fuerza de su contundente voz que habla sin respiro. En el dormir profundo o bajo la tibieza de una ducha para despertar, ellos (los vestuarios), ellas (las esculturas), le han brindado las respuestas precisas.

Entonces comienza la alquimia artesanal. Los primeros bocetos pronto se convierten en una maqueta que sintetiza el primer fuego del vestuario soñado. Luego, la selección de los materiales que se adquieren poco a poco. En esto Dayra es exigente, perfeccionista, toda una exploradora de telas, bisutería, elementos decorativos compuestos de pequeños detalles. “El detalle de lo femenino. El dulce toque de la mujer”, afirma. Esto es lo que su hermana Mónica llama el punto de quiebre de la presencia de Dayra en el carnaval. “El mayor aporte de Dayra es que llegó con su firma, con la visión que desarrolló en su proyecto empresarial de Joyas Blandas, para impregnar al carnaval de una belleza diferente, de unos detalles únicos, de una muestra de innovación que nos ha sorprendido a todos”, afirma la menor de la casa sin dejar de sonreír, abriendo esos ojos negros que se quieren tragar el mundo.

Dayra dice que ella representa “el  murmullo de la mujer en el carnaval”. Año tras año ese murmullo se ha convertido en un auténtico canto, una canción que ha llegado con la misma dulzura con la que Aura les cantaba a sus hijas el sonsonete de “La Guaneña” y que aprendieron a danzar desde sus primeros años.

Por eso esta “Guaneña” no recoge la imagen de la mujer armada, la del imaginario de la guerrera en campos de batalla, sino la de la mujer ritual, la mujer que lucha en el día a día; la mujer pastusa, la nariñense del campo y la ciudad que sobrevive en su íntima cotidianidad. “Es que todas somos guerreras, todas somos guaneñas”, explica Dayra ahora con esa voz más dulce, intentando que en su expresión quepan todas las mujeres del mundo y de sus mundos de nostalgias acumuladas.

En este traje está retratada su abuela, doña Nelly Díaz quien le heredó un costal lleno de lanas con las que se logró armar buena parte del vestuario de esta “Guaneña” color rojo encendido, color violeta que vibra y hace bailar los ojos.

Tema listo. Visión definida. Maqueta preparada. Diseño dibujado y bailando en la mente creativa de cada una de las mujeres del taller. Un mar de ideas monta su oleaje en la casa-taller. Luego viene la maratónica exploración de telas, hilos y demás materiales. Surge aquí el papel de Doris, la mayor de las hijas de Aura, la responsable de la administración del proyecto. Doris tiene la mirada de una niña sorprendida, sostiene la sonrisa reflejando la ternura de su espíritu encantando por el carnaval. Es ella quien recorre las calles de Pasto en extensas jornadas de horas sin fin buscando dar con la tela precisa, con el material exacto.

Así llega Doris a la casa abrazada a los paños, el terciopelo y la lana. En el camino se han quedado las telas viscosas que son difíciles de coser. Al taller llegan metros y metros de dacrones, popelinas, yersilón, etaminas y opalinas. Las manos creativas de Aura, Mónica y Dayra se divierten con las telas rotas, la piel de durazno y los tules.

“Es que a nosotras todo nos sirve. Nos emocionamos con cada pincel de color, con cada patrón. Así, como decían las mamás, con cualquier tonterita” dice Aura mientras mueve los brazos hacia arriba y hacia los lados. Aura con su flexibilidad de danzante y su amor desbordado.

Manos a la obra y que comience el trabajo. Cerca de dos meses dura la labor artesanal. Dibuje, raye, corte, talle, empapele, ¡Al sol! Pinte el fondo. Hora de colorear. Voltée. Corra, va a llover. Meta a la sombra.  ¡El gato! cuidado con el gato. Pilas, que el bordado no quede lambido. Suspirar. Ponerle amor a cada detalle. Jugar con cada cosita.

El traje, cada vestuario, es un homenaje a las pequeñas cosas, incluso a las que no se ven, pero que luego la gente las siente, las percibe por esa conexión espiritual que las esculturas transmiten con el encanto ritual con el que han sido elaboradas. Las huellas de lo rústico, ese diseño de elementos populares, el desgaste mismo, la intención de que el tiempo se note, dejar que las cicatrices del vestuario permanezcan intactas. Para Dayra cada material tiene un alma, un espíritu propio y eso, tal vez, es lo que ha logrado marcar la pauta de diferencia, el sello único que hoy hace historia en el carnaval de Pasto

Virgen engalanada

Todos los trajes que Dayra Benavides ha exhibido en el desfile magno del seis de enero, son un homenaje a la grandeza del sur. También son el exorcismo propio de su alma creativa. “Esa muchacha está endiablada” le dicen. Y sí. “Nos volvemos otras mujeres, no las que somos” me explica Mónica mientras mueve sus brazos como si estuviera danzando y en el abrir y cerrar de sus ojos viajara hacia los instantes de hechicería que ha vivido a razón de este mundo al revés que es el carnaval.

Durante la marcha, la danza y el andar que Dayra realiza por la senda del carnaval, Mónica y Aura, sus hadas encantadas, se encargan de avivar la fiesta que gira en torno a la figura mayor que es el traje (para nada un disfraz). Fiesta que para muchos ha sido incómoda, pues Dayra, por ser mujer, diseñadora, venida de una familia sin ancestro carnavalesco, ha sido mirada también con sospecha pues llegó a ocupar el lugar que durante años fue reclamado por la herencia masculina.

Ahí va Mónica lanzando serpentinas y confetis. Ahí va agradeciendo al público que incluso quiere tocar los pompones, acariciar el terciopelo o hacerse una foto al lado de la escultura en movimiento. ¡Gracias por venir!¡Gracias por vernos! grita Mónica a todo pulmón y a las mujeres mayores, a algunos viejitos y a ciertos niños que miran con asombro el traje de su hermana hechizada, les obsequia atados de tomillo, menta, hierbabuena, caléndula y cidrón, evocando los aromas de las hierbas que sirven para aliviar todo dolor, para enriquecer el sabor de los alimentos o para espantar los malos aires. “Vos Lili, sos una bruja”, le dice Dayra a su hermana Mónica, Mónica Liliana. La mujer que llegó con discreción y ahora hace parte de este trío de mujeres enamoradas del carnaval.

Y ahí va Aura, llevando el paso del son sureño, danzando al ritmo de la guaneña que nunca se ha olvidado. Ahí va elevando el cartel, paseando en un zig zag que llama la atención y que despierta la curiosidad del público que se predispone a admirar la belleza del traje que se ha confeccionado durante largas horas de creación.

Dayra danza. Eleva la falda bordada y se lee un “Viva Pasto”. Dayra camina coqueta y ahora sonríe como no lo había hecho antes. El rostro aún pintado de negro ya no es una manera de ocultarse por el temor de participar en el evento magno. Ahora, Dayra se ha vuelto un canto. Sobre el faldón emergen las figuras de las mujeres con cabeza de pájaros, con picos de gallos y gallinas, emulando los animales de su infancia a los que tanto amó. Ahí están pintadas las mujeres que cantan en la mañana al despertar el día y están las mujeres que bailan porque aman la vida. Una “Guaneña” pasea por la senda del carnaval siendo símbolo de la añoranza de las madres, de las abuelas, del tejido, de las lanas y los choclos. Bajo el tocado, su cabello trenzado obedece a la trilogía aire, fuego y sonido: ¡ese es su credo!

“Lo que quise fue hacer de esta guaneña una virgen engalanada, una mujer poderosa” afirma la artista que defiende su causa con la devoción de quien ama sin medida. Por eso el brillo, los espejos, los abundantes pompones, las espirales, el tocado, los restos de lana amarilla en las puntas, la máscara roja y sencilla, todo esto junto es el terreno fértil donde florece el alimento que luego recoge la mujer campesina, la madre, la abuela que nutre a los suyos. Todo eso y más en un traje, en un vestido ritual que sintetiza el corazón de una artista dispuesta a dejar el alma en cada obra que ha tallado con asertiva pasión.

Itinerante

Dayra se ha vestido de espíritu festivo. Ha encarnado la semilla a punto de florecer. Se ha enmascarado con rostro de pescado y cuerpo de zarcillejo. Se ha decorado de maíz, lana y terciopelo para reunir a todas las mujeres en una sola guaneña, en una misma ñapanga que suma todas manos, las voces y los cantos que la arrullaron en su infancia. Ahora, aquel arte efímero que se manifestaba por el artista del carnaval durante unas pocas horas ante el gran público de la fiesta del sur, Dayra lo ha convertido en una obra itinerante que recorre el mundo.

Su casa en Pasto y su apartamento en Bogotá son una auténtica galería revestida de sus colores y sus detalles. Sus atuendos ceremoniales, como ha querido bautizarlos, han sido expuestos en el Flower Festival de Nueva York, en la Bienal Iberoamericana de Diseño de Madrid, en el Museo Santa Clara de Bogotá. En lo más reciente, prepara una réplica de la máscara que usó para su “Guaneña” que será donada a la colección de Felipe Guh y la exposición permanente “La vuelta al mundo en doscientas máscaras» que se exhibe en honor al mayor coleccionista e investigador de la máscara ritual, carnaval y artesanal del país.

Dayra ha hecho de sus vestuarios una representación de esculturas vivas que en vez de ocupar el tiempo efímero del olvido se han quedado para ser coloridos retratos de la memoria de este sur. Por eso para Mónica “más que la innovación, esto se ha logrado por el inmenso cariño con el que hacemos cada uno de los trajes. Son vestuarios hechos con todas las manos de la casa”. Dejando un largo suspiro que hasta le salió cantado, Mónica ahora espera que durante esa itinerancia Dayra también las “ajunte”, que también sus hadas puedan volar con ella.

De esa manera Dayra Benavides se asomó, pasó el portal, cruzó la senda, salió triunfante, se dejó picar por el bicho carnavalero, lleva laureles de triunfo sobre su cabeza, se quedó para marcar huella en la fiesta y ha cantado su más dulce canción para provocar el despertar de las mujeres en el Carnaval de Negros y Blancos, para que sean protagonistas del escenario y no sólo las manos hechas para el servicio, la ayuda, el apoyo o el respaldo.

Así, con sus ojos desbordantes, con sus gestos por montón, su mirada siempre puesta más allá de todo horizonte; sus palabras de poeta y la magia de su creatividad, Dayra, junto a las manos mágicas de su familia, logró hacer todo esto con la yema de los dedos.

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