¿Está bien lo que hizo Mockus?

Por: Aníbal Arévalo Rosero

Luego de conocerse de la particular actuación del profesor Antanas Mockus en el Senado, las redes sociales reventaron en comentarios y ‘memes’, unos a favor otros en contra. Lo que fue muy evidente es que algunos aprovecharon para desfogar sus odios políticos en contra de la izquierda, pero también los que lo catalogaron de inmoral. El hecho es que usted o yo no lo haríamos por razones púdicas o porque no somos capaces de tomar la iniciativa para lanzarnos al ruego con algo que se salga del margen.

En una sociedad moralista como la colombiana esto no es tolerado. Algunos se sujetan a razones de lo público: dicen que el recinto del salón Elíptico del Capitolio Nacional es un lugar sagrado. ¿Qué tan sagrado puede ser un nido de corrupción, donde la gran mayoría de congresistas no estudian, no leen, no saben lo que dicen y se hicieron elegir con un sucio dinero?

Todo parte de lo conceptual, por eso, con la bajada de pantalones de Mockus en pleno 20 de julio, Día de la Independencia de Colombia, en la inauguración del periodo de un nuevo Congreso de la República, medio país se escandalizó y medio país aplaudió la actuación de quien ya nos tenía acostumbrados a una semiología tan singular.

Los conservadores se rasgaron las vestiduras con epítetos que ruborizan y que no dejan de albergar la hipocresía. Parece que no recorren adecuadamente su anatomía con el roce de un espumoso de aloe de vera o del que no maltrata la piel, como el de avena.

Me atrevo a afirmar que lo de Mockus es de connotación artística: un performance, una combinación de arte con crítica al conformismo. Trasciende de lo meramente moralista cuando lo hace un filósofo con una simbología que pone a pensar y a actuar, por eso se ha visto la transformación de la sociedad, no solo cachaca sino colombiana, con elementos como la espada de color rosa, la hora zanahoria o el súper-cívico.

Y si de desnudez se trata, hay un gran hito en el mundo y es el fotógrafo norteamericano Spencer Tunick, experto en fotografiar desnudos en masa. Ha recorrido Europa y América fotografiando multitudes que deciden despojarse de sus ropas; lo que le ha valido afrontar críticas de toda índole: lo público y lo privado, lo tolerado y lo prohibido, lo moral y lo inmoral o individual y colectivo, en una clara señal de que la desnudez nos ruboriza.

Spencer reunió hace unos años a miles de personas de todas las edades, jóvenes y hasta octogenarias, en la plaza de Bolívar de Bogotá, ahí muy cerca de donde sesionan la mayor cáfila delictual del país. Con entusiasmo, no se rasgaban las vestiduras como los moralistas, sino que se despojaban de estas ataduras que disfrazan nuestra propia naturaleza.

Son actos pacifistas que comunican, conmueven, critican y hasta cambian el rumbo de la historia, como lo hizo el tan memorable músico y líder de la paz mundial John Lennon. En 1969 cuestionó las agresiones mundiales, en particular la Guerra del Vietnam, por ello decidieron junto con su esposa Yoko Ono, pasar unos días en cama a la vista del público con la presencia de periodistas.

Permanecieron durante dos semanas en dos ciudades en lo que llamaron ‘las encamadas por la paz’. Ante la imposibilidad de hacerlo en Nueva York, lo hicieron en Ámsterdam y Montreal. El mensaje de Lennon era muy simple: matamos a cielo abierto pero el amor lo hacemos ocultos. Lo que se resume en una sencilla frase que hizo carrera por el mundo: “Hagamos el amor y no la guerra”.

En consecuencia, criticar todo el mundo lo puede hacer, el actuar es de muy pocas personas, pero sobre todo cuando se trata de salirse de la línea. Repetir como loros un discurso lo hace cualquiera; inventar cosas nuevas es de locos positivos y propositivos.

No hay ley o norma moral que pueda castigar tal comportamiento. Lo de Mockus es auténtico, y quien quiera repetirlo le queda un soberano ridículo.

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