publicidad

El héroe de Guachá (Pupiales), José María Hernández, y la guerra con Perú

Por: Alejandro García Gómez.

Luis Arteaga Moreno (Pupiales, Nariño) en un librito casi inédito (“Huella y camino de un héroe”), sin editorial ni fecha ni ciudad, presenta la semblanza de un desconocido colombiano, reseña buceada en las historias familiares y de paisanaje de sus coterráneos de Pupiales. Para quien estas líneas escribe es lo único que se conoce de él, porque alguna semblanza suya que se encuentra en internet, pareciera que es una adaptación del casi inédito librito, sin darle el respectivo crédito.

José María Hernández Vivas nació el 17 de enero de 1892 y pasó la infancia en su vereda de Guachá (Pupiales), de donde salió a la cabecera municipal para sus estudios primarios. No se habla de estudios secundarios ni menos universitarios, inaccesibles en aquellos tiempos para las medianas clases. En 1910 muere don Víctor Hernández, su padre, y pasado un tiempo doña Rosario Vivas vuelve a contraer matrimonio con el músico ciego Arquimedes (sic) Morán. Por inconvenientes de entendimiento con su padrastro, en 1914 se engancha como obrero del Dpto. de Nariño para instalar la línea telefónica Pasto-Mocoa. Acabado el contrato se queda a vivir como colono en Puerto Asís (Putumayo). Se casa allá con Gregoria Iles y tiene hijos.

En 1929 sobreviene en el mundo lo que llamamos hoy La Gran Depresión. La crisis económica mundial también toca a estas tierras lejanas y es aprovechada por Laureano Gómez para enfilar batería contra el iniciante gobierno de la hegemonía liberal, que comenzaba. El 1° de septiembre de 1932, a las 5:40 am, terratenientes peruanos con sus capataces y trabajadores –armados de escopetas y carabinas- corren linderos: toman prisioneras a las autoridades de Leticia y plantan la bandera peruana, ante la mirada, al comienzo aparentemente pasiva y luego absolutamente activa a favor de ellos, de su gobierno. De por medio está la reciente negociación limítrofe entre ambos países (tratado Salomón-Lozano, 1927 y la férrea oposición a éste de los terratenientes peruanos del Dpto de Loreto, entre ellos el sanguinario Julio César Arana), porque toca sus intereses. (Amplia explicación y documentación del conflicto se encuentra en “La guerra con el Perú”, Alberto Donadio. Hombre Nuevo editores. 2002).

Nuestro país no está preparado. Al igual que más tarde ocurriría con el vergonzoso episodio de la fuga de Pablo Escobar, comienza en nuestro ejército de entonces una de órdenes y contraórdenes incoherentes. Como dije, es el comienzo de la hegemonía liberal, con Enrique Olaya Herrera –El indio blanco de Guateque- como presidente (1930-1934) quien había sido eterno embajador ante EU. No hay carretera hacia esa frontera, sólo el camino de herradura Pasto-Mocoa (por el que había huido el General. José María Obando hasta Perú) y el resto a lomo de río entre la selva. Es entonces cuando el ya próspero comerciante José María Hernández se ofrece ante el General colombiano Efraín Rojas para servir de guía a las tropas. Este trabajo se le cambia luego por el de identificar la ubicación y pertrechos de las líneas del enemigo, es decir espía, pero sin remuneración sino sólo como un acto patriótico. En la misión es reconocido y descubierto ante el invasor por un indígena. Es llevado a Iquitos y sentenciado a muerte con cargos de espionaje en un sumarísimo consejo verbal de guerra. Es ejecutado el 17 de abril de 1933, a pesar de que para entonces ya había acuerdo –no firmado- entre los gobiernos de Colombia y Perú ante la Liga de las Naciones (hoy ONU).

La Ley 99 de 1936 le concede el homenaje de héroe de la patria y la suma vitalicia de $30,oo mensuales a la única sobreviviente, su hija Justina. El Ministro de Guerra, General Hernando Correa Cubides, deroga, en acto administrativo, esa ley de la república “por motivos de orden público”, según reza el acto, sin más. Jamás los recibió doña Justina. ¡Oh, gloria inmarcesible! ¡Oh, júbilo inmortal!

Comentarios

Comentarios