Educar en torno al fracaso

En el sistema educativo la historia es vista desde los que triunfan mas nunca desde los que son derrotados; estos últimos no tienen nombre, como el soldado desconocido. Siempre se nos enseñó los episodios de la historia desde la óptica de los vencedores, mas no la de los vencidos. Es por ello que seguimos creyendo que quienes han tenido una vida exitosa son seres con potencialidades excepcionales, y no es así.

En el subconsciente llevamos esa impronta que nos ha hecho creer que eso no es con nosotros; que simplemente debemos ser espectadores, por lo tanto seguimos la línea del camino trazado, sin salirnos del margen. No lo intentamos por temor al fracaso. Pero el fracaso es una realidad que debe ser tenida en cuenta. Algunos intentos fracasan, pero los gestores deben estar mentalmente preparados para ello.

Cuando tenemos una mentalidad formada en torno a la posibilidad de la derrota, de los riesgos que hay que correr -y si ello ocurre-, nos golpeará menos que cuando estamos mentalizados únicamente en la opción del éxito. Las personas que creen obstinadamente en el éxito, y si ocurre el fracaso, se verán golpeadas doblemente: material y moralmente, y este último puede ser fundamental.

Siempre se nos dijo que estábamos hechos para el éxito, pero nunca para el fracaso. Y el fracaso es una posibilidad real que debe ser tenida en cuenta dentro de una planeación estratégica. Es por ello que se deben evaluar de manera permanente las estrategias empleadas para comprobar su efectividad y si no arrojan los resultados esperados, se debe reconocer su fracaso para reemplazarlas por nuevas o simplemente suprimirlas.

Lo importante es tener determinación para darle continuidad a un proyecto y no abandonarlo. El fracasado con actitud de perseverancia verá en el fracaso una oportunidad para mejorar y tendrá mayor alcance que el triunfador que encontró el camino llano.

El emprendedor no puede desconocer nunca el peligro; cuando lo identifica y llega suceder, está preparado para mitigarlo. Pero si lo ignora y sucede, el traumatismo puede ser muy fuerte. De tal manera que se deben diseñar planes para minimizar el riesgo, para ello es fundamental el estudio de experiencias similares, no para plagiarlas sino para tener mayor alcance. Aquí no se van a inventar cosas nuevas: se trabaja en torno a las experiencias de otros y a las propias, pero siempre con la mentalidad de la mejora. El emprendimiento va paso a paso, sin sobresaltos ni grandes saltos.

El exitismo proveniente de los Estados Unidos enseña las maneras de triunfar con indicadores de crecimiento en notable ascendencia; en cambio, en el modelo japonés se muestra a las crisis como oportunidades. Por algo el desarrollo alcanzado por esta nación sometida a los embates de la naturaleza es tan próspero que se sitúa en la tercera economía del mundo, considerando el ataque sufrido con dos bombas atómicas al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

Los japoneses tienen un perfil de trabajo empresarial a largo plazo con productividad e innovación que les garantiza estabilidad en el mercado. Son muy organizados, saben trabajar en equipo, emplean todo el tiempo destinado para su trabajo y con mucha disciplina.

En Colombia, desafortunadamente, nos falta perseverancia en los propósitos, no somos puntuales; si en la primera oportunidad fracasamos, generalizamos la experiencia y ya no lo volvemos a intentar. Para los japoneses, en cambio, es más importante la perseverancia que la inteligencia. Ese es el mayor éxito japonés.

El deseo de obtener utilidades a corto plazo nos ha hecho perder el juicio y la paciencia generando una economía especulativa y mafiosa. Buscamos formas rápidas de obtener dinero como la especulación o invertir en pirámides, el chance o el baloto y demás juegos de azar. El cortoplacismo no nos permite el crecimiento empresarial.

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