¿El retorno de la muerte, el miedo y el terror?

Por: Pablo Emilio Obando Acosta

A estas horas de los hechos, quizá lo más correcto sería escribir el titulo de ésta columna sin signos de interrogación. Así, a secas, sin temor ni duda alguna.  Los muertos hablan por si solos; a pesar del evidente ocultamiento oficial y de la clara muestra del sistemático procedimiento criminal. Cada uno de los señalados, perseguidos, acorralados y ajusticiados compartían un solo título: defensores de derechos humanos, especializados en población vulnerable y además pobre y marginada. Un verdadero Mapa de Vergüenza que nos convierte en una sociedad criminal, indolente y cómplice de un genocidio que amenaza con regarse por todo el territorio nacional. Ya son más de 217 líderes sociales y defensores de derechos humanos que han sido asesinados en Colombia en el breve transcurso de 17 meses contados a partir de la implementación de los Acuerdos de Paz.

De acuerdo a datos suministrados por el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz) las víctimas de este atroz crimen se encuentran en las siguientes regiones: Cauca (42), Nariño (31), Antioquia (31), Valle (14) y Chocó (13). El secretario general de la ONU, Antonio Gutiérrez, lanzó una  voz de alerta “sobre la inseguridad en algunas zonas de Colombia afectadas por el conflicto y dejó en evidencia la preocupación por el incremento en el número de líderes sociales asesinados”.

Apenas hoy nos levantamos con la no grata noticia del asesinato de Ana María Cortes Mena, coordinadora de la campaña presidencial del ex candidato Gustavo Petro en un municipio antioqueño. Igualmente se conoce sobre el asesinato de otra líder social, Margarita Estupiñan, en el departamento de Nariño generando repudio entre la población y la convocatoria a un evento simbólico y de solidaridad en la Plaza de Nariño.

Quizá lo que muchos temíamos tras la llegada de la ultra derecha al poder en Colombia se está volviendo una triste y cruda realidad, la reaparición de grupos de autodefensa que desean recuperar el poder perdido en muchas regiones del país; las muertes, las masacres, los genocidios, las moto sierras y el luto de cientos de familias colombianas que sufren la pérdida de su padre, madre, pariente o amigo por el único delito de levantar su voz y de organizar a la comunidad para reclamar o defender los más elementales derechos humanos como la tierra, vivienda o educación. Todo indica que la ultraderecha en Colombia ha encontrado vía libre para cometer todo tipo de atropellos e intimidar a la población civil, que se sienten envalentonados por el triunfo electoral de un candidato como Iván Duque que encarna los más caros principios del uribismo y la seguridad democrática. Con la carta blanca otorgada por más de diez millones de colombianos que sufragaron movidos por la creencia que de no hacerlo significaría la llegada del “castrochavismo” o del socialismo a nuestro país. La ingenuidad de un pueblo usufructuada para todos los trágicos más bajos y ruines que comienza a dar sus frutos en los ya más de doscientos líderes sociales asesinados. Como lo fueron en su momento los más de diez mil muchachos asesinados en Soacha y otras regiones del país o los más de cuatro mil integrantes de la Unión Patriótica que cayeron sin que nuestra sociedad reclamara por sus muertes. O los cientos de Gaitanistas asesinados, desaparecidos y perseguidos por proclamar una verdad contra el gobierno genocida de Mariano Ospina Pérez que elevó su trofeo ante el cuerpo vencido de Jorge Eliecer Gaitán.

Como sociedad nos compete organizarnos, defendernos, denunciar ante organismos internacionales este tipo de crímenes selectivos y de Estado.  Debemos lanzar un S.O.S. Internacional que obligue la presencia de organismos y organizaciones que protejan la vida humana, que preserven la legitima condición humana y  poseedores de derechos humanos consagrados en las diferentes cartas y constituciones. Ante cada asesinato los colombianos deberíamos cesar actividades, salir a las plazas publicas, realizar denuncias ante cortes internacionales y así intentar el cese de estos asesinatos que nos deben conmocionar y generar un rechazo general y colectivo.

No podemos como sociedad continuar como si nada pasara. Que tanta muerte no  sea un motivo más de silencio o simplemente una mirada de soslayo ante el cúmulo de muertos que ya empiezan a soltar un hedor en la conciencia de los colombianos. O nos organizamos o nos matan ante el miedo colectivo. A nada le teme más el criminal que a la organización social, al repudio colectivo y general de una sociedad que cansada del miedo, del silencio y del crimen se levanta unida para clamar por el respeto a la vida y la defensa de los suyos. Estamos a tiempo, a pesar de los asesinados y olvidados; solo pedimos que cese este río de sangre, que no renazca la muerte vestida de ideología derechista, que se preserve la paz por encima de toda doctrina y que los colombianos podamos expresarnos libremente sin autocensurarnos ni sentir miedo de nuestras palabras o de nuestros propios pensamientos. Mal venida la muerte de manos de un gobierno que no alcanza a sentarse pero que ya tiene la hoz del terror y el silencio entre sus manos. Siempre es más dulce el sabor de la vida y la paz y en su nombre bien vale intentar torcerle la cola al diablo para que se enrede en su propia cabalgadura.

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