Colombia indignada

Por: Aníbal Arévalo Rosero

El mundo entero sabe de la barbarie por la que atraviesa nuestro país, pues así se vio con las manifestaciones públicas que se dieron el pasado viernes en todas las ciudades y pueblos de la geografía nacional y en las principales ciudades del mundo, donde hacen presencia colombianos, en una jornada conmovedora denominada ‘Velatón’. El propósito era rechazar el asesinato de los líderes comunales, indígenas y defensores de derechos.

Los colombianos queremos que nuestro país no dé marcha atrás en lo que se ha logrado avanzar en términos de la consolidación de la paz y la democracia. Los informes que han presentado los organismos oficiales, entre ellos el Ministerio de Defensa, indicaban que las victimas fruto de la confrontación armada habían bajado tanto que el Hospital Militar ya no registraba ingresos por estos hechos, que los proveedores de prótesis habían disminuido considerablemente sus ventas.

Esto es sencillamente motivante para cualquier colombiano que tenga lo mínimo de sensibilidad y piense en heredar un país en paz. Pero, no así, la complejidad del conflicto permite que mientras unos hacen la dejación de armas, otros ocupan los territorios abandonados, y que no han sido controlados por el Estado.

El punto medular está en que las Fuerzas Armadas han sido débiles en el control territorial, siendo aprovechado por grupos ilegales, especialmente paramilitares, que se disputan el negocio de la coca, la minería ilegal y la ocupación de tierras. Por lo tanto, según los informes, lo que se alcanza a observar es que los líderes asesinados son aquellos que promueven la sustitución de cultivos, se oponen a la minería ilegal o han informado sobre la ocupación de territorios.

Sin embargo, hay otros factores que se conjugan dentro de esta amalgama de circunstancias. El reciente debate electoral se vio empañado por calumnias, mentiras e insultos que condujeron a una polarización muy marcada, y en ese sentido se debe tener en cuenta que, si bien en algunos espacios urbanos el debate no pasa de las discusiones, en algunos sectores rurales y barriales se traduce en la violencia, porque de todas maneras las dos campañas que llegaron a la segunda vuelta tenían posturas diametrales frente a estos temas en cuestión.

El grado de intolerancia ha llegado a niveles tan altos que a muchos nos hace pensar en el retorno a épocas pasadas cuando se presentó el genocidio de la Unión Patriótica, siendo asesinados sistemáticamente, sin fórmula de juicio, miles de simpatizantes y dirigentes de esta organización política que surgió de los diálogos de paz entre la guerrilla de las Farc y el gobierno de Belisario Betancur. De ser así nos estaríamos enfrentando a una noche muy oscura donde el país pierde la oportunidad de avanzar en todos los aspectos.

No obstante, el gobierno no se ha puesto a la altura de las circunstancias, a tal punto que el ministro de defensa, Luis Carlos Villegas, dice con una pasmosa tranquilidad que los asesinatos obedecen a problemas de vecindario, linderos o de faldas. Por dios, qué nos pasa, cómo es posible que algo que ya raya en genocidio le podamos ese trato tan farandulero.

Por eso el pueblo colombiano y la comunidad internacional se pronunciaron con grandes concentraciones en las principales plazas, no sólo de Colombia, sino del mundo, para exigir coherencia, protección a los líderes comunales, indígenas y defensores de derechos; y a los grupos armados de extrema derecha, que son amparados por congresistas, dirigentes ganaderos y organizaciones políticas, que respeten la vida y el derecho constitucional de la libertad de expresión.

Ya lo vimos, el pueblo colombiano está indignado y está dispuesto a darlo todo por frenar esta ola de barbarie que pretenden imponer minúsculos grupos que encuentran sustento en la guerra, pues no les interesa restituir las tierras que les despojaran a los campesinos.

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