En este lugar no hay trenes de Miguel Oviedo Risueño

Hace años que conocemos y venimos leyendo al escritor Miguel Oviedo Risueño, quien ha incursionado en la novela, la poesía y el cuento principalmente. Además, ha sido un gestor cultural importante para la difusión de las letras que se leen y se escriben en el suroccidente colombiano.

Esta vez nos presenta un libro que contiene 19 cuentos, 17 de los cuales están de una manera u otra vinculados al tren, ese vehículo que pareciera tan romántico y que a los nariñenses nos fue tan esquivo, ya que únicamente existió una línea que comunicaba un punto perdido en la vorágine, El diviso, y se perdía en otro punto de la geografía del Pacífico, llegando casi al hermoso puerto de Tumaco.

Es necesario resaltar esa ausencia, porque en Oviedo el tren se constituye en una añoranza, de ahí que gracias a su imaginación pueda haber una acción ferroviaria en donde nunca existió. En los cuentos, los personajes y el desarrollo del tema transcurren en líneas o estaciones imaginarias en Rumichaca, Ipiales, Pasto, o cerca a estos lugares, que pueden ser también imaginados.

Los personajes tienen una carga psicológica que los ancla a una añoranza, a un deseo inalcanzable o a un bien perdido; el tren, la carrilera, la espera o la total ausencia del tren, refuerzan una saudade que se vierte límpidamente en las palabras, que a veces parecen vagones que buscan concatenarse con el sentimiento que se va despertando en el lector.

En ocasiones esos personajes se tornan fantasmas que van y vienen por lugares inexistentes, se pasean de un vagón a otro, recorren y buscan estaciones para encontrar sus miedos y sus penas. En los cuentos de Oviedo transcurre la humanidad, con todas sus flaquezas y sus temores, demostrando con ello un conocimiento cercano del hombre y circunstancias, al mejor decir de Ortega y Gasset.

Algo que destaca en este libro, es el empleo de los localismos y de paisajes netamente sureños, nariñenses, sin que esto le quite la universalidad que toma la palabra literaria; aquí Aldana, Ipiales o un lugar de Ecuador pueden ser tan reales como Comala o tan imaginarias como Macondo. Inclusive el empleo del quichua en uno de los cuentos, le dan versatilidad al texto, ni siquiera es necesaria la traducción, como intencionalmente lo hace el autor, ahí importa es la psicología de los personajes, y maravillosamente logra hacer un juego en el desarrollo de la trama, ya que lo que aparentemente muestra tanta pureza puede tornarse en todo un aprieto.

El libro está muy bien editado, como los que han salido de Uniediciones, salvo algunos errores que anotamos en aras del cuidado del texto que debe tenerse en todo el proceso aunque, como bien sabemos los escritores, no falta el duendecillo que haga sus travesuras.

En la página 25, 7 renglón, suponemos que debe leerse “Aquella niña que se metió en mi lecho”; en la página 44, último párrafo, renglón 11, debe leerse “sus ojos no se cerraron”; en la página 60, renglón 6, debe leerse “donde tengo la sensación callada”.

En cuanto a los cuentos titulados Sermón de gallo para la memoria y Mi amigo Iván “el payaso limoncito”, donde no hay alusión alguna al tren, simple y llanamente creemos que le hacen honor al título, aunque hubiese sido interesante darle un contexto único a todos los cuentos y que la misma ausencia del tren hubiese sido parte de la trama, como se logra tan bien en otros cuentos contenidos en el libro.

Una última acotación en cuanto a la forma, si así se quiere ver, en el cuento El último monólogo de Manasés, al finalizar se lee: “El Paraíso, se va volviendo un lugar con demasiadas llamas. Podría decirse que, en algunos casos, se parece más al infierno que nos presenta Dante”, es un error común creer que el infierno descrito por el florentino es ardiente, cuando la verdad es que, siguiendo los parámetros teológicos de entonces, quienes más se alejan de Dios, más lejos están de su ardoroso amor, a tal punto que en la 4ª ronda del 9º círculo, el demonio está cubierto de hielo hasta la cintura, llorando de dolor y botando una gélida babaza por la boca, en tal sentido, el infierno es una fría cámara donde se refrigeran las almas de los réprobos.

Miguel Oviedo Risueño, estamos seguros, nos seguirá sorprendiendo con sus textos, cargados de imaginación, con situaciones y personajes que nos ponen en el límite del existencialismo y el surrealismo, así como hoy lo hace con En este lugar no hay trenes, donde somos un pasajero, una carga o una estación más.

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