El gran apagón en Nariño de los años sesenta

Por: Omar Raul Martinez Guerra

En memoria de Jorge Bedoya

¿Podrían imaginar los lectores, si un día cualquiera fuese  suspendida la energía eléctrica durante una semana? Siete días sin corriente, -tan solo siete- sin estufas,  televisores, ni neveras, radios, celulares y computadores. ¿Vivir sin celular? Tampoco el impulso  para movilizar los ascensores o abrir el internet. Con hospitales semiparalizados y  redes sociales eclipsadas. Confinados ante el mundo. El riesgo de una hecatombe tecnológica en las comunicaciones globales está sobre la mesa. Un pequeño amago se vivió hace un par de años al otro lado de la tierra. De haberse dado, solamente en la cubierta azul y gris del cielo,  las autoridades del espacio habrían  suspendido millares  de vuelos. Única forma de  evitar el apocalipsis   de los aviones  chocando  entre sí, cubriendo  el  horizonte  tras fugaz colcha sombría  de metálicos retazos.

Dependemos de la energía eléctrica. Nadie y casi nada  funcionan fuera de ella hoy en día, pues la solar y la eólica son aún demasiado incipientes. La energía nuclear es otro cuento. En Pasto y en Nariño,  la electricidad se esfumó  durante seis meses, carentes  un solo minuto para prender la lámpara de un  nochero. Seis meses mal contados,  alumbrados con espermas en sus perpetuas noches, año 1967. Comunicados tan solo con radios transistores. Fábricas, talleres, negocios, empresas, centros educativos afectados. El sur viviendo la soledad exasperante de las tinieblas sempiternas.

San Juan de Pasto llevaba largos periodos bajo la inclemencia de difusa  luz mortecina,  proveniente de tres fuentes: la primera, conocida como la “La luz de don Julio”, para  un pequeño sector urbano; otra, del  rio Bobo; y la tercera, del rio Mayo, en San Pablo. Tres fuentes distintas, un solo fracaso. La impotencia ciudadana, la inercia  de sus dirigentes y  políticos, y el acostumbrado olvido nacional  se juntaron. El  atraso vivido con pasmoso estoicismo, como si se tratara de anatema naciente en el corazón del Estado y sus gobiernos. Se contaba apenas con  rudimentario aeropuerto en  Cano y  escabrosa y polvorienta  carretera a Popayán, sin más. La televisión llegaba con señal borrosa e intermitente, catorce años después de inaugurada en Bogotá. Todo eso y más a contados meses  de llegar el hombre a la luna.

El gran apagón se produjo luego de frecuentes episodios similares. La región quedó  a oscuras durante largas noches de interminables meses, y la gente no tuvo opción distinta que acudir a  estufas de leña, así como  a  anacrónicas planchas  de carbón. Los radios transistores como único medio para escuchar las cadenas nacionales en  AM, cuyo sonido era tan irregular como precario. La crisis de la economía fue de proporciones inverosímiles; veladoras,  fósforos, kerosene  y  pilas convertidas  en artículos de  supervivencia. ¿Cómo era posible alcanzar  vida normal, a tres décadas del tercer milenio?

La exasperación comprometió entonces a  las comunidades de los  barrios orientales en ordenada  pero beligerante marcha hacia la Plaza de Nariño, en acto de protesta, sin más programa y   brújula que la explosión irremediable de su  ira contenida.

La historia inédita nos recuerda  los tiempos de comunión entre habitantes de a pie con estudiantes. Tiempos consagrados a soñar contra el olvido y la inclemencia. Espacios talvez irrepetibles de unidad por la dignidad del pueblo agraviado. Épocas de  juventud quimérica en las entrañas de una ciudadanía casi inerme, esgrimiendo  la dirección  del movimiento cívico más importante del siglo. Al frente, un osado  estudiante de derecho en la universidad de Nariño: Jorge Eliecer Bedoya, en la compañía de Álvaro Rodríguez,  de agronomía.

Un viernes soleado,  caminaron miles de  enfadados habitantes.  Convergieron todos a la cita, en la plaza de principal. En el balcón esquinero de una casona colonial eran esperados por   sus voceros. Desde la tribuna ubicada en el hoy centro Sebastián de Belalcazar,  Bedoya y  Rodríguez,  amplificador en mano vieron, atónitos, los torrentes humanos. Multitudes incontenibles de todas las comunas circundantes, revelando en sus rostros su irreprimible furia ante el desdén oficial. El parque  recluyendo el dolor exponencial por el olvido, representado en  más de 20 mil personas marchando entre consignas y pancartas.

¡Hermano, y  ahora qué hacemos!, alcanzó a musitar, con inocultable  ansiedad, Bedoya a Rodríguez.

“Se nos vino la ciudad entera… nadie se quedó en casa” fue la única respuesta.

Sorprendidos ante una multitud insospechada,  Jorge Bedoya no encontró salida diferente a  tomar por vez primera en su vida,  un  micrófono, (a sabiendas de nunca antes haber pronunciado un solo discurso). Las palabras expresadas en cinco minutos que le resultaron eternos,  debieron tener el acento majestuoso y convincente de improvisado orador caído del cielo mismo. Con ellas conmovió el alma de una muchedumbre, mientras replicaba el  eco  de la audiencia  embelesada Entre discursos y arengas, no hubo lugar a mejor consenso que darle plazo  al Gobierno Nacional: solución en 40 días.

La cuenta regresiva se instaló en  enorme y prosaico reloj artesanal. Cada 24 horas,  retrocedía el indicador del tiempo, 39, 38, 37… hasta llegar, así  al día 0.  Vencido el plazo, nadie sabía a ciencia cierta cuanto iba a pasar, ni camino alguno  para  dónde  coger. A lo mejor, nadie lo tomó totalmente   en serio. La idea del reloj había salvado la jornada. De paso, también a sus dirigentes.

Treinta  y nueve días más tarde, sin respuestas ni soluciones  el  insurrecto rio humano volvió a la cita, profundamente frustrado si, aunque esencialmente  pacífico. A pesar de ello, la orden central desde Bogotá fue despejar la plaza a toda costa.  El caos fue impredecible. La fuerza pública intentó lo imposible y las malas noticias comenzaron a llegar de calle en calle. Todas hablaban de violentos enfrentamientos y del dolor al saber de dos ciudadanos inocentes, muertos. Un toque de queda cerró el correr del reloj caminante   en reversa durante  40 días, buscando que volviera la luz, a cambio de la cual llegó la muerte.

Solo entonces  irrumpió la voz  del Presidente. Era  Carlos Lleras Restrepo,  ordenando en vivo y en directo, importar  cuatro inmensas plantas Diésel en inédito puente aéreo entre Miami y Pasto, cargadas en potentes aviones Hércules,  convertidas  en  solución provisional pero efectiva, hasta cuando la interconexión  pusiera fin al calvario.

No faltaron las  condenas del Mandatario a la protesta,  inculpando  el levantamiento como obra de  agentes infiltrados del comunismo internacional,   y  de los infaltables  agitadores a sueldo. El sur vivió la paradoja del duelo general tras la muerte y la violencia, al tiempo que celebraba lejos de  aspavientos el final victorioso de volver a la luz eléctrica.

 En los primeros decembrinos  de 2017, quince meses antes  de su temprana muerte, me reencontré con Jorge e Isabel, su esposa, en la placidez  de su apartamento en Pasto.  Recordamos tiempos pasados de amistad y vecindad, compartidos con  otro grande,  Heraldo Romero. Fue el reencuentro y despedida para siempre del amigo valeroso. Ya Jorge no ejercía como abogado. Llevaba ciertos años dedicado a compartir su vida en su cabaña soñada, en un resguardo indígena, cerca de Ricaurte. Lejos de la burocracia y del mundo, cerca de las flores y del páramo grandioso, donde fue feliz.

Ese día afortunado,  Jorge  recontó la  historia  Patria desconocida  u olvidada, -da lo mismo-,  que de manera singular  coincidió en el tiempo con movimientos legendarios dados por entonces en el lejanísimo  Paris, con la rebelión estudiantil de mayo. O las protestas juveniles  buscando  ponerle fin a la guerra legendaria del Vietnam.  Cada pais con sus historias. Eran los  inolvidables años sesenta, los tiempos de los  estudiantes soñadores buscando transformar el mundo.  Tú, Jorge Eliecer Bedoya, uno de ellos.

Bogotá, septiembre de 2019

 

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