Escritor nariñense Alejandro García Enríquez. Reseña biográfica (4ª. parte)

(* Alto de El Ingenio-Sandoná, 3 de marzo de1925-

+ Bogotá, 1° de julio de 1991)

Por: Alejandro García Gómez.

 

(En la primera entrega presentamos su infancia; en la segunda sus estudios; en la tercera su matrimonio y su vida profesional como agrónomo al servicio del Departamento de Nariño, en medio de la ola de violencia que se generó un poco antes y –en mayor cantidad- después del 9 de abril de 1948, en todo el país, en hechos ampliamente conocidos. Dentro de esa misma “lógica consecuencial” que venimos exponiendo –no sólo para él sino para todos los seres humanos, en cualquier lugar y tiempo-, en donde un hado personal “actúa” -a partir de nuestras propias decisiones- en un marco plural de aconteceres ineludibles políticos, económicos y culturales mundiales, en los ámbitos -también ineludibles- continental, nacional, regional, local y familiar, hado al que llamamos Destino, hoy continuamos con esta cuarta entrega).

Coletazo de La Violencia: fin de su trabajo como agrónomo.

La primera hija, nuestra primera hermana, Concepción Angélica (entre nosotros “Conchita Primera”, porque la segunda es la cuarta de los hijos de nuestra familia) había muerto en Sandoná en octubre de 1947 –gobierno de Ospina Pérez-, adonde Alejandro García Enríquez había sido trasladado por cuestiones de su trabajo, como se dijo. En febrero de 1949 acababa de nacer su segunda hija, Laura, en la misma población. Como las acciones violentas nocturnas contra los gaitanistas (sandoneños liberales y “conservadores no aconductados”) arreciaban, los pelotones de marimberos católicos comenzaron a liderarlos ya no sólo exaltados conservadores a quienes “nombraba sin nombrar” el directorio, con odio dentro de su sangre, sino que se dio la orden municipal -no por escrito, por supuesto- de que todo funcionario público debía salir con estos pelotones, obedeciendo o comandándolos. Que era un deber de lealtad para con el partido y para con el gobierno porque –ambos- le estaban proporcionando el trabajo, “dándole de comer a él y su familia”, además de que era una lucha contra los descreídos, los ateos, los masones y los comunistas “enemigos de la Iglesia de Cristo y de Dios”. Así se le presionaba a cada funcionario. Y así se concebía el trabajo; algo similar a lo que aún sucede hoy en muchos casos y con las debidas distancias. Ese tipo de órdenes venían desde muy arriba, desde el mismísimo Directorio Nacional que, por simbiosis y para esto, eran una misma cosa con el gobierno nacional. Pero estaba en su esencia fundamental misma que no lo pareciera así sino que éstos se mostraran como actos espontáneos y soberanos del pueblo. Como ahora.

Vista panorámica de Sandoná en la década de 1940 (quizá del primer quinquenio) con su antigua iglesia y junto a ella la Casa Municipal (fotografía de archivo y cortesía de INFORMATIVO DEL GUAICO).

El turno le llegó a nuestro padre. A él lo había recibido y posesionado en su cargo, cuando ejercía como alcalde de nuestro municipio, el señor José Santamaría. Por alguna razón política, a poco de posesionado nuestro padre, había habido un cambio de mandatario municipal. Quién sabe si al Sr Santamaría el gobernador del departamento “le dio la brocha” -como se le decía a la “baja” del empleo o trabajo- por las mismas razones de sectarismo político de sus copartidarios sandoneños, sectarismo que era, y aún es, muy común en todo cargo -allá o en cualquier parte- o para satisfacer a algún beneficiario político-burocrático en un pueblo lleno de necesidades familiares (o por cualquier otra causa o por todas juntas). Quién sabe si el Sr Santamaría tampoco habría cumplido con llenar los requisitos que su directorio político requería para ser alcalde municipal, es decir comandar a los comandantes de los marimberos católicos de Sandoná y eso era casi un delito para un funcionario del gobierno conservador. Estas hipótesis me ha sido imposible verificarlas y nada puedo asegurar; pero nuestro pueblo ya tiene hoy sus historiadores y quizá un día alguno de ellos constate alguna y descarte el resto o aparezca alguna nueva que sea irrebatible. ¿Qué para qué serviría todo esto que hoy nos empeñamos en hacer, aparentemente inútil? Para que jamás se vuelva a repetir la malhadada historia de la violencia en ese pedazo de tierra donde tercamente se quedó anidando nuestro corazón, para siempre.

Recordemos que en ese tiempo –por la Constitución vigente entonces- los alcaldes no eran elegidos sino nombrados por los gobernadores de los departamentos que, a su vez, lo eran por el presidente de la República, quien a su vez obedecía al directorio nacional que obedecía a los gremios aristocráticos regidos por el inflexible báculo de la alta clerecía católica, porque recordemos estábamos otra vez en la hegemonía conservadora. Con el nuevo alcalde, comenzaron las primeras insinuaciones para que saliera a dirigir un pelotón de marimberos católicos. Nuestro padre sabía que ese era un mandato que se daba desde el máximo poder ejecutivo del municipio, que a su vez lo recibía desde el del gobernador y directorio departamentales y éste del directorio nacional.

Y quienes dirigían cada directorio municipal de cualquiera de los dos partidos eran personas –más o menos la “encumbradas” de cada pueblo- que cada domingo asistían a misa, comulgaban –al menos- los primeros viernes de cada mes, cumplían con el rito litúrgico del Miércoles de Ceniza, rezaban y practicaban todos los ritos de la Semana Santa –incluída la comunión del Jueves Santo- y de toda la liturgia católica (ayunos, rezos, limosnas de domingo en la iglesia, procesiones, etc.), además de que varios eran o cargueros del Santo Sepulcro o pertenecían a otras congragaciones parroquiales, que desterraban el pecado de la carne y el exceso alcohólico el Jueves, Viernes y Sábado Santos. En Sandoná se les llamaba Los Notables, a esas “encumbradas” personas de ambos partidos, quienes generalmente habían llegado sólo hasta culminar los estudios primarios, y eso los que habían llegado hasta más lejos académicamente, al igual que los alcaldes y todos los funcionarios municipales. Vinieron luego las presiones un poco más explícitas a nuestro padre, aunque muy veladas aún.

El acto terrorífico de La Marimba, como se dijo, debería parecer algo espontáneo y soberano del pueblo, semejante a un “Mandato de Opinión” o “Derecho de Opinión Municipal”, que también se pretendió imponer en un gobierno nacional reciente (el de Álvaro Uribe Vélez, 2002-2010) impulsado por medio de un “Consejero” hoy senador, al igual que lo había impulsado mucho, mucho antes Su Excelencia el Libertador Simón Bolívar, cuando pretendió ser Monarca de Los Andes o al menos Dictador Vitalicio por medio de su también tenebroso consejero Leocadio Guzmán. Que esta nueva violencia pareciera popular era la otra orden de arriba, como hoy lo hacen las dictaduras de Ortega en Nicaragua y Maduro en Venezuela y, en el reciente pasado, todas las dictaduras militares latinoamericanas apoyadas por los diferentes gobiernos de los EU.

Hasta donde pudo, nuestro padre evadió el asunto porque estaba seguro de que el nuevo alcalde no tendría la cínica desvergüenza de obligarle la comisión de un acto delictuoso. Pero se equivocó. Él mismo, en persona, lo llamó a su despacho para exigírselo. Eso nos lo repitió muchas veces en nuestras charlas a nosotros, sus hijos, que generalmente se desarrollaban en el comedor. Nuestra madre asentía en silencio, con indignación mal disimulada. Nuestro padre, aduciendo razones humanitarias y de justicia, se negó.

Él fue un hombre que supo interpretar el mundo en que vivió, pero además lo verbalizó para sus congéneres. Es decir, él era un poeta, porque eso es un poeta. No sólo el que escribe o habla bonito. Estoy seguro de que un poeta es ante todo una persona que interpreta el misterioso mundo de lo real y lo verbaliza para que nosotros, el resto de los humanos, cabalguemos junto a esa interpretación  o sobre ella, pero valiéndonos de ella en nuestros momentos de alegría o de angustia e incertidumbre o en los de indecisión o en tantos otras más. Un verdadero poeta, para mí es un profeta, un profeta moderno. Además él era un hombre con un concepto humanístico y ético muy amplio. Por todas estas razones, sabía que no podía ser cómplice de esa barbarie. Así se lo expuso al mandatario municipal quien se llenó de ira y de inmediato comenzó el insulto. Así ocurre también hoy con algunos sectores políticos que ante la contundencia de los argumentos lo único que oponen es la injuria o la mentira (que ahora se llaman las fake news) y la violencia de facto. Y así se dio en ese momento en el “diálogo” entre don Alejandro y el señor alcalde, por un breve lapso de tiempo. Quizá algunos muy pocos minutos, porque nuestro padre no le permitió que continuara más con la injuria; lo dejó con la palabra en la boca y, con fría pero fina cortesía, salió del despacho de la alcaldía.

Día de mercado de Sandoná en la década de 1940 (fotografía de archivo y cortesía de INFORMATIVO DEL GUAICO).

Nos contaba, que pidió a Dios para que le ayudara a contener su ira. Él estaba seguro de que cualquier amago de respuesta física, o aun verbal, a los insultos del señor alcalde sería manipulado hábilmente por él y atestiguado como ultraje a la autoridad con testigos de su administración municipal, con lo que sería no sólo expulsado del trabajo –ya se sabía por fuera- sino enviado a la cárcel. Finalmente, impertérrito y haciendo gala de su cortesía, pidió permiso para retirarse y, sin escuchar, la respuesta salió del despacho. El señor alcalde de Sandoná (que ya no era el señor José Santamaría sino su sucesor, vuelvo a aclarar) viajó al día siguiente a Pasto para poner de presente el caso de insubordinación a sus órdenes ante el señor gobernador del departamento, José Félix Jurado de la Rosa. Desde la gobernación de Nariño lo declararon insubsistente de su cargo, que era lo que se sabía que inevitablemente ocurriría.

Con ira y con dolor nos narraba sus cavilaciones de esos días y noches previos a su negativa e insubsistencia que, lo sabía, llegaría. Su primera hija había fallecido hacía dos años y sólo había alcanzado a vivir cuatro meses. Su segunda hija –Laura, que entonces era la única- tenía dos meses de vida. Arrullándola en su cuna, cavilaba. Tomando sus alimentos y ayudándole a nuestra madre a dárselos, cavilaba. Viéndola dormir, cavilaba. Seguramente lloró solo más de una vez, sin dejarse pillar por nuestra madre para no volver más trágica la tragedia. Le compartió a ella sus temores y cavilaciones. Le confió por qué no se sentía seguir siendo el mismo hombre digno, si salía a comandar el grupo de marimberos católicos. Con el sentido tierno, pero práctico al mismo tiempo, que poseen las mujeres de nuestro sur, ella apoyó su decisión. Por eso, cuando lo llamó el señor alcalde, ya su decisión estaba tomada por el NO.

Nuestro padre siempre nos inculcó el perdón a todo el mundo, así como él nos había dado el ejemplo, no sólo perdonando sino colaborando en la práctica con un descendiente directo de ese alcalde, cuando lo buscó con el humano fin de mejorar su situación y la de su propia familia, que quizá no vendría siendo la que él deseaba para él y para ellos. Esto ocurrió mucho más tarde de los hechos aquí relatados; y hasta aquí dejo. “Esa parte del Padre Nuestro es muy difícil cumplirla a cabalidad”, nos decía, “pero con esfuerzo se puede lograrlo”. Todos perdonamos todo, aunque ni él ni nosotros hemos podido olvidarlo, y quizá deba ser así, para contar no sólo esos sino todos los otros sucesos –los de la violencia en Sandoná-, porque hacen parte de la historia del lugar del mundo que tanto amamos por una parte y, por otra para que ojalá jamás vuelvan a repetirse ni allí ni en ningún otro lugar.

 

Su vida después del NO a la Marimba Católica

Fotografía en su puesto de ventas del mercado de Sandoná (muy probablemente 1983). De izquierda a derecha: el escritor Alejandro García Enríquez, su nuera Ligia Insuasty Arcos que carga en sus brazos a su hija María Angélica García Insuasty y Angélica Gómez de García con su delantal de las ventas (Archivo de la familia García Insuasty).

Antes de consumarse la insubsistencia del cargo de nuestro padre, nuestra madre, Angélica Gómez, ya se había puesto manos a la obra. Ella, desde su niñez había sido una mujer trabajadora. Última hija de una familia de cinco hermanos, había quedado huérfana, a los pocos meses, de la muerte de su padre Julio Gómez, a raíz de una epidemia de tifo que azotó a Sandoná. Entre muchas de las demás víctimas, la peste que la llamaron coloquialmente “La Bartonela” (de bartonelosis, enfermedad así llamada entonces y producida por la bacteria bartonella) se había llevado a su padre, el notario no sólo de nuestro pueblo sino de toda esa región. Aunque ella era la menor, creció ayudando a cubrir las necesidades del hogar, y quizá eso, la hizo una mujer fuerte ante cualquier adversidad de la vida. No he podido entender del todo el porqué, siendo nuestra madre la menor del hogar y huérfana muy pronto, tuvo que cargar con una gran parte del peso del hogar. Una de las respuestas hipotéticas que me he podido dar es que sus hermanas mayores tendrían alguna enfermedad o porque las dos primeras se casaron pronto. A nuestra madre jamás le escuché ningún reproche sobre esto. Hoy pienso que siempre lo aceptó como algo suyo propio, ineludible (¿su Destino, del que he venido hablando -previamente y en general- en cada entrega de este texto? ¿Este Destino la preparó especialmente para lo ineludible?).

Volviendo al joven hogar García Gómez -y ante los hechos consumados-, ella, con algunos pocos ahorros que había logrado hacer con el sueldo de nuestro padre, fue al almacén  de un comerciante mayor que tenía nuestro pueblo y le compró al contado una parte de unas telas y otras le pidió que se la entregara al fiado. El señor Aureliano Bolaños no tuvo ninguna objeción porque antes, cuando ella era soltera, ya habían trabajado de esa manera, pero además toda la población tenía las mejores referencias de esta joven ama de casa, Angélica Gómez de García, como se firmó siempre.

Frente a la puerta de su casa en Sandoná, el escritor Alejandro García Enríquez jugando Carnaval de Negros y Blancos con su nieta María Angélica García Insuasty. Probablemente 1984 o 1985 (archivo de la familia García Insuasty).

Con esas mercancías se dedicó a coserlas y así comenzó la nueva etapa de la vida del matrimonio García Gómez como comerciantes de ropa cosida, principalmente para las gentes del campo. A ese trabajo, y en la medida de nuestras fuerzas infantiles y luego juveniles, le dedicamos todos sus hijos –y algunas de sus nietas- nuestra consagración cuando fuimos niños y jóvenes. Estas labores, de las cuales nos sentimos orgullosos los tres hermanos y sus nietas mayores, se hacían los sábados y domingos en toldas con cubierta de lona y armazón de juncos en las plazas de mercado de nuestro municipio y de los circunvecinos. Los fines de semana, cuando la mayoría de los niños descansaban del trabajo escolar y cambiaban de actividades, para nosotros eran los días de ayuda al trabajo familiar que nos sustentaba, con mayor madrugada que para la escuela. Con su producido y, en medio de los conceptos y sentimientos humanistas y humanitarios del Evangelio, dentro de una religión católica sin fetichismos ni fanatismos, hemos llegado a ser personas de alguna valía para la cualquiera de las sociedades a las que hemos pertenecido, allí donde nos ha puesto la vida. Esa parte de la sociedad que ha sido nuestra Humanidad, la que nos ha correspondido, la que nos circunda.

Funeral del escritor Alejandro García Enríquez. Sandoná, 3 de julio de 1991. Adelante, algunas de sus nietas y sobrinas portan los ramos y coronas fúnebres (Archivo de la familia García Insuasty).

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