En Comala las frutas son agrias.

Por: Moro Manzi*

Qué decir de aquellos suelos ácidos que al ser permeables son infértiles, decía el cura de Comala al comprobar que en aquella región todo lo que se sembraba daba frutos ácidos, muy agrios. Se quejaba ante su colega de sotana que tanto las uvas, los naranjos y hasta los frutos del arrayán que brotaban de ese suelo, eran agrios, como todo lo que se percibía alrededor de la Media Luna y su vasto entorno. Puso como ejemplo las guayabas de la China, que sin ser originarias de ese país, se adaptaban bien a otras regiones menos en Comala. Se refería a la experiencia aquella de cuando sembró semillas de durazno y mandarinas, frutas que eran delicadas y dulces pero que allí, en esa tierra seca y polvorienta las vio morir empapuzadas de cansancio y abandono. Aunque Comala gozaba fama de que sus suelos eran provechosos pero que al ser de un solo dueño, las manos de los indinas al surcar el laboreo se curvaban queriendo tener sus propios terrones.
Sobre los campos del valle de Comala está cayendo la lluvia; época milagrosa para la siembra del maíz cruzado con el frijol y el chile. Sin embargo, Fulgor, había calculado que los trojes tenían suficiente reserva del grano; se preocupó más por el desarrollo del pasto que se perfilaba con fuerza y vigor de campo. Se trataba del pasto pará, una braquiaria que soporta las inundaciones.
En épocas de fuertes lluvias el maíz sembrado en surcos paralelos trata de anegarse; la rápida reacción de los indios al direccionar los surcos logran el desvío del agua previendo no perder la tierra de la milpa; otros con sus manos, como amasando barro, la sujetan y la reconstruyen a su origen para que sea el sostén de las plantas. Pasado el susto, y empapados por la lluvia claman por un “tantito de pulque “que los anime y los caliente; sin olvidarse que la lluvia ha empapado las rosetas basales de las hojas gruesas y carnosas del maguey.
El viento es un protagonista singular al capturar la lluvia, pero cuando el tintineo amaina, el viento se queda, y es tal su impulso de ventarrón que las hojas del maíz se orean inclinándose sobre el surco dejando pasar el soplido; las guías de la yedra se quiebran al roce enérgico de su vaho contenido.
“ De Apango bajan los indios con sus rosarios de manzanilla” o camomila, que a falta de nutrientes se esfuerza por parecer verde con sus tallos tiernos y las sumidades floridas dispuestas para sumergirse en delicadas infusiones y aromáticas tibias; y el romero cuyas hojas y flores tienen propiedades paliativas al calmar dolores y molestas inflamaciones; pero es el tomillo que ofrecen, como medicina natural para aliviar males y a la vez realzar sabores como condimento y aromatizante de aceites, vinos, quesos y vinagre. Es probable que estas recomendaciones en boca de los indios servían para vender o aligerar el trueque por baratijas llamativas. Era domingo.
Y al no poder ofrecer el pino chamaite u ocote, traídos desde muy adentro casi desde Tamaulipas, arriba muy arriba de las montañas, aquellos conos semilleros de estructura errática, desprenden una resina aromática que arde con facilidad al contacto con el fuego; y la tierra de encino, tierra negra mezclada con hojas orgánicas, que no pudiendo venderlas por estar mojadas, dejaban de lucirlas, dando espacio sólo para sus yerbas “bajo los arcos del portal.”
La lluvia, el elemento que lo es todo; con ella se rejuvenece la tierra y crea el origen de la vida vegetal. En su condición de principio y fin, el cielo se desploma y las gotas de agua abren las semillas para que las radículas penetren el suelo y colonicen territorio.
Alrededor de las saponarias revolotean las mariposas en busca de sus flores púrpuras; por su capacidad de generar espuma al contacto con el agua, la llaman también jabonera. Desde la antigüedad ya era una planta higiénica. Las hojas de toronjil, las flores de Castilla y las ramas de ruda, en un solo ramillete, intercambian aromas, colores y elementos terapéuticos que alivian dolencias físicas y ansiolíticas.
Mientras el calor entra por los resquicios de las habitaciones el sopor de la tarde no deja pensar. Es como un árbol de muchas ramas que asfixia a sus habitantes y los postra en los camastros. Se pensaba, ya no en sueño, sino en la cruda realidad, que la conjunción de estos elementos se había posesionado del destino del pueblo. Sin embargo, la tierra en su defensa, luchaba por no secarse, por no inundarse, por no ser polvorienta tratando de producir cosechas que aliviaran la hambruna de los desamparados.
Al interpretar el desarrollo agronómico de los pocos pasajes que se mencionan, trato de que dichas referencias expliquen la tendencia natural del indio por su tierra de labor y su amor a su terruño.

*Moro Manzi, natural de Tumaco. Bachiller del Liceo Nal Max Seidel. Ing. Agronomo de UdeNar. Libros escritos: Prisionero del mar ( poesia). Ramas ( haiku ) y Silabario ( definiciones contrapuestas con carga ironica ). Aparece un cuento titulado: Me subi a los elementos, en el libro La marea literaria, Universidad del Valle, y una narracion en: Narradores del Pacifico, Universidad del Valle

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