Beethoven: protesta y liberación.

Por: Germán Ponce Cordoba

En el curso de los próximos 12 meses el mundo celebra los 250 años del nacimiento de Ludwig van Beethoven, que concibió la mayor parte de su obra aislado por la sordera.

Vivió en una época turbulenta; Europa era un territorio de confrontaciones, guerras y conspiraciones. La revolución francesa había aniquilado todo resquicio del feudalismo retrogrado y su espíritu libertario se expandía derrotando a las monarquías en todos los frentes. El entonces joven compositor tomo partido y se comprometió con la causa revolucionaria y compuso su única opera, Fidelio, henchida de fiebre libertaria, la primera en que una mujer se convierte en heroína.

Con este ímpetu rebelde compuso, la tercera sinfonía en honor a Napoleón a quien admiraba como continuador de la revolución francesa; pero cuando en 1804 se enteró que el general se había autoproclamado emperador, se sintió traicionado, redenomino Heroica la sinfonía y la dedico a los héroes anónimos de la revolución. Se estreno en 1805, son muchos los que consideran que la Heroica y su patetismo no han sido superados. George Marek dice que lo ocurrido debió de haber sido similar a escuchar la noticia de la división del átomo.

El cambio social anhelado no se dio. Napoleón fue derrotado, los aristócratas retomaron el poder, Beethoven, en todos los ámbitos en los que se movía seguía protestando, nunca perdió la fe en la revolución, nadie osaba reprimirlo por su valía y su prestigio; pero el culmen de su magna obra llega con la novena sinfonia, interpretada por primera vez en 1824 con todos sus elementos misteriosos, místicos y monumentales siempre fue tenida en muy alta estima por los románticos posteriores. Según todos los testimonios, el estreno, realizado tras solo dos ensayos y cuando muchos de los cantantes no podían llegar a las notas más altas, fue desastroso. Los solistas le rogaron que las cambiara, pero Él se negó. Beethoven estaba interesado, por encima de todo, en los estados interiores del ser y tenía una apremiante necesidad de expresar la dramática intensidad del alma, su música es sublime, música interior, música del espíritu, música de una subjetividad extrema. Fue la Novena sinfonia, su colosal lucha de protesta y liberación, obliga a pensar y sentir. El director Nicolaus Harnancourt, decía “esta no es música es agitación política”. En el movimiento final, de su Novena, el coro entona partes de la Oda a la alegría del poeta Friedrich Schiller con un mensaje directo para toda la humanidad: “todos los hombres se vuelven hermanos”, una expresión cargada de un altisimo ideal revolucionario. Ese espíritu recorre cada compas de sus sinfonías con especial énfasis en la QUINTA.

Ludwig Van Beethoven murió de cirrosis el 26 de marzo de 1827 en Viena, a los 57 años. Todo el planeta rinde homenaje al genio en sus 250 años. El músico más importante de su tiempo, apreciado y respetado por sus contemporáneos, fue el típico representante de la generación de grandes ideales universales y apasionadas declaraciones de principios. Un revolucionario que plasmó en su obra la ruptura ideológica y política generada por la Declaración de los Derechos Humanos y la Revolución francesa. Como pionero del romanticismo, la posteridad hizo de él un héroe. Casi un santo. Un mártir que compuso en medio de la sordera, víctima de un padre abusador y un incomprendido: todo eso es verdad.

En esta época de coronavirus, cambio climático, con las fuerzas reaccionarias a la ofensiva queriendo hacer trizas el acuerdo de paz, con la injusticia social desbordada, la inequidad y la desigualdad rampantes, Beethoven está con nosotros en los paros, las manifestaciones y los cacerolazos.

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