El inesperado milagro del estadio «Libertad»

 Por Omar Raul Martinez Guerra

Un día lejano  entre 1998 y el  2000, la imagen de la Virgen de la Merced, Patrona de la ciudad, encabezaba una rogativa promovida por el alcalde  de ese entonces, en singular  desfile sobre  las calles centrales. El motivo  no era sino implorar la urgencia de un milagro para que la construcción de un nuevo estadio de futbol se hiciera realidad. Era su proyecto bandera, bautizado  como “Estadio de la Pastusidad Tercer Milenio”, en  Obonuco, área  de alto riesgo dado la cercanía con el volcán. Lo de la Pastusidad provenía de una manía que hacia carrera en la época. Los antioqueños hablaban de la “Antioquineidad”, los caleños de la Caleñidad.

La ciudadanía vivió entonces  tiempos de ardorosa polémica, lo cual   hizo olvidar  las penurias terrenales del desempleo, el costo de la vida y la invasión de vendedores foráneos de chancletas, chiros,  bluyines de contrabando, ositos de felpa, anunciados en bafles ruidosos sin control. El lema bien pudo haber sido: ¡estadio nuevo, ahora o nunca! Se invocaban derechos recurrentes a la recreación del pueblo. También  a la carencia de un escenario para el futbol profesional, pues  el existente no pertenecía al municipio sino al departamento, – no obstante este encontrarse sembrado por siempre en el perímetro urbano del… municipio-. La defensa argumentó, incluso, como peores a  las amenazas del volcán Galeras lo eran los años transcurridos desde que el General Rojas Pinilla ordenara la construcción del Libertad.

  • Vean que el lote está rodeado de casas y demás construcciones, y nada pasa, dijeron.

Un poco de paranoia colectiva quiso inclinar la balanza. Se dijo   que éste   era tan pero tan viejo, que en cualquier momento empezaría a desmoronarse. Ante la posibilidad de la tragedia,  la administración pretendió,  con envidiable celo por la vida de sus fanáticos,  desmantelar a como fuera la cubierta sobre  la tribuna original. Después de esa acción, era de suponer que el histórico escenario proseguiría su indetenible agonía, sin dejar más rastros que un fantasma con sus escombros grises.

Los opositores a la obra en Obonuco, entre tanto, argüían el peso de un anuncio: una erupción inadvertida arrasaría con el perro y con el gato en esa zona. Por otro lado, el temor a que dados los altos costos, se quedara a medias. Y ciertamente, nadie sabía de donde saldrían los dineros de una  construcción pensada en 35.000 espectadores. Para agravar el pesimismo, los medios denunciaron que la firma caleña  encargada del contrato, estaba en quiebra. ¿Un contrato de semejante magnitud con una empresa en bancarrota?

El debate prosiguió con ardentía. Se habló  de toda una confabulación entre  Ingeominas, el Consejo de Estado y el Concejo municipal para impedir la iniciativa, basada en el “odio”  y la “politiquería”, contrarios al espíritu “visionario, soñador y amante de su gente”, refiriéndose al pensamiento emprendedor del joven alcalde. Al tiempo que lamentaban la frustración de “un sueño históricamente aplazado de los habitantes pastenses”. Lo inusual de la controversia hizo curso posterior en los estrados judiciales, el proyecto quedó en proyecto y algo de obra negra;  y el alcalde terminó sindicado como presunto responsable de los delitos de interés ilícito en la celebración de contratos, peculado por apropiación a favor de terceros y celebración indebida de contratos sin cumplimiento de requisitos legales, de los cuales valga decirlo, fue exonerado años más tarde.

No sería del todo desatinado pensar que de haber  prosperado la demolición de la cubierta del viejo estadio, la ciudad se hubiese quedado sin lo uno ni lo otro. El de la Pastusidad iba a requerir de adiciones presupuestales inexistentes. El Libertad, ya averiado, quedaría como un monumento a la desidia oficial  por los siglos de los siglos, invadido por casetas, escaparates y cambuches, montallantas, talleres de medio pelo, parqueaderos improvisados, dormitorios, y  porque no, expendios de varillo y otras sustancias clandestinas. Eso, sin contar una que otra vaca pastando sobre  su gramilla   , escarbando entre la maltrecha  maleza de largas yerbas y dientes de león.

De manera que tiempos  más tarde de la rogativa a la Virgen de la Merced ,  el milagro  se hizo realidad, aun cuando al revés: el de la Pastusidad se frenó, en tanto que el Libertad vivió lo suficiente, con su cubierta intacta- aunque una que otra gotera-,  como para que el verdadero dueño del mismo, el departamento de Nariño, justamente en el tercer milenio, cambiara la costumbre populista de “embellecerlo” a punta de brochas y vinilos rojos, amarillos y azules sobre sus ásperas tribunas de cemento,- descoloridas en menos de lo que canta un gallo por las inclemencias del sol y el agua-, por la decisión correcta, la remodelación, hoy con  su fantástica gramilla, sus camerinos de lujo, sus graderías y sus baños, ajustadas a las exigentes medidas internacionales de la Conmebol. Construir sobre lo construido es una escasa virtud,  entre políticos.

Sería mezquino desconocer el significado  de esta afortunada decisión del gobernador saliente. Quienes no nos reconocemos como políticos de profesión, celebramos complacidos como ciudadanos por convicción. Beneficia el desarrollo urbanístico y estético. Favorece la calidad de vida. Es un lugar desde donde Colombia y el mundo nos observa y nos conoce. Es un espacio digno para que nuestro principal embajador, el súper Deportivo Pasto, premie  la compañía quincenal de los aficionados, que se merecen la comodidad extraviada por tantos años. Lo del futbol, ya veremos. Y es una oportunidad para garantizar la asistencia gratuita de los niños de la escuela pública, como tiene que ser, sin discusiones, un deber del Estado, el dueño.

Y ahora, lo que falta. Ni modo de esperar un diseño diferente al que quedó de la silletería. No ha sido fácil asimilar la asimétrica distribución de los colores, con  la sensación de retazos rojos, azules y amarillos, extrañamente distribuidos. Es una opinión muy personal. Tres colores que requieren de verdadera inspiración para el acto creativo, sin sobrecargas visuales que le restan una percepción estética. Un solo color para todas las tribunas con espacios tangenciales para los dos colores restantes hubiera permitido talvez un mejor paisaje. El interior de una casa descollará más si está pintada de un color dominante- de blanco por ejemplo- y lo hará menos si cada pared y cada rincón tiene un tinte diferente. Sería hostigante, como cuando el pastel se sobrepasa en crema y azúcar. Todo ello sin olvidar que la bandera de Nariño es amarilla y verde.

Ese es ya un asunto irremediable, pare de contar. Pero cuanto es perfectamente alcanzable está en la intervención del exterior al estadio. La cantidad de avisos publicitarios es grotesca, si aún existen. El color de sus paredes externas  es decepcionante. Semeja un edificio nuevo pero incompleto Y más allá de eso, el entorno del estadio Libertad es, para decirlo con franqueza, una vergüenza. Un orinal de transeúntes y borrachos. Un verdadero chircal sobre el cual se asientan casetas, “muelas” montallantas y camiones que encontraron parqueadero gratis en un terreno invadido, al decir de los propios responsables de la remodelación. Tierra de nadie, generoso  en mugre, roedores, basura, barro, sin Dios ni ley.  Sobraría esperar que el nuevo alcalde de la ciudad tome medidas radicales. La ciudad se merece un entorno limpio, adoquinado, pavimentado, arborizado. Sencillamente bello. Un segundo milagro.

Y ya que invocamos la buena voluntad del nuevo alcalde, recorrimos   en pasada visita a la ciudad,  desde Chapal por la emblemática calle 18, encontrando al menos 4 puntos altamente críticos: la hermosa Plaza del Carnaval invadida por ventas ambulantes en carpas y casuchas. Clarísima y abusiva invasión del espacio público, en nombre del derecho a trabajar.  Más adelante, el cruce con la nueva carrera 27, con dos carriles de un lado y uno solo, léase bien, uno solo del otro. Si la intención de esta locura técnica es desestimular el uso del carro (en Pasto acostumbramos  a salir en carro hasta para comprar el pan y la leche en la tienda de la esquina),  la medida es fatal. La gente se pregunta qué pasará cuando por el carril único se pinche uno de sus buses. Mejor sigamos adelante. Luego, un tramo con andenes coloniales y desportillados  en los que cabe solo un peatón. Y al final, el histórico Parque Infantil, aislado por una malla de cabo a rabo que por momentos da la idea de proteger un gallinero y no un parque “infantil”.  Un breve recorrido en su interior para toparse con  casas, oficinas, despachos o como se llamen, lindando con más mallas metálicas que rodean sus canchas, cemento por aquí y cemento por allá, pocas flores y contados árboles, uno que otro rinconcito donde sobrevive el verde de la hierba natural, aprisionados entre muros  blancos y  azules cual guarnición militar.

Y todo un contexto en  donde la gente madruga por centenas con la ilusión de caminar, correr y respirar las escasas dosis de aire puro, puesto que físicamente no hay en San Juan de Pasto  oportunidad   para los prados ni los árboles. Otro lugar que merece remodelarlo, o mejor,  a volverlo a hacer

En fin, mientras escépticos esperamos  que las palabras las detenga el viento  por si  las autoridades le pongan algo de atención,  sigamos disfrutando del milagro inesperado con el estadio Libertad. Bendita seas Virgen de las Mercedes, por darnos tu ayuda.

Bogotá, 28 de diciembre de 2019

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