En visperas de un centerio

Conjurado, a Dios gracias y gracias al adelanto científico, de manera satisfactoria, el trance que, atrevido vino a complicar la vida de “mi viejo caracol cardiaco”; vuelvo a coger mis libros amados y mi pluma apaciguada. En esta vez, todo entusiasmado y solidario con el artículo de mi estimado amigo Mauricio Chaves Bustos, que nos despierta y convoca a la celebración del aniversario natalicio del poeta tumaqueño Guillermo Payán Archer, el próximo primero de enero del año 2021.

Esta oportuna y justiciera recordación, me ha dado pie, para tornar a solazarme con los libros de poemas de quién fuera mi preciado amigo Memo Payán, conforme se le llamaba en tono coloquial. Cómo no recordar sus dos primeros libros, La bahía iluminada (1944) y Noche que sufre (1948), apurados en mi plena juventud, libros que, al igual que sus posteriores, se me fueron alma y corazón adentro y no los he olvidado jamás.

Tumaqueño de afecto, a Tumaco me atan gratísimos recuerdos, me uno integralmente a esta celebración. Como lo quiere, nuestro consagrado cronista de la Costa del Pacífico nariñense, Mauricio Chaves, lo deseado y deseable sería la reedición de sus obras poéticas; sin embargo, de no ser posible, hacerlo con una esmerada selección de poemas, de cada uno de sus libros. Y hacerlo en una hermosa edición, que este a la altura de su autor y de su acrisolado y fecundo contenido.

Cuánto podría decir del juglar y trovador del amor: y del manojo de sus cánticos esencialmente marinos. En una palabra del poeta que lleva el mar en su sangre:

            Esta sangre remota que encadena

            mi vida, por sus tránsitos, me viene

            de una antigua y perdida dinastía

            de viejos marineros, y mujeres

            nacidas en el mar…

Por ahora, nada mejor ni más indicado que recordar con unción las palabras del poeta Eduardo Castillo; que considero oportuno rescatarlas como un mandato que estimula y reconforta el ánimo; mayormente, en esta época de tanta desazón que nos parte el alma.

Es necesario amar a los poetas. Ellos poseen la maravillosa lámpara de Aladino a cuya claridad se doran y purifican las viles escorias de las impurezas terrenas. Brujos benéficos, magos encantadores, ellos pueblan las fantasías deslumbradoras de éste eterno niño que se llama la Humanidad, y arrullan con el sortilegio de sus canciones sus miserias eternas y sus eternos dolores…

Todo esto, y mucho más, sin olvidar que, desde la más remota antigüedad, los poetas han sido considerados los profetas de los pueblos.

De resto, como decían nuestros abuelos con tanto fervor: Que Dios me de vida y licencia para volver a la Perla del Pacífico, a disfrutar de tan merecida conmemoración. Y lo que es más, aclamar con toda el alma porque sus gentes no sean perjudicadas por los grupos criminales, que jamás corresponden al espíritu e idiosincrasia de la región pacífica, como en los viejos tiempos plenos de armonía y hermandad, de trabajo y prosperidad social.

Vicente Pérez Silva

Angasnoy (Refugio del Condor), La Calera, octubre 8 de 2020

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