El tesoro del Telembí

A Jaime Benavides y familia mi gratitud entera por ese y otros tantos dias.
Por Nina Portacio.
Fué un miercoles de finales de Enero del 2020 cuando llegué a la casa de la familia Benavides Rosero en el Pedregal; donde se radicaron buscando buen clima, después de la jubilación de su esposo. Esa tarde, Jaime e Hilda me recibieron con esa amabilidad tan suya, que es similar a una bebida caliente cuando estás con frio. Las flores de su casa reflejaban como de costumbre, el cuidado y las maravillas de la naturaleza.
Llevábamos algún tiempo sin vernos después de las celebraciones de fin de año, por lo que charlábamos a retazos con un dejo de emoción acompañados de un Baileys. Habíamos pensado que sería una visita corta. De repente y sin proponérnoslo, llegamos a una conversación que me cautivó por completo; en ese instante no hubo vuelta atrás, nos perdimos en el tiempo y la crema de whisky no alcanzó para escudriñar la historia…
Supe de inmediato que estaba escuchando a dos testigos biblícos de la leyenda del Telembí. Así que me acomodé a gusto en la silla. Porque, como en un privilegio divino, me encontraba sentada justo frente a quien había custodiado el Joyero de la Virgen de Atocha, patrona de Barbacoas: Un territorio sagrado de Nariño, en donde el oro es a la tierra como el cilantro es a Colombia.
Sobre el Joyero de la Virgen de Atocha, se conoce la historia de forma verbal, entre los habitantes de Barbacoas pero no hay nada más a parte de eso, dijo Jaime. Ha habido muchas especulaciones. Pero le voy a contar lo que yo viví mientras trabajé como Gerente de la Caja Agraria en esa tierras. Esto fue real -me aclaró- y enseguida comenzó a narrar una historia que nunca pensé escuchar, al menos, en esa tarde de mi vida.
El Obispo del Vicariato Apostólico de Tumaco: Montseñor Angel Lecumberri, me encargó custodiar el joyero, más por un asunto de confianza que por cualquier tema oficial. Por esa razón de honorabilidad, guardé la llave del cofre desde Septiembre de 1968 hasta Agosto de 1974, fecha en la que me fuí de Barbacoas y entregué todo en orden, tal y como me fué entregado y con más piezas de oro.
-¿Cómo era el cofre? Interrumpí.
– El cofre no era un cofre, contestó.
– ¿Entonces que erá? Le pregunté intrigada. Y él mismo con su carisma y con la tranquilidad que dá el paso de los años, lo describió todo.
«El Joyero de la Virgen era un baúl antiguo traido por algún viajero desde un país europeo. Por algunos detalles, me atrevo a pensar que venía de Inglaterra. Incluso contaban que ese baúl, lo trajeron para que el pueblo hiciera sus donaciones durante la campaña libertadora de Simón Bolivar para apoyar la causa, pero la gente nunca lo entregó. Lo escondió. Después, todo lo recaudado se lo regalaron a la Virgen y así ella quedó con el baúl. En todo caso, era rústico y con llave de juco, así se conoce ese tipo de llave. La tapa era tan pesada que había que levantarla entre dos personas. En las dos fechas que se abría durante el año, me ayudaba el comandante de la policía. El baúl se guardaba siempre debajo de la cama de la hermana superiora de la Comunidad de las Carmelitas. Y yo guardaba la llave. El 14 de agosto de cada año, víspera de la fiesta patronal, se abría para colocarle las joyas a la Virgen y el 16 de agosto se volvían a guardar. Eran piezas hechas a mano con oro de veintidos o veinticuatro kilates; un trabajo artesanal de un valor difícil de imitar que va desde el barequeo, la fundición y la reyera, el laminado y el hilado. Habían joyas únicas. Todos los orfebres del territorio, le regalaban sus mejores trabajos en oro a la Virgen de Atocha como una ofrenda por su devoción, para que ella los luciera en la fiesta y luego esos regalos se guardaban ahí todo el año».
Unas horas después pásamos de la sala al comedor para degustar la cena, sin apartar el joyero de la imaginación y mi interés cultural por esa riqueza. El tejido de filigrana es una obra de arte con hilos de oro, hecha a mano por los orfebres de la región. Obras que conservan ciertos rasgos y símbolos de culturas ancestrales, de tal belleza artística que, muchas veces, se dudó de que fueran joyas elaboradas cien por ciento a mano. Y sin embargo, así es.
El maestro de maestros de esta técnica, continuó Jaime ya en la mesa, era mi compadre Isaac Ángulo Meneses. Y mientras su esposa Hilda nos servía otra tajada de queso campesino, él agregó: «Artesanías de Colombia junto con el Banco de la República, que financió todo, llevó en una oportunidad a Chemo Quiñones con su mesita y sus herramientas rudimentarias hasta Bogotá, para que elaborara una joya desde la preparación del oro hasta terminar la pieza completa, delante de un comité que apreciaría y verificaría que todo el proceso fuera artesanal. Con esto se consiguió ayuda para fundar la Cooperativa de Artesanos del Telembí».
Entre tanto lo escuchaba, me imaginaba ese baúl guardado debajo de la cama y, a la reverenda hermana, durmiendo encima del tesoro del Telembí. Como quien guarda «El Dorado» debajo de sus sueños. Ella que no buscaba el oro pérdido de ningúna leyenda sino la redención espiritual en el cielo y en la tierra, como si fuera una paradoja del destino, dormía todas las noches sobre un baúl repleto de piezas elaboradas con el metal precioso convertido en un instrumento de fé.
Jaime siguió narrando; la Antropóloga Nina S. de Friedemann junto a las señoras de la junta que tenía la comunidad, el párroco y el policía que me ayudaba a mover el baúl, fue testigo presencial externo de la apertura anual de ese joyero y documentó esta tradición con fotografías como material para uno de sus libros. Venía cada año para la fiesta patronal de la Virgen a seguir todo el proceso y a tomar fotos con autorización del Obispo.
Esta antrópologa me dijo en una ocasión, añadió: «¿Jaime porque sudas cuando abres el baúl cada año, si tú estás acostumbrado a manejar mucho más dinero como gerente de un banco?». Y enseguida comenta lo que él le respondió: «Esto es algo muy distinto, es algo sagrado que me fué confiado, para cuidarlo. Estas joyas tienen un valor tan tradicional e histórico para este territorio que ningún dinero del mundo lo compensaría. Usted se imagina tal reponsabilidad. Pero yo sudo es por el peso del baúl y por el calor».
A esas alturas yo tenía tantos interrogantes, que no sabía por donde empezar. Sin embargo, pregunté al azar.
-¿Cómo llegó la Virgen de Atocha a Barbacoas?
– La trajeron de España porque allá la veneran, comentó Jaime.
-¿Alguién custodiaba a la Virgen durante los días de la fiesta?
– Cuando la Virgen estaba vestida con todas sus joyas, que era el 14 y 15 de Agosto; el cuidado estaba a cargo de Jirineldo, el sacristán de la Iglesia. La cuidaba armado con un machete viejo. Cosa que al recordar nos causa risa, dijo Jaime. Porque sus habitantes se sentían orgullosos de esa fortuna.
– ¿Ese baúl tenía alguna joya que fuera especial?
– Si, respondió Hilda de inmediato: El delantal de la Virgen que fue hecho en Perú. Y Jaime agregó, según la inscripción fue hecho en Lima en 1890. Pero esa inscripción carecía del nombre del orfebre.
 – ¿Cómo era ese delantal? Pregunté.
-El delantal era de oro con incrustaciones de piedras preciosas, respondió él. Además, estaban la corona de la Virgen y la corona del niño que tenían piedras preciosas. En la parte central de cada corona colgaba una esmeralda conocida como gota de aceite, que era lo que más llamaba la atención. Se guardaban también, el juguetero del niño y otros juguetes de oro que le regalaban al niño Jesús, las señoras prestantes de Barbacoas.
-¿De dónde sacaban tanto oro? Dije.
-Navegaban en canoas río abajo por el Telembí, me replicaron ambos. Y luego Hilda se adelantó con la palabra: Se ubicaban en la rivera y con bateas de madera pequeñas agarraban agua y arena, de ahí poco a poco, iban cerniendo y con algo de suerte podían separar el oro. Por eso, había tanto artesano en esa zona, los mejores orfebres que he conocido, añadió Jaime. En realidad -continuó él- los rios principales de la región son el Maguí, el Guelmambí y el Telembí. De los tres; el Guelmambí y el Telembí traían oro de veinte a veintidos kilates. Pero el que traía oro de veinticuatro kilates era el Maguí.
– ¿Por qué había tanto oro en esos rios? ¿De donde venía? Volví a interrogar.
– Se creé -contestó Jaime- que el oro venía de la montaña conocida como El Dedo de Dios donde nace el río Telembí. Porque ahí están las minas de socavón. Había tanto oro en esta región, que la carretera que viene de Barbacoas tiene oro, porque la arena la traían del Rio Telembí.
– ¿Y Ustedes saben que pasó después con el joyero de la Virgen? ¿Todavía existe?
– No sabemos con detalle que ocurrió. Porque, ya no vivíamos en Barbacoas, mencionó Jaime. Pero personas de nuestra confianza nos contaron, que cuando salió la Compañía Minera de Nariño, les dejó regalando una caja de seguridad, que la habían instalado en la sacristía de la Iglesia. Al parecer, en Junio del año 1992, entraron los que se conocen como cazadores de tesoros, falsearon las puertas, usaron un equipo con acetileno y se robaron todo. No dejaron nada. ¡Unos foragidos!
– ¿Ustedes conocían cuantas piezas de oro habían en ese baúl?
– No, nunca se hizo un inventario. Al menos no, mientras yo tuve la llave. Porque habían muchas, pero muchas piezas pequeñas de oro sueltas dentro de ese baúl, dijo Jaime. Además, el obispo confiaba en mí y no se consideró necesario. Pero para que Usted se haga una idea de la magnitud del robo; imagínese que en esa década y estamos hablando de cincuenta años atrás, el Banco de la República ofrecía dar una especie de bono prendario o título valor por setenta millones de pesos al pueblo de Barbacoas a cambio de llevarse todas esas joyas, al Museo de oro de Bogotá. Pero no se concretó y años después se perdió todo en ese robo. Por ahí tengo algunos apuntes de esa experiencia de mi vida, que digité a máquina y se los voy a regalar, concluyó.
Terminamos la cena acompañada de un buen café y con la calma propia que proporciona la confianza, nos levantamos para salir, cerca de la media noche. Esta historia de la llave del tesoro que custodió Jaime Javier Benavides Benavides en Barbacoas, Nariño (Colombia), tierra donde los rios fluyen con oro, habrá que escribirla algún día, para que no se pierda en los rincones de la memoria, les dije antes de subirme al coche. Ellos sonrieron a carcajadas y nos despedimos con el abrazo profundo de quienes tienen la seguridad, que volverán a encontrarse.
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