El Hijo de Don Quijote

Hace algunos años tuve la inmensa fortuna de que viniera a mis manos el libro, con el título tan sugestivo como sugerente, El hijo de Don Quijote del autor pastuso Gilberto Santacruz. Un hijo suyo, tuvo la deferencia de obsequiarme una copia, que conservo avaramente, como un tesoro.

Por la soltura de su estilo y la originalidad y vivacidad de su contenido, una fantasía de la más auténtica esencia narrativa. En una palabra, una obra óptima en las letras cervantinas; no sólo en el ámbito de nuestro departamento, al lado del galardonado maestro Ignacio Rodríguez Guerrero, con su obra Tipos delincuentes del Quijote, sino en el concierto colombiano y universal.

A manera de un abrebocas, es preciso dar a conocer a mis generosos lectores y estimados coterráneos, amantes de las letras, esta inicial pincelada:

El escritor de marras, para sorpresa de muchos y contentamiento de otros, cuenta que Don Quijote nos dejó un perfecto dechado de su estirpe, en esta maravillosa fantasía, el autor dice que a sus manos llegaron unos enigmáticos como enrevesados pergaminos que según parece “fueron escritos más bien por gentiles que por cristianos”. Quien iba a pensar, por un instante siquiera, que Don Quijote de la Mancha, “sin el visto bueno de los cánones y la venia de las buenas costumbres”, y, lo que es peor, torciendo por entero el camino de la castidad, sin saber cómo ni cuándo y sin el menor asomo de ayuntamiento alguno, hubiese traído al mundo, un vástago de carne y hueso, como cualquier hijo de vecino. Sorpresas que nos depara el tiempo.

Es de ver e imaginar a un vástago de Don Quijote que actúa en pleno Siglo XX, actuación extensiva, desde luego, al actual. Qué altivez, qué decisiones y qué emprendimientos los suyos, para enderezar tantos entuertos; una humanidad que transita por caminos torcidos de injusticia, de soberbia, de intemperancia, de sectarismo, de odios viscerales; en fin, de actitudes inhumanas, que rayan en la locura. La casa de la humanidad actual está en total desorden. Y, para colmo de males soportando el flagelo de una funesta epidemia.

Una obra, ciertamente deslumbrante, de tanta magnitud y significación, imposible que repose en unas solas manos. Jamás. Sin esperar nada del erario público, menos en las actuales circunstancias, quieran nuestros dioses lares y penantes, que de pronto surja un alma devota de nuestro amo y señor Don Quijote; un editor, un librero, un amante de los libros que nos haga el milagro de su publicación. Como ya lo hemos dicho, es un anhelo que no me deja vivir ni dormir tranquilamente.

Entre tanto, como lo quería hace tiempos el poeta místico por excelencia: “Soñemos, alma soñemos”.

Angasnoy (Refugio del cóndor), La Calera, 15 de junio del año 2020.

P.S. Una biografía de Agualongo de Gilberto Santacruz, ¿Otro de nuestros libros inéditos, perdidos u olvidados? Quede este enigma para un próximo artículo. V. P. S.

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