El dulce olor de Puerto Perla, un libro premonitorio de la pandemia

De la cruda descripción de una epidemia de ayer, a la realidad de la que ahora aflige a la humanidad.

Definitivamente, este flagelo del Coronavirus nos ha alterado y trastornado todo, menos nuestra capacidad de amar y pensar, de soñar y laborar. Ni que decir de nuestros proyectos y compromisos intelectuales y académicos, de nuestros escritos, de los diálogos con nuestros amigos, de nuestras lecturas. Y entre estas, a la que ahora me refiero, desde luego, con la expresión de mi gratitud al autor, “tarde, pero a tiempo”. Tener en mis manos el libro de Óscar Seidel El dulce olor de Puerto Perla (Madrid, España, agosto de 2018) y disfrutar sin respiro de tan agradable lectura, todo fue uno. Un libro de singular ocurrencia en el mundo de las letras, por la originalidad del tema, por las vivencias espeluznantes de su descripción, por la agilidad, colorido y naturalidad de su estilo; por la brevedad de cada uno de sus capítulos. Una descripción que con mueve y nos mantiene en vilo. En una palabra, la narración de un insuceso que golpeó con furia inclemente la vida tranquila y rutinaria de un pueblo.

Infortunadamente, esto ocurre en Tumaco, puerto en la Costa Nariñense del Pacifico, un lugar de todo nuestro afecto y de nuestros más gratos recuerdos (Sitios que yo recorrí de ardorosa virtud, cuando loco perdí mi fugaz juventud…). Pero, además, la tierra nativa de mis inolvidables amigos Guillermo Payán Archer, poeta del mar, íntimamente unido a su Bahía iluminada; Luis Antonio Sevillano, cantor de su raza y cultivador de la poesía negra; Blanca Ortiz, que nos embruja con su Puerto de Romances; y Óscar Benítez del Hierro, mi compañero del colegio, en Pasto, amigo del alma, autor de novedosos cuentos de encanto terrígeno. Para mencionar a penas los amigos que se adelantaron en la jornada.

Sin continuar en esta tónica de gratísimos e inolvidables recuerdos, tornemos al motivo de esta satisfacción y reconocimiento. La magia de un libro premonitorio que nos madrugó con “la pandemia del mal olor en la isla”, y como consecuencia de tan desagradable epidemia, “la declaración de emergencia y aislamiento del puerto, el sometimiento a una cuarentena, el encerramiento en sus casas de los enfermos; las enfermedades pulmonares y los muertos que se multiplicaban en los cuatro extremos de Puerto Perla, como si el viento prediense y activase los incendios en las narices y bocas de todos…”. Todo esto, sin que faltase “el aprovisionamiento de máscaras antigases para protegerse de la fumigación y del hedor, y de los tapabocas para respirar…”. En fin, por causa de “esta epidemia del mal olor se determina cerrar las entradas al puerto por tierra, mar y aire”. En medio de tanta desesperación, “cunde el pánico colectivo”. Entre el fragor y el sopor de esta situación, las autoridades municipales y las del servicio de salud hacen todo lo que pueden y peor, lo que no pueden ni está a su alcance. Entre tanto desconcierto, el personero municipal emite un detenido informe, en el que concluye “con una verdad a medias”:

El efecto final es que “esta epidemia, pandemia, peste, desgracia, o como lo quieran llamar, no tiene cura inmediata, porque una vez esparcido el germen en el medio ambiente, este tardara años en eliminarse. La preocupación sobre las consecuencias a largo plazo a esta exposición tóxica puede ser la responsable de la sensación permanente de impotencia. Y aunque se tomen medidas de precaución ante esta peste, poco se puede hacer.

En conclusión, nada que extrañar. Guardadas proporciones, quien lo creyera, entre la particularidad del lugar en donde ocurre una epidemia y la universalidad de la otra, en el fondo, no acontece más que una pura y simple coincidencia; de aquellas que cuando uno menos lo piensa y espera le deparan los inescrutables designios de la naturaleza o del imaginario.

Amigo Óscar Seidel, escritor y tumaqueño de pura cepa:

Entre el discurrir de tantas desventuras y sin sabores, de tantos sobresaltos y desvelos, no resisto la tentación de traer a la memoria la tan sentida exhortación que, a propósito de Tumaco, nos hace el sabio Miguel Triana, en su maravillosa obra Por el Sur de Colombia (París, 1908); exhortación que alienta nuestras vidas, conforta nuestras adversidades y estimula nuestros sueños:

La isla de Tumaco es un símbolo fiel de la vida del hombre, siempre agitada por los caprichos de una fortuna tornadiza. El hombre lucha por fijar su suerte, anheloso de sosiego, aunque sea enclaustrándose en la paz de la tumba, y la islita pide que se le amurallen sus orillas, aunque con ella pierda la providencia del mar que le dio la vida y le ofrece a diario cuantas manifestaciones de ternura puede ofrecer a sus hijas este monstruo escamoso y soberbio. Cerrar, como propusimos, el canal por donde entra la fuerza viva del mar, es encerrar la encantadora isla de los alelíes en un convento.

Se queda uno pensando al ver la ola que destruye lo que edifica, en que la vida es únicamente la lucha estéril con la muerte. Dejar de luchar es morir. Donde quiera que hay conflictos surge un resplandor vivificante. Únicamente alientan los que expiran; sólo gozan los que sufren; sólo poseen los que anhelan. ¡Ah de los que llegan al puerto! ¡Infelices los que conquistan el ensueño y lo poseen en su quimérica nada!

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