Bicentenario (II): Pasto y Sañudo Vs realidad y mito bolivariano

Agradecimientos a:
Nelson cabrera y Nicolás Villarreal.

Breve Nota introductoria

Nos encontramos conmemorando aún el año del Bicentenario de lo que hemos llamado “Nuestra Independencia” de España. Recordamos entonces que el mes de abril de 1822, a tres años entonces de la llamada Batalla de Boyacá (en agosto de 1819 que produjo el fin del poderío español sobre el virreinato de Santafé de Bogotá), para la realista Provincia de Pasto significó la defensa de su territorio no para sí, sino en beneficio de las armas de su lejanísimo rey Fernando VII, desconocedor absoluto de las calidades de vasallos que poseía en estas breñas andinas aquende la mar océano. En su casi totalidad los combatientes fueron milicias criollas; pocos, muy pocos, ejército regular, y menos, muchos menos, ejército de nativos españoles. Esa defensa ocurrió el 7 de abril de 1822 en lo que comúnmente se conoce como Batalla de Bomboná -para algunos, Batalla de Cariaco, porque se libró junto a ese arroyo o quebrada-, en una de las empinadas faldas del volcán Galeras, al occidente de ese macizo volcánico. A raíz del hasta ahora controvertido resultado de esa sangrienta batalla, ambos contendientes se retiraron en las primeras horas de la noche: Bolívar se devolvió al norte –al hoy municipio de Bolívar (Cauca)- y las milicias pastusas a su ciudad, de regreso a sus casas, a sus familias, según el historiador Sañudo. La idea que en varios historiadores se afianza hoy, sobre esa batalla, se asimila a un “empate”, si así se pudiera hablar cuando hubo cientos de muertos y heridos (muertos 800 patriotas y 18 realistas; heridos 1000 patriotas y 18 realistas, según el general José María Obando, realista payanejo converso a patriota en febrero de ese 1822; “[fue]…La batalla más sangrienta de la independencia”, según L. E. Nieto Caballero (citado en Sañudo, pág. 24 -cita1-).

Posterior al resultado de Bomboná (o Cariaco) y a raíz de la situación de Quito, al sur, que ya había caído en manos de Sucre (en la batalla de Pichincha, 24 de mayo de 1822), que Bolívar desconocía, en cambio el comandante español de Pasto, el Coronel Basilio García sí tenía pleno conocimiento, y temeroso el español de la muy segura probabilidad de verse atrapado por el sur y por el norte (con escapes sólo hacia las inhóspitas selvas amazónica por el oriente o a las del Océano Pacífico por el occidente y pudiendo ser interceptado su paso por Barbacoas hacia el mar), propuso la capitulación a Bolívar y éste la aceptó aún sin conocer el triunfo de Sucre en Pichincha, repito; ¿viveza del español o “desinteligencia” de Bolívar y sus fuerzas? Sólo así Su Excelencia El Libertador pudo pasar con sus tropas hacia Quito (con Te Deum incluido), a través del territorio sureño, dejando destacamentos fronterizos cercanos a la realista Provincia de Pasto. Una de las exigencias de Su Excelencia, fue que en la procesión y en el acto religioso del Te Deum, se le “cobijara” bajo el palio del Obispo de Popayán, Salvador Jiménez, que a la sazón se encontraba “fugitivo” en Pasto, por toma de los patriotas Popayán. Lo de ir bajo palio, al parecer, fue porque sabía que ningún pastuso procedería contra su integridad o su vida mientras estuviera ahí, por la religiosidad de nuestras gentes.

Pero esta capitulación García-Bolívar fue rota (de manera muy violenta –quizá desleal, aunque no sé si en esta guerra se pueda hablar de deslealtades, porque aún se hacía en varios territorios hispanoamericanos) por la milicia pastusa criolla y apoyada por gran parte de la ciudadanía civil, soliviantadas ambas por Benito Boves, un español sobrino del sanguinario José Tomás Boves, ambos de ingrata recordación. Para su cometido, Boves buscó al carismático estratega indígena Agustín Agualongo (con galones de coronel otorgados por los ejércitos del rey, ganados en batalla) y a otros jefes criollos realistas locales. En ese resto de 1822, hubo refriegas mutuas. El 23 de diciembre el ejército patriota rompe el cerco realista (batalla de Taindala) en cercanías del sur de Pasto y el 24 destroza la resistencia que se hacía ya en las afueras de la ciudad (cerca de la iglesia  de Santiago). La milicia realista pastusa se vio acorralada en su propia ciudad. Las consecuencias de toda esta situación, para ese final de año, ha sido conocida como la “Navidad Negra”, ocurrida en Pasto el 23, 24 y 25 de diciembre de ese 1822: alrededor de 500 muertos, muchísimos asesinatos a sangre fría, entre milicias y civiles –adultos hombres y mujeres de variada edad y niños y niñas-, violaciones sin cuenta (hasta el punto de que el converso General José María Hernández, en sus “Apuntamientos para la historia” cuenta que hubo madres que salieron con sus hijas a las puertas para que las viole un blanco mejor que un negro), además de 1000 personas entre “desterrados” y reclutados para el ejército patriota, algunos de los cuales se suicidaron en el camino hacia Ibarra (hoy Ecuador). El epicentro de la masacre se tomó la iglesia de la colina occidental de Santiago (el apóstol a cuyo templo y manto protector devotamente se arroparon las piadosas gentes de Pasto) y la Calle El Colorado, que baja de esa plaza hacia el centro de la ciudad. Es tradición en Pasto que el nombre de esta empinada calle surgió entonces, desde esa fecha, y que se debe a la gran cantidad de sangre que corrió por allí en esos días y noches. Esta herida, que permaneció más o menos entre dormida y medio restañada, en el Pasto actual sigue abierta y quizá más profundamente hoy. En 2012 el escritor Evelio Rosero publicó la novela “La carroza de Bolívar”, ambientada entre esa masacre y el Carnaval de Blancos y Negros, que se celebra en Pasto y en todo el Departamento de Nariño. En 2018 este mismo carnaval comenzó con una actividad lúdico-artística en la calle El Colorado, ambientada en los mismos hechos. Aunque hay más actividades similares a las descritas, dejo aquí esta Nota Introductoria).

Panorámica actual del templo del Apóstol Santiago en Pasto
Foto: Alejandro García Gómez
Vista del volcán Galeras desde el templo de Santiago
Foto: Alejandro García Gómez
Escultura de San José y el Niño Jesús, templo de Santiago
Foto: Alejandro García Gómez

Los mitos, antes y ahora.

Afianzar el poder por medio del relato gregariamente masificado, tal parece ser una de las principales funciones del mito en la sociedad actual y esto quizá se remonta a ese comienzo cuando inicia la Historia. Todo lo contrario de lo que representó la construcción del mito en los orígenes de la humanidad (con la Prehistoria y la Protohistoria), donde él sirvió para generar un sustrato del cual asirse ellas –numerosas familias patriarcales o matriarcales- al pasar del dolor y del misterio de la muerte a la alabanza del muerto y luego ese elogio convertirlo en canto, en un canto que lo perpetuaría. Cantar a sus muertos quizá fue el inicio de la construcción de esa base esencial con la cual esas inmensas pre y protosociedades familiares buscarían asirse de ella para dar asiento a la génesis de sus grupos primero, y de las nacionalidades de éstos luego, quizá buscando autovalorarse, es decir inmortalizarse al  inmortalizar a sus muertos. Así, de ese tipo de forma de mito en las pre y protosociedades antiguas –desde el dolor, el temor y el misterio ante la muerte- pienso que nace el misticismo y de él el concepto religioso y el de las religiones. De éste y de éstas, con el paso del tiempo, derivaron los cantores (que comenzarían a llamarse aedas –entre los griegos- o mascadores de luna –entre los mayas- o arawij o arawíkuj –en el quichua dialectal del Chinchasuyu, norte del Tahuantinsuyu- o algo equivalente a como se nombra al poeta en otras culturas) y, claro, de ahí nació o se derivó la poesía (el máximo arte) y el devenir de la literatura oral, y posteriormente el resto de manifestaciones artísticas, continuando quizá por la música, necesaria primero para cantar al muerto luego para el resto de situaciones y condiciones humanas.

En cambio hoy, el mito es una carga de preguntas sin respuestas o con respuestas acomodadas para los “consumidores” masivos de los mismos mitos, sometidos por una mediocre, farandulera y fatua (y en muchos, muchos casos, sesgada) información por los medios de comunicación; información hoy multiplicada por la “democracia” de las redes sociales, en muchos casos peores que la miserable ignorancia. Porque pareciera que el ser humano funciona más en torno a leyendas, a mitos y relatos, y que éstos son más importantes para él que los hechos. Poder y miedo, o poder e ignorancia, carga de preguntas sin respuestas que acompañan al mito histórico actual y a muchos de los llamados héroes o ídolos, aunque esto nada tenga que ver con la ciencia y arte de la Historia. Tal podría ser el caso de varios de nuestros llamados próceres y, entre todos, el más grande de entre nosotros: el llamado nuestro Libertador; en sus tiempos: Su Excelencia El Libertador Simón Bolívar.

Bolívar y J. R. Sañudo.

Cuando en 1925 el controvertido historiador pastuso José Rafael Sañudo (Pasto 1872-Pasto 1943) publicó su libro Estudios sobre la vidas de Bolívar (1), le llovieron anatemas. “Hijo ingrato de la patria”, le espetó Academia de Historia de Colombia, conformada por quienes eran considerados como los más íntegros y doctos de entonces. “Ninguna palabra calificaría tan bien al doctor José Rafael Sañudo como su propio apellido”, dice L. E. Nieto Caballero (citado en Sañudo, pág. 9 –cita 1-). Estudiándolo, estoy seguro de que para sus Estudios…, se ve que algo o mucho bebe Sañudo del Bolívar de Jules Manzini (Bogotá 1875-París 1912) (2), aunque el pastuso indaga más en aquellos hechos que el historiador colombo-francés trata de pasarle por alto a Su Excelencia, ya que era decidido admirador de él (estudio que por su muerte dejó incompleto).

Para mí, personalmente, Estudios sobre la vida Bolívar había pasado a convertirse de inquietud ingenua en mi infancia a obsesión en mi juventud. Era asombroso a mi corta edad escuchar a mi padre, hombre de vasta cultura e inteligencia, revisar en las conversaciones ante la mesa del comedor de nuestra casa la enseñanza escolar de los maestros y las maestras que me tuvieron a su cargo, con los mismos relatos legendarios de algunos de los mismos personajes y en iguales fechas que, en las historias escolares, eran los héroes de las festividades patrias y en los que nos contaba mi padre, a mi madre, a mis hermanas y a mí, se habían portado como algo muy cercano a unos asesinos contra mi terruño, en la épocas históricas de la Independencia y la naciente República, claro que siempre señalándonos unas posibles causas, pero siempre aborreciendo esa ferocidad genocida (ahora conozco esta palabra, entonces no).

Esto lo veo así, ahora, de adulto. Hubo infamia de Sucre el comandante máximo; del general Salom, el ejecutor; del teniente Cruz Paredes (quien cumplió con  el “deber patrio” de lanzar a los vórtices del Guáitara a 14 principales pastusos amarrados de espaldas y en parejas en el punto llamado Tacuayá, -hoy vereda del municipio de  Yacuanquer-); hay historiadores que aseguran que entre esos 14 despeñados está un antepasado directo de Sañudo (¿venganza histórica?). Sí, hubo infamia de guerra a muerte contra los civiles (genocidio), de “borrar de la faz de la tierra a ese miserable pueblo”, según Bolívar en carta a Santander (refiriéndose a los pastusos), pero también hubo causas; razones para una sanción militar de guerra, pero no para una masacre de tinte genocida, como ocurrió. Esas causas se basaron fundamentalmente en el rompimiento de la capitulación, como señalé, por parte de los pastusos, entre Bolívar y el español Basilio García, después de la batalla de Bomboná (o Cariaco): Benito Boves, quien había instigado a los pastusos a romper dicha capitulación, a los primeros reveses de los realistas pastusos ante la reacción patriota, el provocador Boves escapó del teatro de los acontecimientos, por el oriente, por Sibundoy, a lo que hoy es el Dpto del Putumayo, buscando la vía hacia la Amazonía, donde jamás podría ser perseguido y menos encontrado. De las causas –para mí- que motivaron este realismo de la provincia de Pasto hablé en mi anterior artículo sobre el Bicentenario en mi región sureña (EL MUNDO, 31.VIII.2019 y, en fechas similares, en Página10.com e Informativo del Guaico.com).

Paisaje panorámico del sitio Tacuayá (hoy vereda del municipio de Yacuanquer), donde el llamado Ejército Libertador lanzó al abismo a catorce pastusos de la sociedad de ese tiempo, amarrados en parejas, en enero de 1823; los criminales les llamaron burlona y criminalmente “los matrimonios”, aunque todos eran hombres. Al parecer, los asesinos los lanzaron desde la parte alta de la arboleda, hacia la derecha, encima -en línea recta- de la fecha que ahí aparece (“2009/08/07”). Al fondo del abismo el torrentoso río Guáitara.
Foto CORTESÍA DE NICOLÁS VILLARREAL.
Toma más cercana –y desde abajo- del puente de Tacuayá tal como aparece hoy. Obsérvese lo torrentoso de la corriente del río. Parece que tuvo modificaciones de acuerdo con los materiales de su construcción, según personas más expertas. En el portal al parecer municipal de Yacuanquer  se asegura -con no sé qué tanta credibilidad- sólo vino a existir en 1.858 (más de treinta años después de la masacre).
Foto CORTESÍA DE NICOLÁS VILLARREAL.

Pero volviendo a Estudios sobre la vida de Bolívar, del abogado Sañudo, yo no había podido leerlo, porque era un libro casi clandestino, aun en mi Departamento de Nariño. Sólo cultos, privilegiados personajes -como mi padre- y afanosos coleccionistas de curiosidades bibliográficas, lo conocían y eran muchos menos quienes lo tenían en su biblioteca y, cuando lo poseían, siempre se preciaban de su tenencia como de un tesoro. En 1975 la editorial Bedout, de Medellín, hizo una edición que llegó a ser la cuarta, desde la primera publicación por la imprenta departamental de Nariño en 1925. Habían pasado 50 años desde la primera. Pero como en 1980 se celebraría el sesquicentenario de la muerte de Su Excelencia, curiosamente desaparecieron de todas las librerías las existencias del “profano” libro. Yo me había venido a vivir a Medellín en 1979. En ese año, personalmente llegué hasta los depósitos de la propia editorial, de manera infructuosa, por algunos volúmenes, uno para mí y otros de encargo. Dicha editorial, ya muy mermada, aún subsistía en lo que luego se llevó la construcción del actual metro, cerca de donde hoy queda la estación Prado, quizá algo más al norte. Los anaqueles de la muriente editorial aún conservaban varios ejemplares de otras obras, pero ninguno del que yo buscaba. En 1980 los gobiernos de los llamados países bolivarianos habían hecho causa común para la celebración. Mi frustración sobre la adquisición de esos ejemplares siempre la he atribuido a esa coincidencia de celebración sesquicentenaria. No sé si esté equivocado. En la actualidad no es fácil conseguirlo aún; mejor, es casi imposible y, si se tiene la  suerte de hallarlo, sólo se lo encuentra entre los “usados” (y a los escandalosos precios de mercaderes como el que me dispararon en una de las calles de las librerías de “usados” de la conocida hasta hoy como la “Calle angosta”, en Pasto).

Después de la lectura de Estudios…, imbuido, claro, por esa lectura del escritor e historiador pastuso es posible para cualquier persona llegar a la conclusión de que Bolívar –al igual de muchos de los llamados prohombres que nuestra historia ha exaltado- jamás amó intensamente a otra persona que no fuera él mismo; que la visión última de sus actos los hizo por sí y con beneficio exclusivo para sí mismo; que podría haber escogido cualquier causa o pretexto para ello; que quizá la campaña libertadora fue lo mejor que se presentó en su momento para usufructuarla y valerse de ella para sus propósitos narcisistas extremos; que a las innumerables mujeres que una o varias o muchas noches le entregaron su amor, sólo las utilizó para su propio placer y que después de “usarlas” por algún tiempo, las botó sin excepción al cesto de las basuras donjuanescas –aunque también es vox populi que al menos una, Manuelita, le hizo sentir las protuberancias cornúpetas con el general Córdova (según lo insinúa el historiador Botero Saldarriaga)-; que –cuando obtuvo el poder omnímodo- sólo a quien estuviera de acuerdo con todos sus proyectos y con sus manías absolutistas de poder podía considerarlo su amigo; que no fue el gran estratega militar que nos lo pintan (“El Napoleón de las retiradas” lo motejó Karl Marx) sino al contrario, tercamente errático, rodeado eso sí de excelentes militares que en las peores lo salvaron siempre -entre quienes descuellan Sucre y Córdova-, pero que no toleraba que ningún brillo militar ajeno le opacase y que a quien se atrevió a hacerlo, con marrullas y maquinaciones, le encontró la muerte así pusiera en peligro la aún débil estabilidad independiente que se iba consiguiendo como ocurrió con los asesinatos por fusilamiento del General Piar y del Almirante Padilla, decretados por consejos de guerra amañados, integrados por áulicos a su mando; que tuvo actos supremos de cobardía o de bajeza que en cualquier tiempo de guerra le habrían llevado a la pena capital, como la entrega de la plaza de Puerto Cabello, que a la final vino a convertirse en el comienzo del descalabro de la primera independencia de Venezuela, gesta iniciada por el gran estratega venezolano, pero romántico soñador si se quiere, el General Miranda (considerado Precursor de la Emancipación Americana contra el Imperio Español) o como la traición al mismísimo General Miranda y su entrega a los realistas para obtener un salvoconducto que le permitiera fugarse del teatro de los acontecimientos, donde el Comandante español Monteverde había comenzado a apresar y fusilar a todo aquel que estuviera comprometido con la facción revolucionaria según las palabras de este comandante español: “… Si los que en medio de las turbaciones de Caracas y del activo contagio de la rebelión se han conservado ilesos… merecen de su majestad un premio… los que fueron contagiados pero de algún modo obraron opuestamente a la maligna intención de los facciosos, deben ser perdonados de su extravío, y aún tenerse en consideración sus acciones, según la utilidad que haya resultado de ellas al servicio de su Majestad. En esta clase se hallan, Excelentísimo Señor Don Manuel María de las Casas, Don Miguel Peña y Don Simón Bolívar… Ya Casas con el consejo de Peña y por medio de Bolívar había puesto en prisión a Miranda, y asegurado a todos los colegas que se encontraban allí. Operación en que Casas expuso su vida, que habría perdido si se hubiese eludido su orden, del mismo modo que habrían corrido riesgo Peña y Bolívar. Yo no puedo olvidar los interesantes servicios de Casas, ni el de Bolívar y Peña, y en tal virtud no se han tocado sus personas” (3), (negrilla reteñida mía); que en no sólo en una sino en varias batallas que veía perdidas por su descabellada táctica era el primero en darse a la fuga.

Algo extraño resulta, o al menos muy, muy curioso, que a pesar de que la Academia Colombiana de Historia le espetó semejante epíteto (mencionado arriba) jamás le contradijo nadie ninguno de los hechos fácticos de los que habla el historiador pastuso y menos le probaron –ni antes ni ahora- siquiera una sola mentira. Antes bien, L. E. Nieto Caballero (el mismo que afirma de él “Ninguna palabra calificaría tan bien al doctor José Rafael Sañudo como su propio apellido”) asegura: “El libro del doctor Sañudo no es propiamente calumnioso. Está bien documentado” (citado en Sañudo, pg. 12, cita1).

Bolívar “Monarca de los Andes”.

También el escritor Sañudo señala que debido a su crueldad y al conocimiento de las debilidades de cada uno, sus “amigos” –áulicos, mejor- le tenían un temor al extremo. Uno de los peores hechos históricos, quizá delito histórico, que la historia oficial ha pintado con el noble propósito del “Panamericanismo”, del que quizá aún no se le ha juzgado con la imparcialidad requerida, seguramente debido al temor de que su aún colosal imagen mítica aplaste al desmitificador, es su maquiavelismo para tratar de imponerse él como monarca (o que se le acepte uno de alguna de las casas reales europeas); primero como “Monarca de los Andes” como se debería llamar y, cuando vio que era imposible que le aceptaran este despropósito, “pidió” que se le aceptara así fuera sólo como Dictador Supremo o Vitalicio, primero de la Gran Colombia unida al Perú y Bolivia, y luego ojalá quizá de toda la América hispana, con la implantación de la llamada Constitución Boliviana (¿de estos temas fue que hablaron en Guayaquil con el General San Martín, gestor de la libertad de Uruguay, Argentina y Chile?). Que tuvo desvaríos hasta de enviar ejércitos a Puerto Rico y Cuba y posteriormente a toda Sudamérica, incluido Brasil, dice Sañudo.

Ya andando la primera década de La República, esa fue la razón para que unos jóvenes librepensadores –origen de quienes en adelante se llamarían “Radicales” y “Liberales” en oposición a quienes querían “conservar” (“Conservadores”) el estado del gobierno dictatorial del Bolívar de entonces, ya que Su Excelencia, por apego al poder, había dado semejante voltereta en contra de sus primigenias ideas de la revolución Francesa-, esos jóvenes en concordancia con algunos militares inconformes, intentaron apresar o quién sabe si asesinar a Su Excelencia El Dictador en la noche del 25 al 26 de septiembre de 1828. ¡Eran tantos los excesos cometidos por él y por sus áulicos! Quizá uno de los menos graves lo protagonizó un coronel llanero el 5 de noviembre de 1827, también apellidado Bolívar, contra uno de los periodistas “liberales” más radicales, Vicente Azuero que tenía el periódico El Zurriago: “… El llanero Bolívar le atacó en una de las calles más públicas de la Capital y trató de romperle los dedos de la mano derecha como para cumplir una de sus amenazas: ‘quebrarles los dedos a los que escribían contra la dictadura de Bolívar’” (4) “Azuero se quejó del hecho al Intendente [Pedro Alcántara] Herrán, pero éste no le hizo caso, y antes bien Bolívar protegió a ese coronel” (5).

El 25 de julio de 1827 el congreso colombiano (grancolombiano, para entonces) decretó que se convocase una convención para que se reformara la Constitución si era menester, lo cual era ilegal por impedirlo el artículo 191 de la vigente entonces, pero dadas las circunstancias en las que Su Excelencia, con su ominosa dictadura, había puesto a la república era necesaria, según los opositores a la misma. Ante la situación dictatorial y el inminente rompimiento de la Gran Colombia que se veía venir a causa de ésta (y que al poco tiempo se cumplió), la intención de los “liberales”, o sea de los opositores de Su Excelencia, era establecer el sistema moderado de estados o sistema federal, con lo que protegerían la integridad del territorio de toda la república y volverían a la institucionalidad, según ellos. La Convención se reunió en Ocaña a mediados de abril de 1828 e inmediatamente Su Excelencia se situó cerca, en Bucaramanga, con tropas para revertirla en su favor, por intermedio del miedo y de sus áulicos delegados. Al no lograrlo por no poder imponer mayorías, prefirió disolverla ordenándoles a los suyos que se retiraran. “¡Miserables! Hasta el aire que respiran se los he dado yo”, exclamaba por esos días. Perpetrado el fracaso de la Convención de Ocaña, entre él y sus áulicos, se idearon el juego de las llamadas Actas Populares: sus generales convocaban inmensas manifestaciones en las ciudades representativas de la Gran Colombia, como la organizada en Santafé de Bogotá el 13 de junio de 1828 por el Intendente de Cundinamarca Pedro Alcántara Herrán, para proclamarle, en acta firmada por los principales de cada ciudad, Dictador Presidente, con omnímodas facultades, burlando la institucionalidad (¿recuerdan los lectores el llamado por algunos “Estado de Opinión”, contrario al “Estado de Derecho”, que se trató de implantar en nuestro país en julio de 2009, segundo gobierno de Álvaro Uribe? ¿Nadie ve semejanzas?).

Bolívar y J. M. Córdova.

El granadino General Córdova –conocido como el Héroe de Ayacucho, porque a él le atribuye su mismo comandante Sucre la victoria en esa casi perdida batalla-, en 1929 rompe con Bolívar debido también a que le es imposible aguantar por más tiempo los excesos de Su Excelencia. Córdova venía mal con Bolívar desde la llamada Conspiración Septembrina (25 al 26 de septiembre de 1828) y había una investigación en curso contra él. Poco más tarde, en una proclama a los colombianos presenta una crítica a las bases de lo que se conoce como la Constitución Boliviana para Colombia, quizá el principal motivo de su ruptura:

“PROCLAMA.- ¡Colombianos! Os presento las bases sobre las que debe redactarse la constitución del año 30 (1830), según las órdenes del General Bolívar. Consultad si ella hará vuestra felicidad: todo es vitalicio, todo tiende a una monarquía disfrazada con una presidencia. ¿Seremos los tributarios del general Bolívar? Nos arrastraremos a los pies de los borbones?

“Poder ejecutivo.- 1ª. Presidente vitalicio, con facultad de nombrar sucesor, mandar al ejército y nombrar todos los empleados militares y civiles; veto absoluto.

“2ª. Vicepresidente elegido por el presidente, a quien le estará subordinado. Sus atribuciones las señalará el presidente, por un decreto especial.

“3ª. Secretarios del despacho [hoy llamados como ministros del gabinete], nombrados por el presidente, a quien le estarán subordinados y a [ante] quien serán responsables. Sus atribuciones las señalará el presidente, por un decreto especial.

“Cuerpo legislativo.- “4ª. Senado vitalicio, hereditario: sus miembros serán nombrados por el presidente (subrayado mío), a quien servirán de consejo para revisar los proyectos de ley. En los períodos en los que se reuna (sic) la cámara de representantes formará otra cámara legislativa, para la discusión de las leyes que se sometan al cuerpo legislativo.

“5ª. Cámara de representantes, cuyos miembros serán elegidos por las provincias a razón de uno por cada 50.000 almas. Estos representantes deben tener el capital de $6.000 en bienes raíces (subrayado mío), se reunirán cada dos años para tomar en consideración los proyectos de ley que someta a discusión del cuerpo legislativo el presidente.

“Cuerpo judicial. 6º (sic). Tribunal Supremo de Justicia, cuyos miembros serán nombrados por el presidente (subrayado mío), quien lo arreglará por un decreto especial en su forma y atribuciones y modo de proceder.

“7ª. Tribunales superiores de justicia, cuyos miembros serán nombrados por el presidente (subrayado mío), quien lo arreglará por medio de un decreto especial en su forma y atribuciones y modo de proceder, como el tribunal supremo.

“Las demás partes de la constitución parten de estas bases; en consecuencia, se pueden deducir poco más o menos.

“Ya veis la cadena con que se os amenazaba para el congreso próximo. ¿Tendré razón para despedazarla? Contestad.- José María Córdova” (Botero Saldarriaga, ibíd., 6).

La causa de la determinación y de las intenciones del llamado Héroe de Ayacucho están patentemente manifiestas en su extensísima carta-oficio fechado en Medellín el 21 de septiembre de 1829, a Su Excelencia (Botero Saldarriaga, ibíd., 7). En ella, después de unos prolegómenos y con respetuoso pero descarnado y valiente lenguaje, comienza reclamándole por la Constitución Boliviana “… pues V. E. Obligó al Perú a que la aceptase [lo que dio origen a la primera guerra colombo-peruana] y la propuso a Colombia como único medio para salvarla de la anarquía en que procuraba ponerla”. Extensamente le demuestra, prueba en mano para que no queden dudas, de que Su Excelencia sí trató de imponerla en Colombia incitando al desobedecimiento de la constitución regente entonces. Lo hace responsable del delito de desobediencia constitucional y de incitar a la desobediencia: “… Si el romper una constitución y negarse un pueblo entero a cumplir sus juramentos, con el pretexto de leyes inconvenientes, es el ejemplo más funesto para la posteridad, no es menos cierto que las públicas violaciones de las leyes fundamentales de un Estado, hechas sin rubor por el primer magistrado, es el medio más seguro para arrastrar a un pueblo a la desobediencia y al desprecio de las instituciones, a la rebelión y a la anarquía” (Botero Saldarriaga, ibíd., 8). Le responsabiliza de implantar el terror contra los ciudadanos respetables que no estuvieran de acuerdo con sus ideas, haciéndose el de la vista gorda con subalternos o con civiles que en consonancia con éstos maltraten y hasta asesinen a los opositores, sin que haya ni Dios ni Ley para los terroristas de Palacio. Le responsabiliza como causante directo del fracaso de la Convención o Congreso de Ocaña, mencionada antes. Le echa en cara su desfachatez, imperdonable como gobernante, de ser el responsable de pretender socavar la Constitución vigente por medio las famosas Actas Populares, mencionadas antes. Le pone de manifiesto que él, Córdova, no puede permanecer como un espectador tranquilo ante las circunstancias porque “… Todos hemos jurado sostener la libertad de la república bajo un gobierno popular, representativo, alternativo y electivo, cuyos magistrados deben ser todos responsables… Yo he jurado con todo este pueblo (se refiere a su tierra antioqueña, que luego lo dejó solo en su lucha, con un puñado de jóvenes que también fueron masacrados en su mayoría) sostenerla (se refiere a la libertad y la legitimidad de la constitución vigente), y morir antes que sufrir ante la tiranía en Colombia” (Botero Saldarriaga, ibíd., 9).

Termina agradeciendo los favores de Su Excelencia y se duele de tener que poner sus armas en contra de Su Excelencia, pero su conciencia lo obliga. Conocemos finalmente su muerte por asesinato (17 de octubre de 1829) después de encontrarse gravemente herido e inerme en la cama de una casa campesina de una vereda del municipio de El Santuario (Antioquia), al perder la batalla; el asesinato fue ejecutado por el mercenario irlandés Ruperto Hand, por mandato directo de su comandante el mercenario inglés O’Leary, edecán y uno de los historiadores oficiales de Su Excelencia, quien tenía órdenes explícitas de eliminar al rebelado, fuera como fuera, orden proveniente del venezolano Rafael Urdaneta, a la sazón Ministro de Guerra de Su Excelencia, verdadero jefe del Gobierno por esos días, ante la ausencia de Su Excelencia de la capital.

Bolívar y los partidos colombianos Conservador y Liberal.

A propósito del origen de los tradicionales partidos Liberal y Conservador colombianos, existe una controversia en la que los historiadores no han podido hasta ahora encontrar una solución que satisfaga a ambas partes argumentativas o que cierre la discusión, aunque, para efectos de “contabilidades”, se plantea que oficialmente el Partido Liberal nace en 1848, con la divulgación de su programa por Ezequiel Rojas y el Conservador un año después, o sea en 1849, por José Eusebio Caro y Mariano Ospina Rodríguez. Pero a mi modo de ver, pienso que, aunque los partidos se venían esbozando y luego perfilando, por diferentes intereses desde antes de la noche del 25 al 26 de septiembre de 1828 –si se quiere, revestidas políticamente desde las disputas por el poder entre el centralismo bolivariano y el federalismo santanderista-, los sucesos de la llamada “noche septembrina” significan su comienzo o arranque definitivo o si se prefiere su “nacimiento” a la vida pública y política del país, no tanto por lo que ocurrió esa noche, sino por las consecuencias que el posterior baño de sangre represivo trajo el fallido golpe: los fusilados, los encarcelados y los desterrados quedaron como los mártires para la mitad –más o menos- de la población con opinión pública, y los familiares y amigos de éstos que se considerarían doblemente “masacrados” –uno, por las ansias de poder absoluto de Bolívar y dos, por la sangrienta represión- jamás lo olvidarían y se sentirían “Liberales” unidos por la sangre común con la derramada de los mártires, y acogidos a las ideas del Iluminismo de la de la Revolución Francesa, quienes tenían alguna educación y quienes no la tenían, simplemente por amistad o familiaridad. Éstos  continuarían como “liberales” por el resto de sus vidas y, después de éstas, a través de sus descendientes. La otra mitad, la de los “Conservadores”, formarían la otra bandería, también con familiares, amigos, y otros particulares a quienes los unirían los intereses comunes de poder y el miedo o repudio a las ideas del Iluminismo Francés y, quién sabe, si al mismo Bolívar. No conozco estudios en este sentido.

Desde el comienzo hubo encono entre las dos facciones, un rencor que se transmitió hasta casi todo el siguiente siglo y que aprovechó esta coyuntura en el siglo XX para repartirse la riqueza nacional que, entonces, era la tenencia de grandes extensiones de tierra, con la consiguiente producción del campo, agraria (había empezado a tomar fuerza, entonces, la producción para la exportación cafetera) y pecuaria, que fue de donde bebió la llamada Violencia (a mediados del siglo XX), que no ha terminado y que se renueva cada día con más y más asesinatos a los llamados “líderes sociales”, pero este ya es otro tema.

Bolívar y Marx.

También el filósofo, economista y teórico del socialismo comunista, Karl Marx, (Tréveris 1818-Londres 1883) escribió sobre Bolívar, por encargo de la Enciclopedia Británica. En 1858 fue publicada en el Tomo III de la “The New American Cyclopedia”, con el título Bolívar Aponte, Simón (y no Bolívar Palacios, Simón). Aponte era el segundo apellido de su padre; esta y otras son algunas de las razones por la que los admiradores de Bolívar acusan de ligereza el texto de Marx. Según Carlos M. Ayala Corao, Marx se refirió a Bolívar como “el canalla más cobarde, brutal y miserable. Bolívar es el verdadero Soulouque [‘emperador’ de Haití]”, en una carta a Engels, de 14 de febrero de 1858 (año de la publicación de su artículo en T. N. A. Cyclopedia). Como se dijo, es necesario aclarar que hay varios ensayos en donde se ilegitiman las opiniones de K. Marx en su texto sobre Bolívar. Otra de las razones que más se esgrimen es que el filósofo y economista de Tréveris tiene una visión muy europeizada de América, pero particularmente de América Latina y que eso no le permitió la visión del panorama completo para el análisis adecuado (para los interesados, este texto de Marx sobre Bolívar y otros más se encuentra en algunos libros y revistas en español, en la web). Una revista colombiana trae un comentario muy interesante a este texto, a las razones que posiblemente motivaron al economista-filósofo a escribirlo (además del pago del emolumento, pienso), escrito por el venezolano Ibsen Martínez. Martínez basa su ensayo en desentrañar el interrogante “¿Cómo es que Simón Bolívar, la figura por excelencia de la derecha, se convirtió en la figura por excelencia de la izquierda?”, quizá como una réplica al chavismo del Chávez de su “Revolución Bolivariana” (Revista El Malpensante, #66, nov-dic, 2005, (10)), aunque no olvidemos que en Colombia, la primera acción “revolucionaria” del Movimiento 19 de Abril, M-19, fue sustraer la espada de Bolívar de donde se la exhibía, la casa-museo Quinta de Bolívar, en Bogotá, el 17 de enero de 1974. También el interesante texto de I. Martínez se encuentra en la web, para quienes deseen leerlo.

Bolívar Vs Pasto hoy.

El vivir un poco alejado geográficamente de mi departamento (y de Pasto su ciudad capital) me ha permitido realizar algunas observaciones panorámicas que dan el tiempo y la distancia; establecer unas ciertas diferencias progresivas con la ciudad que conocí en mi juventud, cada vez que vuelvo de tanto en tanto. En los últimos viajes a mi departamento sureño, pero sobre todo a su ciudad capital, Pasto, he notado un regionalismo que cada año o dos que vuelvo, se ha acentuado; cada vez es mayor, tanto que me da por pensar siempre que “se ve crecer”. A la par con esto, -o quizá como una consecuencia o quién sabe si como una causa o un poco de ambas juntas- alrededor de la historia, de la literatura, del arte y de la artesanía sureñas, es decir de la cultura regional en general (y en consecuencia de sus artistas, escritores y cultores en general) se ha desarrollado un estudio a estas labores y a la par con ese estudio un aprecio cada vez mayor hacia ellas, además de que más personas, principalmente niños y jóvenes, se dedican a esas nobles labores. Cada vez van quedando más lejos los días similares a aquellos en que el periodista Pablo Emilio Obando denunció en su obra “Testimonio de una insurrección-Desfiguración del chiste pastuso” (Pasto, 2010), en donde relata algunos eventos humillantes que él debió presenciar cuando, en su juventud, trabajaba en Bogotá, relacionados con jóvenes estudiantes universitarios nariñenses en la capital (este texto fue tomado como referencia por mí para una de las crónicas -la quinta, “El chiste pastuso: un caudillo, un caudillo, un destino, una tutela”- de mi libro “Sur, donde las rocas secretamente florecen. Crónicas”, Pasto, 2018, y por eso no me extenderé en él). Se observa un vivo orgullo por nuestra tierra y nuestros ancestros que se expresa de diferentes maneras: desde el “¡viva!” alicorado con algún “hijueputazo” –siempre extremadamente machista, como nos criaron y nos criamos los hombres y mujeres del sur- en las fiestas insignia (como sus carnavales y otras) y en bares y cantinas, hasta expresiones más refinadas en libros, revistas, conferencias, canciones y similares. Observo un “renacer” –no sé si es la palabra adecuada- de todos los signos, símbolos y personajes que nos representan. Como señalo antes, cada persona, o mejor, cada porción de esta sociedad sureña lo expresa como lo percibe, según su propio “sentir” o si se prefiere, según su nivel de apreciación cultural.

A causa del “Recital Internacional de Poesía desde el Sur” al que fui invitado a Pasto (11 al 22 de agosto de 2010) por el Colectivo Sombrilla (que aún hace un descomunal esfuerzo para organizarlo y realizarlo), entre mi recorrido a algunos municipios del departamento, asistí a El Tambo, distante a una hora y media o dos de Pasto, con otros dos o tres de los invitados. En un momento, y por fuera de la lectura al público, se presentó una interesante pero quizá muy breve discusión entre la dueña de la bella residencia donde almorzábamos, jueza de ese municipio, y uno de los poetas. Yo recordaba de ella –aunque el paso de los años algo nos cambia físicamente- que había formado parte del Moir, uno de los partidos de izquierda que lideraba el movimiento estudiantil de 1971 no sólo en la Universidad de Nariño, sino en el país, visto desde la óptica que me dan ahora mis años. Aunque primíparo, en ese paro o huelga del 71’ yo también había participado activamente, y de eso me quedó una enriquecedora experiencia personal y la ambientación para una parte de mi novela “El tango del profe” (Pasto, 2007). Siguiendo los principios, por los que había aprendido a regir mi vida, jamás quise pertenecer a ningún partido político ni de izquierda ni de derecha ni de centro; ni entonces ni hoy (aunque siento profundo respeto por quienes lo hacen) y siguiendo siempre los principios que definen mi ruta “política”: la Justicia, la Libertad y la Democracia. Y así he intentado seguir hasta ahora.

Continuando con la anécdota de ese almuerzo, empezó a hablarse de Bolívar. De su actuación militar en la llamada Independencia y su relación con la tierra del sur, entonces Provincia de Pasto. Imposible hoy recordar nombres de los hablantes ni el de nuestra anfitriona. En algún momento, alguien mencionó la “Navidad Negra”, la masacre bolivariana de Pasto, y empezaba a explayarse, con un adecuado conocimiento de causa, a mi modo de ver. Yo, callado, ante todo escuchaba. Luego habló otro en el mismo sentido. Antes de que rematara su argumentación, nuestra anfitriona, la jueza, militante o ex militante del Moir –no lo sé- con voz visiblemente molesta, lo cortó y comenzó una diatriba contra quienes pensaban de esa manera, es decir contra los anti bolivarianos en general. Claro que no se refirió a mis compañeros, pero obvio que estaban en el mismo costal de las reparticiones, así lo percibimos muy molestos, porque como decimos coloquialmente, “se regó” con diatribas semi personales. Ahí se acabó el arroz chino del almuerzo. Salimos.

Otra anécdota: hace dos o tres años volví a mi tierra y estuve en otro evento cultural en la pinacoteca departamental, en Pasto. No recuerdo por qué causa se volvió al mismo tema, pero con otros personajes. Alguien muy molesto (también de un grupo político de izquierda de mis setenta estudiantiles, medio lo recordaba aunque no el grupo, quizá moir también, quizá “trosko”) “se regó” también frente a la intervención de algún asistente “prestante”, en la que se refería con desacato a Bolívar, no recuerdo a causa de qué. Afortunadamente el rifirrafe sólo fue de palabras. Otra anécdota: alguien me contó que cuando el escritor Evelio Rosero fue a Pasto a presentar su novela “La carroza de Bolívar” –la primera que toca el antibolivarianismo pastuso-, en el recinto del evento hubo algunas personas que estaban tan fastidiados con este escritor y su novela que se dio un acto bochornoso, de parte de quienes podríamos llamar los “probolivarianos” –si me permiten el término- que quizá desdice de la forma de ser de nosotros, las gentes del sur, al enfrentar las ideas.

¿Por qué traigo estas anécdotas ahora? He observado que, en relación con el actuar histórico de Bolívar en Pasto y nuestro sur, la ciudad y el departamento se han ido dividiendo, aparentemente, en dos bandos no sólo antagónicos e irreconciliables, sino que además se presenta una tendencia a ahondar más la diferencia, a veces utilizando unas formas de manifestar sus expresiones “políticas” de tal manera que podrían volverse preocupantes, porque van rayando en la violencia de bandería, tan aciagas par nuestra reciente pasada historia. Que se hagan análisis y juicios históricos argumentados, excelente. Que se los expongan de manera oral –foros, mesas redondas, etc- o  de manera escrita, mejor aún. ¿Pero que hagamos Patria Boba de esto?, y menos, mucho menos en contra de nosotros mismos, de los mismos contra los mismos -hombres de paz y respeto a las ideas ajenas- por algo que la Historia no podrá ser cambiada para nadie.

Que esas reflexiones históricas en relación con este tema nos lleve a proyecciones y decisiones para nuestro mejor vivir, esa sería una gran idea. No es entre nosotros contra quienes debemos luchar ni este es nuestro problema fundamental o esencial como nariñenses de hoy, pienso. Es ante la inequidad en que nos han mantenido por centurias los gobernantes ante lo que debemos alzar nuestra voz y nuestra protesta, pienso yo. Una inequidad que sí ha sido de los poderes centrales, pero en connivencia con muchos dirigentes ineptos y corruptos, que sólo han velado por sus propios intereses y los de los suyos y de sus adláteres. Y como dije antes, no es que me resigne a aceptar el atroz y criminal actuar de Bolívar en nuestro territorio. Que se siga en el juicio y en la valoración histórica y que se escuchen todas las argumentaciones posibles y que cada cual se haga su propio juicio y que estas reflexiones sirvan para nuestra vida actual con miras al futuro próximo y lejano.

Para mí, fue una acción a todas luces abominable con los civiles y aun con la milicia pastusa y militares realistas (aunque éstos, nativos españoles en esta contienda, eran contados con los dedos de la mano, como dije, según los historiadores), así fuera en las peores condiciones de la guerra. Bolívar hizo guerra a muerte y política de tierra arrasada en esa ocasión. Una guerra genocida que se la encomendó a Sucre, que no ha sido lo suficientemente responsabilizado, pienso. No voy a ahondar más en este aspecto porque quien desee profundizar más sobre el tema, lo puede hacer en la bibliografía de este texto y en muchos otros autores que no se mencionan acá.

Quizá lo que sintió Bolívar por la tierra de Pasto fue más que inquina, no sé si la palabra es odio o abominación o no sé qué más. Y lo aseguro por la manera como se expresaba de esta tierra de gentes buenas, descendiente de la etnia quillacinga y cuyo último invasor precolombino había sido el gran Imperio del Tahuantinsuyu, el Incaico, que aún tiene manifiestas una pluralidad de costumbres en las imbricaciones de nuestro lenguaje castellano-pastuso; en una inmensa cantidad de términos coloquiales de uso diario de mezcla de etnia pasto, quillacinga y en mayor cantidad quichua que, desgraciadamente, los medios de comunicación –radio y tv principalmente- han ido desapareciendo para dar origen a otros que los absorben, primero porque para algunas personas de un cuestionable “alto” nivel cultural tomaron como de mejor rango social hablar con esos términos “extranjeros”, luego quizá por costumbre.

Herencia e imbricación manifiestas también en la musicalidad con que se siguen entonando las palabras –de acuerdo a la intencionalidad de quien habla-, a pesar de la homogeneización que pretenden los medios de comunicación, principalmente la televisión y la radio en estos tiempos, como dije arriba; en las comidas y en general en las costumbres gastronómicas. Otra manifestación de lo mismo también en algo que es muy, muy nariñense: la lealtad. Recordemos que Agualongo no quiso librarse de la muerte, prefirió ser fusilado, sólo porque se le pedía abjurar de su rey Fernando VII (quien quizá nunca supo del tal súbdito heroico); dijo que él no podía ser un perjuro, porque ya había jurado ante el Santísimo Sacramento la fidelidad a su rey. En su mayoría, el mestizaje de la población nariñense tiene, tenemos, una alta dominancia del  genoma indígena, cuando no es “puramente” indígena. En relación con el concepto de la lealtad indígena, el historiador mexicano Enrique Krauze asegura que una de las razones, entre otras, para que Porfirio Díaz durara sus 35 años como dictador de México, fue el conocimiento de su gente. “…Moralmente, el mestizo Díaz se daría cuenta de que la lealtad y la verdad –virtudes cardinales del indígena- conducen más fácilmente al sacrificio que al poder” (Krauze, pg. 76). Es el proscrito Determinismo, dirán algunos.

Urna funeraria donde reposan los restos de Agustín Agualongo en la Iglesia de San Juan Bautista, patrono de Pasto y antigua sede catedralicia
Foto: Alejandro García Gómez
Detalle de la urna funeraria de Agustín Agualongo en la Iglesia de San Juan
Foto: Alejandro García Gómez

¿Cómo se vengaron Bolívar y los ejércitos llamados libertadores del pueblo pastuso, además de la masacre a los y las civiles, a las milicias y a los pocos militares, las violaciones a niñas y mujeres, el reclutamiento forzado y los destierros relatados? Lo que voy a exponer es una hipótesis que vengo planteando desde hace años. Parto de que es claro que Bolívar jamás pudo obtener una victoria sobre el pueblo pastuso, jamás logró pasar victorioso sobre su territorio (aunque con algo más de mejor visión militar o de mejor asesoría o de mejor inteligencia militar, habría podido hacerlo en semanas, quizá, pero no lo logró). Sus biógrafos coinciden en que –además de irascible- era vengativo, rencoroso al máximo. Que no olvidaba lo que él consideraba que era una ofensa hacia él.

He observado que cuando una persona o un grupo de personas desea vengarse de otra persona o grupo de manera duradera, además de las heridas físicas y materiales que le pudiera inflijir, le causa daños inmateriales, muchas veces irreversibles, a su honra o a su honorabilidad o a cualquier otra característica que hable de su ser como persona social íntegra y sin tacha. Recordemos que hasta hace pocos años hablar “mal” del pudor sexual de una mujer era sentenciarla con una “Letra escarlata” de diferentes órdenes. Con eso se le hacía un daño de por vida. De un hombre se podría “hablar mal” de su hombría (el machismo no permitía hablar de su pudor sexual), de su honorabilidad en los tratos, etc. ¿Qué se podía hablar de un pueblo valiente (pero quizá equivocado visto con el prisma de los 200 años de hoy)? La manera de caerle, de vituperarlo era estigmatizándolo. ¿Qué estigma le podía caber a ese pueblo valeroso? Creo que fue ahí donde se gestó su fama, nuestra fama, de “brutos”. ¿Qué mejor exponer que ese pueblo no de valientes sino de “brutos” rechazaban, rechazábamos, la Libertad? Podría caber la posibilidad de que quizá Bolívar y los suyos no lo idearon sino que “le pusieron amplificadores”. ¿Y por qué señalo que Bolívar y sus adláteres podrían haber amplificado, sólo amplificado ese estigma?

El historiador nariñense Sergio Elías Ortiz, en su obra “Agustín Agualongo y su tiempo” (1974), cuenta que cuando la realista Pasto se aprestaba a enfrentar al llamado Precursor de la Independencia de la actual Colombia, el General Nariño -1814-, hubo un cruce de comunicaciones entre el general –presidente del gobierno de Cundinamarca- y el Cabildo de Pasto. Aquél le pedía a éste rendirse, con el consiguiente respeto a las vidas y bienes de las milicias, de los militares  y de la población. Frente a esto, el cabildo le contestó: “Como acaso será ésta la última vez que este cabildo tanga la bondad de hablar con usía, en contestación a su oficio del 16 que rige, ha creído su deber asegurarle con la ingenuidad que constituye su carácter, que tiene firme en sus principios y cada día más adherido al sistema de gobierno que vivieron y murieron sus padres…etc” (resaltado y letra bastardilla míos).

Aquí el cabido de Pasto se está autocalificando de “ingenuo” en 1814, de una manera tal que pareciera que era el comentario de algunos o del común de los de fuera del territorio pastuso. ¿Por qué lo hace el cabildo? ¿Conocían las gentes de Pasto y su cabildo que ya se rumoraba algo de esto al norte de la provincia de Pasto? ¿Quiénes pudieron haber propagado esos rumores y por qué lo hicieron? Frente al interrogante sobre lo que era el nuevo sistema económico y de gobierno, la ciudad –o mejor la clase pudiente (terratenientes) y el clero- tuvieron sus dudas de a quién plegarse, si al rey o al nuevo sistema de gobierno. Un impulso definitivo hacia el realismo lo dio el obispo español de Popayán (diócesis a la que pertenecía Pasto en lo eclesiástico) Salvador Jiménez de Enciso. Este es el mismo obispo que se apresuró luego a reconocer el nuevo gobierno y a Bolívar como su presidente. Pero en ese 1809-1810, cuando habló este obispo, para las buenas gentes de Pasto fue como si hubiera hablado “La voz de Dios”, como se aseguró o se manipuló.

Ese relato o mito o leyenda que nos endilgó la fama de bobos, que posiblemente echó a rodar Bolívar, amplificándolo su encopetado grupo de militares y hombres y damas de alcurnia, la nueva élite gobernante del nuevo país, debió haberse repetido hasta la saciedad, a manera de gracejos y chistes para “celebrar” esa “verdad” y reafirmarla. De ese tipo de relatos, pienso que se creó el mito que cargamos. Como señalé antes, pareciera que el ser humano funciona más en torno a leyendas, mitos y relatos; que éstos son más importantes para él que los hechos, como dije arriba. Así también es hoy: cuando ese relato se repite por figuras públicas, la credibilidad de esas mentiras se acrecienta. Si lo decía su Excelencia El Libertador, sus adláteres y la encopetada nueva dirigencia, se puede entender el resultado que dio, cuyas consecuencias hasta hoy las padecemos, aunque afortunadamente cada vez menos.

Tendencias políticas hoy en Pasto y Nariño: “El corrimiento hacia el rojo”.-

Hoy la población no sólo de la ciudad de Pasto sino de todo el Departamento de Nariño, tiene una tendencia de mayor preferencia hacia la izquierda política, claro además de la tradicional liberal y conservadora, que fue la dominante. Para corroborar esto, no es si no tener en cuenta las elecciones de los últimos años para alcalde de Pasto, para gobernador de Nariño y para los porcentajes de las presidenciales, en las cuales, cuando los candidatos de la izquierda democrática o han ganado; cuando han perdido ha sido por un estrecho margen. En general, el desempeño de la mayoría de estos mandatarios, provenidos desde diferentes vertientes de la izquierda, ha sido satisfactorio y aun provechoso para la ciudad o para el departamento. También ha habido no satisfactorios, que no han cumplido con expectativas y esperanzas. En este sentido hay quienes señalan controvertido el mandato de esta izquierda para la alcaldía de Pasto a Jimmy Pedreros (1.I.1998 a 31.XII.2000), del mismo movimiento de su antecesor Navarro Wolff y, al parecer su candidato (Pedreros fue acusado por la fiscalía y estuvo detenido entre octubre de 2002 y septiembre de 2003, quedando en libertad por vencimiento de términos, según la Unidad investigativa de El País, de Cali). Al igual desata controversia el mandato de Camilo Romero, gobernador entre 2016 y 2019.

Creo que esta evolución -empoderamiento de la izquierda democrática en Pasto y Nariño- ha sido un proceso largo y su contabilidad habría que hacerla desde un tiempo antes de cuando Pasto escogió como su alcalde a Antonio Navarro Wolff (1994-1997), un reincorporado ex guerrillero del Movimiento 19 de abril, M-19, quien a nombre de un movimiento cívico, derrotó cómodamente a Myriam Paredes del tradicional Partido Conservador y luego, en 1998 ganó el premio como el “Mejor Alcalde de Colombia”.

Pasto siempre había tenido una tradición de mayoría del Partido Conservador. Quizá esa habría sido la razón para que, en el final del gobierno del presidente Carlos Lleras Restrepo, este mandato escogió a Pasto para dar el “presunto” raponazo a Gustavo Rojas Pinilla, en favor del candidato del gobierno del llamado Frente Nacional, Misael Pastrana (conservador), la noche del 19 al 20 de abril de 1970. Esta elección siempre ha sido acusada de fraudulenta y se achaca a su Ministro de Gobierno, el “Tigrillo” Carlos Augusto Noriega, de perpetrar el “presunto” fraude, claro, con la “presunta” venia de su jefe, el Presidente Carlos Lleras Restrepo.

¿Cómo ocurrió el fenómeno actual? Sobre este fenómeno fáctico que podríamos llamar “Corrimiento hacia la Izquierda” o “Corrimiento hacia el rojo” de la población de Pasto y Nariño, no tengo ninguna información de que haya estudios sociológicos, históricos, antropológicos ni de ningún tipo similar.

Mis “sentires” personales.

Para finalizar, deseo expresar unas observaciones personales. Siempre que reflexiono mentalmente o por escrito sobre este tema no me canso de repetirme que es muchísimo más fácil opinar hoy, cómodamente sentado a 200 años de distancia sobre las decisiones y las indecisiones personales de ese preciso momento de cambio que la historia requería por encima de quien se atravesara y a costa de lo que fuera. A esos héroes, así desde el cómodo sillón de 200 años de distancia, algunos quizá los veamos equivocados, pero de esos héroes plenos de valor y de nobleza, descendemos, orgullosamente descendemos. Eso es lo importante y, si se quiere, vital, hoy.

Desde hace mucho tiempo me taladra una idea: ¿cómo habría actuado yo entonces? ¿Cuál habría sido mi papel activo como hombre de esos días con mi forma de ser, de pensar y de actuar, como me acostumbré a tenerla desde cuando escuchaba a mi padre en nuestras conversaciones, generalmente en nuestro comedor? Esa educación familiar paterna lo que me dejó en claro fueron los tres pilares fundamentales sobre los que he intentado sostener el actuar de mi vida: La Justicia, La Libertad y la Democracia (así ésta venga con sus límites y defectos),  puntales que he tratado de cimentar cada vez más, y con todos los errores y equivocaciones que yo pudiera haber cometido a lo largo de mi vida. Pero la democracia en ese entonces, en la época de la llamada Independencia, era no sólo una novedad aún sino lo que empezaba a mostrarse, además de progresista, como lo que encarnaba la Justicia y la Libertad y por ella se peleaba precisamente. Desde ese punto de vista he pensado que lo más probable es que yo hubiera estado de acuerdo con esas ideas avanzadas del Iluminismo Francés, que era lo estaba en boga a fines de la época de la Colonia, y que generaron nuestra llamada Independencia de España, si es que yo hubiera tenido el privilegio de algún tipo de educación (¿…y si no hubiera tenido el privilegio educativo, cómo habría actuado? Jamás lo sabré). Es decir, pienso que yo habría estado más cerca del proceder de los ejércitos llamados “Libertadores”. ¿¡Aún después de la abominable masacre de la Navidad Negra de 1822!? Estoy seguro de que después de eso habrían surgido grandes dudas en mí, porque estoy seguro -y sigo convencido- de que el ser humano está por encima de cualquier ideología, por más justa que parezca.  Me pregunto también entonces que, después de esa masacre, ¿habría sido yo alguien perdido interna y externamente, enredado entre mis dudas, como Alexander Zhivago (personaje de la novela Doctor Zhivago, Boris Pasternak, 1957) o como Esteban (personaje de El siglo de las luces, Alejo Carpentier, 1962) en esa nueva y diferente sociedad que comenzaba a formarse bajo otros parámetros idealistas contrapuestos a unos sempiternos intereses y poderes reales en la práctica? ¿Habría sido víctima de mi propia forma de concebir la ética contra la que se enfrentaba el poder, una nueva forma de poder, en estos territorios en ese momento? Buscando el perfecto engranaje de la realidad con las ideas, ¿habría sido víctima yo de ese choque entre la belleza de las ideas y sentimientos humanísticos contra la realidad de la naturaleza humana o social, y sus intereses y mezquindades? Quizá sí, pero no lo sé. ¿Y si alguien hubiese llegado a sospechar que en mi caletre yo albergaba dudas, habría seguido vivo? En la guerra, califican la duda como el inicio de la traición. ¿Habría cambiado yo también en mi forma de pensar y actuar? Jamás lo sabré tampoco.

Notas.

(1). SAÑUDO, José Rafael. “Estudios sobre la vida de Bolívar”. Editorial Bedout S. A. Medellín, 1975. 513 pp.

(2). MANCINI, Jules. “Bolívar”. Editorial Bedout S. A. Medellín, 1970. 592 pp.

(3). SAÑUDO, op. cit. pg. 73.

(4). BOTERO SALDARRIAGA, Roberto. “Córdova”. Editorial Bedout S. A. Medellín, 1970. 695 pp. (cita, pg. 386).

(5). SAÑUDO, ibid. pg. 386.

(6). BOTERO SALDARRIAGA, ibid. pg. 603.

(7) BOTERO SALDARRIAGA, op. cit. pg. 595.

(8) BOTERO SALDARRIAGA, op. cit. pg. 598.

(9) BOTERO SALDARRIAGA, op. cit. pg. 602.

(10) MARTINEZ, Ibsen, “Marx und Bolívar”. Revista El Malpensante. #66, noviembre-diciembre 2005. Bogotá. Pg.21-33.

(11) KRAUZE, Enrique. “Porfirio Díaz. Místico de la autoridad”. Fondo de Cultura Económica. México D. F. 2002. 159 pp.

(12) ORTIZ, Sergio Elías. “Agustín Agualongo y su tiempo”. Biblioteca Banco Popular. Bogotá. 1974.

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