Escritor nariñense Alejandro García Enríquez. Reseña biográfica (3ª. parte)

(* Alto de El Ingenio-Sandoná, 3 de marzo de1925-+ Bogotá, 1° de julio de 1991)

Por: Alejandro García Gómez.

 

 

Matrimonio y su trabajo como agrónomo

(Dentro de esa misma “lógica consecuencial” que venimos exponiendo, en donde “un hado personal” resulta “actuando” -a partir de nuestras propias decisiones, ¿libre albedrío?- en un marco plural de aconteceres políticos, económicos y culturales mundiales ineludibles, en los ámbitos continental, nacional, regional, local y familiar también ineludibles, hado al que llamamos Destino, en la segunda entrega, presentamos sus estudios en Pasto, Bogotá y en Ambato (Ecuador), lo mismo que algunos de sus afanes y preferencias de estudio. Hoy continuamos con esta tercera entrega).

Quizá por necesidades económicas presumiblemente unidas a otras causas, debió aplazar su grado de agrónomo en Ecuador. Él supuso que sería una ausencia temporal de la Escuela de Agronomía pero se le convirtió en definitiva. De su época en ese país, estamos hablando más o menos quizá de alrededor de 1944 o 1945 a 1946, según nuestras deducciones y, nuevamente advertimos, que podemos estar equivocados en los tiempos, en uno o dos años. En Colombia en 1946 se da un nuevo cambio no sólo de presidente sino de hegemonía partidista, debido a la división del liberalismo para las elecciones de ese año. Comienza otra vez la supremacía conservadora con Mariano Ospina Pérez, (1946-1950).

La “escoba nueva” de esta hegemonía desearía barrer con todo y, al parecer, nuestro padre fue otra víctima con su beca, así proviniera de un clan y corregimiento municipal conservadores. Una posible explicación de nuestro padre como víctima es que el conservatismo de El Ingenio era de ascendencia laureanista (partidarios de Laureano Gómez) adversarios de los ospinistas (paridarios del presidente Ospina Pérez), dentro del mismo Partido Conservador, aunque había sido el mismo sectario y hábil Laureano –“el chacal” como lo califica el poeta Pablo Neruda en su Canto General– quien había encumbrado hasta el solio presidencial al tibio empresario Ospina. El reciente gobierno del nuevo-viejo dúo de dominio, se propondría “barajar y repartir de nuevo”.

En general, en todos los grupos ideológicos o semi ideológicos o políticos o religiosos, el sectarismo que se hace entre los partidarios de un credo similar, es usualmente más virulento que el que se le hace al del contrario, esto es muy probable que se deba a las mismas ansias de poder. Tirar dentelladas hacia todos y hacia todo, para quedarse con todo el pastel, disfrutarlo y repartirlo de a poquitos a cambio de adoración y reverencia.

Este cambio de partido político gobernante fue posiblemente la causa principal del abandono de los estudios de nuestro padre. Por las diferentes necesidades que se le fueron presentando, finalmente no obtuvo su diploma, pero cumplió con los requisitos del estudio para su profesión. (Otra posible explicación podría ser que él mismo suspendiera la beca con el ánimo de tomar la vida matrimonial, teniendo como mira la vuelta a sus estudios, cosa que no se dio finalmente aunque sí se casó, pero no regresó. Tampoco nos aclararon ni él ni nuestra madre el porqué del abandono sus estudios en Ambato (Ecuador). Pienso que por respeto, jamás se me ocurrió interrogarlos sobre esto.

Entonces, lo que en ese tiempo era el despacho gubernamental equivalente a lo que hoy es la Secretaría de Agricultura de nuestro departamento lo nombró como agrónomo en La Unión (Nariño). Allí nos contaba que tuvo una corta relación de amistad con el poeta Aurelio Arturo, por sus afinidades culturales y literarias. Más tarde, quizá por los espacios geográficos en que debieron vivir cada uno, se fueron distanciando: el más grande poeta colombiano ya vivía en su definitiva Bogotá (desde 1926), en su cargo. El gran poeta también tenía hermanas solteras y casaderas, y esto también habría podido ser otro motivo de acercamiento entre ellos, más de nuestro padre, aún soltero. Quizá nuestro padre conoció al gran poeta en algunas de sus vacaciones en su pueblo natal, quien además era ya un señor de alrededor de 40 años contra los quizá 20 ó 21 –o algo menos- de nuestro padre. También para la fecha, la revista de Universidad Nacional ya le había publicado su colosal poema Morada al sur (1945), además de que antes, la prensa colombiana le había publicado otros. El poeta Arturo ya descollaba en el olimpo colombiano. Después de una no muy larga permanencia, nuestro padre fue trasladado de allá a otra población nariñense que lo requería.

Luego de esta estadía en La Unión, el 25 de diciembre de 1946 se casó con nuestra madre, Angélica Gómez, en Sandoná. Él tenía 21 años y 9 meses y ella 20. De esta fecha estamos absolutamente seguros, por algunos documentos, y de ahí hemos deducido otras, como lo hemos hecho a lo largo de esta reseña biográfica. Existen hechos y fechas de las que estamos no sólo seguros sino que tenemos evidencias y de ahí hacemos deducciones por las narraciones escuchadas por nosotros, sus tres hijos vivientes, en orden de edades: Laura, Alejandro y Concha.

Matrimonio Alejandro García Enríquez y Angélica Gómez Riascos. 25 de diciembre de 1946 (Álbum de la familia García Gómez).

Tambores de guerra

La tragedia del 9 de abril (1948) no había ocurrido aún pero el ambiente nacional estaba cargado desde hacía tiempos. El Bogotazo y sus posteriores consecuencias –que las sufrimos hasta hoy y no se sabe hasta cuándo- no nacieron por generación espontánea. Esto lo afirmamos ahora que se negoció un Acuerdo de Paz o –mejor- de Fin del Conflicto con las Farc -en La Habana (Cuba)-, como se lo denomina más acertadamente. Ojalá estemos equivocados al afirmar que, aunque fue imprescindible esa negociación para comenzar, la violencia aparejada con la corrupción de toda índole, buscará otra máscara y otras manos o parte de las mismas. Será un proceso largo desterrarla, si es que de verdad nos propusiéramos expulsarla.

Volviendo a la historia del siglo XX de nuestro país, en 1950 comenzaba el fatídico –en mi opinión- gobierno de Laureano Gómez (la obra “Gaitanismo, liberalismo de izquierda y movilización popular”, Medellín, 2013, de W. John Green, es un sesudo, pormenorizado e imparcial estudio de una parte de la historia de esa Colombia del siglo XX que, nos ilustra también el protagonismo de este –para mí- funesto personaje y de uno de sus hijos, hoy canonizado en el  martirologio patrio. Recomiendo ampliamente su lectura). En noviembre de 1951 –por infarto de su corazón- cedió el poder a Rafael Urdaneta, quien pretendió quedárselo y lo retuvo hasta el 13 de junio de 1953, fecha del Golpe de Estado dado por el militar Gustavo Rojas Pinilla.

Por razones de pertenencia de los integrantes de la familia de nuestro padre, oriunda de de El Ingenio –todos de filiación conservadora y laureanista, como dije-, él también perteneció mucho tiempo a ese partido y a ese grupo. Para mí, como joven con “uso de razón” y luego como adulto, resultaba un enigma que siendo él de un pensamiento amplio, tan humanista y libre, hubiera resultado en ese partido y, particularmente en ese funesto –para mí- grupo político, comandado por ese siniestro personaje de tan nefasta recordación para la Historia de Colombia. Yo veía, en cierta manera, contradictorio ese hecho. Luego comprendí las razones. Eran dos: la primera, no sé si la más importante entre las dos fue que, a pesar de todo, el astuto y mañoso Laureano había sido el conservador que había liderado un grupo de su partido para buscar el entendimiento con Alberto Lleras Camargo por los liberales, en España, para repartirse el poder político por 16 años, alternando de a cuatro por color de trapo. Eso se conoció como Frente Nacional. Estos 16 años han sido ampliamente estudiados, pero en ese momento los pacifistas lo vieron como la única salida a nuestro desangre. La razón que nos exponía mi padre era que la paz en Colombia siempre la había sentido como una necesidad vital de país. Que había que “tragar sapos”, como decimos hoy. Que nuestro país no podía continuar con esa cruel mortandad. Esas mismas motivaciones me movieron a mí después a apoyar el acuerdo de nuestro Estado con el grupo criminal de las Farc-EP en la Habana, “tragando sapos” (pero esta es otra historia).

La otra razón, la segunda, o sea cuando él comenzó como laureanista antes de esos convenios, que para ser claros no tengo fechas, pienso que debieron ser sus lazos familiares, los que él respetó y honró siempre. Quizá un ancestral concepto del “Clan”. Su familia de El Ingenio era laureanista. Jamás olvidó quién era y de dónde provenía, y su ejemplo de respeto familiar nos lo inculcó siempre a nosotros sus hijos al tiempo que lo hacía con su rebeldía –que ya nos la había engendrado- a favor y en búsqueda de la Justicia y la Libertad, siempre en persecución del bienestar equitativo del ser humano, sin discriminaciones de ninguna índole, por encima de cualquier interés de partido político alguno. Por esa misma rebeldía, sus hijos jamás pertenecimos ni a ese ni a ningún partido, con el debido respeto por quienes lo hacen y por las razones que tuvieran para hacerlo.

Claro, ya los tiempos para nosotros, y para nuestra fortuna, habían cambiado y no era una exigencia casi vital la pertenencia a alguno de los agónicos partidos colombianos. Aquí una anécdota personal: cuando ya en el primer trabajo de mi vida profesional, se presentaron las primeras elecciones y se me nombró como jurado elector, el Registrador de la población de Túquerres (Nariño) donde comencé como profesor, me citó y preguntó mi filiación política (¡!). Él era también oriundo de mi mismo pueblo, Sandoná y, más o menos, de una edad similar a la mía, con unos muy pocos años de más. El joven registrador, el Sr Santander (qepd), al notar mi extrañeza ante su pregunta, se apresuró a aclararme que era parte de su deber como funcionario; entonces yo eché mano de lo que primero se me ocurrió: si mi familia había pertenecido al Partido Conservador, yo también debía parecerlo. Quién sabe si yo aún figure así. En adelante, para las futuras contiendas electorales y con diferentes registradores municipales, casi nunca me libré del honor de ser jurado de mesa electoral. Tampoco sé cuál fue o fueron las pertenencias de filiación política que me endilgaron, porque jamás me volvieron a hacer esa pregunta. Quién sabe si siga “conservador” hasta hoy.

Volvamos al matrimonio de nuestros padres. Los primeros meses de los jóvenes García Gómez transcurrieron en la población de Ricaurte (Nariño) al ser trasladado desde la Unión en razón de su trabajo. Allí se familiarizó mucho más con las culturas precolombinas de América, en razón de que ahí se afincan hasta hoy algunas etnias de la costa del Océano Pacífico, una de ella la Awa Cuaiquer o Coaiquer. Ya había comenzado a hacerlo desde niño en su terruño de El Alto de El Ingenio, con los amigos y los familiares de sus padres, ante todo provenientes de los -en ese tiempo- resguardos indígenas de Santa Rosa y  Santa Bárbara, hoy corregimientos municipales de Sandoná. Nos recreaba historias míticas que algunos de ellos les habían narrado –a él y a sus hermanos- allá en El Alto, a la manera de los viejos aedas. (De esa cosecha es una parte de mi cuento “Cariolán, el que aplana volcanes”, de mi libro de cuentos “No es por azar que nacemos”, Medellín, 2004). Otras veces era en las casas de los familiares de sus padres –nuestros tíos abuelos y el resto de primos- en El Ingenio. Yo mismo disfruté allá de la fantasía infantil de esas narraciones cuando nuestros padres nos llevaban a paseos con dos o tres pernoctadas incluidas (de esas noches nació: Grito de ánimas, también del mismo libro). Como dije, él era muy cuidadoso con esos “cuentos” o mitos y leyendas, según  nos enseñaba. Jamás se nos ha olvidado su enseñanza de que siempre detrás de cada historia fantástica, hay una situación inexplicable aún, pero que procede de la realidad.

En la población de Ricaurte (Nariño) se encontró trabajando con los Awa-Coaiquer, además de “los blancos” y los negros, hoy denominados afrodescendientes. Llegó a convivir con la etnia Awa por temporadas más o menos cortas o largas, según se lo exigía su trabajo como agrónomo. Esta temporada en Ricaurte, conviviendo con los Awa, fue trascendental para acrecentar la fundamentación de su pensamiento y su enfoque cultural, nos repetía. Allí parece que se amplió la concepción de su teoría social, llamada por él Cuyanacentrismo. Lo publicado en 1992 (1) hace parte sólo de la Introducción de la obra, porque el original es mucho más extenso (407 páginas mecanografiadas. Más adelante se desarrollarán algunos datos sobre ella).

De Ricaurte fue trasladado a Túquerres, por las mismas razones de necesidades de su trabajo en la zona. Allí nació la primera hija del matrimonio, Concepción Angélica, en octubre de 1947. De allá se lo requirió en Sandoná, nuestro pueblo, siempre con el mismo cargo de agrónomo al servicio del Departamento de Nariño. Quizá no sea posible ya que existan personas que hubieran trabajado con él en nuestro terruño, pero quizá sí de que, aun sin haberlo hecho, lo recuerden por alguna relación con sus vidas y su trabajo profesional. Nos contaba que en Sandoná –por propia iniciativa y sin mediar pago adicional- intentó trabajar con los niños de las escuelas  -además de su labor en el campo con los agricultores- y que lo logró por un tiempo. Quizá algunos de sus “discípulos” de entonces lo recuerden. Lo logró hasta que pudo hacerlo.

Matrimonio García Gómez. Según nuestra madre en esa fotografía se encontraba gestante de quien estas líneas escribe, Alejandro García Gómez. Es decir es de 1952. (Álbum de la familia García Gómez).

Sandoná en el concierto de La Violencia nacional.

En Sandoná murió su primera hija en febrero de 1948, antes de dos meses de que ocurriera el Bogotazo. Pongo como referencia ambos acontecimientos trágicos, el uno para nuestra naciente familia y el otro nacional, por los hechos que sobrevinieron luego al grupo de nuestro hogar.

El ambiente en los campos, pueblos y ciudades de Colombia ya se encontraba enrarecido por la violencia que había desatado el Partido Conservador en contra del Gaitanismo, más que contra su rival de patio, el Partido Liberal, como podría haberse esperado. El Gaitanismo era un movimiento que estaba compuesto hasta por conservadores “descamisados”, como era la característica de esa masa inmensa de hombres (y mujeres, aunque aún no se les había concedido el derecho al voto a ellas) que comenzaron a ser llamados gaitanistas. Y, obviamente, también eran gaitanistas los liberales “descamisados” y un resto de tendencias, provenientes todos de la parte más sufrida del pueblo desprotegido, pero hastiado hasta la desesperación por las inequidades, la falta de libertades democráticas, la corrupción y las injusticias de toda laya. Como ahora.

Tanto el liberalismo tradicional de las élites, como el conservatismo –con mayor razón-, junto con la inmensa mayoría del clero católico, sentían que el poder se les iba de las manos. Se dieron cuenta de que el nuevo mando lo encarnaba el nuevo caudillo, Jorge Eliécer Gaitán, y de que él sería el nuevo presidente. Que no había quién pudiera atajarlo.

Sus ideas políticas y económicas las había tomado del socialismo social (perdón por la redundancia, pero es sólo una prosaica manera de la que me valgo para que no lo confundamos con el socialismo comunista), pero sus maneras de convocatoria hacia las masas y la aplicación de sus conceptos al discurso político pertenecían al caudillismo, a la “liturgia” fascista de Benito Mussolini, ex socialista que después lo persiguió a muerte, literalmente, a muerte, al igual que al comunismo, mandando a matar a sus líderes. Mussolini utilizó al socialismo para su ascenso. Durante su estadía estudiantil en la Italia de la preguerra, el joven Jorge Eliécer había asistido a los actos y discursos del Duce y había quedado impresionado por él y ellos.

Era un hecho inevitable que Gaitán sería el nuevo mandatario de los colombianos para 1950, a menos que…  La única manera que quedaba para evitarlo era la eliminación física del objetivo. Y así ocurrió. Lo sabemos y hasta ahora lo sufrimos y no sabemos hasta cuándo más. Porque todo este encarnizamiento, de hace mucho más de medio siglo, se encontró y se matrimonió con la Guerra fría, cosa que no estaba prevista por la miopía de los corruptos, pícaros y ambiciosos prohombres de nuestra patria que nos generaron ese caos. Aunque si estos granujas y rapaces lo hubieran conocido o advertido, tampoco les habría importado. Pero bueno, esta es otra historia por contar. Ahora sigamos con la que veníamos.

En medio de esa zozobra, el país continuó. Cada colombiano siguió con sus labores. Aunque, claro, después del 9 de abril de ese año, las cosas cambiaron para todos. No sólo nuestro siglo XX se dividió en dos, sino toda la historia de la Colombia republicana: la de antes y la de después del Bogotazo. A raíz de los sucesos capitalinos, el directorio político nacional, los regionales y locales del conservatismo, incitados por un rabioso clero eclesiástico católico, azuzaron a sus copartidarios y feligreses a la más violenta reacción en contra de todo lo que fuera gaitanista, fueran o no liberales. Eso hizo que muchos conservadores, los mismos “descamisados” de antes, fueran atacados por sus copartidarios y se identificaran a sí mismos como gaitanistas, es decir “liberales”, sin serlo. Y la persecución se ensañó más y a los liberales y gaitanistas no les quedó más que la fuga hacia el monte (y armarse) o engrosar los cordones de miseria de las nacientes ciudades. Y el clero espoleaba desde los púlpitos, desde las pastorales y desde donde podía, al igual que hoy donde frente a unos pocos sacerdotes, obispos y otros clérigos –hombres y mujeres- llenos de la sabiduría y la humanidad de la doctrina del Evangelio –en concordancia o no con las ideas políticas-, aún hay muchos que destilan el veneno del odio sectario (lo mismo que entre pastores de otras iglesias cristianas).

Uno de tantos altos prelados, un obispo colombiano de esos tiempos, señaló que matar liberales no era pecaminoso. Apegado a una manipulada filosofía-teología tomista –mezclada con su particular interpretación bíblica- aseguró que el liberalismo era “esencialmente malo” y que, en consecuencia, lo “esencialmente malo” había que combatirlo hasta eliminarlo. Que “Los obispos que no defenestran desde el púlpito la apostasía roja no son más que unos perros echados” (2), les recriminaba a sus colegas. Que “un campesino colombiano debe ser un soldado de Dios encargado de combatir el ateísmo liberal” (2).  “Era pecado estar a la moda, leer El Tiempo, y sobre todo ser liberal” (2).  “[Mons. Miguel Ángel] Builes instituyó dos nuevos pecados, exclusivos para las mujeres de su jurisdicción (Santa Rosa de Osos, Antioquia): el uso de los pantalones y montar a lo hombre a caballo, con el agravante de que sólo el obispo en persona podía absolverlas” (3).  Hace un tiempo fue declarado Siervo de Dios. Para llegar a serlo se le ha reconocido el cumplimiento de Las Tres Virtudes Teologales (Fe, Esperanza y Caridad); las Virtudes Cardinales (fortaleza, prudencia, templanza y justicia) y el desprendimiento de cualquier deseo carnal. Hoy por hoy, junto con el Beato Padre Marianito, a este obispo, Monseñor Miguel Ángel Builes, se le considera como el colombiano más cercano de ser canonizado en los altares.

En Sandoná, nuestro pueblo, aunque la Violencia –felizmente- no tuvo el alcance asesino y exterminador de otros rincones del país donde lo común fueron las masacres, sí se dieron hechos feroces. El libro “La Violencia en Colombia” -de los valientes, Monseñor Germán Guzmán Campos (párroco de El Líbano, Tolima), Eduardo Umaña Luna (abogado) y Orlando Fals Borda (sociólogo)- menciona más de una vez a Sandoná como una de las poblaciones del Departamento de Nariño donde se dieron hechos de violencia. Las bases estadísticas para el análisis, en ese libro, fueron aportadas por las cifras y los estudios de la Comisión gubernamental investigadora de las causas de la violencia, creada en 1958 bajo la Junta Militar que derrocó al dictador Gustavo Rojas Pinilla. La Comisión fue dirigida por Otto Morales Benítez. La conformaron dos representantes de los partidos tradicionales, dos de las fuerzas armadas y dos de la iglesia, uno de estos el sacerdote y luego Monseñor Guzmán Campos.

Los coterráneos que tienen nuestra edad, posiblemente escucharon a sus padres algunos de los relatos sobre estos hechos. En forma súbita y cualquier día de la semana, a altas horas de la noche, comenzaban a salir pelotones de hombres armados de piedras, garrotes y otras armas de corto alcance en contra de las viviendas, comercios y negocios de personas liberales, o de familias liberales mejor o gaitanistas (conservadores o liberales que pensaban diferente). Los grupos armados hacían parte de la que en ese tiempo fue bautizada como la Marimba Católica. Todo mundo sabía de dónde, de quiénes, y hacia dónde y hacia quiénes llegaban las órdenes que luego obedecían y se hacían obedecer también, en una larga cadena de mandos. El miedo, como siempre, no permitía hablar lo hablado ni nombrar ningún nombre, aunque todo era sabido y todo conocido. Como ahora.

Uno, entre tantos, de los hechos comentados fue el ataque –en una de esas noches feroces- contra la casa donde estaba localizada la botica o farmacia del señor Azael Rivera (liberal, quien también fue concejal y alcalde por su partido). Allí mismo residía con su esposa y su familia. Estaba ubicada cerca del costado  suroccidental del parque principal, en una inmensa residencia de un solo piso. Cuando se escribe esto, se levantan ahí la Cooperativa Contactar y la Panadería Santa Fe.

Esa noche, la turba de marimberos católicos tumbó las puertas de la botica. En aquellos tiempos casi no existían las droguerías con medicamentos de laboratorios a nivel industrial, y menos en los pueblos. Los boticarios preparaban las tomas y recetas solicitados por los pacientes, según la formulación de sus médicos o de los mismos boticarios, o aun de los propios pacientes. Los ingredientes y las sustancias de los frascos, paquetes y recipientes -de la botica del señor Rivera- quedaron esparcidos sobre el suelo de la calle, del andén y de las acequias por donde corría el aguacero entre la densa niebla nocturna que sube desde el río Guáitara y que se estaciona en el parque y en las calles de la población, durante las noches. El fondo sonoro -además de los ruidos de los golpes contra puertas y enseres- lo hacían los vivas al glorioso Partido Conservador y los insultos, los mueras y los ¡abajo! al Partido Liberal y a “estos liberales, hijueputas”.

El señor Rivera se salvó de ser linchado y su casa de ser incendiada por la intervención valerosa y bondadosa de un familiar suyo, Gabriel Insuasty Rivera, conservador y laureanista; de la misma manera que se salvó la familia del señor Rivera. El señor Insuasty Rivera, su primo, expuso su vida al intentar y lograr calmar la turba; muchos, muchos años después llegó a ser mi suegro y me contó esta historia. Inmediatamente llegué la conclusión de que ese había sido el acto más grandioso de su vida, un acto heroico. Así se lo manifesté alguna vez personalmente y sin testigos. Se quedó pensando brevemente y me dijo:

-¿Usted cree…?

Yo lo quedé mirando y le asentí con mi cabeza. Tampoco respondió pero también asintió con su cabeza.

-No lo había pensado –me dijo luego; no sé si se aceptó del todo como héroe.

El señor Rivera –su primo liberal- libró su vida porque la actuación de su primo Gabriel demoró las acciones tiempo precioso que él aprovechó para escapar por los solares de las casas de algunos de sus vecinos. Siempre junto a la mortal barbarie del fanatismo, sea religioso o político o de cualquier otra laya, se levantan la bondad y el humanismo como antítesis heroicas.

Algunas noches, también, los marimberos católicos se ensañaron con la casa de los señores Ojeda, ubicada en la carrera cuarta entre calles  tres y cuatro, del hoy barrio San Francisco. Las huertas de casi todas las casas de esa manzana –como las del resto del pueblo- se comunicaban entre sí, como un único solar. Ese huerto forma parte de mi Paraíso Perdido, lleno de árboles de café, plantas de plátano y banano, naranjos y otros frutales de la casa de mis tíos abuelos Pina y Jenaro López, más abuelos que tíos en mi corazón. Allí pasé mi infancia. Era una casa grande de una sola planta, una parte de la cual la arrendaban a los recién casados, mis padres, antes de que viviéramos en la que luego fue nuestra residencia permanente, a unos diez o quince metros hacia el norte, por la misma acera. Hasta salir a mis estudios en Pasto (12 años), ahí vivía yo el día a día y sólo estaba en mi casa para realizar mis deberes familiares y escolares, para mis comidas y para dormir.

Jenaro López, tío paterno de nuestra madre (Álbum de la familia Santacruz López).

La familia de los Ojeda eran vecinos del joven matrimonio García Gómez y algunas noches pidieron asilo a nuestros padres –por las huertas- que, obviamente, se lo dieron aun a riesgo de impredecibles consecuencias. Afortunadamente los marimberos católicos respetaron la casa de mis padres. La familia de mi madre también era conservadora aunque ella no profesaba ideas políticas. Cuando el dictador Rojas otorgó el voto a la mujer, más que por equilibrar derechos buscando ganar su plebiscito, votó por las ideas de nuestro padre y así siguió siempre, porque “en política, Alejandro no se equivoca”, decía. Mi padre me contaba que su oficina agrícola municipal contrató a algunos de los señores Ojeda para trabajos en el campo, entre los cuales venía adelantando un proyecto en el corregimiento de Bolívar sobre el cultivo de la uva. Que ya tenía los análisis de suelos y de temperatura correspondientes, me contaba. Que se lo había procurado por intermedio de una de las secciones de la Dirección de Agricultura. Que ambos estudios daban carta blanca para ese cultivo. Su proyecto no era sólo iniciar y propagar el cultivo de la uva sino de llegar hasta más allá: iniciar una empresa vitícola, me aseguraba. Pero claro, en esos tiempos era un pecado mortal que un funcionario conservador reclutara trabajadores para cargos en el gobierno, entre los propios enemigos del gobierno y de la Iglesia (y de Dios mismo). Me dijo que lo había hecho porque no estaba de acuerdo con ese tipo de violencia en primer lugar y, en segundo, porque ellos eran agricultores y muy buenos trabajadores. Y todo ese proyecto de adelanto agrícola quedó atrás, como veremos en la cuarta entrega.

Josefina López con uno de sus nietos, tía paterna de nuestra madre (Álbum de la familia Santacruz López).

Comentarios

Comentarios