Escritor nariñense Alejandro García Enríquez. Reseña biográfica (5ª. parte)

Reseña biográfica (5ª. entrega)

(* Alto de El Ingenio-Sandoná, 3 de marzo de1925-

+ Bogotá, 1° de julio de 1991)

Por: Alejandro García Gómez.

 

 

TRASCENDENCIA CULTURAL, SOCIAL Y LITERARIA DE

ALEJANDRO GARCÍA ENRÍQUEZ

Su vida, además de su consagración al trabajo para nuestra manutención, en unión codo a codo con nuestra madre (cuyo producido cubrió nuestras necesidades y pequeños gustos de nuestra felicidad sencilla), fue de eterna consagración al estudio, a la lectura, al diseño de experimentos, a la producción de escritos y a la participación política en nuestra población, ubicada en una en una meseta de altura intermedia (1848 msnm), enclavada entre el volcán Galeras y las hoyas encañonadas y profundas del valle en “V” del río Guáitara.

Allí fue varias veces concejal por el Partido Conservador y una –no recuerdo si más veces- por la Alianza Nacional Popular (Anapo), en la campaña en la que Gustavo Rojas Pinilla -candidato- presentó un programa socialdemócrata (que algunos llamaron “Socialismo a la Colombiana”), y que a la postre la ganó en las urnas, pero la perdió por el fraude reconocido años más tarde por el ministro de gobierno de entonces de Carlos Lleras Retrepo, Carlos Augusto “El Tigre” Noriega. Esa campaña se había convertido en un frente democrático muy amplio donde se unieron varios sectores pluripartidistas del país, del centro y de la izquierda colombiana de entonces. Así se explica que algunos de sus asesores y adherentes fueron grandes intelectuales del centro y de la izquierda del momento: el sociólogo Orlando Fals Borda, el economista Antonio García Nossa, y otros más, personalidades de reconocida intelectualidad, transparencia y valentía que arrastraron a muchos demócratas colombianos a la misma.

Mucho, mucho antes de su participación en la Anapo, fue delegado por Sandoná a la única Asamblea Departamental Municipalidades que se celebró en Pasto en esos tiempos, siendo nosotros niños, cuando cubría su concejalía del conservatismo, lo anotamos así porque éramos muy niños. Del objeto político de esa Asamblea no guardamos mayores detalles. Sólo la recordamos como algo anecdóticamente familiar, ya que nos parecía grandioso escuchar sus intervenciones y discursos por las emisoras de la radio de Pasto, que para nosotros eran casi de fábula. Sandoná aún no soñaba con tener una radioemisora; la tuvo pero sólo hasta mucho después. Sentir a nuestro padre por esas emisoras era casi verlo y abrazarlo para nosotros en ese entonces, porque eran las mismas en las que oíamos las radionovelas, la música y sus noticias (las de él). ¡Era esa inmensa caja eléctrica –un Telefunken- y era él ahí dentro!

Cada uno de nosotros guardamos el recuerdo de nuestro padre entregado a la lectura de libros que entonces no entendíamos o a la escritura de textos en algunos cuadernos que compraba para el efecto o en los que le obsequiaban las empresas -a manera de publicidad- o casas comerciales con las que mi padre y mi madre trabajaban; o tecleando en su Remington o aplicado al “dibujo” de caracteres de “letras” de idiomas de escritura cuneiforme u otros como hebreo o japonés o de jeroglíficos egipcios o sumido en el estudio de fotografías de jeroglíficos o de lo que él llamaba “ideogramas” de nuestra América precolombina (fue a él a quien escuché por primera vez la palabra ideograma, y al mismo tiempo me la explicó también). Esto, claro está, siempre y cuando no estuviera en alguna de las labores propias de su otro trabajo, el que compartía con nuestra madre y con nosotros y que nos proporcionaban el sustento familiar.

Máquina Remington que siempre acompañó a nuestro padre.

Cuando salía a alguno de los grandes centros urbanos, emocionado llegaba a contarnos que había encontrado uno o dos libros tras de los que había andado mucho tiempo. Era afiliado a algunas revistas internacionales de la época (Selecciones, Visión y Life son las que recordamos). Casi diariamente compraba la prensa que se editaba en la madrugada en Bogotá y que llegaba al pueblo en el atardecer. Nosotros, niños, no entendíamos el porqué de esa alegría. Pero, al parecer, algo nos quedó guardado de esas emociones de él en nuestros corazones y en nuestro cerebro. Quizá ese haya sido uno de los acicates –junto con la rebeldía que también nos la había engendrado- por lo cual después yo, su hijo, tomé los inciertos caminos de la literatura como opción vital y a eso le haya consagrado la otra parte de mi vida profesional.

Aquí una digresión: Aunque siempre nos aclaró dudas planteadas por nosotros, hay que dejar en claro que él jamás nos “recomendó” por cuál camino debíamos abrirnos paso en nuestra vida profesional ni menos nos lo impuso ni abierta y explícita ni veladamente o por medio de sesgos. Su única indicación general era que cuando eligiéramos profesión no lo hagamos pensando en las cantidades de dinero que devengaríamos y que nos haría ricos en tal o cual profesión. Que no estudiáramos con el único fin de vivir tranquilos de un sueldo –o de atesorarlo- ni por el de ser importantes. Que fundamentalmente lo hiciéramos buscando nuestra felicidad y nuestra libertad –que ambas las proporciona el conocimiento-, en esa profesión escogida para el resto de nuestra vida. Cuando decidimos la de cada uno, siempre nos apoyó, al igual que nuestra madre. Con esto deseo subrayar que él jamás me recomendó el destino de escritor por el que después tercié mi vida -al final de mi juventud e inicio de mi vida adulta- junto con la del magisterio, desde mi inicial juventud. Dejo aquí esta digresión.

No había tema vedado para sus gustos en el mundo del conocimiento. Todo saber humano lo impactaba, aun emocionalmente. Los temas que tuvieran que ver con el saber y la cultura formaban una explosión, casi siempre incomprendida por nuestra infancia. Claro que sus preferencias estaban en el conocimiento de las Ciencias de la Naturaleza, la Filosofía, la Teología, la Literatura, el mundo antiguo con sus lenguas, el mundo bíblico con todas sus reconditeces, la Historia y la Arqueología, que ocupaban una gran parte de sus preferencias bibliográficas y de su tiempo.

Lo complacía el estudio y lectura de la divulgación de las Ciencias Naturales. Junto con la Arqueología, lo llenaban de satisfacción las ciencias que se hacían alrededor de ésta, como el estudio de las lenguas muertas y las antiguas. Su dominio del latín y del griego fue de gran ayuda. Su perfecto dominio del francés le permitía investigar y explorar textos europeos que no se conseguían en Español en ese tiempo. Aun para su vida profesional le era más fácil –en varios casos- conseguir textos en francés que en Castellano. Recuerdo un libro cuyo nombre era “Entomologie et parasitogie appliqué à l’agriculture”, pero no me acuerdo de su autor ni de otro dato como editorial o similares. Mi memoria de él se puede deber a que yo me servía de él para traducir un poco del francés con mi diccionario, y así memorizar algo de vocabulario, en la enseñanza de mi quinto y sexto de bachillerato de entonces (mediados de 1968 a mediados de 1970).

Aprendió por su cuenta –y con la ayuda de una gramática hebrea- a traducir y deducir la pronunciación algunos sonidos no sólo del hebreo bíblico sino también del arameo. Al “dibujar” las letras de esos “alfabetos”, fue encontrando numerosas relaciones (ahora sé que pertenecen a la ciencia llamada Lingüística), que eran anotadas en sus apuntes a mano en cuadernos o en papeles que luego desaparecieron. Cuando ya tuve algún “uso de razón” -muy entrada mi juventud o quizá en el inicio de mi vida adulta-, le rogué que con esos apuntes y esas relaciones encriptadas, escribiera artículos que buscaríamos la manera de publicarlos en revistas sobre estos temas. Me decía que sí, pero como eran muchos sus “frentes”, el tiempo no le alcanzó.

Con sus libros de la Arqueología que en ese tiempo podía procurarse, aprendió a “traducir” algunos textos de lenguas antiquísimas y hoy desaparecidas, p. ej. la escritura cuneiforme sumeria y los jeroglíficos del antiguo Egipto que aparecían en las fotografías de algunos de sus libros. Creo que algunas las comparaba con las que ahí ya aparecían, en esos mismos libros. Se hizo a las bases de esa escritura.

Con la ayuda de una gramática y un diccionario japonés, que le obsequió un familiar, aprendió a traducir este idioma, a “dibujar” su escritura y a encontrar las diferencias de su lenguaje escrito. La razón, más que de dominio en sí de ese idioma con fines de habla escritura y traducción, fue de carácter lingüístico: quería hacer comparaciones entre lo que pudiera de esos idiomas asiáticos del extremo oriente con los antiguos que había ido conociendo y con el kichwa. La ocasión se le presentó con la amabilidad de una persona de allá que había llegado a ser parte integrante de nuestra familia extensa, y que apreciaba a nuestro padre.

Con la ayuda de un diccionario, un catecismo católico y una gramática kichwas, aprendió este idioma: a conjugar sus verbos, a declinar sus sustantivos –declinaciones en algo semejantes a las del latín y del griego- y a familiarizarse con su gramática, con sus particularidades y con los con dichos cotidianos de esa cultura. Con un amigo ingano del Departamento del Putumayo aprendió el Kamsá (también lo he visto escrito como Kamëntzá), lengua de esa etnia dialectal del kichwa, porque los kamsaes o sibundoyes fueron conquistados por los incas. Esto le permitió perfeccionar no sólo su kichwa sino tomar el frente de estudio lingüístico de algunas de las lenguas dialectales provenientes de este idioma al norte del imperio incaico, imperio que llegó hasta el sur de Colombia, a los hoy departamentos de Nariño, a la parte sur del Cauca y a una parte del Putumayo. Involuntariamente se veía abocado a atender esos frentes que cada nuevo conocimiento y su insaciable curiosidad le abrían.

No recordamos con base en qué textos pero sí que uno de sus amigos inganos –cuando regresaba a nuestro pueblo por las correrías propias de sus actividades, de curandero y portador y vendedor de medicamentos naturales- le llegaba a hacer preguntas, a la manera de las tareas y lecciones escolares. Cuando por alguna circunstancia de su trabajo para el sustento del hogar no alcanzaba a cumplir con todo, nos contaba que le llamaba la atención a la manera de regaño. A nosotros, niños, nuestro padre nos explicaba todos esos nuevos conocimientos que iba adquiriendo. Comprenderán que nos era imposible seguirlo. Hacía experimentos de Ciencias Naturales, preferiblemente de Botánica, que era lo que más conocía por sus estudios y su pasado profesional; experimentos que nosotros, niños, no alcanzábamos a valorar. Una anécdota de esos experimentos:

Cuando niños, en Navidad, hacíamos junto con él unos inmensos y muy particulares pesebres que cubrían la mitad de nuestra sala de recibo. Era usual que varias personas –entre vecinos y no vecinos- fueran a admirarlo cada año. Por ese tiempo que relato esta anécdota, él estaba haciendo un experimento con maíz. Tenía muchas planticas del tamaño de 10 centímetros o menos con sus respectivas mazorcas, cuidadosamente guardadas en unas cajas donde venían los hilos y los botones de las obras de costura de las personas que cosían la ropa (en ese tiempo aún se trabajaba de esa manera, con costureras y costureros). Nos había dicho que eran parte de un experimento que él llamaba “Regresión evolutiva” o simplemente “Regresión”. En una de esas navidades, las montó en el pesebre de movimiento como parte del decorado con una minúscula chacra, huerta casera indígena que fue la admiración de los vecinos. Un día, Concha, mi hermana menor y Amparo Rosas, una prima –muy chiquitas ambas-, jugando acabaron con los “juguetes” que para ellas representaban las planticas. Le dolió mucho pero jamás tomó acciones contra las niñas. Le consolaba el que las conclusiones de los experimentos sí le habían quedado; lo supimos cuando éramos un poco mayores; así nos lo afirmó. Que había logrado coronar los estudios que se había propuesto con ellas y que le sirvieron para corroborar las mismas conclusiones e iguales resultados a los que llegó con otros experimentos, uno de ellos realizado con fríjoles, otro con guayabas y otros que  no recordamos, nos explicó.

Era difícil, con nuestra edad e intereses de entonces, tener una idea precisa de ese estudio. Lo que más o menos alcanzo a recordar es que había podido comprobar que –actualmente- al igual que existía una Evolución de la vida “Hacia adelante” (si así se puede hablar), había otra “Hacia atrás” –hacia los estadios anteriores de la misma vida-, y que por estas razones él la llamaba Regresión, en un lenguaje un poco dialéctico, si se quiere. Que todas las especies de los todos los reinos “evolucionados”, hoy y siempre, poseen y han poseído ambas propiedades: evolutivas y regresivas.

Quizá hizo otros experimentos para llegar a tesis, que vagamente rememoramos. Recordamos uno con cactus, pero no nos quedan tampoco los detalles. Los cactus los había traído de la población nariñense de Yacuanquer, en alguno de sus viajes a Ipiales o Las Lajas. Éstos “se daban” sobre los escombros de las tapias viejas que quedaban en las afueras de esa población. Claro que de todo esto tenía apuntes manuscritos en cuadernos, algunos de ellos eran los que nos regalaban las empresas a las que se les compraba las mercancías, como dije. Esos apuntes debieron ser mucho más elaborados que esta simple explicación, porque eran prolijos en letra manuscrita y dibujos explicativos; eso recuerdo. Todo se perdió y no tenemos explicación para esto.

De entre sus obras que no alcanzamos a conocer, nos hablaba de algunas novelas, una de las cuales la había titulado “El padre Pacho”, sobre la cotidianidad de un párroco. Él nos contaba que, mientras estuvo estudiando en el Seminario Conciliar de Pasto, había sido muy cercano a los diferentes sacerdotes de su parroquia de El Ingenio. Él era el único seminarista no sólo de ese corregimiento sino de todo el municipio de Sandoná en ese entonces y visitaba al cura en las vacaciones y le colaboraba en algunos de los oficios religiosos, tal como hoy lo hacen usualmente los seminaristas. De esos días nos relató un hecho muy particular, del que había sido testigo ocular y para cual no tenía explicación (aunque luego, de manera general, trata sobre estos asuntos en su libro Cuyanacentrismo, sin que se refiera a este asunto particular, obviamente):

Nos contaba que en una de sus vacaciones de seminarista, como desde la cabecera del corregimiento de El Ingenio, donde queda aún la iglesia de la parroquia, hasta su casa en la vereda El Alto de El Ingenio quedaba muy retirado -había casi dos horas-, el sacerdote lo invitaba a veces a almorzar o a cenar o a ambas cosas. Hay que recordar que allá en El Ingenio vivían todos sus familiares maternos y paternos también, donde pernoctaba el joven seminarista cuando se le hacía tarde, o también comía. Pero en las ocasiones que el párroco lo invitaba, nos contaba que –de manera inexplicable desde la razón- le caían al señor cura, a la mesa donde almorzaban o en otro sitio de la casa cural, terroncitos o piedrecillas. Que incluso a veces encontraban –de manera también racionalmente inexplicable- excrementos de vaca o de caballos o aun humanos y otras inmundicias. Que el sacerdote le decía que era El Maligno que quería doblegarlo. Que entonces el sacerdote oraba fuerte y que le decía “a mí no me vas a vencer”. Que a nuestro padre le daba mucho miedo, pero que por ninguna razón se atrevió a salir corriendo. Lo consideraba falta de solidaridad. Pero que además ninguna de esas molestias y perjuicios procedían contra él, contra mi padre; que a él no le hacían daño. Ni yo ni ninguna de e mis hermanas recuerda el nombre de ese sacerdote, ni tampoco si nos lo dijo.

Traté de verificar esta historia. Gran parte de la descendencia de los familiares de mi padre, viven allá, en El Ingenio y eso me facilitó las cosas (esta parte la narro con cierta prolijidad, por el respeto que me inspiran este tipo de situaciones humanas, generalmente inexplicables dentro de nuestra lógica usual; y porque no quiero correr el riesgo de ningún sesgo):

Un sacerdote llamado Agustín Martínez se desempeñó como párroco de El Ingenio hasta 1951, año en que la entregó a otro mucho más joven, recientemente ordenado, Fidencio Montenegro (al parecer el padre Marínez cubrió toda la década del 40’). Que el padre Martínez estuvo hasta 1951 lo asegura quien lo conoció siendo niño entonces, el señor Clemente Martínez, natural del El Ingenio, sin ningún parentesco con el párroco Martínez, que también asegura que el padre Martínez “tenía la cabeza blanca como una palomita”, de lo que se infiere que su edad era bastante avanzada. Otra inferencia es que su sucesor, el padre Montenegro, fue enviado allí para que su juventud reemplazara su avanzada edad.

Por otra parte, el señor Pascual Guerrero, hijo del señor  Salvador Guerrero (qepd), síndico que fue de esa parroquia entonces, da una versión más completa –pero no contradictoria-, que se parece a la que nos daba nuestro padre. También menciona el mismo nombre: padre Agustín Martínez. El síndico o “Mayordomo de Fábrica parroquial” era la persona que se encargaba de recaudar y llevar una sencilla contabilidad (ingresos y egresos) de los recursos parroquiales, principalmente de las ofrendas o limosnas de los fieles, pagos de ritos litúrgicos, etc., y de ordenar gastos por pagos, reparaciones, consecución de alimentos, etc.  El señor Pascual relata, más o menos, lo mismo que nuestro padre, aunque hay un relato adicional que le contaba su padre, Salvador:

La casa cural (junto al templo) tenía una pequeña huerta, donde él cultivaba algunas plantas para la preparación de los usuales alimentos de su casa: cilantro perejil, lechuga, remolacha, etc. Cierto día el padre Martínez vio allí a una persona desconocida para él pero vestida normalmente, como cualquier campesino lugareño, que arrancaba algunas de esas plantas. El padre le preguntó entonces, como entre asombrado y molesto imagino, que por qué estaba cogiendo el perejil y el cilantro (sin ningún permiso suyo).

-Para hacer morcillas para los ejercitantes –dizque le respondió.

La “morcilla” –a veces con diferentes nombres y una que otra mínima diferencia en su receta- es un plato de la culinaria criolla colombiana y quizá latinoamericana. Los “ejercitantes” eran los fieles de cualquier parroquia que se dirigían a Pasto a una inmensa casa religiosa y hacían “Ejercicios Espirituales” (charlas, reflexiones, misas con homilías, etc., dirigidas por sacerdotes), pagando su estadía de tres días, durante los cuales debían observar absoluto silencio y recogimiento. Que lo que el diablo le señalaba era que muchos de los ejercitantes iban a los ejercicios con propósitos más “mundanos” que piadosos. Que el padre Martínez era un religioso muy sacrificado, que usaba hasta cilicios, y que por eso El Maligno en persona trataba de quebrantarlo. Que el padre era muy tranquilo frente a esas apariciones.

Que le decía:

-No puedes nada contra mí –y oraba fuerte.

O si había otras personas, se dirigía a ellas les decía:

-Este no puede contra mí –y oraba fuerte.

Que esas apariciones del diablo se repitieron periódicamente, pero que la vestimenta no fue la de una persona normal sino poseído de las usuales maneras con que hemos visto representado al diablo: cachos, cola, etc. Que otras veces no se presentaba sino que le tiraba terrones y hasta excrementos de animales vacunos, equinos y aun humanos (como nos había señalado que vio nuestro padre).

Por deducción, pienso que el tiempo de ocurrencia que se contaban de estos sucesos pudo haber sido entre 1940 y 1942, que deduzco porque la vacación de 1943 (junio o julio) pudo ser año del retiro de nuestro padre del seminario conciliar.

Ya en sus años de concejal municipal de Sandoná, nos contaba de un libro de ensayo cuyo título era “El municipio, célula integral de la nación”, en donde quizá por primera en vez se planteaba la importancia de estos entes territoriales para el concierto de los Estados modernos y por ende para nuestro país. Allí proponía –quizá también por primera vez- la elección popular de alcaldes que siempre se había descartado, por mandato de la Constitución de 1886, vigente. Más tarde fue una de las reformas de La Constitución de 1991. Un anónimo amigo  impresor –no nariñense- le propuso su edición, a lo cual accedió. Le entregó los originales mecanografiados, pero no dejó copias para él. En ese tiempo no había fotocopias. Quizá por premura no alcanzó a hacerlas a la máquina, como era lo usual en ese tiempo, quizá por lo dispendioso para las correcciones en las equivocaciones. Jamás volvió a saber del amigo ni del libro, del que con el tiempo hasta su nombre olvidó. También escribió para revistas y periódicos de Pasto; una de estas revistas nos parece que se llamaba “Actualidad” y uno de los periódicos era El Derecho. Es decir, varias obras desaparecieron aún inéditas, de varios géneros, entre los cuales también la poesía, además de lo que se ha mencionado acá.

EL CUYANACENTRISMO

 

Portada de Cuyanacentrismo. Editorial El Propio Bolsillo. Medellín. 1992. 73 pp. (Impresor Ernesto López Arismendi, en linotipo).

Un libro al que consagró varios años de su vida -y que se sentó a redactarlo en su época de madurez- fue “CUYANACENTRISMO. Teoría social pacifista con base en el pensamiento del ‘Homo americanus. NUEVO DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA”. (Por error de impresión, en la carátula quedó como “teoría social pacífica” en vez de “pacifista”, como él lo tituló. Por su fallecimiento, no alcanzó a ver esa impresión).  Así lo llamó finalmente, aunque como es usual entre los escritores, la mayoría de las veces, el título es lo último que se hace. Él le tuvo algunos otros títulos que recordamos, pero no mencionaremos ninguno más, porque finalmente su voluntad fue dejarlo como Cuyanacentrismo, palabra compuesta del kichwa Cuyana y del latín Centrismo (Centrus), por razones ampliamente explicadas en esa obra. Los escritores sabemos que muy pocas son las ocasiones en que el título viene de primero y, aparejado junto a él, el resto de la obra. El título casi siempre se lo escribe al final y mi amigo el poeta cubano Olivares (José Pérez Olivares) me sentenció un día, a propósito del de un libro mío: “los libros los escriben los escritores; los títulos, sus amigos”. Como toda ley tiene su excepción, ésta “ley cubana” es verdadera.

Mi padre escribía cada parte y luego la reescribía; y así muchas veces. Nosotros no entendíamos ese proceso. Sólo mucho después vine a darme cuenta de su auto exigencia, honradez y escrupulosidad en su trabajo. Mucho más tarde, cuando yo también torcí mi destino por los inciertos caminos del oficio o de la profesión –si así se la puede llamar- de escritor, entendí que era su honradez la que le conminaba a ser exigente consigo mismo.

Alguna vez, en ese proceso de escribir y reescribir, nos contó un hecho extraño o al menos curioso:

A mi hermana Laura y a mi madre (en la mesa del comedor -yo ya no vivía con mi familia entonces-) les dijo por aquellos días se encontraba no sólo fatigado con ese trabajo sino extenuado, exhausto. Que no daba más. Que “tiraba la toalla” definitivamente. Que ya había suspendido el trabajo de manera temporal, y que pensaba dejarlo definitivamente. Pienso que se sentiría además de solo (sin lo que ahora se llama pares académicos) falto de los recursos –principalmente bibliográficos- más elementales para seguir adelante. Entonces provino un sueño:

Él se encontraba solo en un camino, sobre lo más alto de una montaña desconocida y desolada. Caminaba con la angustia y la desesperación que produce la soledad. Cuando –caminando en sentido contrario- venía un hombre extraordinario, barbado, que de inmediato le infundió respeto con su sola presencia. Se acercó junto a él, tomó la palabra y le dijo hablando de manera lenta, con majestad (esta palabras son textuales de su sueño, porque no las hemos olvidado): “Tú –antes- no podías hablar… Y ahora hablas… Dile a los caminos que se levanten… Y ellos se levantarán”. Ahí despertó. Esto lo sobrecogió y, con fuerza renovada continuó el Cuyanacentrismo hasta terminar. Pienso yo, era el sueño de un poeta, lo cual –pienso también- no quita para nada lo extraño y grandioso de ese sueño.

Deseo finalizar esta reseña biográfica de mi padre, Alejandro García Enríquez, con algunos apuntes que quizá sirvan como precisión o guía al actual lector, sobre una parte del proceso de escritura del Cuyanacentrismo, el que hemos podido rescatar:

En 1992 se publicó sólo una parte de la obra (1). Se hizo con el aporte económico de tres familiares: dos sobrinos de mi padre –Orlando García Portillo y Julio García Valencia- y mi persona. Yo acababa de ganar mi primer certamen literario en un concurso; con ese dinero y los aportes de mis primos se lo imprimió. Nuestro deseo era publicar el texto completo, pero no fue posible por los recursos con que contábamos. La carátula de esta edición tiene una viñeta que amablemente me la proporcionó mi amigo Orlando Suárez Andrade, dibujante, pintor y escultor sandoneño.

Él nos aseguraba a nosotros -sus hijos y su esposa-, que había comenzado a concebir la obra desde sus tiempos de estudiante en Ambato, República del Ecuador. En algunos apartes del libro completo e inédito (Introducción) señala que ese comienzo lo hizo en su “primera juventud”:

“En esta parte de la introducción al Cuyanacentrismo, consigno el grato asombro que causó en mí haber observado, alguna vez en mi primera juventud, en Los Andes Ecuatorianos, una persistente celebración aborigen muy tradicional, a la bondad de la naturaleza, Madre Infinita, con el nombre propio de ‘FIESTA DE PACHAMAMA’. Yo ya trabajaba en esa teoría social y desde aquella oportunidad me sentí tan motivado que decidí firmemente superar todos los obstáculos hasta culminar el trabajo que había iniciado. La  fiesta sobreviviría en el tiempo a pesar de las prohibiciones que hubiesen pesado sobre ella” (inédito mecanografiado, pág. 33).

A continuación, hace unas aclaraciones lingüísticas sobre la palabra Pachamama y, por último, narra sintéticamente cómo es la fiesta y su tiempo de duración. Hasta aquí habla, pero no precisa más. Y, aunque en la obra en sí no señala nada al respecto, nos afirmaba que su trabajo, como agrónomo, en Ricaurte le sirvió para hacer más observaciones y deducir más conclusiones. Siempre tuvo amigos indígenas en varias partes. A algunos de ellos, que llegaban a nuestra población a vender mercancías –como ropas de lana ecuatoriana a plazos; o del vecino Departamento del Putumayo venían como curanderos, con medicinas naturales de ellos, etc.-, les encargó unos libros para aprender  ingano y kichwa. Así consiguió el catecismo católico bilingüe, la gramática y el diccionario del kichua ecuatoriano -del que se habló antes- y ahí lo aprendió. Es bueno aclarar aquí que estas personas, quizá debido a los históricos atropellos, son bastante distantes de nosotros “los blancos”, hay que hacerlos amigos y que ellos vean que es una verdadera amistad, que no es sólo por un interés de algo.

Portada del catecismo católico en idioma Kichwa. Su edición es de 1957, de Guayaquil, Ecuador. En página interior, aparece la letra de mi padre rubricándolo en Quito en 1964, cuando al parecer lo compró.

La redacción del trabajo escrito como tal no tiene las fechas ni de su inicio ni de su culminación. He inferido sobre su final, pero no ha sido posible con el inicio de su redacción escrita. Según algunas deducciones, la terminó a fines de 1985 o comienzos del 1986, al parecer. ¿Cómo y por qué lo colegimos? Hay algunos hechos que permiten afirmarlo. El primero es un dato con que, amablemente, nos ha colaborado quien fuera su secretaria a la máquina para esas fechas, la señora Mary Córdoba, vecina y residente de nuestra población en ese entonces y hasta la actualidad. Ella lo recuerda, con precisión dice, porque a mediados de 1986 ella acababa de graduarse como bachiller. En sus estudios le dieron técnicas de oficina y entre ellas la mecanografía. Que fue su primer trabajo pagado, asegura doña Mary. Mi padre sí escribía a máquina –en una Rémington y allí “pasaba” muchos de sus textos literarios, cartas, memoriales, etc.- pero quizá estaba desactualizado en las técnicas y en las normas de los trabajos mecanografiados de la época; además su velocidad no era la de una secretaria y su intención era que su trabajo se publicara para un poco antes de 1992, quinto aniversario de la llegada de los europeos a América.

Una de las páginas del catecismo mencionado en 3ª. Se observan apuntes de mi padre y además un pequeño papel, también con apuntes de él.

Nosotros, aunque vagamente, sí recordamos también que parte de su obra la realizaba en su máquina Rémington o también la transcribía, y re-transcribía, a la señora secretaria desde hojas de cuadernos, de manera manuscrita (insisto, él reescribía incansablemente se obra). La señora secretaria, al comienzo, trabajaba en la Rémington de nuestro padre, en nuestro hogar. Luego ella se hizo a su propia máquina, como se dijo; que el pago de mi padre le sirvió como una parte para la compra. Eso también lo recuerda doña Mary, según testimonió a Concha, mi hermana.

Otros hechos para corroborar la presunta fecha de culminación de la obra: en el capítulo V, para ampliar o sostener algunos argumentos, él señala: “Un esforzado presidente, el de Colombia, Virgilio Barco, sustentó este planteamiento en su campaña presidencial y está intentando ponerlo en práctica durante su mandato”. El gobierno Barco se dio entre 7 de agosto de 1986 y el 7 de agosto de 1990 y aquí el autor habla de Barco candidato y Barco presidente recién electo y luego recién posesionado; esto lo tomamos como otro puntal para nuestra deducción.

Otra afirmación, argumentativa o de ejemplo, es la mención de la Isla de Contadora (Panamá) como centro de reuniones preparatorias para la paz en algunos países centroamericanos. Fueron los llamados “Acuerdos de paz de Contadora” y se comenzaron en los inicios de la década del ochenta, con el llamado “Grupo de Apoyo de Contadora”. En enero de 1983, México hace la propuesta a Colombia y luego a otros países. El 29 de julio de 1985, varios jefes de Estado latinoamericanos anuncian la creación del Grupo de Apoyo Contadora.

También es importante señalar para esta obra por algunas de las afirmaciones, que a veces son parte argumentativa de la misma: la Unión Soviética y el bloque de países socialistas aún no habían colapsado. El Muro de Berlín cayó el 9 de noviembre de 1989 y la Unión Soviética se desintegró 25 de diciembre de 1991. En el proceso de redacción de Cuyanacentrimo aparecen como países en pleno desenvolvimiento aún. No hay un asomo todavía de su colapso, que era un secreto en la llamada “Cortina de Hierro”. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, sí estuvo presente siempre la llamada Guerra fría entre los bloque de poder de occidente y oriente. Es verdad que, a medida que pasaba el tiempo, se presentaron picos de acrecencia y normalización de las tensiones internas en la URSS, en sus países satélites y de aquella con éstos, pero no se esperaba un final tan sorpresivo. Los hechos son tozudos y ocurrieron, pero nuestro padre no llegaría a vislumbrar la caída definitiva de la URSS; falleció a pocos meses de esa debacle, en julio de 1991, a casi seis meses de esos hechos.

Otra situación similar se presenta en conceptos científicos que –para hoy- están mucho más avanzados y, si se quiere, más claros. Nos referimos a temas y conceptos como Nicho Biológico Humano, las partículas subatómicas, el desarrollo de la Bioquímica y de la Biología celular, que cada quinquenio avanzan agigantados pasos.

Sandoná, nuestra población, para la década del ochenta, contaba con una precaria biblioteca escolar municipal. Nada más. Mi padre no contó con “pares académicos” en nuestra población ni en nuestra región para discutir sus hipótesis y su teoría social. Ni hablar de esa maravillosa herramienta actual que conocemos como Internet y menos en una población apartada, situada en unas breñas entre el volcán Galeras y los abismos del río Guáitara.

Desde 1966 nuestro Departamento de Nariño empezó a contar con la televisión. Le llegaba un canal nacional en blanco y negro, por una antena retransmisora ubicada en el volcán Galeras. Pero como nuestra población tiene una montaña que se interpone entre esa torre retransmisora y el pueblo, hubo que esperar hasta 1972 para que colocaran otra  torre retransmisora en una loma cercana y poder ver el mismo canal que los nariñenses veían ya hacía seis años.

Salir hacia un centro urbano donde pudiera acceder a pares académicos, o que al menos le hicieran o escucharan una lectura comentada y crítica de su obra y se la debatieran, era imposible por todo un cúmulo de dificultades, y la ineludibles de tipo económico. Sus ideas y conceptos del Cuyanacentrismo sólo los comentaba con nosotros que, primero niños y luego jóvenes fuimos saliendo del hogar paterno, por razones primero de estudio, luego de trabajo y finalmente de matrimonio. Esto nos permitía escucharlo no de manera sistemática sino interrumpida y, cuando salimos de nuestro hogar, sólo ocasionalmente.

Estos han sido, a grandes rasgos, algunos apuntes con que pretendemos se interprete el sentir del –en su mayor parte- inédito libro del escritor nariñense de Sandoná, nuestro padre Alejandro García Enríquez, quien falleció en Bogotá el 1° de julio de 1991, en la residencia del gran músico Pote Mideros, pues su esposa Alicia Gómez de Rodríguez era hermana de nuestra madre Angélica Gómez de García (así se firmaban ambas), como se dijo antes. Los dos concuñados –el gran músico y el poeta y escritor- sentían una inmensa amistad y un mutuo profundo aprecio y admiración. Sus descendientes hemos seguido otro tanto.

Sus hijos, sus nietos y nietas, sus familiares y conocidos tienen el consenso de que Alejandro García Enríquez fue Un Hombre Bueno “en el buen sentido de la palabra bueno”, como profundamente lo entiende el poeta español don Antonio Machado. Y fue un Hombre Sabio, porque, ¿qué es ser un “Hombre sabio”, sino percibir, reflexionar y actuar oportunamente y con humanismo y humanitarismo en todos los momentos del devenir del hombre, principalmente en aquellos cuya trascendencia forma o puede formar algo definitivo para la sociedad en la que vive? Pero además estamos muy claros de que debió equivocarse también muchas veces. Pero que a pesar de esos errores que pudo haber tenido, siempre pudo mirar con la cabeza en alto y a los ojos a cualquiera de sus congéneres, sin arrogancia pero también sin falsas humildades y modestias.

Por último, deseo resaltar que este ejercicio de escribir el relato biografiado de nuestro padre ha sido no sólo de inmenso placer espiritual para mí, sino que a todos nos ha fortalecido y unido como familia. No sé si sea yo quién para recomendar a tantos padres de familia actuales –o a quienes hagan sus veces, en este cada vez más convulsionado mundo- el que cuenten a sus hijos los relatos de sus vidas. Pienso que eso da un fortalecimiento a cada miembro familiar, que es el germen de una auténtica y verdadera unión familiar y no de maquillaje. Pero además, esos relatos dan un asidero invisible pero propio a cada hijo –de la familia nuclear- o a cada miembro de la familia extensa. Esas historias vivenciales dan, a quien o quienes las escuchan, la fortaleza de saberse pieza fundamental de todo ese entronque y de ese engranaje social que es su familia nuclear y su familia extensa, si se me permiten el uso de esas expresiones.

El haber tenido la narración de sus vidas -y las de quienes les antecedieron- en la voz de mis padres, pienso que me ha permitido comprender el porqué de los comportamientos de mi vida; por qué han tendido y tienden a hacia un lado preferencial y no hacia otro, hacia una visión del mundo y de la sociedad y no a otra. Me ha posibilitado aclarar cuál es “mi Norte”, para buscarlo, encontrarlo y seguirlo siempre, aún en momentos de confusión y frente a cualquier situación inconveniente o aun contraria.

En la próxima y última parte se hará la entrega de una parte de la conferencia (en video) de la ponencia del Profesor Fernando Palacios.

 

***

 

 

EL CANTO GRIS DEL ÁRBOL QUE SE ALEJA CADA DÍA

 

Entre los ladrillos de músculo y hormigón,

Mis huesos describen esta tarde de lluvia.

 

Con su lejana mueca húmeda,

Estos cuerpos míos me advierten el débil fulgor externo

Movido por el viento que acecha.

 

La tormenta espanta mi tranquilidad de cincuenta años.

Mi mujer se aferra a mis cincuenta años

Y ahuyenta con humo y oraciones la borrasca.

 

La mirada de mis hijas gorgotea interminable

En el techo de nuestra casa y me arrulla.

 

Y mi padre nos lee sus versos

-a mi madre, a mis hermanas y a mí-

Y nos mece suave pero persistente entre sus sueños y los ojos de esta lluvia.

 

Ahora nuestros padres se diluyen

Entre el vaho amoroso de la tierra y la carcajada helada de una luna llena.

El resplandor de la sonrisa de ellos me llega a través de la ventana ausente

Y desde el olor de los alimentos preparados por mi madre.

 

Con el estallido de un tictac que rompe cerraduras y sueños,

Mis hermanas, con ojos de ternero degollado,

Abandonan el espejo de la casa grande

Tomadas de la mano de sus maridos, de sus hijos y de sus hijas

Que las miran también con ojos de ternero.

 

No acierto a llegar.

Siempre estoy de partida

Dentro de la miel de mis muros de angustia granítica

Petrificada allá, entre el verde viento de Arturo.

 

El canto gris del árbol que se aleja cada día,

Confundido con el rugido del volcán

Y con el ebrio pájaro de la tarde andina,

Comienza a tejer, entre hilos, la noche.

 

                            A.G.G. (De El Paraíso de las carcajadas ausentes, Pasto, 2016)

 

 

NOMBRÁNDOTE ES COMO VUELVE EL PAN A MIS MANOS, MADRE

 

A Angélica Gómez de García,

                       escondida en mi sangre,

                       in memoriam.

 

Con el viento del Sur me llegan apacibles melodías de distancia:

En el oficio de sus días completos,

Los ojos de mi madre desmenuzan el cariño y el pan

Y amasan las palabras que yo convertiré en soles.

Silenciosa, como siempre,

Te llevaste escondida la gran llave de la noche, madre.

¿Dónde nos guardaste tu lucero?

¿Dónde sigues extendiendo el mantel de nuestras cenas del veinticinco?

He aprendido tantas cosas en estas tardes

Y tú no estabas cuando volví a casa para contártelas.

Pero en mis madrugadas de viaje,

Vuelvo a reclinar mi cabeza sobre tu falda

Para que me cubras con el borde de tu chal y me arrulles, madre.

 

A.G.G. (De El Paraíso de las carcajadas ausentes, Pasto, 2016)

 

 

 

 

 

Notas.-

 

(1).- GARCÍA ENRÍQUEZ, Alejandro. “Cuyanacentrismo. Teoría social pacifista con base en el pensamiento milenario del ‘Homo Americanus’. Nuevo descubrimiento de América”. Editorial El propio bolsillo (impreso en ed. Lealón). Medellín. 1992. 74 pp.

(2).- http://www.las2orillas.co/el-obispo-mas-violento-de-colombia-puede-terminar-de-santo/

 (3) .- http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/biografias/builmigu.htm

 

 

 

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