Guarocracia para el campesinado nariñense

Por:  Pablo Emilio Obando Acosta

Por uno de esos azares de la vida estuve presente en una reunión política en uno de los corregimientos de un municipio del departamento de  Nariño. Quizá estuve en el lugar equivocado. O tal vez las circunstancias se presentaron para que sea  testigo de la manera como nuestros políticos continúan aprovechándose de la ingenuidad y falta de cultura y educación de nuestros campesinos y a punta de licor y chapil llevarlos hasta las urnas.

Fue indignante mirar las escenas en las cuales estos campesinos quedaron, literalmente,  orinados, defecados y tirados en el piso después de una noche de música, jolgorio y parranda disfrazada de política.  Campesinos que llegaban de sus caseríos alumbrándose con una pequeña linterna por cuanto en sus veredas y en sus caminos no existe la energía eléctrica; llegaban cansados, jadeando lo recorrido, ansiosos quizá de una buena noticia que redima las angustias de su existencia.

Pero no, se encontraron con lo mismo de siempre, las palabras fofas y  vacías de unos políticos que encaramados en una tarima vociferaban contra sus oponentes encendiendo el animo sin que ello implique una verdadera solución para sus reales necesidades como el acueducto, el alcantarillado o el arreglo definitivo de la única vía de acceso que les permita un contacto con los centros de poder y de comercio. Afiches por bultos, publicidad hasta en los tejados, un despliegue absoluto de poderío económico representado en chalecos, banderitas, calendarios con la fotografía sonriente del candidato y un despliegue de recursos que se haría largo referir.

Y lo mismo de siempre, las mismas artimañas contra un pueblo y unos campesinos que son arrastrados a las urnas movidos por el odio al rival  y la constante resignación a todos sus males como si fueran un legado de su fe. Nada importaba que en esta vereda su carretera sea una trocha polvorienta y peligrosa, que la pobreza de los campesinos sea tan notoria como su hambre, que el único puesto de salud se encuentre en condiciones deplorables y lamentables por ausencia hasta de un esparadrapo, que la escuela no cuente con material pedagógico apropiado y que cada día los productos agrícolas y pecuarios se pudran por la imposibilidad de llevarlos a los centros de acopio. Bastó un jugo y un pequeño pastel para seducir a la audiencia que conmovida por las palabras de los oradores se emocionaron al extremo de continuar toda la noche en una verdadera parranda y una rutilante orgía de licor y chapil.

En la vereda el día amaneció con la imagen de los campesinos tirados en el piso, confundidos con la maleza y el polvo de los caminos, cubiertos con la ingente publicidad de uno de los candidatos, que si bien no estuvo presente, si fue representado por quienes fungieron como organizadores y oradores. En mi camino hasta la tienda de la vereda los vi tirados a montones, orinados, defecados, perdidos en su mirada e insensibles ante su propia realidad. De sus bocas únicamente salían vivas al candidato y vituperios para quienes osen votar por el “candidato contrario”.  Su milenaria pobreza y marginalidad de campesinos los hacia vulnerables a cualquier tipo de vejámenes y malas prácticas electorales.  Fui testigo de uno de los hechos más deplorables y bochornosos y que, seguramente, al darlos a conocer, me granjeará enemistades y amenazas.

Me pregunto cuando será que nuestros políticos cambiarán su forma de hacer proselitismo, que en vez de llevar licor y embriaguez a los campesinos les llevan cultura y educación o, por lo menos, un bálsamo para sus heridas producto del gran abandono estatal.  Que su compromiso sea para que las carreteras veredales sean una pronta realidad, para que se busque una manera efectiva de comercializar sus productos y que sus hijos, los hijos de los campesinos, cuenten con una buena escuela y un mejor restaurante escolar.

Esa imagen del campesino tirado en el piso, orinado, defecado y en completa embriaguez es quizá la sentencia que cada cuatro años se repite en sus veredas y corregimientos, la clara expresión de lo que ellos representan y significan para los doctores de la ciudad, la clara muestra de que nada significan para la democracia y el desarrollo de los pueblos, un claro síntoma de que sus gobernantes los miran como a ciudadanos de tercera o cuarta categoría, que nada importan salvo cuando se trata de acercarlos a las urnas untados de excrementos y orines.

Una verdadera lastima que se conciba la política de esa manera tan abyecta y cruel, que una vez pasadas las elecciones se seguirá brindando únicamente a nuestros campesinos abandono y corrupción.  No se si estuve en el lugar equivocado o si es mejor callar estas atrocidades que nos arrugan el alma. Lo cierto es que esa es nuestra democracia para nuestros pueblos; una vez pase el escándalo electoral y se ciña la corona el bufón mayor los campesinos serán ignorados y su gente condenada a nuevos olvidos y humillaciones.  Así los conquistan, así los olvidan, así los condenan a sus propias desgracias y vejaciones. Son simples campesinos, son simples fichas de una democracia que a unos cuantos privilegiados les otorga el dominio de toda la cosa pública y a ellos les concede la herencia de la pobreza, el abandono y la falta de carreteras, centros educativos, acueducto, alcantarillados y centros de salud.  Buen canje el de nuestros políticos que a cambio de futuro otorgan el don de la ignorancia y la embriaguez a sus campesinos.

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