En el pantano de Vargas, ¡qué virgen de los tiestos!

Por: Carlos Bastidas Padilla

(Capítulo del libro “Boyacá: senderos de gloria)

ras el combate del Peñón de Tópaga, el ejército libertador regresó a Gámeza y después se situó en los Aposentos de Tasco; de aquí marchó a Cerinza, Santa Rosa y llegó a Bonza, situándose a la retaguardia de los realistas que, acampados en Paipa, tenían libre el camino a Tunja, pasando por el pantano de Vargas. “Nos situamos en los Corrales de Bonza, dice Antonio Obando,  y el enemigo a nuestro frente [en Paipa], parapetado con tapias de espedón y aunque permanecimos allí algunos días, el enemigo no se resolvió a atacarnos. De este punto marchó nuestro ejército para el pantano de Vargas, con el objeto de tomar una posición ventajosa, dejando al enemigo a nuestro flanco derecho. Este movimiento se comenzó a hacer ocultamente  y sin ser vistos del enemigo; pero había que atravesar un riachuelo por vado, y este lo encontramos tan crecido, que fue necesario pasarlo en balsas. Se atrasó el movimiento por esta causa y fue descubierto por el enemigo teniendo tiempo de ocupar la posición que nosotros pretendíamos tomar; y apenas pudimos llegar al pantano y el enemigo nos presentó batalla en terreno muy desigual para nosotros y ventajoso para él”. Ahí esperaban los realistas atrincherados; por sur, en el cerro Cangrejo, y al oriente del pantano, en el Picacho. Por el centro de ese lugar corre la quebrada Varguitas que, con el Sogamoso, había inundado el pantano y el agua iba de loma a loma. Barreiro escogió con estudiada ventaja el terreno en donde quería tener a los patriotas. Había pasado el Sogamoso por el puente del Salitre. Bolívar tuvo que emplear dos días para pasarlo, en improvisados lanchones, tan mal hechos que muchos de ellos se desbarataron en mitad de la travesía (de cinco a seis horas tardó en cruzarlo); eso le dificultó la acción y le hizo perder el factor sorpresa que había planeado; hecho que, como se dijo, empleó muy bien Barreiro para atrincherarse y disponer sus fuerzas a sus anchas, dejándoles a los patriotas el pantano y detrás de ellos el río tormentoso, que no podrían repasar si eran empujados en retirada.

Al medio día de  ese 25 de julio, el general Bolívar envió al general Santander con parte de la vanguardia hacia el Picacho, por el ala izquierda. Anzoátegui, con el batallón Bravos de Páez, marchó a desalojar al enemigo del cerro del Cangrejo. Bolívar, en la casa de Varguitas, en donde estableció su puesto de mando, quedó con la reserva y su espléndida caballería, guardada en los corrales de la hacienda; lista para entrar en acción, cuando él lo dispusiera, y no cuando se le presentara por ahí un oficial a decirle que lo deje entrar a la pelea, porque él aún no había peleado, como si lo pidiera a un Juan Lanas.

Por la izquierda avanzó el general Santander hacia el “Picacho”; pero la superioridad numérica de los realistas lo obligó a retroceder. En el “Cangrejo”, el general Anzoátegui también fue rechazado hasta el otro lado de la quebrada Varguitas. Entraron a reforzarlos dos batallones más de la vanguardia: el Primero de Línea, con el coronel Antonio Obando, y el Cazadores, con el coronel Joaquín París.

Tres veces porfió el general Santander en ganar su cerro, y tres veces fue rechazado; también el general Anzoátegui fue obligado a retroceder. A la una de la tarde el general Santander tomó de nuevo la cumbre y auxilió a  Anzoátegui. En  estas circunstancias, Barreiro envió el resto del Numancia y los arrolló de nuevo. Viendo esto, el general Bolívar echó mano de la reserva y ordenó cargar a los batallones Bravos de Páez, con el coronel Cruz Carrillo, y a la Legión Británica, con el sargento Juan Makintosh. El español no pudo resistir su empuje y también echó mano a su reserva: los jinetes de Granaderos, Dragones y Húsares de Fernando VII, que por orden de Barreiro abandonaron los caballos y se unieron a la infantería, y ya estaban poniendo en serios aprietos a los patriotas, cuando Bolívar ordenó al coronel Juan José Rondón entrar a la pelea con sus 300 jinetes y lo siguieron Carvajal y  Mujica. Reanimados por la espléndida y mortal carga de la caballería, el resto del ejército republicano desbarató las posiciones enemigas.

Cayó un aguacero de los mil demonios y vino la noche a hacer causa común con el horror de ese atardecer sangriento. Barreiro se retiró a Paipa, dejando atrás a Bolívar que tenía libre el camino a Tunja, como era su plan. 500 muertos realistas y 104 republicanos yacían en el lúgubre pantano. Se ordenó despojarlos de sus ropas y recoger las armas, las municiones, las cajas de guerra, los estandartes, juntar los caballos, las monturas y los equipos de campaña. Los republicanos se hicieron a un buen botín de guerra; pero mayores fueron las ganancias de la Señora Muerte.

Creemos que Elías Prieto Villate exagera en sus “Apuntamientos”, al decir que cuando Rondón fue enviado por Bolívar contra los realistas, el coronel, después de exhortar así a sus jinetes: “camaradas, los que sean valientes síganme, que este momento triunfamos”, con solo “quince tigres” (dice Prieto, porque seguramente el resto de sus hombres no lo oyeron) partió “a galope a encontrarse con los seiscientos jinetes que marchando en columna cerrada ocupan toda la calle…”. No había seiscientos. El total de la caballería realista era de 480 efectivos; pero como Barreiro hizo desmontar a los dragones 4º. y 6º. , que juntaban 200 hombres, quedaron combatiendo 280; los republicanos tenían 300 hombres a caballo. No era para que Bolívar gimiera desesperado: “Se nos vino la caballería, y se perdió  la batalla”. Habría sido un pusilánime si en lo más apurado del combate, hubiese salido con eso de (dirigiéndose a Rondón en tono de súplica): “haga lo que quiera, si puede hacer algo”. Si tenía su caballería intacta en los corrales de la hacienda, esperando el momento de lanzarla al combate; que fue lo que hizo para su gloria y la gloria de ese día. Hasta pudo haber invocado a la  “Virgen de los Tiestos”, lo mismo que lanzado una maldición o uno de sus consabidos carajazos, antes de echarles su poderosa y descansada caballería a los realistas, al grito de:

—¡Rondón, Carvajal, Mujica, adelante que este es el momento de triunfar o de morir!—,que habría sonado como un clarín de guerra, y no como una voz llorosa, como lo hace ver Prieto Villate, que recogió algunas cosas de sus “Apuntamientos” de la tradición, y que quienes lo citan, a pie juntillas, las dan por ciertas, sin considerar que no fue testigo presencial.

Siguiendo con Prieto, dice más adelante: “A esos quince héroes se debe el triunfo de Vargas, y puede decirse que el de Boyacá, porque sin el arrojo de esos quince hombres, la batalla de Vargas se pierde, y Bolívar, Santander y Anzoátegui, y todos los demás jefes y oficiales son cogidos indudablemente y fusilados”. Podría haber sido, pero los sucesos de la historia no están supeditados a tener más corta o más larga la nariz. Prieto es un valioso testigo de oídas. En unas partes de sus “Apuntamientos” lo seguimos, en otras no; según nuestro criterio y la confrontación que hagamos de lo que apuntó de oídas con las memorias o partes de quienes fueron testigos y actuarios de los hechos: O´Leary, Manrique, Barreiro, Obando, Santander.

Dejemos a los catorce  lanceros heroicos de Prieto Villate en  su olimpo. Como un símbolo del valor de los héroes de nuestra gesta independentista. Inmortales por lo que hicieron por nosotros en el pantano de Vargas, y por el regio monumento de Rodrigo Arenas Betancur, con el cual el escultor magnífico comparte con ellos su gloria para siempre…

Antes de despedirnos, por ahora, del maestro Elías Prieto Villate, transcribimos aquí el primer párrafo de sus “Apuntamientos sobre la campaña de 1818” (1819). “Los apuntamientos históricos que siguen, los escribí por los informes que desde muy pequeño comencé a recibir de mis tíos, señores Francisco Mariño Soler, Javier y Luis Villates, de mi padre y de otros sujetos que, unos fueron actores y otros testigos oculares de los acontecimientos y pormenores que hubo poco antes y después de las batallas de Vargas y Boyacá”.

Santander en sus “Memorias” dice que a Rondón y a Carvajal se debe la gloria de ese 25 de julio en el pantano de Vargas. El coronel Manuel Manrique, en el boletín número 2, desde las alturas de Vargas, el día 26: “Una columna de caballería, llevando a su frente al bizarro comandante Rondón ha destruido una parte de la infantería enemiga, al mismo tiempo que la nuestra hacía otro tanto en las alturas a nuestra espalda, y otra parte de la caballería conducida  por el teniente Carvajal cargaba sobre la del enemigo sobre el camino principal (…) Todos los cuerpos del ejército se han distinguido, pero merecen una mención particular la conducta del comandante Rondón, del teniente Carvajal y de las compañías británicas…”. O´Leary: “… cuando todos desesperaban del triunfo, menos Bolívar, se presentó Rondón, que mandaba un escuadrón de llaneros en el momento crítico. Dirigióse  Bolívar a ellos con voces de aliento, y dijo a su jefe: Coronel, salve usted la patria. Lanzóse éste al punto seguido de sus intrépidos soldados contra los escuadrones enemigos que avanzaban y los arrolló causándoles gran mortandad”.

El 26 de julio, Barreiro daba cuenta al Virrey de ese combate: lo ardoroso de la refriega, lo escabroso del terreno, la “horrorosa” pérdida de los enemigos, el valor de sus soldados y el de los de Bolívar que los metía en atolladeros, como ese, en donde  la “desesperación les inspiró una resolución sin ejemplo”; pero esa misma desesperación precipitó a “sus jefes y oficiales sobre nuestras bayonetas, en las que recibieron los más una muerte que tienen más que merecida; y sin el excesivo ardor de la tropa que ocasionó la desunión, los insurgentes hubieran sido totalmente destruidos en el día del patrón de las Españas”. Da cuenta de cómo sus compañas desalojaban de sus posiciones, a bayoneta limpia, a sus enemigos; pero “por desgracia, otras cuatro compañías que debían reforzar  las anteriores, se extraviaron, no llegaron a tiempo, por lo que me vi precisado a destacar los Granaderos, sexta y cuarta de Dragones, para que contuviesen al enemigo, lo que verificaron echando pie a tierra, y unidos a la infantería (…). El terreno no permitió a la caballería dar muestra de su ardimiento; pero sufrió un fuego horroroso de que muchos fueron víctimas, y las compañías Granaderos y sexta se distinguieron haciendo el oficio de infantería, como tengo dicho”. En cuanto a las pérdidas: “Nuestra pérdida fue de poca consideración (…). Los enemigos se retiraron con la noche, media legua de su posición, teniendo al frente, la espalda y el lado derecho cubiertos de un pantano inaccesible, y apoyando su izquierda con alturas casi insuperables: tengo entendido que Bolívar, poco satisfecho de la voluntad de sus tropas, elige siempre posiciones sin salida para que la desesperación produzca los efectos de valor”.

Después del combate del pantano de Vargas, todo pareció marchar manga por hombro para los patriotas. Con los despojos de los enemigos muertos mejoró la situación de la tropa: se consiguieron 1.200 fusiles modernos (en Tunja encontrará otros 600), 700 lujosos uniformes, pertrechos y caballos y monturas. En adelante, y ya en Boyacá, no hubo quien no quisiera enrolarse,  ni quien no diera dinero, caballos, víveres, municiones, y hasta su camisa, para auxiliar a  los soldados de la patria, que ahora tenían ropa y estaban bien comidos, bien armados, bien montados y con la moral en alto; y, por cierto, que hasta la ración de aguardiente aumentó para la tropa. ¿Recuerdan al abanderado Espinosa y su espirituoso coraje en la batalla de El Palo? Cómo no, bebedores…

Bolívar, atravesando de nuevo el Sogamoso o Chicamocha, el 27 de julio regresó a su posición anterior: Bonza, otra vez a la espalda del enemigo. Allí estuvo seis días. Se hubiera ido mejor a Tunja. Prieto Villate dice que por las tardes el Libertador se iba a Duitama y que regresaba al campamento “a las seis de la mañana”. ¿A qué iría Don Juan a Duitama? Tal vez a ilusionar a alguna bella duitamense con llevársela al anca de su Palomo. Amor de forastero, amor pasajero. Como sea, pero se quedaban soñando con él toda la vida: orgullosas de haber sido las mozas de Bolívar; con decir, como escribe Salvador de Madariaga, en su “Bolívar”, que en el Perú “las mujeres se disputaban el honor de andar en hablillas por queridas suyas”. Qué mi general Bolívar, tan avisado con ellas, como dicen los mexicanos.

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