El conocimiento geográfico

Por: Jonnathan Pérez Santamaría

Geógrafo de la Universidad Nacional de Colombia y Magíster en Estudios Interdisciplinarios sobre el Desarrollo del CIDER de la Universidad de los Andes. Mis líneas de profundización están en la Geografía Humana, en especial la Geografía Política.

Es común relacionar la diplomacia con la ciencia política y el derecho. Sin embargo, el trabajo por los intereses y las relaciones del Estado implica el rompimiento de ataduras disciplinares. Muestra de esto es el cuerpo diplomático de Colombia que cuenta con internacionalistas, antropólogos, historiadores, economistas, comunicadores, ingenieros, médicos, entre otros, quienes han hecho grandes contribuciones al servicio exterior del país. Quizás vemos el vínculo entre la diplomacia y las carreras mencionadas, pero el ejercicio es más difícil con disciplinas menos populares. Así las cosas, este texto es una oportunidad para contar mi experiencia, aclarando o reafirmando algunas cuestiones, y de paso expandir el ámbito diplomático con el quehacer de mi profesión.

Lo primero es que – sin ánimo de juzgar – es evidente el gesto de sorpresa y duda cuando me presento a varios de mis compañeros en el Ministerio de Relaciones Exteriores; reacciones inocentes y nada malintencionadas. No es extraño que desconocemos su existencia como opción profesional, a pesar de que tenemos contacto con la geografía en las primeras etapas de nuestra educación. Esto se debe a los pocos programas universitarios en geografía y al pequeño número de egresados. Basta con revisar las tarjetas profesionales expedidas por el Colegio Profesional de Geógrafos, de las cuales la mía es apenas la 577. A lo anterior se le suman las carencias del sistema educativo y el diseño curricular de la geografía para la primaria y el bachillerato.

Muchos recordarán la clase de geografía, o de ciencias sociales quienes la vieron a la luz de la historia, como una materia hecha para la memorización de información. Algunos aprendieron que Colombia tiene 32 departamentos y que estos están divididos en municipios. Otros tendrán presente que el río Magdalena recorre 1540 kilómetros del territorio nacional y que separa dos de las tres cordilleras. Sabrán que somos un país megadiverso, que las costas colombianas son bañadas por dos océanos y que habitamos una zona ecuatorial e intertropical. Pero más allá de la descripción y la toponimia de la Tierra, la geografía es el estudio de todas las interacciones humanas en el marco de lo que denominamos el espacio geográfico.

Ahora bien, más que una caja que contiene objetos, el espacio geográfico se debe a la interacción entre la sociedad y la naturaleza. La geografía estudia las formas físicas de la Tierra, pero a la vez analiza el comportamiento humano. Razón por la cual, la geografía también estudia las sociedades y, en consecuencia, clasifica como una ciencia social. Es raro y a veces gracioso que me sigan confundiendo con un geólogo después de una década de graduado. Pues bien, lo que me funciona para tal situación es decir que, si bien ambas ciencias estudian la Tierra, los geógrafos tenemos en cuenta a los seres humanos y los geólogos no. Y a pesar de lo simplista de la comparación (mis colegas rasgarán sus mapas más bonitos), es útil para explicar que son dos ciencias diferentes y que debemos comprender el espacio en el que vivimos.

El comportamiento humano y las conductas sociales cambian en el espacio. Es decir, es válido preguntarse siempre por el “dónde” de las cosas. Dependemos del entorno en que vivimos, ya sea porque nos adaptamos o lo transformamos. Construimos el espacio que habitamos y este define diversos modos de vida. La escala en la que miremos dicho espacio nos da mayor o menor detalle de sus atributos, como cuando acercamos o alejamos el visor de Google Maps. La proximidad y la distancia determinan nuestras relaciones; prueba de esto es el interés por la crisis en Venezuela y no por la guerra en Yemen; que hay fenómenos globales como el cambio climático y otros locales como una erupción. La geografía es una ciencia que da razón de por qué y cómo modificamos la Tierra.

Los geógrafos nos apoyamos en los mapas para la representación de estos contextos, pero no solo somos hacedores de mapas. De hecho, la mayoría de los textos teóricos sobre geografía no los tienen. Aun así, nos sabemos valer de la estética, precisión y arte de una buena cartografía. Incluso la empleamos como instrumento crítico para cambiar lógicas, tal como pensar que el sur es abajo y el norte es arriba. Le imprimimos valor propio a los mapas gracias a que cada quien ve y se relaciona distinto con su entorno. Eso es geografía: valorar el espacio donde existimos; interpretarlo, apropiarlo, simbolizarlo, habitarlo, controlarlo, ordenarlo, estudiarlo, apreciarlo, en un sentido material y abstracto. En otras palabras, analizar un conjunto de acciones de las personas y las sociedades en lugares determinados.

Entonces, la diplomacia también tiene un dónde, algo así como la geografía de la diplomacia. De forma más evidente, el vínculo entre estos campos del conocimiento se da en la elección de ciertos lugares como puntos de encuentro puede influir en el qué de los diálogos diplomáticos y las relaciones entre los Estados. Por ejemplo, la firma de tratados de paz no se hace vía correo, sino en presencia de los líderes en sitios estratégicos y representativos. Este tipo de decisiones permite a la diplomacia otorgar significado a los lugares. Lo mismo se puede decir de las guerras. Aquí tenemos por ejemplo que el Teatro Colón de Bogotá se convirtió en un espacio simbólico de la firma del Acuerdo Final para la paz.

Por otro lado, un incentivo de la vida diplomática es la movilidad internacional, con lo cual los diplomáticos viajan tanto como los geógrafos anhelan. Estos podrían considerarse una versión actual de los exploradores, pues entre sus funciones está producir conocimiento del lugar al que llegan y donde representan al Estado que los envía. Las dimensiones se hacen más pequeñas con el transcurso de los años y la experiencia aumenta con los viajes. Por lo que los diplomáticos ganan consciencia de la complejidad de nuestro planeta. Además, los conceptos geográficos sirven para la resolución de controversias fronterizas. Nada más cercano a nosotros que las reclamaciones de Nicaragua en el Caribe Occidental basadas en la plataforma continental extendida; ventaja geográfica que algunos países quieren aprovechar. La consecuencia de una decisión favorable a dichas aspiraciones sería el enclave y mayor aislamiento de los paisanos sanandresanos; así la percepción de la distancia crece.

El territorio es una categoría geográfica para concebir las dimensiones espaciales del Estado. Así, otros espacios como las fronteras, áreas de integración regional o concurrencias de embajadas y consulados enlazan a la geografía con la diplomacia. La distribución global y nacional del poder, de los procesos productivos y los recursos; la localización y concentración del conocimiento y la creación de tecnología; la desigualdad entre áreas urbanas, rurales y silvestres; determinan las relaciones entre los Estados. La geopolítica ocupa un nuevo lugar en los intereses de Colombia y comienza a ser parte de una mirada colectiva de lo que somos dentro y fuera de nuestro territorio. Elemento sin el cual las expectativas de una nación que se proyecta en escenarios globales no tendrían sentido.

Es un orgullo ser geógrafo en un proceso de formación diplomática y consular colombiano. El objetivo es proponer desde los debates de la geografía elementos para el análisis de las relaciones internacionales. Conocer lugares y producir conocimiento para el servicio de Colombia. Ayudar a entender las dinámicas naturales de la Tierra e interpretarlas desde una ciencia social. Tratar de reconciliar los fenómenos naturales, para lo que no existen fronteras, y los Estados. Construir país desde la descripción y el análisis de los espacios fuera de nuestros límites. Por último, espero que los colegas diplomáticos encuentren el mismo encanto que yo en el conocimiento geográfico.

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