Buscando Justicia

Estados Unidos se vio sacudida hace pocos días con una revuelta impresionante, tras el asesinato de George Floyd, por abuso policial. El caso de Floyd se dio a conocer en unos vídeos, donde se mostraba como agentes policiales lo sacaban de su camioneta, lo sometían por la fuerza contra el piso, sujetando su cuello con la rodilla de un agente. Floyd no encontró compasión, a pesar de suplicar que no podía respirar. Fueron los ocho minutos más dolorosos de su vida. Según los agentes, su arresto se dio porque presuntamente había entregado un billete falso de 20 dólares. El vídeo es escabroso. La reacción de miles ciudadanos estadounidenses fue la protesta con la consigna Black Lives Matter, un poderoso grito contra el racismo y la violencia policial. Quienes han intentado justificar el asesinato, han escudriñado hasta el último rincón de la vida de Floyd para sentenciar que él se lo había buscado. El policía responsable  del homicidio Derek Chauvin  hoy está puesto en custodia y es acusado por homicidio en tercer grado y homicidio involuntario.

Atacar al personaje, como acto argumentativo, en vez de centrarse en la esencia misma del contenido, resta seriedad al debate. Esta forma de argumentación leguleya desvía los motivos principales de la discusión. En el caso de Floyd, el racismo ha sido un problema estructural en la historia de Estados Unidos, desde el siglo XIX. Este es uno de los países donde los derechos civiles son para hombres blancos, heterosexuales y con solvencia económica. El sueño americano terminó siendo un sueño para norteamericanos y para capitalistas europeos.

Hace poco se estrenó Buscando Justicia, un drama conmovedor y verosímil basado en la historia del joven abogado, egresado de Harvard, Bryan Stevenson como defensor de un prisionero afrodescendiente acusado del asesinato de una joven blanca en el Estado de Alabama, y sentenciado a la muerte en la silla eléctrica. La cinta muestra toda la perversión del sistema judicial. Walter McMillian, a pesar de toda la evidencia recolectada por su abogado, se ha convertido en el preso ideal para un sistema judicial corrupto que anhela ofrecer resultados a sus ciudadanos, pasando por encima de la esencia del derecho y el debido proceso, sólo para tapar la incompetencia de sus funcionarios.

Las sociedades conservadoras están una búsqueda constante del orden y de la seguridad. En ellas la necesidad de un enemigo se vuelve imperante; se necesita construir un enemigo, un chivo expiatorio, aceptado por toda una comunidad hegemónica. A la par del enemigo se construyen relatos por fuera de toda evidencia que los haga parecer culpables o falsifican los relatos reales. Otros presos que muestra la película son culpables porque parecen culpables, porque su mirada, su físico y su color de raza los ha vuelto culpables. Bryan Stevenson lleva varias décadas luchando contra la pena de muerte porque si aceptamos que la vida es sagrada esto aplica también para los presos, las prostitutas y los locos. En su forma más radical, el carácter sacro de la vida incluye a todo ser vivo.

Anderson Arboleda es otra víctima más del abuso policial. Al igual que Floyd, también era afrodescendiente. También lo fue Dilan Cruz y así tenemos cientos de ejemplos para mostrar en el país. En menos de un mes, Anderson cumpliría sus veinte años. Tenía toda una vida por delante que la fuerza y el abuso policial le negaron. El pasado 19 de mayo, presuntamente por no obedecer las órdenes de dos uniformados y romper la cuarentena, fue golpeado tres veces en su cabeza con un bolillo y otra más en su brazo que le rompió el cúbito. Estos golpes le causaron la muerte. Cuando en compañía de su madre quiso denunciar en la estación de Puerto Tejada el abuso y la violencia de la que había sido víctima, los agentes les respondieron que no les creían y que los patrulleros eran gente de bien, buenos muchachos.

En Colombia, llevamos varios años construyendo enemigos para preservar el orden; enemigos políticos, militares y culturales. Nos ha costado como nación entender que otras naciones tienen el derecho legítimo a desarrollarse, que la participación política se hace con el que no piensa igual, el contrario, así las profundas desigualdades históricas en Colombia los haya llevado durante un tiempo a la lucha armada. En tiempos de pandemia nos está costando comprender otras cosmovisiones presentes en nuestro territorio. El carácter panamazónico de Nariño es más que una simple etiqueta, es la existencia legítima de pueblos afros, indígenas y gitanos que han construido su propia cosmovisión. Hemos pretendido entender las formas de vida de los pueblos afro desde nuestra posición occidentalizada y los señalamientos se han generalizado, llamándolos irresponsables con la vida. Nos falta comprender que para los afros la muerte es una liberación que se acompaña con ron, dómino y las tremendas voces de las mujeres cantoras de alabaos, arrullos y chigualos. Tal vez por ello Jaime Garzón eligió para su vida y su muerte una canción nacida en el corazón profundo del Chocó.

Lo contrario a la pobreza no es la riqueza, es la justicia. Los agentes del orden pretenden normalizar la violencia y el asesinato. A pesar de todos los infortunios, Floyd tuvo la solidaridad de una nación entera  y McMillian un homenaje en una película extraordinaria que inmortaliza su caso, pero pareciese ser que nosotros nos hemos acostumbrado a los abusos policiales y la violencia del sistema. Día tras día asesinan líderes sociales, amenazan periodistas, silencian la participación política de la oposición y se violan derechos humanos. Lo ideal sería que el caso de Anderson no pase desapercibido. Luchemos contra la amnesia que históricamente ha afectado esta nación. Hoy se necesita decir que las vidas negras importan.

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