El legado vasco en la costa norte de Nariño

Orígenes

Los «culimochos», es el nombre que se le da a los descendientes de navegantes vascos, quienes posiblemente naufragaron en el Pacifico sur, o se resguardaron para siempre del acoso de los corsarios ingleses, que asolaron esta zona durante la invasión de los castellanos en busca del oro. Se diferencian de otras personas del mismo origen ibérico ya que son de piel blanca, pero, con muchas actitudes y comportamientos de negros. Los “culimochos” aprendieron el oficio de armadores de barcos de los vascos, y aún mantienen esta tradición en la costa norte del departamento de Nariño.

Armadores navales

                                                            Pintura barco ballenero vasco                              Foto buque de cabotaje “culimocho”

 Los “culimochos” afirman que descienden de navegantes vascos, quienes eran dueños de poderosas flotas pesqueras que capturaban bacalaos y ballenas en el océano Atlántico norte, quienes cien años antes que Colón abriese las rutas oceánicas habrían sido empujados por tempestades hacia lo que suponían una gran isla y que no era otra cosa que América del Norte. Datos históricos demuestran que desde tiempo inmemorial los vascos pescaban en el mar Cantábrico ballenas francas, a las que avistaban desde las atalayas costeras y perseguían en sus chalupas de remos para arponearlas. La “franca”, también llamada ‘ballena vasca’, era la pieza preferida por su nadar lento, y debido al cúmulo de grasa que almacenaba, flotaba incluso después de muerta y era fácilmente remolcable. Pero siglos de persecución fueron disminuyendo su número y obligando a los balleneros estirar más y más sus expediciones, primero por el Cantábrico hasta Galicia y más tarde hasta Islandia, Terranova y el Labrador en Canadá, donde fundaron numerosos asentamientos.

 La palabra «culimocho» tiene que ver con la popa chata de las embarcaciones que fabricaban los vascos. Al formar una superficie plana en la popa, los armadores navales lograron dos beneficios: la construcción era más fácil, y aumentaba el volumen interior del barco. La popa plana, o de espejo, era una gran ventaja para las naves vascas que debían cruzar el Atlántico transportando grandes cargas.

Es posible que en la época de la invasión castellana al mar del sur, hubiesen surcado balleneros vascos en estas costas en busca de la “yubarta”, o, que asediados por los corsarios ingleses de Francis Drake se hubiesen resguardado en Uxmal cerca a la bocana del rio Rosario, o, tal vez en un islote vecino a Iscuandè.

En cuanto al supuesto origen vikingo de los “culimochos” considero que debe descartarse, ya que no hay indicios en ninguna parte de haber recalado por esta zona del Pacifico nariñense; el tipo de embarcación nórdica era diferente porque tenía alargadas la proa y la popa, y al arribo de Francisco Pizarro y los invasores castellanos no encontraron a ningún blanco, sino a los indígenas iscuandes, sindaguas, barbacoas y telembies.

Aunque existen diversas versiones y teorías sobre la llegada de los “culimochos” a la costa pacífica nariñense, me permito transcribir la parte pertinente que aparece en la novela sin publicar “Cita en la isla de las iguanas” del escritor tumaqueño Hernando Arcos Salazar, cedida amablemente por él para esta columna. Recuerda, me dice, que se trata de una novela, mezcla de hecho reales y ficticios. El texto cedido dice así: “Huber Estupiñán era nieto de unos colonos españoles llegados a América desde el litoral cantábrico a mediados del siglo XVIII. Ya en tierra colombiana partieron desde el puerto de Buenaventura en dos naves hacía la costa peruana. Durante el viaje fueron atrapados por una feroz galerna nocturna, que echó a pique una de las naves frente a la playa Mulatos, a medio día de viaje desde Tumaco. Tres niños ofrendaron su vida al mar. Rescatados sus cadáveres, las afligidas madres improvisaron en tierra un cementerio e inhumaron sus hijos bajo burdas cruces de laurel, que ahí abundaba. Fieles al decir que no se es de donde se nace sino de donde se tiene sus muertos, dijeron llorando a sus hombres que nada las movería de allí, pues en ese lugar habían empezado a morir. Con toda la madera del mundo en su entorno y de la mejor calidad, levantaron casas similares a las dejadas al norte de España y se dedicaron a la labranza y a la cría de cuatro vacunos salvados del siniestro, que en los años siguientes mudaron en hatos surtidores de leche y carne en exceso. Los colonos y después sus hijos, aislados voluntariamente en esa playa, se reprodujeron entre sí, forjando una raza de gentes sanas, rubios, zarcos, los Estupiñán, Reina, Góngora, Pineda, Araujo, Torres, Narváez, Castrillón, Rendón y Ramos, que en pocos años hicieron célebre la forma recortada de la popa de sus embarcaciones, ganando para siempre el nada glamuroso mote de “culimochos”

El puerto fluvial de Iscuandè

La costa pacífica nariñense había sido conquistada por los ambiciosos invasores que llegaron con las huestes de Francisco Pizarro, de tal forma que Iscuandé fue fundada 25 años después por Francisco de la Parada en 1600, después de acabar con los indígenas sindaguas, iscuandes, barbacoas y telembies, y se convirtió en la puerta de entrada a Barbacoas y de ahí a la sierra. Sus relaciones fueron más próximas con los caleños y bugueños, de tal forma que también ahí se asentó una élite, más liberal y más abierta a las influencias que le llegaban de otros rincones del planeta. Tumaco apareció después como un punto medio entre Iscuandé y Esmeraldas, y poco a poco fue ganando importancia, a medida que las élites buscaban otros escenarios para ganar fortuna. Iscuandé y Barbacoas se convirtieron en los principales centros auríferos de esta región, de donde salían inmensas riquezas que sustentaban a cientos de españoles, mestizos, indígenas y negros. Iscuandé fue entonces, un importante puerto al cual llegaban no sólo las mercancías necesarias para el funcionamiento de las minas como sal, carnes, víveres, hierro acero, brea y textiles, sino también selectos bienes materiales como vajillas, ropa, muebles, quesos y vino para la minoría blanca que allí habitaba. Algunas  familias ancestrales eran de apellidos vascos como Satizàbal, Lara, Quintero, Olaya;  propietarios de minas, funcionarios estatales, oficiales de Hacienda, sacerdotes y comerciantes.

El desarrollo del comercio, estuvo estrechamente vinculado con la actividad minera, y obedeció a la ubicación estratégica del puerto de Iscuandé dentro de las rutas de comercio del Pacífico .La ubicación intermedia de Iscuandé entre Guayaquil y Panamá, logró que el puerto fuera sitio obligado para el arribo de los navíos que desde El Callao y Guayaquil iban hasta Buenaventura, y los que iban de Panamá para el Perú. Además, logró conexiones comerciales con Tumaco, Esmeraldas, Guapi y Buenaventura. Otro factor que durante la primera mitad del siglo XVIII benefició el comercio por la costa pacífica fue el cierre del comercio por el río Atrato como respuesta al contrabando. Tenían autorización tan sólo los puertos de Buenaventura e Iscuandé para recibir las mercancías llegadas desde Panamá.

La independencia en la costa nariñense

*  Batalla naval de Iscuandè. Ilustración del artista caleño Raúl Ríos (2010)

 

Durante la colonia, la vida en la costa Pacífica, estuvo caracterizada por el aislamiento del resto del país. No solo se gastaban diez días para llegar a Barbacoas desde Pasto, y aún más desde Tumaco a Iscuandè. Además, ninguna ruta comercial importante atravesaba esa región. Muy pocos barcos hacían escala en Tumaco e Iscuandè, en sus viajes desde Panamá hacia Guayaquil y el Callao; la ciudad de Barbacoas no conocía ningún tipo de tráfico comercial, a excepción del oro que exportaba por Tumaco. Esa zona no era capaz de autoabastecerse y tenían que importar gran parte de los alimentos de la Provincia de los Pastos; particularmente la carne serrana, que llegaba a lomo de indígena por un camino fragoso; también gran parte del tabaco y del aguardiente.

La zona costera nariñense contaba con tres núcleos urbanos: Barbacoas, Tumaco e Iscuandè. Las tres tenían el título de Cabildo, a pesar de que las dos últimas eran muy pequeñas. Pero la administración colonial española, al reconocer la representación de la aristocracia mestiza local en un cabildo, reconoció la importancia de lo producido en esas regiones: el oro. La ciudad de Barbacoas concentraba los principales dueños de las minas, mientras que buena parte de la poca actividad de Tumaco e Iscuandè era comercial. La aristocracia mestiza de las dos últimas ciudades era muy reducida y casi incapaz de desempeñar un buen gobierno. En ciertas épocas sus cabildos, aunque no desaparecieron, fueron nombrados directamente por el cabildo de Barbacoas, por el teniente del gobernador. Con cierta tendencia, los Iscuandereños buscaron su anexión a la gobernación de Popayán y se distanciaron de la gobernación de Pasto. De igual manera, las principales familias de Barbacoas tuvieron más estrechos lazos con familias de Popayán y Quito que con los que existían con Pasto.                                                                                                                           Fue Iscuandé el principal escenario donde patriotas y realistas se enfrentaron para decidir la suerte del territorio y de la patria. La influencia valluna fue importante, a tal punto que ahí llegaron desde Cali y zarpando desde Buenaventura, las tropas confederadas del Valle del Cauca para defender la causa patriota, y el 29 de enero de 1812, en las aguas de Iscuandé, se llevó a cabo la primera batalla naval por la independencia de la actual Colombia.

Las tropas patriotas, que contaban con algunas canoas y unos viejos cañones, enfrentaron al bergantín San Antonio de Morreño, al cañonero La Justicia, y a la flota española con 200 soldados bajo el mando del español Ramón Pardo, acompañado del gobernador del Cauca Miguel Tacón, llevándolos hacia los esteros de Iscuandé, donde finalmente encallaron y fueron derrotados.

 Sus aguas también fueron testigos del periplo que debió enfrentar la corbeta británica La Rosa de los Andes, bajo el mando del inglés Juan Illingworth Hunt, contratado por el gobierno chileno para atacar embarcaciones y puertos bajo bandera española, en pocas palabras, un mercenario al servicio de la causa patriota. Perseguido por las corbetas españolas, luego de unos combates en Cabo Manglares y frente a la isla Gorgona, se internó por el río Iscuandé, para atender a los enfermos y hacer las reparaciones del caso, recibiendo el cariño y el auxilio de los iscuandereños. La Rosa de los Andes fue reparada. Lastimosamente el rio Iscuandé atrapó en su dique seco a la corbeta y no permitió que zarpara; sin embargo, su capitán y varios de sus hombres, siguieron prestando sus servicios a la causa independentista, para luego retornar a sus sitios de origen.                                                                                                                                          Así, cuando se consiguió la independencia de España y se decretó la abolición de la esclavitud, la producción minera ya se hallaba debilitada y muchos de los esclavos ya no lo eran por su participación en las guerras de independencia. Iscuandé ya había entrado en periodo de decadencia y los blancos que se quedaron bajo esas condiciones comenzaron a compartir con mestizos, negrose indígenas actividades de producción, ciclos de vida y modalidades de aprovechamiento del entorno. Sin embargo, con respecto a esas tres etnias, los “culimochos” también delimitaron su identidad profundizando aquellas prácticas que les eran propias: la navegación de cabotaje, la arquitectura naval y el aprovechamiento de los recursos propios de esteros y manglares que rodeaban su territorio

Se marcharon los “culimochos”

 La tradición del pequeño astillero de Iscuandé se trasladó con sus planos y herramientas a Mulatos; allí en el astillero los constructores navales aprovechaban las quiebras y pujas de la marea para facilitar la entrada y salida de las embarcaciones; en otras ocasiones, los armadores tenían que ser itinerantes para construir los barcos donde sus clientes los requerían, o cerca de los ríos por la facilidad para conseguir la madera. Sin embargo, a juzgar por el aislamiento de la región y por las alzas y caídas que acusan todos los mercados extractivos del litoral Pacífico, los “culimochos” tuvieron que haber combinado su oficio principal con el comercio y la navegación, máxime cuando debieron enfrentar el vacío que desde la segunda mitad del siglo XVIII dejaban las familias blancas poderosas que emigraban. Para entonces, estrecharon sus nexos con bajos y playas de Mulatos y Amarales, donde comenzaron a pescar, sembrar frutales y caña de azúcar, y a criar vacunos y porcinos. Desde 1789 poseen una escritura pública que hoy en día acredita el dominio colectivo que ejercen sobre esa región, y cimienta su noción de sí mismos.                                                                                              Como lo hicieron otros hispanodescendientes, los “culimochos” habrían podido migrar hacia Popayán, Pasto o Cali tan pronto se vino a pique la minería del oro, basada en los esclavos africanos y sus descendientes, que mazamorreaban en los ríos y quebradas del distrito minero de Iscuandé. A pesar de que la Ley de Manumisión del 21 de mayo de 1851 significó la culminación de la crisis del sistema esclavista, a partir de esa fecha hubo más blancos que se fueron de la región. Sin embargo, los “culimochos” se quedaron, lo cual es lógico si consideramos que no debió ser fácil imaginar dónde ejercer su oficio principal de armadores de barcos, ni disponer del dinero necesario para establecerse en la región andina. Ellos no formaban parte de la aristocracia minera, sino más bien de los sectores medios: comerciantes, sastres, jornaleros, labradores libres y nobles desposeídos. Entonces, permanecer en Iscuandé y trasladarse, más adelante, hacia playas como Mulatos, significó diversificar las maneras de ganarse la vida, y en consecuencia estrechar los nexos con los «libres», es decir con los afrodescendientes que ya habían alcanzado su libertad.

 Fue desde éste ámbito territorial que los “culimochos“ delimitaron su identidad, para más tarde aprender aquellas africanías musicales y rítmicas que sólo pudieron conocer a partir de un estrecho contacto con quienes antes fueran esclavos.

Referencias:

  1. Los culimochos: africanías de un pueblo eurodescendiente en el pacífico nariñense.

Jaime Arocha y Stella Rodríguez Cáceres

  1. Poblaciones blancas en el pacífico: historia y vigencia. Stella Rodríguez Cáceres
  2. Las dos perdices -las otras independencias en Nariño- Mauricio Chaves Bustos
  3. Novela sin publicar “Cita en la isla de las iguanas”. Hernando Arcos Salazar.

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