Escritor, Hernando Martínez Rosero, es El Personaje 10.

Con una cita de Ernesto Sábato se inicia una de las nóvelas más fascinantes y reveladoras escritas en Nariño. Se trata de “El secreto del pabellón rojo y negro”, escrita por el intelectual Hernando Martínez Rosero, fallecido en el departamento del Putumayo en Marzo de 2014.  En vida su gran pasión fue el ajedrez, deporte al que dedicó muchas horas y días  permitiéndole obtener grandes y merecidos triunfos y reconocimientos tanto nacional como internacionalmente. Quienes le conocimos valoramos su sencillez como nota característica, su afabilidad, su excelente don de gentes y su caballerosidad a toda prueba; lo que no sabíamos es que era el autor de una de las novelas más deslumbrantes y estremecedoras que hayamos podido leer a lo largo de nuestra existencia. Desafortunadamente esta novela quedó y aún permanece inédita por cuanto no le fue posible a su autor concitar la colaboración y apoyo de las entidades del departamento de Nariño para cristalizar su sueño de ver editada y publicada su obra.

Quizá le ocurrió lo mismo que a Juan Álvarez Garzón con su novela “Gritaba la noche” que al tocar en sus páginas a nombres y personajes de la región y desenmascararlos en su real actitud y proceder le fue imposible ver en edición su novela.  Y es que Hernando Martínez Rosero no deja títere sin cabeza; políticos, clérigos, dirigentes y empresarios discurren por sus páginas  permitiéndonos revalorar una historia regional, con visos universales, teniendo como escenario la ciudad de San juan de Pasto de los años 60, 70 y 80.  En cada página encontramos nuevas y sorprendentes revelaciones, nombres ligados a hechos insospechados y clausurados, es casi un reabrir de procesos que para muchos ya son simplemente historia.  Igualmente nos encontramos con la altísima sensibilidad de un autor comprometido con su gente y su destino, en las primeras páginas un eco estremecedor nos acecha: “!Infancia feliz, repiten! ¿Acaso han tenido el valor para observar de frente a tantos niños de barriadas pobres, que con tan sólo cinco o seis años ya tienen la frente surcada con pequeñas arrugas, la mirada prematuramente grave, triste y vencida?  Chicos invadidos de profundo disgusto contra un mundo insensible, criminal, que los condena a vivir y morir como perros callejeros”.  Sin duda alguna esta obra humanista nos permitirá recrearnos en los límites infinitos e imaginariamente reales de una ciudad perdida entre los Andes que solaza con parsimoniosa exactitud el discurrir de cualquier ciudad del mundo.

Pero al ser regional evoca nombres y personajes que muchos conocimos y que aún revolotean en nuestra memoria: Carlos Delgado Ortiz, Alfonso Toledo  Plata,  José Miguel Wilches, Heraldo Romero Sánchez, Juan Elías Pinza, Carlos Toledo Plata, Nelson Ovidio Obando, Orlando Morillo Santacruz, Francisco Mosquera, Luis Avelino Pérez, Alfonso Zambrano, José Elías del Hierro, Pedro Bombo, Eliseo Santander y tantos otros protagonistas que se entrecruzan en sus páginas creando un nuevo escenario donde los actos se restablecen en la pluma de su autor.  Igualmente evoca el autor las gestas de líderes y organizaciones como SIMANA, la CUT y otras organizaciones obreras que enarbolaron banderas de paz con justicia social y que muchas veces fueron sacrificados por sus propios seguidores y legionarios.

Hernando Martínez Rosero nos pinta en su novela a una ciudad de San Juan de Pasto en aparente aislamiento histórico pero conectada con los hechos universales que mueven los hilos de una verdadera trama existencial. Se empieza a dibujar la irrupción desbordante de ese capitalismo que al solo embiste de su querer mueve y coarta las libertades individuales y sociales. Y junto a esa irrupción, la también novedosa aparición de las masas sociales que empuñan banderas pretendiendo en ello defender sus más caros anhelos de paz y libertad en un mundo donde el ser parece estar condenado a muerte o a su paulatina desaparición.  Las grandes gestas de ese pueblo fluyen por las calles pintorescas de ese Pasto que aún vive en la memoria de muchos de sus protagonistas; ecos de unos hombres enardecidos que levantaron su voz para decirle al mundo que aquí también se piensa por cuanto el dolor es el mismo que se siente en los confines de la Tierra.

Encontramos en uno de los capítulos de esta novela la bellísima descripción de la antigua plaza de mercado con sus personajes habituales y cotidianos: “Al instante aparecía el popular mendigo mudo, Pedro Raza, recorriendo las callejuelas del mercado, tocando con insistencia un bombo. Pedrito era un hombre con alma de niño, siempre risueño, devoto perseverante de la Virgen de las Mercedes. Pequeño de estatura, magro de cuerpo, tez trigueña, ojos dormilones, narizón, con ralo bigote, gruesos labios.  Sobre su pequeña cabeza, un viejo sombrero de indescifrable dolor. Vestido muy pobremente, de ruana gris y pies descalzos. El sonido persistente de su bombo, era la última señal humana, para terminar cualquier actividad, recoger los bártulos y cerrar las decenas de postigos de los negocios…”.  “Tampoco faltaba el infatigable vendedor de prensa, Eliseo Santander, regordete, caricolorado, vestido de dril y alpargata, más reconocido con el apodo de “El Cuy”, quien a voz en cuello daba a conocer las noticias más importantes del día. Sin saber leer ni escribir, este voceador, de gran retentiva, recitaba de memoria los titulares que le habían dictado, en la sala de redacción del matutino “El Derecho”…”. Y en una de esas habituales protestas ciudadanas, obreros precedidos por gritos y pancartas irrumpen por  “La Plaza Monumental de Mercado”, levantada sobre un área de mil cien metros cuadrados, se asentaba sobre un terreno en declive. Don Leonardo Ortiz, arquitecto de la obra, le impuso con gran acierto, el llamado Estilo de Arquitectura de Orden Jónico…”; “Dieciséis esbeltas y airosas columnas en la magistral fachada y otras tantas en los estupendos flancos, soportaban el peso total de la obra. Cada columna tenía una altura de 5 metros dividida en tambores de ladrillo cocidos al horno, partiendo de una basa como pieza de apoyo, de 80 centímetros de diámetro, compuesta por dos boceles circulares y una escocia intercalada entre ambos….”. Esta monumental plaza  es incendiada alevosamente y sus cenizas aun habitan la memoria de sus gentes. Para Hernando Martínez Rosero, suspicaz investigador, ajedrecista y escritor, manos criminales intervinieron en el voraz incendio que la consumió: “Es imposible que si el lugar de las explosiones, fueran los expendios de pólvora, las paredes que rodean estos recintos, continúen de pie. Y digo explosiones, porque según varios testigos, fueron seis o siete, sucesivas. Además, para lograr el desplome casi total de la inmensa techumbre de la Plaza de Mercado, manos expertas debieron colocar varias cargas de explosivo C4, y pentonita, con detonador de tiempo, en el último modulo del fuste de las columnas, en la intersección con el capitel que sostenía el techo…”, no guarda ni oculta el nombre del posible autor como tampoco los motivos; mucho menos ahorra palabra alguna para desnudar el deplorable y censurable acto de un político nariñense que aliado con la oligarquía nacional trunca las intenciones de un pueblo en el descarado robo de las elecciones presidenciales del General Gustavo Rojas Pinilla.

Es una verdadera lástima que Hernando Martínez Rosero no viera cristalizado su sueño de ver publicada su obra y mucho más que sus amigos periodistas no hiciéramos en vida del autor una reseña de su obra. Pero es una obra única y excepcional.  Esperamos que las entidades culturales, los gestores literarios y editoriales de nuestra región nos permitan próximamente tener entre nuestras manos una novela de las altas calidades literarias e históricas como la que reseñamos.  Sin duda alguna los nariñenses encontraremos en sus páginas motivos para sentirnos orgullosos de una estirpe que ha hecho historia en medio de su ancestral olvido.

Los personajes 10 del día son ciudadanas y ciudadanos que trabajan por un mejor Nariño, desde diferentes sectores de la sociedad. Con esto se quiere reconocer su esfuerzo, compromiso, dedicación y sentido de pertenencia con la región.

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