Del Pacual hasta el Galeras, Harold Escobar Apráez

Harold Escobar Apraéz. Del Pacual hasta el Galeras, semblanza primera. Pasto: Insoft, 2019.

Cuando uno lee detenidamente las grandes obras universales, encuentra en muchos de ellos algo en común, la narración de la comarca, del mundo más próximo; la Ilíada describe en detalle la vida de los griegos, que creemos tan compleja, pero que se sucede en medio de los frutos de la tierra, aceitunas y quesos, al calor de la hoguera, en donde se recogen las tradiciones orales que se transmitían argivos y aqueos, y que terminaron por conformar el helenismo; Don Quijote de La Mancha, la novela universal, transcurre entre pequeños poblados y ventas, lugar donde campesinos y paisanos se deleitan con las locuras del loco egregio y de su fiel acompañante, ahí las grandes ciudades son una excepción, como Barcelona, porque el grueso de la aventura transcurre en el campo veraniego; Cien años de soledad recoge el acontecer de una familia dentro de una pequeña comarca, convirtiendo a Macondo en lugar rural por excelencia, pese al deseo permanente de querer conectarse con el mundo, en un intento fallido donde lo inverosímil los retrotrae siempre a sus orígenes; en Chambú, la novela nariñense por antonomasia, es la geografía rural la protagonista, ahí el entramado entre la costa y la sierra se concatena con la vida agreste de campesinos, pescadores y mineros, donde lo telúrico se convierte en espina dorsal de la narración.

Como saudade más que como añoranza, cuánta falta nos hace volver la mirada atrás, a la de los abuelos que hicieron su vida desde la sencillez de las costumbres y la simplicidad de una vida que, aunque pareciera monótona y hasta tediosa, forjó la historia del Sur. Ese es el relato que se encuentra en este sencillo pero profundo y hermoso libro de Harold Escobar Apráez, lo que hay ahí es una historia maravilloso de un municipio colombiano, Sotomayor, descrito con el amor de un hijo a una madre, ahí la tulpa vuelve a congregar a los viejos y a los niños, a los hombres y a las mujeres, al son de la palabra que se vuelve común a todos, ecos que salen por los trojes, surcan los caminos que van del Pacual hasta el Galeras, deteniéndose en cada casita que encuentran, donde las leyendas se entretejen entre certezas y sueños, forjando así la tradición de nuestro Sur.

Que gusto da leer textos como éste, donde la lectura transcurre cristalina, encontrando en cada página una oportunidad para reír o para llorar, en todo caso siempre invade la añoranza por lo ido o lo perdido, acaso saberse lejano de eso que se ama y que está también ahí; en el libro uno se vuelve a encontrar con eso que nos es común: los ríos que serpentean y las montañas consustanciales a lo que somos; el verde cantado y exaltado; esas nubes que se vuelven únicas en su belleza; los aromas que nos atrapan y nos delatan en los ensueños; los amigos que nunca han marchado, así estén distantes; la familia que nos vuelve fuertes y empoderados; los templos, así no seamos creyentes, donde nos sublimamos con los inciensos y nos extasiábamos al son de sus campanas; aquí Sotomayor se universaliza y nos toca con la sutileza de una yema de los dedos para recordarnos ese amor por la aldea, por la vereda, por el pueblo, por la tierra del Sur.

Cuando Harold describe, se emociona, por eso a veces esos listados se vuelven tan largos y pedregosos como nuestros ríos, pero entendemos el afán del autor por dejar consignado todo, por nombrar todo lo que ha visto o lo que le han contado, no quiere dejar a nadie por fuera, es como una especie de testamento donde a todos se busca dejarles algo, por eso ahí están sus paisanos, sus saudades y sus morriñas; el libro quisiera contenerlo todo, y como lector perdono ese afán, se entiende el interés de volverse un cronista, ya no asombrado por lo que va encontrando a su paso, sino puesto en el plano de realidad en lo vivido, de ahí que el recuerdo sea su método, importante y vital para no dejar pasar inadvertida la cotidianidad de nuestros pueblos.

Además, el libro se vuelve también un importante documento gráfico, ya que aparecen diversas fotografías que muestran acontecimientos o personajes que son importantes para la memoria de su pueblo; a un lado han quedado las rimbombantes semblanzas de los señorones de antaño, de los politiqueros que se trepaban en pedestales para continuar en el ejercicio de la mentira, de los afamados títulos nobiliarios ganados en guerras haciendo el papel de soldados de plomo; aquí, una tejedora de canastos como doña Elvira Montoya tiene la misma dignidad que la primera dama de la nación que llega en helicóptero para auxiliar a pueblo transido de dolor por un terremoto; y Gualterio, con una sonrisa en plenitud, demuestra la misma dignidad en el amor a la vida que el obispo que se sienta apesadumbrado al lado de esa primera dama.

Cuánta falta nos hacen este tipo de libros regionales. Sencillos pero profundos, rastreando el acontecer de la comarca, sin pretensiones academicistas y sin caer en el barullo de los autoelogios y los halagos mutuos. Aquí nadie se autoproclama el mejor narrador colombiano, ni se ufana creyendo que el texto fue la verdadera revelación en una feria del libro, ni se dice que es el autor más editado de determinada región, como muchos acostumbran a auto llamarse y a auto reconocerse. Aquí no hay ni medallitas, ni diplomas, ni premios. Hay es una historia regional escrita con pasión, con vocación de servicio a la historia vernácula. Lo demás, eso que tantos buscan para sí mismos, estoy seguro le vendrá a su autor de manera simple y sencilla, teniendo, con seguridad, el afecto y el respeto de quienes somos sus lectores.

Comentarios

Comentarios