El arte de enseñar

Por: J. Mauricio Chaves- Bustos

Laura Daniela, ¡sé la profesora que quieres ser!

 

La vida me ha dado la oportunidad de ser profesor en muchas oportunidades, inicié dictando clases en la Normal San José, en la ciudad de Medellín, el mismo año en que Pablo Escobar reclutaba adolescentes para asesinar policías o quienes estuviesen en contra de su macabro plan narco, los fines de semana enseñábamos en la Comuna La Cruz, subiendo por Manrique Oriental, entonces aprendí que ser docente era más que un apostolado, se requería tener cojones, tanto para esquivar las balas como para tener que tachar de la lista a aquellos alumnos víctimas de la sociedad del miedo y presas de una guerra que no les era propia; luego en el Colegio de Cristo en Manizales, allí entendí que para ser profesor de la primera infancia se requiere un ánimo temerario y una paciencia que supere a la del Job, supe entonces que mi vocación no era la de enseñar a los chiquitines. Posteriormente la vida me puso como profesor en Bogotá, en institutos de garaje y también en importantes universidades. Me di cuenta que mi vocación estaba más relacionada con la educación universitaria, pero aún más, haciendo catarsis de mis experiencias, ahora entiendo que ser profesor implica también salir del aula, enseñar desde la vida, la vocación se ejerce día a día, conversando con la gente, aprendiendo de sus experiencias, la mera teoría por la teoría no existe, ser profesor requiere tener el cable a tierra, y ese aspecto es otra realidad que Colombia desconoce y se invisibiliza. Hoy, desde el Pacífico nariñense, entiendo y comprendo que la vocación de la docencia traspasa la academia, que el desaprender permanente es necesario para ajustarse a las lógicas que nos son diferentes, que se requiere una apertura, no únicamente de mente, sino de sentidos, de sentimientos, de sentir las otredades y fundirse en ellas, de reconocer las diferencias y crecer con ellas.

Hoy más que nunca, quiero no repetir lo que muchos docentes hicieron conmigo en el colegio, entonces los dichosos maestros no eran más que castradores intelectuales, puedo enumerar muy pocos de aquellos que compartieron su universo de sueños desde el aula de clase, pero en general, su ejercicio preferido era descalificar, humillar, ofender, pisotear en lugar de ayudar. A esos maestros, los he superado, no con el intelecto fallido y pretensioso de presumir de lo que se conoce –los más no hacían sino disfrazar sus carencias desacreditando al dicente-, sino comprendiendo y aceptando que el saber implica construir desde las alteridades, reconociendo las diferencias, fundando en ello los saberes para construir el mundo.

Hoy, gracias a esos malos profesores que tuve, entiendo que la geografía está mucho más allá del atlas, que puede hablarse también de la geografía del cuerpo; que las prácticas religiosas son mucho más que permanecer obligado en un ritual que no te dice nada, hoy entiendo que religare es tener una conexión con los otros y con lo otro también desde las intimidades de los silencios o los gritos de los tumultos. Que las diferencias dignifican al hombre en su concreción con lo que pueda existir más allá de nuestro entendimiento. Que amar significa también respetar al que no cree en nada; hoy entiendo que la literatura es mucho más que el texto que te obligaban a leer en la biblioteca. Que no necesariamente Mozart o Vivaldi pueden ser el mejor acompañante para las lecturas, hoy la marimba, el cununo, el guasa y las maracas, acompañan mis literoralidades. Que ya don Quijote ha salido del empolvado libro para volverse una realidad y que La Mancha es todo el universo; que lo importante no es como lo pronuncias sino como lo dices y lo sientes, que el mejor idioma es el del amor, que entre amigos y amantes los silencios son más dicientes que cualquier poema en francés o en inglés; que la biología no se aprende pintando bonitos dibujos en un cuaderno, sino recorriendo sin tapujos y sin miedos nuestra corporalidad, que el sexo no es pecado, que no podemos castrarnos ni mental ni físicamente; que la ética, léase bien, que la ética no se enseña, sino que se transmite con el ejemplo, comprendiendo lo bueno y lo malo sin categorizar, sin endilgar, que hay una gama de grises que nos permiten ser en el mundo.

Hoy entiendo que no hay un arte de enseñar si no se parte de la vocación por el saber y el conocer, el primero se adquiere en los textos, en las academias y en las aulas, pero el conocer, el conocer requiere salir al mundo, caminarlo y equivocarse, implica levantarse y seguir el camino, entender que el nuestro es uno más, que hay miles de caminos que nos intercomunican en el arte de la enseñanza, que hay doctores ineptos y analfabetos sabios, y que entre unos y otros se mueve el día a día de nuestro trabajo.

A aquellos maestros que se perpetúan en mí y en mis compañeros, gracias; a aquellos que se atreven a romper los moldes, gracias; a aquellos que ejercen su trabajo más como una vocación que como un mero modus vivendi, gracias; a los maestros que conjugan el verbo amar en todas sus formas, gracias, porque aceptan que el arte de enseñar implica amar.

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