Esta noche he visto, he escuchado

Esta noche he visto como las fuerzas legítimas del Estado se convierten en bandas criminales.
He visto a ciudadanos correr para huir de la persecución policial. He visto como los alcanzan, los atropellan con sus motos y los golpean con sus armas.
He visto a hombres vigorosos caer al piso diezmados en sus fuerzas por tantos golpes, puños y patadas que recibieron, hasta dejarlos desmayados.
Hombres vigorosos sujetados por brazos cobardes de frente al verdugo, quien sin misericordia, dispara sus armas asesinas a quemarropa.
He visto a hombres cobardes camuflados entre la gente decente para luego, más tarde, dispararles sin consideración alguna.

He visto a bellas mujeres, inteligentes, denunciando ante el mundo los vejámenes a los que fueron sometidas por machitos atarbanes microcefálicos. Y a otras, con peor suerte, ser arrastradas por las calles, sin clemencia.
He visto como estos machitos, atarbanes, microcefálicos, cobardes, pendencieros, asesinos, se meten a las casas sin ser invitados, interrumpen el sueño de hombres y mujeres mayores y, sin misericordia, los golpean.

He visto madres siendo testigo de la golpiza que le propinan a sus hijos estos hijos de la patria que algún día juraron defender la ciudadanía y hoy defienden los intereses de poderosas mafias criminales narcotraficantes. Mientras estas pobres mujeres, desconsoladas, lloran, ante la puerta del enemigo embrutecido suplicando algo de piedad, algo de humanidad.

He visto animales corriendo despavoridos de un lado para otro, sin comprender qué es lo que pasa, sin comprender por qué los humanos se comportan peor que bestias primitivas. Mientras corrían, uno, aturdido, no pudo más y cayó indefenso en una calle cualquiera. Pocos lo lloraron. He visto como esos seres cobardes usaron estos nobles animales como escudos. ¡Malditos! ¡Mil veces malditos! Los caballos y los perros son siempre bellos libres, no sometidos a sus intereses mezquinos.

Hoy he escuchado a periodistas de grandes medios, los medios poderosos, los medios de los ricos, lamentarse porque una pared fue rayada, gemir porque una virgen fue destruida, denunciar ante la sociedad que dañaron los buses y que quemaron los CAI. A estos periodistas de grandes sueldos no les he escuchado hablar de los hombres y las mujeres que fueron asesinados por las armas del Estado.

Hoy he escuchado también a otros periodistas que sin tener grandes audiencias ni recibir grandes cantidades de dinero se han acercado a la candela, al fulgor del momento, y nos han transmitido lo que otros no quieren que veamos, lo que otros quieren silenciar y que ojalá nunca sepamos.

Hoy he escuchado como la gente de bien señalan a quienes exigen justicia de vándalos y a sus líderes como atizadores del odio. Un ministro, un hombre chiquito y envejecido, torpe y estúpido, se ha lamentado y nos ha amenazado. Nos ha mandado a decir que si seguimos reproduciendo lo que pasa en las calles nos van a judicializar. Nos ha dicho que nosotros somos los culpables de la guerra que se vive en las calles, Se equivoca, ministrico, si he de optar por algún bando, siempre, sin dudarlo, será el que defiende la vida y la paz. No lo dude.

Hoy, desde una finca convertida en prisión, un hombre menudito, responsable de los peores crímenes que han azotado mi patria, que aún no entiende que estar preso no es estar secuestrado, se ha apoderado de un teléfono y le ha ordenado a su marioneta, un hombre peor que cualquier otro, un mequetrefe, un tipejo sin dignidad, que declare una guerra a muerte contra la ciudadanía indefensa hasta que le quiten los grilletes de los pies y las manos.

Este hombre menudito, este matarife, cree que Colombia es otra de sus fincas y que todos somos sus peones. Te equivocas. Si los cobardes son mil veces malditos, tú, hombrecillo sin decencia, eres mil millones de veces más maldito aún. Puede ser que algunos aún te idolatren y tengan tu rostro colgado en las paredes de su sala o, peor aún, de sus alcobas. Puede ser que algunos todavía te dibujen sacros corazones y crean que eres el iluminado, el mesías, el padre de la patria. Pero hoy, hombre menudito, también he visto como de las calles de este suelo ensangrentado tiran tu rostro a la basura.

Quieres guerra, pequeño hombre, pero nosotros queremos construir una nación en paz, una nación libre, una nación democrática. En ese anhelo incesante, tú no podrás seguirte atravesando. Tu tiempo ha terminado.

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