Ecocidio en Pasto

Por: Pablo Emilio Obando Acosta

“El neologismo ecocidio hace referencia a cualquier daño masivo o destrucción ambiental de un territorio determinado de tal magnitud que ponga en peligro la supervivencia de los habitantes de dicho territorio. ​ El ecocidio puede ser irreversible cuando un ecosistema sufre un daño más allá de su capacidad de regenerarse. Es generalmente asociado con el daño causado por un agente vivo que directa o indirectamente puede infligir un ecocidio directamente matando suficientes especies en un ecosistema para interrumpir su estructura y función. El ecocidio puede ser también el resultado de contaminación masiva tal como el vertido de desechos de industrias o contaminación por pesticidas que destruyen la fauna y flora local”.

Estatuto der Roma

 

 

Desde la década de 1970 en adelante ha existido un apoyo progresivo por parte de gobiernos, empresas y comunidades para modificar el Estatuto de Roma y convertir el ecocidio en el quinto crimen contra la paz. Es parte de un cuerpo procedente de leyes conocido como “jurisprudencia de la Tierra”. Desde esta óptica el ecocidio implica el respeto por las diferentes especies que conforman un determinado ecosistema; plantas, flores, hombres, animales y árboles, aves, insectos, agua y aíre.

Cada vez la especie humana avanza en su deseo de contener la destrucción del planeta al comprender que hace parte de un  todo único y armónico: la naturaleza;  que todo acto en contra de ella es un atentado contra su propia supervivencia.  Es notorio el desarrollo en aspectos relacionados con la preservación y cuidado del medio ambiente por parte de gobiernos, estados y corporaciones por la sencilla razón que destruir hábitats o ecosistemas no es otra cosa que desplazar y aniquilar, muchas veces extinguir, especies necesarias para la preservación de la misma vida.

De ahí que resulta incomprensible la acción humana en uno de los sectores más característicos de la ciudad de San Juan de Pasto, concretamente en el barrio Morasurco, donde se lleva a efecto una tala indiscriminada de árboles, arbustos y vegetación con la consecuente transformación de un entorno y el desplazamiento y muerte de cientos de especies que durante décadas y centurias tuvieron asentamiento en los bosques y humedales que hoy se deterioran a ritmo acelerado e inconsecuente.

Más allá de si es una propiedad privada, si cuenta o no con los permisos respectivos de las autoridades competentes o de la mirada placida y serena de los funcionarios de la administración, nos mueve el deseo de hacer consciencia ecológica, de preservar los pocos espacios y ambientes naturales que existen en nuestra ciudad. Cada vez, y debido al crecimiento urbanístico y la irrupción de empresas propias y foráneas, es más notorio el daño que hacemos al medio ambiente, entendiendo por ello que nosotros también hacemos parte de aquel.  Es preocupante conocer las estadísticas que nos permiten reflexionar sobre el déficit de árboles que existe en Colombia en relación con su población: “Hoy tenemos 0,15 árboles por habitante. Y si nos comparamos con otras ciudades, estamos muy por debajo de Madrid, Santiago o Washington”, explica Rolando Higuita, director del centro ambiental. La cifra de un árbol por cada tres habitantes, es lo que recomienda la Organización Mundial de la Salud (OMS) para tener un aire de mejor calidad en las grandes ciudades”. Desconocemos la cifra en la Ciudad de Pasto, pero nos atrevemos a afirmar que padecemos un déficit de árboles que nos permita renovar adecuadamente el oxígeno y eleve la calidad de vida de sus habitantes. Un déficit de árboles por habitante genera graves y delicados problemas de salud y el incremento en problemas relacionados con enfermedades mentales.

Nos permitimos hacer un respetuoso llamado a las autoridades ambientales de nuestra ciudad para que paren este ecocidio e impidan la irrupción de otros nuevos. Un bosque es una “planta” natural productora de oxígeno, reservorios de vida y  armonía entre las especies.  Por supuesto que rechazamos enfáticamente esta destrucción que nos afecta a todos por igual y que nos convierte en una vergüenza en los escenarios nacionales e internacionales. Estamos a tiempo de impedir que Pasto se convierta en una ciudad carente de vegetación y abogamos para que se expidan normas y acuerdos que obliguen a las constructoras a destinar como mínimo un 20% de sus proyectos urbanísticos en zonas verdes y ecológicos, que se nos acostumbre a convivir con la naturaleza sin destruirla y, por el contrario, seamos capaces de convivir en paz con las diferentes especies.

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