Daniel Ferreira, nueva poética de la violencia en Colombia

Por: Albeiro Arciniegas

Daniel Ferreira pertenece a ese grupo de escritores colombianos que trabajan desde la periferia, pero con una vocación y un sentido de la estética y las formas de escribir que resultan envidiables. Este joven novelista ha sido galardonado en México, Argentina y Cuba con tres de sus primeras novelas que recrean diferentes formas de violencia (hoy cuando los libros sobre la violencia abundan en Colombia, muchos de ellos con serios reparos estilísticos y otros de una ingenuidad lamentable al momento de abordar un tema tan cercano y, a la vez, desconcertante). Lo cierto es que Ferreira, autor nacido en San Vicente de Chucurí, logra con sus novelas un suspenso creciente, una ambientación de espacios llenos de imágenes y sugerencias. “Viaje al interior de una gota de sangre”, una de sus novelas, me mantuvo levitando en la habitación de un hotel en Bogotá sin que, literalmente, levantara el ojo de sus páginas hasta concluir con la lectura.

Para mí fue un descubrimiento. Su apariencia de hippy que lo aproxima más a un cantante de rock que a un escritor consagrado, la musicalidad y la frescura que campean en sus páginas, la (no digamos originalidad que podríamos ofender a Borges), más bien madurez para acertar en el punto de vista desde donde parten sus anécdotas, la poética de las estructuras gramaticales que retoma en “Rebelión de los oficios inútiles”, así no sea esta su mejor novela, lo sitúan al lado de importantes escritores colombianos como Evelio Rosero, Laura Restrepo o Tomás González –me parece que supera con creces a Juan Gabriel Vásquez, así hoy este sea el consentido de las editoriales y la prensa–, pues en Ferreira se encuentra una hondura poética que no vislumbra el estilo comercial que tanto gusta a algunas editoriales españolas. Con él dialogamos sobre influencias, lecturas y libros, sobre sus horarios de trabajo, esperando que los lectores puedan conocer un poco más a una de las nuevas voces que enriquecen la literatura colombiana.

Es casi ineludible que para conocer a un escritor se deben abordar sus inicios, los primeros pasos que lo llevan a la literatura. En su caso, ¿cómo fue ese descubrimiento de los libros y el arte de la escritura?

Creo que mi madre encontró en la biblioteca el perfecto sustituto de la guardería. Debía tener siete años cuando descubrí que era vecino de una biblioteca. Y descubrí que allí podía pasar las tardes de calor sin vigilante, porque para ir a la biblioteca no me ponían problema en casa, en cambio para ir al monte o al río, todos. Al comienzo sólo jugaba ajedrez, scrabble, juegos de mesa con otros damnificados de la desidia doméstica. Luego me aburrí de esos juegos porque descubrí los electrónicos y empecé a sacar libros ilustrados o de fotografía. Había una serie de libros que narraban la guerra mundial y el desembarco en el día D, otra enciclopedia con la guerra de Vietnam con las fotos emblemáticas del horror. Me llamaban la atención esos libros. Y las caricaturas. Un día me metí a un volcán con Julio Verne, y otro en el castillo de Drácula con Bram Stoker. Otro día naufragué en Guyana. Y otro día me escapé de una cárcel también de Guyana. Para mí no había desde entonces diferencia entre la literatura y la realidad. Todo era ficción y a la vez todo era posible. Yo era Robinson Crusoe. Yo era Papillon. Yo estaba escondido en el ático con mi hermana durante la guerra nazi. El descubrimiento empezó por la importancia que cobraron los relatos de ficción en mi vida.

¿Cuáles son los autores o libros que influyeron en sus primeros años de formación literaria?

Otras voces, otros ámbitos de Capote es un libro sobre la orfandad y la pregunta por el padre que me influyó. El diario de César Pavese me llevó a escribir mi propio diario. Las memorias y los ensayos de Natalia Ginzburg son los libros que he querido plagiar. Los libros de Margarite Duras los encuentro reflejados en mis propias novelas como soluciones estilísticas. Las novelas de Faulkner y Grass y los cuentos de Cortázar. Como la formación nunca termina, ahora me guio con Kawabata, con Félix Romeo, con Orwell, con Chatwin, con Foster Wallace.

Usted nació en una tierra azotada por el conflicto –hoy los ilusos dicen que eso ya es asunto del pasado– conoce de sangres y silencios, del miedo que nace en la boca de los fusiles. ¿Considera que esa cercanía con la violencia determinó el destino de su narrativa?

Mis primeras novelas son el reflejo de la época en que fui niño y joven. Pero ahora mi narrativa se dirige a otros horizontes. De modo que no hay determinismo. Tal vez influyó en mi modo de observar. El horror está en los detalles y el arte también.

¿Es escéptico o cree en el proceso de paz? ¿Piensa que los colombianos podemos esperar la llegada de días mejores?

Hace poco leí una frase que me dejó en el desconcierto: mientras haya un solo hombre en pie de guerra, habrá guerra. Merecemos como pueblo un destino histórico distinto al que nos han impuesto desde los diversos poderes políticos, económicos y armados. Pero cambiar ese destino empieza por cambiar tu propio destino individual.

¿Qué concepto tiene de lo que la crítica (algunos sectores) llama la novelística de la violencia en Colombia?

Que es una categoría superficial y pasajera como todas las categorías. Yo escribo novelas que aspiran a ser arte, a ser revolucionarias en las formas, el lenguaje y el estilo. Los que usan esas categorías nos deben muchas explicaciones. Por ejemplo, ¿estamos ante una corriente literaria sobre violencia o ante una literatura violenta?

Con “La balada de los bandoleros baladíes”, su primera novela, fue galardonado en México, ¿qué lugar ocupa ese, su primer libro, en todo su proceso de creación literaria? ¿Determina algunas características de estilo de sus libros posteriores?

Mi primer libro publicado fue La balada, pero mi primera novela la reescribí tres veces y no funcionó. Tal vez se publique algún día bajo el título “Perdóname por no haber sido un gran artista”. Y sí, marcó los temas, los enfoques, el estilo de las que vendrían luego a formar Pentalogía de Colombia. Aunque el que la escribió sea un autor muy distinto al autor que escribe hoy.

¿Cómo trabaja sus libros? ¿Tiene un horario de escritura? ¿O deja y vuelve a sus historias cuando siente el llamado de la pluma?

Escribo todos los días por la mañana en un Pc. La mañana es el mejor ambiente para mí. Cuando el libro toma forma ya no me levanto temprano porque sufro de insomnio con el borrador y sigo trabajándolo hasta tenerlo. Luego el borrador se transforma cada año en distintas versiones. Y así hasta que se publica. Han pasado de hasta siete años desde el primer borrador a la última versión que encontró editor. El año entrante se publicará la novela a la que más esfuerzo he destinado. Es una novela cuyo primer borrador concluí en 2011. El resultado es la novela épica que siempre había querido escribir para apropiarme de la Iliada y la Odisea. Se titula, Miedo a morir en el eclipse.

En un mundo globalizado, en unas vidas esclavas de la velocidad donde nadie parece tener tiempo para las cosas importantes, ¿cuál puede ser el destino de los libros y la literatura?

En el mundo globalizado y en el de antes ha sido siempre difícil saber qué es lo importante. Lo único importante es lo que es importante para siempre. El que inventó las zapatillas o el martillo no se imaginaba que esta inventando algo importante para siempre. Pero la literatura no es una esclavitud ni una obligación. Tal vez ese sea un buen destino para la literatura: correr los límites y permitirnos escribir o leer lo que nos de la gana. La literatura nos deja en la completa libertad de elegir.

¿Qué está leyendo por estos días? ¿Qué autores recomendaría?

Flores de verano de Tamiki Hara, un escritor japonés que sobrevivió a la bomba de Hiroshima, un libro que nos hace pensar el lugar que ocupa la literatura entre la memoria y el mito. La biografía de Ezra Pound por Noel Stock. La deshumanización de Walter Hugo Mae, publicad por una editorial independiente colombiana. Recomiendo los tres.

Daniel Ferreira y su consejo a los jóvenes escritores colombianos, a los que aspiran a serlo.

Que huyan de los sepulcros de la imaginación. A sus sepultureros los pueden reconocer porque se llenan la boca y los bolsillos de la palabra Cultura. Que no sigan consejos.

El año pasado Daniel Ferreira publicó “El año del sol negro”, el cuarto título de su proyecto Pentalogía de Colombia, voces autorizadas como la de Gustavo Álvarez Gardeazábal la han tildado de “monumental”. En igual sentido, Marco Tulio Aguilera Garramuño ha manifestado que es una obra de excelente factura literaria. Este es Daniel Ferreira, un escritor que forja su obra literaria con lenguaje cinematográfico para darnos testimonio de una violencia que no cesa y que exige una reinvención de la escritura para ser contada. Y Ferreira lo logra con estupendos resultados.

Comentarios

Comentarios