Dos llamamientos contra el armamentismo

Con suma satisfacción escuchamos la homilía del viernes santo, en la Basílica de San Pedro, pronunciada por Fray Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia. Una intervención de hondo contenido doctrinal y actualidad social, por la que atraviesa el mundo. De tal sentido esta homilía, que nos conmovió la atención con la que el mismo papa Francisco la escuchaba, sin ocultar su beneplácito. Una intervención que nos golpeó profundamente, de manera especial, cuando el Fraile, con la sencillez y la espontaneidad de sus gestos y la claridad de su acento, nos hizo este vehemente llamamiento contra la trágica carrera del armamentismo:

“Digamos basta a la trágica carrera del armamentismo. Gritadlo con todas vuestras fuerzas, jóvenes, porque es sobre todo vuestro destino lo que está en juego. Destinemos los limitados recursos empleados para las armas, para los fines cuya necesidad y urgencia vemos en estas situaciones: la salud, la higiene, la alimentación, la lucha contra la pobreza, el cuidado de lo creado. Dejemos a la generación que venga un mundo más pobre de cosas y de dinero, si es necesario, pero más rico en humanidad.”

Escuchad la contundencia de esta prédica y recordada una coincidente condena al armamentismo de hace no pocos años, todo fue uno. A propósito, no obstante, el tiempo transcurrido, nos parece oportuno y conveniente traer a la memoria el importante documento Armamentismo y Desarrollo, que hace parte del Informe de la VII Cumbre de los Países no Alineados, presentado por Fidel Castro durante la reunión de los jefes de Estado o de Gobierno realizada en Nueva Deli, en 1982. Documento que se reproduce en nuestra publicación Fidel Castro condena el armamentismo. Aquí, nos hace esta categórica manifestación:

“Las sumas dedicadas en el mundo de hoy a los gastos militares y el extraordinario despilfarro de recursos que supone la carrera armamentista, son la manifestación más evidente de la absurda demencia y la responsabilidad de sus ideólogos e impulsores. La convicción de que mucho de los problemas económicos y sociales que aplastan y angustian a una parte mayoritaria del género humano, pudieran aliviarse, de manera sensible, si tan sólo una fracción de los recursos militares de utilizaran en el noble objetivo del progreso y el bienestar de los pueblos, no puede más que causar un sentimiento de incredulidad e indignación en toda mente honesta.”

De otra parte, al final del discurso del Comandante Fidel Castro, presidente de la Sexta Reunión Cumbre de los Países no Alineados, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, en Nueva York, el 12 de octubre de 1979, nos hace este terminante llamamiento:

“Los gastos en armamentos son irracionales. Deben cesar y sus fondos ser empleados en financiar el desarrollo… Basta ya de la ilusión de que los problemas del mundo se pueden resolver con armas nucleares. Las bombas podrán matar a los hambrientos a los enfermos, a los ignorantes, pero no pueden matar al hambre, las enfermedades, la ignorancia.”

Celebremos vivamente, de una parte, el llamado enhiesto que ha hecho a la humanidad la humilde figura de un Fraile, pero un autorizado representante de la Iglesia Católica; y, de otra, el importante documento de Fidel Castro que se impone actualizar. Ahora más que nunca, conviene volver a tan imponderables reflexiones, que cobran entera vigencia.

Del todo acordes con estas coincidentes exhortaciones, ¿no será el momento inaplazable para que los ingentes caudales que se emplean en el armamentismo, se inviertan en la subsistencia, la educación, la salud y la vivienda de los desprotegidos?

Ante la considerable expansión que, día tras día, hace del armamentismo, sin pérdida de tiempo, es preciso hacer lo indecible, con miras a conjurar los irreparables perjuicios que causan la insensatez de esta amenaza encaminada a la devastación humana. Los fatídicos signos y flagelos de adversidad que vivimos nos hacen entrever más, mucho más, la destrucción de la supervivencia de la especie humana.

Todo, todo esto, sin olvidar aquella ineluctable sentencia de Hesíodo en su maravillosa obra Los Trabajos y los Días: Siempre forcejea con desgracias el hombre que retarda su trabajo.

VICENTE PÉREZ SILVA

Angasnoy (Refugio del Cóndor), 10 de abril del 2.020

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