¿Cuándo le robaron el vestido a la virgen de Atocha?

Los castellanos invasores

Cuenta la oralidad del Pacifico de manera ficcional sobre la presencia de los castellanos en la Isla del Gallo en 1527, que el invasor Francisco Pizarro narró a cerca de la información recibida de los indígenas sindaguas con el oro:  “Embarqué a mis hombres en unas canoas y apoyado por las balsas de los indígenas sindaguas navegamos el resto de la costa, y por el rio Patía ordené a cinco soldados acompañados de dos indígenas adentrar  dos canoas en la selva donde habitaban los indígenas telembìes y barbacoas, y para nuestra gran sorpresa, ellos encontraron oro en grandes cantidades.                                                                                                                               Comentaron los cinco soldados castellanos que era una manigua de bosques ardientes, de soles bravos y climas inclementes que siempre olían a humedad; de cielos abiertos y amplios, de nubes oscuras que presagiaban los aguaceros eternos; atractiva y peligrosa para aborígenes y extraños, con ríos de tulicios que parecían un infinito tapete verde; manigua intrigante y ajena que en secreto ocultaba las minas y aluviones más grandes del Mar del Sur; selva tropical que a todo el que no la conocía, sin piedad se lo devoraba; donde los indígenas se asentaban en sus lomas que tenían el metal brillante entre sus entrañas; monte que en las noches lo cubría un manto de chicharras y murciélagos, que con sus ruidos parecía que el mismo nos tragara.

A pesar de esto, llegamos a los márgenes del río Telembì, derrotados por los zancudos. Durante la travesía nos azuzó la muerte tras de nosotros y los zancudos nos persiguieron día y noche. Con sus largas patas nos succionaban la sangre a pesar de llevar armadura, inoculándonos el virus de la fiebre. Aquello era un mundo entero por explorar, según nos informaron  los aborígenes barbacoas, porque los telembies que eran indómitos nos repelieron. Los pueblos se asentaban sobre montañas que tenían aluviones de oro. El metal brillante corría en arenas por los ríos, se encontraban bolas doradas en el buche de los tulisios, y más oro en la mierda humana que quedaba por rociar las comidas con el dorado metal.

Luego de contar esa pesadilla, hicimos un pacto con mis diez hombres más fieles para no informar al Reino de Castilla ni a los socios de Panamá del hallazgo que habíamos tenido”.

Breve historia de Barbacoas

Aproximadamente hacia 1590, el gobernador de la provincia de Popayán  emprendió la conquista de esta región, que se demoró unos 10 años debido a lo aguerrido del carácter de sus pobladores. Finalmente en 1600, Francisco Parada y soldados provenientes de Popayán, Quito y Pasto, tras varias duras batallas, logró conquistar el territorio, matando más de la mitad de los indígenas barbacoas. Al ocurrir esto, las otras tribus pidieron la tregua. Al concluir esta, los iscuandés y los barbacoas fueron sometidos, pero no los telembíes, que sufrieron el empalamiento a manos de Parada. Después de la completa reducción de los habitantes, Parada fundó la ciudad de Barbacoas, que se convirtió en capital de esta región, pero, solamente en 1612 el Capitán Pedro Martin Navarro fundo a Santa María del Puerto de los Barbacoas

Durante la colonia, el territorio perteneció inicialmente a las gobernaciones y provincias de Quito y Popayán, si bien, desde el siglo XVIII formó parte sólo de la provincia de Popayán. Después de la independencia, en 1821, el territorio pasó a integrar el departamento grancolombiano del Cauca hasta 1831. En 1843, se erigió el valle central del río Patía como una nueva provincia. Más tarde en 1857, las provincias de Buenaventura, Cauca, Chocó, Pasto y Popayán, y el territorio del Caquetá, constituyeron el Estado Soberano del Cauca, convertido en departamento por la reforma constitucional en 1886.Después, fue capital de la provincia de Barbacoas en 1905 perteneciente al departamento de Tumaco, y en 1916 fue erigido municipio con el nombre de Barbacoas y agregado al departamento de Nariño.

Devoción a la virgen de Atocha

 El evento religioso surge en 1616 cuando Barbacoas adquirió la categoría de Cabildo. La devoción fue traída por los sacerdotes españoles en conmemoración de la virgen de Atocha en España. El ajuar de la virgen, traída por los conquistadores españoles, había sido donado por la comunidad barbacoana. Su vestido, confeccionado en abril de 1804 en Lima (Perú), tenía dos kilos de oro y estaba adornado con esmeraldas, diamantes y rubíes. La historia cuenta que se trató de un regalo de los propietarios de las minas que desde siempre se han explotado en Barbacoas. La custodia pesaba 14 kilos de oro y fue elaborada a finales del siglo pasado por orfebres de Quito (Ecuador).La corona, una de las piezas más valiosas, tenía una esmeralda gota de aceite y estaba enchapada en rubíes. La corona del Niño Jesús pesaba 8 onzas de oro. Otros accesorios, como un peto (cinturón), estaban hechos en diamantes.

Primeros intentos de saqueo de las alhajas

Durante el fragor de las campañas y de los combates desarrollados en el proceso de Independencia, las alhajas sagradas fueron sin duda uno de los elementos más vulnerables. Los militares y las autoridades políticas y religiosas se batieron en un  juego de fuerzas por mantener el dominio sobre estas piezas sagradas en un ambiente marcado por el odio y la venganza. Como bien se sabe, en las guerras de Independencia fue una costumbre que los ejércitos estuvieran acompañados de capellanes que se encargaban de los improvisados oficios religiosos y de brindar atención espiritual a los combatientes y a los caídos en el campo de batalla. Al calor del combate, las reducidas alhajas y ornamentos llevados en campaña quedaban expuestos y por lo general eran presa del bando victorioso.

Varios vasos sagrados y alhajas de iglesia fueron decomisados por el teniente coronel José Carvajal a las huestes realistas en la acción del 23 de septiembre de 1820 en la población de Barbacoas, en la costa Pacífica. Esta fue la relación de los elementos decomisados: una custodia de plata, un cáliz con su patena, un par de vinajeras con su platillo, incensario e isopo, una concha de bautizar, un resplandor, una coronita imperial, cuatro cruces de diversos tamaños de plata, un mantel y cortinas del sagrario. Por instrucciones del gobernador y comandante general de la provincia, estas alhajas fueron entregadas al cura de Nare para hacerse cargo de ellas. En la Gazeta de Santafé de Bogotá se criticó el irrespeto de los enemigos a estos artículos sagrados y el buen tratamiento que solían brindar los patriotas.

Cuentan los historiadores que el Libertador Simón Bolívar, necesitado de recursos para la gesta de la Independencia, envió a Barbacoas, en busca de oro, al coronel Ángel María Varela. El oficial reunió a los notables del lugar y los enteró de su misión. Había solo dos alternativas: reunir el oro que se necesitaba o llevarse las joyas de la virgen de Atocha que, para entonces, tenían un valor estimado en medio millón de pesos. Las matronas y los hijos de Barbacoas se dirigieron a la casa consistorial para oponerse a la entrega de las alhajas de la virgen y para ofrecer, a cambio, sus joyas personales. Así se hizo, y en una gran balanza se iban depositando las joyas de la iglesia y en el otro platillo las alhajas de las matronas. Las personas que querían contribuían con sus anillos, collares, zarcillos y aderezos, hasta que equilibraron el peso de las joyas de la virgen de Atocha. Solo así Varela admitió el cumplimiento de este inexorable deber impuesto a Barbacoas por el Libertador Simón Bolívar. Desde entonces, las reliquias eran cuidadas con veneración y orgullo por ser el patrimonio de un pueblo de verdadera fe cristiana y honroso patriotismo.

Después de la Guerra de los Mil Días (1899 a 1902), los elementos más valiosos del ajuar quedaron bajo custodia de la comunidad de los padres Agustinos y después de los Carmelitas Descalzos. Decían las malas lenguas en el pueblo, que cada vez más la falda larga de la virgen se iba recortando. En 1978, bajo la gestión de la alcaldesa Matilde Lemos, el pueblo de Barbacoas se amotinó y exigió al obispo vasco del Vicariato de Tumaco, monseñor Miguel Ángel Lecumberri, entregarle a una junta de notables el inventario de las alhajas de la virgen de Atocha. El prelado accedió.

Hasta que se lo llevaron

En 1992, el ajuar de la virgen de Atocha, patrona de Barbacoas, fue robado por dos hombres que rompieron con soplete la bóveda de seguridad de la iglesia del pueblo y lo sustrajeron de allí. Los autores del robo sacrílego se apoderaron del vestido con adornos de oro y diamantes, la corona de rubíes y una custodia, cuyo valor fue calculado en mil millones de pesos. Las joyas de la virgen habían sido donadas por la comunidad, que desde el siglo XIX venía velando celosamente por su seguridad. Según los investigadores, los ladrones fueron dos hombres que hace 15 días tomaron en arriendo una casa próxima a la iglesia y se hacían pasar por compradores de chatarra.

Una comisión judicial que investigó el robo, encontró indicios según los cuales los dos falsos chatarreros salieron de Barbacoas el mismo sábado a bordo de un bus de transporte intermunicipal que se dirigía al puerto de Tumaco y llevaban las joyas bien camufladas en dos costales con salvado. Los ladrones presuntamente se bajaron en la población de Junín y allí abordaron otro vehículo que los esperaba para dirigirse al interior del departamento. Las autoridades de Ecuador fueron advertidas de lo sucedido, pues expertos advirtieron que las joyas podrían ser vendidas en Machala o Uhaquillas, centros auríferos del vecino país.

Referencias:

  1. Parra Garzón, Edinson. El Tiempo
  2. Pita Pico, Roger. Revista Complutense de Historia de América

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