En surcos de dolores

Amamos hondamente a esta nación y no queremos que nuestra barca victoriosa tenga que navegar sobre ríos de sangre hacia el puerto de su destino inexorable.”

-Jorge Eliécer Gaitán. Oración por la Paz, 1948.

 

Por: Juan Felipe Apráez April

Un impulsivo cosquilleo, una estrepitosa involuntariedad recorre mi cuerpo cada vez que escucho aquellas palabras. Son clamores de libertad y esperanza que antaño recorrían las plazas, los pasillos, las avenidas, los cafés, los hogares. Son gritos de esperanza que ilusionaron alguna vez y que finalmente le dieron importancia a la magullada dignidad del oprimido, del paupérrimo de ruana que recorría a muy temprano en la madrugada las frías y grises calles de la ciudad. Son palabras que hoy me calan los huesos y que hacen recorrer el amargo recuerdo de ilusión jamás vivido que un día el hombre que fue Colombia pronunció con tanto ímpetu, defendiendo al campesino y al embolador, a la maestra y al estudiante, a la madre y al hijo: al pueblo. Ese pueblo que se seguía a sí mismo porque lo seguía a él, el hombre que fue un pueblo: Jorge Eliécer Gaitán.

Sus palabras me llenan de deseo, de una voluntad presta a estallar; me impresiona su  amplitud de prosa, su carisma, su empoderamiento, su aprobación ganada. Y es que fue él quien encarnó la esperanza misma en todos los rincones de Colombia, de ésta patria boba que aún no ha sanado heridas, y que en aparatosos intentos por caminar avanza paulatinamente hacia adelante.

Pero la ambición y la codicia pueden más en estas tierras, Colombia ha cometido magnicidio. “¡Mataron a Gaitán!” resonaba en las calles de la grisácea ciudad de Bogotá, “¡mataron nuestra esperanza!”. Al llamado de las multitudes, los capitalinos se colmaron de pasiones colectivas, de una inmensa frustración y rabia por el sueño despojado, por la libertad agazapada que había sido perseguida por la ignominiosa oligarquía y posteriormente había sido ejecutada. El de ruana no podía quedarse con los brazos cruzados: la voluntad colectiva incitaba, hacía un llamado a la lucha.

Fue una noche oscura y sombría, tanto en las plazas como en las altas cortes se cocinaban los años venideros para la patria vulnerable: seguirían los mismos con las mismas.

Y muchos años transcurrieron, Colombia continuó siendo el vividero feliz más miserable posible. Un espeso sancocho en el que cabían todo tipo de sabores desagradables al paladar de la democracia y la justicia.

Los picantes conflictos, las amargas desgracias, las agrias injusticias, el ya digerible sabor a muerte, una carne sangrona que colmaba de rojo vivo el hondo plato nacional.

En el caldo aún sin acabar, flotan aún los recuerdos de aquellos alimentos del odio y la violencia. Un Laureano Gómez, un Guillermo León Valencia, un Misael Pastrana, un Ernesto Samper, un Andrés Pastrana, un Álvaro Uribe. Pero estos solo son lo que sería la “cereza en el pastel”, revisamos más a fondo, rebuscamos entre aquella sopa y vemos un Pablo Escobar, un Carlos Castaño, un ‘Mono Jojoy’, sorbemos y bogamos: estamos llenos, no queremos más.

Y así mismo, escuchando esos registros del caudillo, habiendo digerido aquél espeso brebaje digo: no más.No quiero más, estoy lleno de odio, estoy lleno de rencor, de angustia, de ilusión, de sueños incumplidos.

Colombia ha estado rodeada de lo peor, he vivido escuchando las noticias de la mano de mi padre, de mi también cansada familia; he escudriñado cuanta opinión individual o colectiva haya acerca de nuestra nación. Cada vez me agobia más la pesadez de la injusticia, tengo un guayabo moral.

Crezco durante el gobierno de Uribe, y aún siento resquemor y repudio ante la ignominia de su mandato. Leo los libros y oigo las voces de la historia, confirmo mi deseo: quiero hacer posible el cambiar.

El pueblo ha tenido el gobierno que se ha “merecido”: un estado provechoso y vivo que con la moral de la sinvergüencería se ha saqueado de a tajaditas el país, repartiéndoselo como torta. “Un latifundio para ti, otro terrenito para ti”, “¡una curul!, ésta sabe como a sangre,

¡como las que te gustan!, esa es para ti”.

Resulta que en la piñata de la política y del “progreso”, el auténtico pueblo se ha “merecido” el hambre, se repartieron la torta y el ruana llegó a casa y durmió con hambre. Ese es el diario vivir de nuestro país.

Pero ya dejando de hablar de metáforas culinarias, quiero hablar de la verdad.

Y la verdad es que nos han robado, nos han vendido. Continuamos en un país feudal, las oportunidades para el más pobre son mínimas. Los oligos se reparten las amplias divisiones territoriales a su merced, dejando a los cuantiosos arrinconados en míseros rincones.

Pero como en los tiempos del pacificador, los oprimidos tampoco se ayudan. Despliegan su alfombra roja y reciben como salvador al que luego los apuñalará por la espalda, el que los saqueará vilmente. Y el que se queje, el que no ayude a poner cuidadosamente el tapetico es un anarquista, un rebelde, un revoltoso. O en terminologías más contemporáneas: un ‘castrochavista’.

Le meten los dedos en la boca al pueblo, se la abren y hacen tragar la mentira, el provecho. Lo dejan sin agua, sin tierra, sin aire, le meten al vecino para que termine de vaciar nuestro bolsillo y luego disfrazados de democracia nos invitan a un café con lechona, una que sabe a voto comprado, a mermelada. El sabor no combina, pero es el que el hacendado prefiere darle a ese ganado que engorda para el matadero.

Y caminamos confiados, como ganado. Forzados nos meten por puertas llenas de inmundicia, nos pasa el radicalismo por delante, la polarización, la corrupción, una masacre, dos, tres; unos falsos positivos, un robo de elecciones, una financiación dudosa, una vil frase que ignoramos: “esa republiqueta hay que exterminarla”, “todo fue a mis espaldas”, “me acabo de enterar”, “seremos como Venezuela”, “la ideología de género nos va a homosexualizar”, “es un buen muchacho”…

Seguimos caminando, y todos apretujados con la opción de salir al alcance de la mano seguimos dispuestos a ser pisoteados.

Invito a decidir, invito a huír del matadero, a no arrodillarse, a no tragar lo que se ponga en la mesa, porque el pueblo está tragando comida de la peor, de la más miserable y pesada que una sociedad pueda digerir.

Porque en surcos de dolores el bien no germina, el bien germina en los campos justos, en los que sean de todos, de los colombianos, del de ruana. El bien no va a germinar en la inmensa hacienda del oligarca que es cuidada por unos cuantos escogidos del pueblo para trabajar sus tierras para luego sembrar el dolor y la angustia y ni siquiera regalar dicho producto, sino que se tiene el descaro de venderse.

El bien germina en la tierra justa, en la tierra digna, en la tierra rica en tranquilidad y Paz, el bien germina en tierras donde no hay ya heridas, el bien germina con la acción, con la anulación de la contemplación conformista. El bien germina, si. Pero el bien no germina ya, el bien germina con tiempo, con escucha, con diálogo, con posibilidad, con oportunidad.

El bien germina recordando.

Recordemos nuestras víctimas, recordemos nuestra historia, sepámosla, leámosla, refleccionémosla, escuchemosla. Porque recordando con la veracidad de los hechos dejamos atrás la falacia. Porque recordando y aceptando lo que es cierto tenemos la potestad como sociedad de impactar y de decidir, de ser un pueblo activo y exigente, un pueblo que no tenga que entapetar una avenida para que pase un verdugo, un pueblo que no tenga que seguir llorando sus líderes, un pueblo que no mande a sus jóvenes a matarse por el capricho y la voluntad individual de los pocos, un pueblo que actúe democráticamente, que no tenga que soportar las indignas sendas de un matadero luego de haber sido alimentado de ignorancia, miedo y rencor.

Seamos un pueblo unánime, y, en nuestras tierras que cariñosamente llamamos Colombia araremos surcos de unidad, por una sociedad sin rencor, sin mentira, sin dolor.

“(…)bienaventurados los que entienden que las palabras de concordia y de paz no deben servir para ocultar sentimientos de rencor y exterminio.

¡Malaventurados los que en el gobierno ocultan tras la bondad de las palabras la impiedad para los hombres de su pueblo, porque ellos serán señalados con el dedo de la ignominia en las páginas de la historia!

-Jorge Eliécer Gaitán. Oración por la Paz, 1948.

Comentarios

Comentarios