El tsunami en Puerto Perla

Por: Oscar Seidel

Los ancianos Fausto, Memo y Manolo, eran la historia viviente de Puerto Perla; estaban jubilados, y cada uno tenía más de 80 años. Tuvieron ocupaciones diferentes: Fausto había trabajado como empleado del terminal marítimo; Memo fungió de secretario del juzgado civil, y Manolo ejerció la enfermería en el legendario hospital. Provocaban terror a toda persona que pasara al lado de ellos, debido a su lengua mordaz. Como en sus respectivas casas no los aguantaron, convirtieron la banca del parque que antes ocupara La Ñoca, en su segunda morada.

 El efecto sicológico del mal olor, influyó en la gente de Puerto Perla, y transformó el medio ambiente. Provocó cambios en los estados de ánimo de todos los habitantes, ocasionó malestares, inhibió el deseo sexual de los hombres (como le pasó al marido de Jazmín), y alteró de algún modo el olfato.

 Como era su costumbre, aquella mañana los tres ancianos comenzaron a enumerar el rosario de desgracias que Puerto Perla había sufrido, además de su olor peculiar.

    —Las autoridades no sirven en este archipiélago —dijo el anciano Fausto.

    — Ningún ente pudo combatir las pestes más temidas que azotaron al puerto: el cólera, la malaria, el pián, el sarampión y la viruela. Ahora sí que menos podrán acabar con la peste del mal olor —dijo el anciano Memo.

    — Todas estas pestes han sido graves y con las cuales la gente pareciera haberse acostumbrado a convivir, y espantar de cuando en cuando —dijo el anciano Manolo.

    —Por eso es que se dice, que aquí siempre se ha vivido en emergencia sanitaria, y la decretada hace un tiempo por el Gobierno no les fue extraña, pero sí duramente cuestionada por sus malos resultados —respondió Fausto.

    —Hay pueblos que huelen a desgracia. Con solo poner la nariz al viento, se olfatea que Puerto Perla es uno de estos —dijo Memo.

Enseguida, Manolo, el anciano más viejo, narró de manera detallada el primer Tsunami, cuando un cura español sacó la Hostia Magna del cáliz y la arrojó al mar, deteniendo la catástrofe. Contó, que fue un 31 de Enero, y que por eso el puerto celebraba en esa fecha una ceremonia religiosa al que todo el mundo llamaba «El día de la ola marina». Habló, además, que el cura español y la población, llenos de pánico, no se percataron de que la Ola se había desviado dos horas atrás hacia la Isla de Mulatos, y a la costa de Panamá, debido a las barreras naturales que había a la entrada de la bahía.

     —Vean pues, y todavía creen que el suceso de la hostia lanzada al mar fue un milagro     — respondió el anciano Fausto.

     —Muchos años después, otro maremoto dio origen al segundo tsunami, y agarró prevenidos a todos los  moradores. Algunos pobladores se extrañaron aquella noche que vieron recogerse el mar en la playa, pero quién iba a saber que ese era el preámbulo de un Tsunami —narró, de igual manera, el anciano Memo.

Un día atrás, había llegado un grupo de marinos del buque pesquero de los portugueses, estresados porque habían escuchado en alta mar que venía una gran ola originada en el mar del Japón donde había temblado. Lograron atemorizar al resto de la población, produciendo un pánico colectivo, que los motivó a tomar la decisión de huir de Puerto Perla.

     La simultaneidad de los dos desastres, de distinta naturaleza, el mal olor y el posible Tsunami, ofreció al Jefe de Sanidad la oportunidad para revisar «a las carreras» los polvorientos archivos sobre el estrés crónico producido entre sus víctimas, y hacer un plan de evacuación del archipiélago.

     —Señor Alcalde, los estudios que tenemos sobre desastres naturales como el maremoto, demuestran que el estrés en estas situaciones desaparece con más rapidez. Sin embargo, los estudios de desastres provocados por el hombre, como los incendios y la peste del mal olor, demuestran que estos ocasionan más daños a largo plazo —dijo el Jefe de Sanidad.

     —Los desastres naturales en Puerto Perla han puesto de manifiesto que estamos indefensos ante las fuerzas naturales, mientras que en los desastres provocados por el hombre, se ha demostrado una pérdida de control junto con la tendencia a culpar a otros de la catástrofe — contestó el Alcalde.

     —Permítame, señor Alcalde, programar unos talleres para mitigar el estrés en la población —dijo el Jefe de Sanidad.

     —No hablemos tanta cháchara, mi querido coloso del sur, que estamos en una situación delicada. En el caso del mal olor y ante un posible Tsunami, a correr se ha dicho; organice la evacuación de inmediato porque se acabó el aislamiento —terminó diciendo el Alcalde.

Días después, llegaron los medios de comunicación:

     — ¿Cómo hicieron para organizar la salida de tanta gente? —preguntó el periodista.

     —La evacuación se hizo por aire, mar y tierra —dijo el Jefe de Sanidad.

     — ¿Hubo mucho desorden? —preguntó el periodista.

     —A pesar del pánico colectivo que se apoderó de todos, tuvimos que reunirlos por familias, y que la cabeza del hogar diera las órdenes. Gracias al liderazgo de Jazmín y sus amigas del barrio Las Flores, se evitó el desorden, puesto que esas valerosas mujeres se hicieron al frente del desplazamiento —respondió el Jefe de Sanidad.

     — ¿Se presentó algo anormal en la evacuación? —interrogó el periodista.

     —Solo con los obesos, quienes al sonar la señal de alarma se encontraban en los excusados, tuvieron que parar la cagada, pero se incorporaron con cierta rapidez a su grupo, aún con los pantalones abajo.

     — ¿Hubo solidaridad y cordura en la evacuación?

     —Todos los movimientos los realizaron de prisa, pero sin correr, sin atropellar, ni empujar a los demás. Las personas abandonaron sus casas en silencio, con sentido del orden, y ayudaron a los que tenían dificultades como los enfermos y el grupo de gordos.

     — ¿Sucedió algo extraordinario? —preguntó la prensa

     —En la salida por el puente que comunica al archipiélago con el continente, solo se presentó el caso de una persona que regresó con un pretexto vano: el  comerciante judío que llegó a cerrar con candado la puerta de su almacén de telas, para que no le fueran a robar los ladrones.

     —Entonces, ¿no hubo ningún tipo de desacato a la orden dada de desalojar?

    — Por primera vez en la historia de Puerto Perla hubo alguien que los obligó a obedecer  — respondió el Jefe de Sanidad.

     —Fue usted? —preguntó el periodista.

      —No, no fui yo. Fue el mal olor y el temor del Tsunami—respondió el Jefe de Sanidad.

En las noches, las ánimas deambulan en Puerto Perla. Por las calles desoladas sólo se escucha el aullido de los perros y el resoplar del viento marino. Los pocos habitantes que se atrevieron a seguir en este despoblado dicen que en medio de la penumbra deambulan los espíritus de Merejo, la Ñoca, y Magín. Ya no llega nadie al pueblo. El ultimo agente viajero que vendía medicamentos se enloqueció por el silencio que reina en el lugar.

    El abandono de Puerto Perla tenía que darse, después de sufrir las epidemias del mal olor, la corrupción, el narcotráfico, las catástrofes naturales y las malas acciones gubernamentales.

   Este era el verdadero origen del pestilente olor, generado por la mezcla del olor moral que produjo la corrupción, las bandas criminales, y la incompetencia de las autoridades, junto con el hedor que desprendió el cuerpo reventado de Merejo.

     —En Puerto Perla el temor por el poder de los grupos criminales es tal que nadie quiso volver a vivir aquí. Solo los tres ancianos se quedaron a convivir en la banca del parque. Los cultivos de palma africana y cacao quedaron abandonados. En el archipiélago hay cincuenta personas de cinco familias, que ven caer a pedazos el hospital, puesto que no sabemos qué hacer con los enfermos por la peste del mal olor —dijo el Jefe de Sanidad.

A la camándula de desgracias le faltaba que los tres ancianos terminaran para siempre el desahogo de sus últimas penas:

     —La venganza de Merejo se había cumplido. El Gobierno nacional decretó otra vez la extrema emergencia sanitaria mediante una Ley que nadie leyó, en vista de que el mal olor no pudo ser extinguido —dijo Manolo.

     —El municipio de Puerto Perla desapareció políticamente para siempre. El Alcalde fue destituido, y  se marchó en el tren con tiquete de no retorno. Quedó como primera autoridad ambiental el Jefe de la Sanidad  —manifestó Fausto.

     —El Personero tuvo que partir a la capital en la ola de la última y cuarta diáspora. Las pocas investigaciones que había abierto la Fiscalía fueron arrojadas al mar, y quedaron impunes los delitos del tráfico de la coca —expresó Memo.

     —Del grupo de obesos solo se salvaron cuatro, que pudieron ser embarcados en la carreta                  de caballos del cementerio, y se los llevaron para la zona rural. Los demás murieron por física       hambre, al quedar el pueblo deshabitado, sin tiendas ni alimentos —manifestó Fausto.

     —El archipiélago se convirtió en un hospital rodeado de agua pestilente y mal olor por todas partes. La mayoría de las familias pudientes emigraron hacia la capital —dijo Manolo.

Los negros se refugiaron en la selva. De Puerto Perla solo quedaron sus tres islas, sus palmeras, y una brisa fresca que venía del mar que luchaba contra el mal olor que un día se había tomado el archipiélago.

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