De bibliófilos, bibliomanos y otras yervas

Por circunstancias de todos conocidas, en este año de gracia y desgracias del 2020, no se ha celebrado en Bogotá, la tradicional Feria del Libro, que se remonta al año de 1936, cuando tuvo lugar la primera Feria, a cargo del alcalde Jorge Eliecer Gaitán, acontecimiento del cual dimos cuenta detallada en nuestro libro Reminiscencias de Dos Ferias del Libro(Ed. Temis, Bogotá, 2016).

A falta de esta celebración, vamos a ocuparnos, de esto que tiene que ver, desde tiempos inmemoriales, con nuestra pasión por el libro. Para este cometido, acudimos a las encantadoras páginas del muy curioso libro Cuentos de Bibliófilo, que vino a nuestras manos, gracias a la gentileza de un amigo, muy amigo de los libros, en especial de los raros y curiosos. Del breve y muy interesante prólogo de este libro, Introducción a la Bibliofilia, tomamos los significados a cerca de lo que se entiende por bibliofilia, bibliófilo y bibliómano. Desatemos el embrollo y significado de estas palabrejas, a veces confusas.

Respecto a la bibliofilia, además de su definición académica, “pasión por los libros y especialmente por los raros y curiosos”; se nos dice que constituye “un complejo de curiosidades y de sensibilidad: el afán por la cosa nueva, es decir, no conocida, que es su primer elemento; el deseo de la posesión, por la posibilidad de ahondar sin limitación el conocimiento y en el libre goce del bien imaginado”. Y se agrega que, de la bibliofilia pueden derivarse todas las formas de la bibliomanía, “desde la más inocente e inofensiva hasta la más exaltada y peligrosa”.

De aquí nace el bibliófilo, o sea “la persona aficionada a las ediciones de libros originales o muy raros”; sin desestimar, en manera alguna, la curiosidad de su forma y contenido, o la antigüedad de la respectiva edición del libro que le despierta interés. Al bibliófilo se le llama, así mismo, bibliópola, bibliofílico o bibliótafo.

Otro aspecto, es el relacionado con la bibliomanía, o sea “la pasión de tener muchos libros raros o pertenecientes a tal o cual ramo, más por manía que para instruirse”.

De aquí se desprende el bibliómano, es decir, la persona que tiene el deseo o el simple capricho de acumular libros, sin orden ni concierto de aprovechamiento alguno.

El célebre autor Bollioud-Mermet, versado en materia de libros, clasifica en cuatro grupos a los bibliómanos: 1) Los incapaces de aplicarse a una lectura sostenida y reflexiva, los que se empeñan en exhibir o mostrar numerosos libros; 2) los que acumulan libros en cantidad excesiva, superior a las posibilidades de obtener de ellos todo el fruto, aún sobre materias a las que no alcanzan sus conocimientos. 3) Los que se jactan de poseer libros excepcionales por su calidad intrínseca o por su rareza, sin reparar el costo por el afán de lujo y de exhibición; y 4) Los coleccionistas movidos por el ansia de reunir libros extravagantes, que versan sobre temas frívolos o licenciosos.

Tan bien se ha considerado la bibliomanía como el arte adivinatorio, que consiste en abrir un libro, en una página al azar e interpretar, a su modo, lo que allí se dice.

A lo anterior, es preciso adicionar otros aspectos o modalidades de simple curiosidad o extrañeza, que tienen que ver con la vida misteriosa o enigmática de los libros.

Bibliofobia, la hostilidad que se tiene hacia el libro, aversión que puede llegar hasta el desamor o el odio.

A las personas que caen en esta expresión se las llama bibliófobos o biblioclastas, una palabra exótica. Bibliofílicos, se dice de las personas que llegan al extremo del llamado “tifus de los bibliómanos”; y bibliótafos, llamados también, quien lo creyera, “enterradores de libros”; o sea las personas que incurren en estas ridiculeces, propias de los bibliómanos o acaparadores de libros.

Por último, contamos con la llamada “maldad fobolibresca”; sin ser otra que los males contra los libros que provienen de la humedad, la polilla, el moho, la suciedad; en fin, los “roedores de libros”; para envidiarlos, unos famélicos animalejos que merodean entre arrumes y arrumes de libros de las bibliotecas, y salen repletos de sabiduría. Aquí si para lamentar, “nadie sabe para quién trabaja”…

En esta tónica, para cumplir con estas referencias, nada mejor que hacer propia ésta tan apropiada como expresiva manifestación, que leemos en la obra mencionada en un comienzo:

El bibliófilo digno de este nombre es un lector sagaz y a quien guía el buen gusto en la elección de sus lecturas… de ese tipo debía ser quien declaraba que, en cuanto tenía noticia de la publicación de un libro nuevo, celebraba el acontecimiento con la lectura de un libro viejo.

Considerada bajo este aspecto, queridos lectores, la bibliofilia constituye el verdadero atributo de una aristocracia del espíritu.

Angasnoy (Refugio del Condor), la Calera 29 de abril del 2020

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