El código marino contra la desventura

Los marineros, a fin de combatir el miedo que sienten en el mar, han inventado muchos códigos para convivir con él, manteniendo de una manera fantasiosa sus buques a flote. Para evitar la mala suerte siempre han tenido prohibiciones para conjurarla: «No silbar abordo», porque atrae tempestades. «No llevar mujeres», porque trae mala suerte. «Vigilar atentamente los tiburones que siguen al barco», porque sólo persiguen a las naves condenadas. «No matar gaviotas», porque son las portadoras del espíritu de los muertos. «Nunca zarpar los viernes de semana santa», ya que Jesucristo murió ese día.”. Las cábalas y el mar siempre han ido de la mano.

La historia que más aterra a un marinero es la del buque fantasma, más conocida como la del “holandés errante”. Según la tradición, este es un buque condenado a no poder regresar al puerto, obligado a vagar para siempre por los océanos. El buque es siempre divisado en la distancia, a veces resplandeciendo con una luz fantasmal. Si es visto por un marino es presagio de mala suerte, tormentas o accidentes a bordo. La leyenda lo sitúa en el año 1680 y hace referencia a un buque holandés que navega desde Ámsterdam a la colonia de Batavia, en las Indias Orientales holandesas.
El barco es comandado por el capitán Hendrik van der Decken, quien dicen que pactó con el diablo para poder navegar sin importar los fenómenos naturales que se le pusieran en su travesía. Pero Dios se enteró de esto y condenó a la tripulación a navegar eternamente sin rumbo y sin poder tocar tierra.

En el Pacifico sur también existen las leyendas de dos buques fantásticos: el Maravelì, y el Buque de Monterrey. Cada uno tuvo connotaciones diferentes, y ambos pasaron a hacer parte en el imaginario popular.

El Maravelí

Este buque fantasma navega desde la Isla de la Gorgona tripulado por demonios, y su carga son las almas de los difuntos que han hecho pacto con el diablo. Cada noche arrima a las poblaciones costeras de Valle, Cauca y Nariño, y a las doce de la noche cita a las personas vivas que adoran a Lucifer, para que reserven su cupo en el próximo viaje a la eternidad. Dicen los marinos que, el código contra la desventura es enfocarle una luz fija sobre la proa, y así logran desaparecer de su presencia al Maravelì.

En la novela “En busca de la semilla” de Oscar Seidel, capítulo 13 titulado “El buque fantasma”, narra el invasor castellano Francisco Pizarro que, al regresar de su segundo viaje al Perú, llevaron a Panamá a los dos enfermos que habían dejado en la isla Gorgona, Cristóbal Peralta y Martin Paz, porque una noche murió allí Gonzalo Martin de Trujillo:

 “¿Qué le pasó a Gonzalo?, pregunté a sus dos compañeros enfermos. Mi capitán Pizarro, fue algo anormal lo que le sucedió, respondió Cristóbal de Peralta. Cuente la verdad porque debo dejar registro del fallecimiento del compañero Gonzalo. Resulta que la noche que estaba de guardia, el compañero Gonzalo vio al Maravelì.

¿Qué es eso?  ¿Ése fue el motivo de su muerte?, le pregunté. Mi capitán Pizarro, según nos contó el chamán, en la costa del Pacifico existe la leyenda del buque, que en forma misteriosa viaja por las noches.

¿Cómo hacen los indígenas para identificar al Maraveli de las otras embarcaciones?, pregunté. Según los indígenas, ellos ven en las noches que este buque fantasma sube y baja con las olas y huye de los vientos violentos, lleva lámparas amarillas con candelas en el palo mayor. Su luz refulgente es de tal intensidad que enceguece a los animales, hiela la sangre de los hombres y daña los terrenos sembrados.

¿Y de qué tamaño es la embarcación?, pregunté. Por lo que cuentan los indígenas, deducimos que tiene como mil brazas de largo, quinientos pies de eslora, una gran manga, ochenta pies de puntal y una gran velocidad.

¿Cuál es la ruta de esa embarcación? El Buque Fantasma al que los nativos le llaman el Maravelì, lo han visto los indígenas saliendo de Gorgona y anclando en los territorios de los Sindaguas, los Sanquiangas y los Telembies. Según sus creencias, es la proyección de una embarcación que hizo piratería antes que nuestra expedición llegara por estas tierras; otros relatan que es el fantasma de una embarcación que cargó las riquezas obtenidas de las explotaciones del oro de la región de los indígenas Barbacoas, y que se hundió en el mar con toda su tripulación.

A ver soldado Peralta, diga de una vez el porqué de la muerte de Gonzalo de Trujillo. Mi capitán, existe la creencia entre los indígenas de que, quien es malo y mira de cerca el Maravelí se enloquece, o queda ciego, o muere lanzando gritos espantosos; los perros aúllan y los animales corren presos del terror. El Buque Fantasma viaja sin descanso a toda vela, estremece los bosques de manglares y llena de misterio la naturaleza. Es el terror de las gentes del litoral. El compañero Gonzalo murió de tanto gritar como un endemoniado, y lo enterramos aquí en la isla Gorgona…”

El buque de Monterrey

Por la década de los años 1960, existió un buque que nunca navegó, sino que estuvo anclado en el espíritu de un grupo de amigos en el puerto de Buenaventura. El capitán Bercilio y su comodoro Fortiche fueron unos seres especiales que lograron reunir a sus amigos de farra, para que alcanzaran el norte de la felicidad, a través de la fantasía de conformar una tripulación, que se divirtiera en el cabaret el Jardín de las Estrellas. Cada mes, el Buque se acoderaba en la pista de baile para disfrutar del goce pagano, y todos los fines de año celebraban una fiesta de gala, en el que la tripulación vestía de smoking, y las chicas del cabaret lucían trajes de fantasía confeccionados en las mejores casas de moda en Cali. Ese mismo día, realizaban el ascenso en el mando del Buque, y obviamente lo obtenían quienes más habían asistido a las bacanales durante el año que terminaba.

Todo iba muy bien, hasta que apareció Luchìn, un presentador gay que lo habían contratado en Pereira. Desde el primer momento, obligó a las chicas a dejar la confianza con la tripulación del Buque, ya que debían atender con prelación a los marineros extranjeros, quienes pagaban sus servicios en moneda más fuerte.

Cierto jueves de Semana Santa, asistió un grupo de marinos noruegos, quienes después de navegar dos meses seguidos, estaban ansiosos de obtener los favores sexuales de las chicas del cabaret. Inmediatamente Luchìn los observó, estuvo presto a saludar por altavoz al capitán Henry Jacobsen y su lujosa comitiva, y centró el espectáculo multicolor hacia ellos. Ese fue el detonante de la pelea más feroz que jamás se había dado en el Jardín de las Estrellas, puesto que, al acostarse las prostitutas con los nórdicos, rompieron el código de “No fornicar el jueves santo” porque quedan pegados los cuerpos. Entonces, los tripulantes del Buque se agarraron a puños con los noruegos; tuvo que llegar la infantería de marina para apaciguar los ánimos, y obligaron a la tripulación del Buque a firmar un documento, en el que se comprometían jamás volver al sitio de sus placeres. Todos obedecieron la orden, salvo el comodoro Fortiche, a quien por ser viudo le aceptaron vivir eternamente en aquel lugar.

Cuentan que todas las noches, cuando encienden las luces del cabaret, en una mesa alejada, ronda el fantasma de un comodoro envuelto en el mar de sus recuerdos.

Comentarios

Comentarios