Crímenes de sangre

La vicepresidenta Marta Lucia Ramírez está atravesando los peores momentos en toda su carrera política. Sus presuntos vínculos con el narcotraficante Guillermo León Acevedo “el Memo Fantasma”, el pago que hiciera por la fianza de su hermano narcotraficante hace 23 años (U$150.000 dólares de la época) y el haber sido quien contrató en el ministerio de defensa a uno de los asesinos de Jaime Garzón, José Miguel Narváez hoy le están pasando cobro de factura. Sus defensores, vinculados con el gobierno y admiradores del uribismo, intentan menguar la importancia y, en el caso del hermano argumentan que en Colombia no existen los crímenes de sangre. Además de pretender que los colombianos hagamos borrón y olvido.

Es cierto, en Colombia no existen crímenes de sangre. Nadie es responsable de lo que otra persona haga, salvo uno mismo. Los hijos no son responsables de lo que hagan sus padres, ni los padres de lo que hagan sus hijos; menos lo que hagan los hermanos, tíos, primos o cualquier miembro de la familia. Pero sí existieran los crímenes de sangre cuán diferente fuera la historia de Colombia.

Si existieran los crímenes de sangre, Álvaro Uribe hubiera heredado de su padre, el viejo Uribe Sierra, no sólo las relaciones con el cartel de Medellín sino sus cuentas pendientes. Si existieran los crímenes de sangre, Paloma Valencia tuviera que responder por los despojos de su abuelo en el cauca. Es inaudito que Popayán tenga un museo dedicado a Guillermo León Valencia. O tal vez es necesario para un país que se construye sin memoria se cure de su amnesia. Es necesario no perder de vista a quienes han quitado y han promovido el despojo de la tierra.

Si existieran los crímenes de sangre, Paola Holguín respondería por los nexos de su padre Frank Holguín Ortiz con el cartel de Medellín, al igual que el primo de Pablo Escobar, José Obdulio Gaviria. Respondería también Fernando Araujo Perdomo por los líos de su tio con Chambacú y por los lazos con paramilitares de su padre, Álvaro Araujo Castro.

Por paramilitarismo estuvieran respondiendo María del Rosario Guerra de la Espriella, Honorio Pineda, Ciro Ramírez, quienes cuentan en sus filas con varios familiares condenados por sus nexos con estas organizaciones criminales.

Santiago Valencia respondería por los crímenes de su tío, Fabio Valencia Cossio, o al menos por la amenaza que le hizo a Jaime Garzón, cuando lo entrevistó en CM&, o por los de narcotráfico de su padre. Ruby Helena Chaguí Spath estuviera aclarando qué tuvo que ver su padre con el asesinato de Jairo Zapata en Córdoba.

Si existieran los crímenes de sangre Luis Eladio Pérez debiera estar respondiendo por el robo a las elecciones de 1970 que hizo su padre, Luis Avelino Pérez. De hecho, Andrés Pastrana no hubiera tenido la mínima oportunidad de ser presidente después de que su padre fuera el principal beneficiado del robo que hiciera el padre de Luis Eladio.

¿Y qué decir de Duque?  Si pasó del anonimato a hacer gambetas en el Santiago Bernabeú, contar cuentos en las Naciones Unidas, llevar saludes a reyes europeos de pseudorreyes colombianos y pretender olvidar que su padre no tuvo responsabilidad en la tragedia de Armero.

Y así seguiría la lista de quienes afirman que en Colombia no hay delitos de sangre. Está bien que en Colombia no haya delitos de sangre, nadie es responsable de lo que hacen sus padres, hermanos, primos, tíos, hijos, esposas… pero al menos no deberían pensar que todos estamos en el mismo grado de complicidad, desconocimiento y amnesia histórica.

Si queremos avanzar como sociedad, no hay posibilidad para el borrón y el olvido ni para conmovernos con lo que han pretendido hacer pasar como una tragedia familiar. Los delitos de narcotráfico no son tragedias familiares. Menos vamos a aceptar que se nos insinúe que en cada familia hay un miembro que se ha relacionado con paramilitares, narcotraficantes y asesinos.

Este gobierno mientras pierde credibilidad, también muestra que no tiene las virtudes para ser un adalid de la moral. Con sus políticas y sus relaciones, evidencian que son la causa principal del atraso, la pobreza y la violencia que se está viviendo en Colombia. Es para nosotros un honor no pertenecer a la gente de bien que dicen representar.

Valen recordar los últimos días de Jaime Garzón. El 11 de agosto de 1999 el humorista y promotor de paz entró a la cárcel La Modelo en búsqueda del jefe paramilitar Ángel Custodio Gaitán para preguntarle si era cierto que ellos lo iban a matar. Después de que el jefe paramilitar le confirmara su sospecha, Jaime Garzón pidió que lo comuniquen con Carlos Castaño. En una pequeñísima conversación telefónica que sostuvieron, Castaño le dijo que esa orden ya estaba dada y era muy difícil pararla, sin embargo, aceptó reunirse con Garzón, en Montería, el sábado 14 de agosto de 1999.  Un día antes de la cita, virnes,, a pocos minutos de las seis de la mañana, mientras se dirigía a Radionet, Garzón fue asesinado.  Tal vez si hubieran alcanzado a hablar, Jaime Garzón se hubiera salvado de la muerte, como se salvó de las putas FARC cuando fue alcalde menor de Sumapaz. Castaño se convenció de asesinarlo en la cátedra que José Miguel Narváez le daba a los paramilitares en el Urabá, en las fincas la Acuarela, la 21 y la 35. Esa catedra se llamaba ¿Por qué es lícito matar comunistas en Colombia? Su profesor llevaba consigo siempre una serie de documentos donde tenía perfilados a los comunistas que amenazaban la democracia. Narváez se jactaba ante sus alumnos paramilitares de tener altas relaciones con el gobierno y las fuerzas militares.  También de ser uno de los integrantes de los doce apóstoles.

Sería Marta Lucia Ramírez quien lleve a ministerio de defensa a uno de los asesinos de Garzón. Tiempo después “el profe” Narváez ocuparía la subdirección del DAS, en la presidencia de Álvaro Uribe.

Como otra sucia estrategia del gobierno para desviar el debate sobre lo fundamental: las relaciones tanto del presidente como de la vicepresidenta con narcotraficantes, el primero con el Ñeñe, la segunda con el Memo Fantasma, pretenden acusar al sendor Gustavo Petro de haberse reunido varias veces con Castaño. Con toda la serenidad característica, el senador Petro afirma que se alcanzó a reunir con el jefe paramilitar, para preguntarle por qué lo quería asesinar. Hoy Petro sigue vivo y dando una batalla diaria por el país, Jaime Garzón no alcanzó a llegar a la cita.

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