Hacer trizas la soberanía

Por: Tirso Benavides Benavides

 

Aunque para muchos colombianos lo peor y lo más comentado del encuentro en Washington entre el presidente Iván Duque y su anfitrión, el impredecible Donald Trump, fue la chaqueta de la primera dama, hubo un hecho mucho más grave y que al menos a mí –que poco sé de moda- me causó vergüenza ajena y dolor de patria. Me refiero a la manera como el mandatario gringo pisoteó nuestra soberanía en las narices de quien se supone es la primera autoridad del país, quien cual convidado de piedra guardó silencio mientras el magnate disponía de Colombia como si fuera una de sus empresas.

La escena en que se manoseó de frente la autodeterminación del Estado colombiano ocurrió durante una rueda de prensa en el Salón Oval, lugar que hizo famoso Bill Clinton por otra clase de manoseos. Ahí estaban los dos presidentes frente a una multitud de cámaras y de periodistas.

  • ¿Enviará 5 mil tropas a Colombia? –Pregunta una periodista a Trump.
  • ¡Ya veremos! –Responde arrogante como siempre el millonario presidente.

Mientras tanto Duque calla y la única reacción que se ve en su rostro es una sonrisa cómplice, cómplice como su silencio ante la aparente decisión de enviar hombres de las fuerzas armadas norteamericanas a nuestro territorio, como si fuéramos una colonia. Y esta no es una situación improbable que deba tomarse a la ligera, más teniendo en cuenta la volátil personalidad de Trump y del venezolano Maduro a quien quieren deponer y quien también ha usado un lenguaje beligerante.

Para lo que sí abrió la boca el presidente colombiano fue para defenderse como un subalterno que rinde cuentas cuando se tocó el tema de los cultivos ilícitos, un tema en el que las políticas se han dictado desde la Casa Blanca desde hace décadas, desde tiempos de Nixon, cuando empezó la guerra frontal contra las drogas que ha sido un fracaso y en la que nuestro país ha puesto el mayor número de víctimas mientras los gringos siguen siendo los principales consumidores de este mercado ilegal, que como todo negocio ilegal genera enormes ganancias que sirven para financiar una guerra eterna. La oferta existirá mientras exista la demanda.

Y lo peor es que el camino escogido por el actual Gobierno es el peor de todos, obediente a los lineamientos estadounidenses y según se ve en el Plan de Desarrollo la principal estrategia consiste volver a las fumigaciones con glifosato sin importar los efectos nocivos que la aspersión de esta sustancia –prohibida en Estados Unidos y que nos vende Estados Unidos- ocasiona en otros cultivos y sobre todo en la salud de la gente que trabaja o habita en las zonas donde hay cultivos de uso ilícito.

Un ejemplo cercano de los posibles efectos de estas fumigaciones puede verse en el corregimiento Las Mesas, municipio de El Tablón, una de las zonas más impactada hace unos años por esa lluvia de glifosato y en donde, según dio a conocer el periodista David Sánchez en Noticias Caracol, hay cerca de 60 niños con algún tipo de malformación o enfermedad congénita física o mental, algo inusual en una población que no supera los 2 mil habitantes.

Ojalá el presidente Duque viera las imágenes de esos menores y pensara en ellos la próxima vez antes de cerrar la boca ante la interferencia externa en políticas que afectan directamente a los colombianos y no a quienes las imponen desde afuera. Igual sucede en caso de una intervención armada en Venezuela, Colombia llevaría la peor parte, por su extensa frontera recibiría los coletazos inevitables de una guerra que no se sentirían en los Estados Unidos, como por ejemplo una posible retaliación armada o el incremento del ya desbordado fenómeno de la migración desde el vecino país.

A veces pienso que el joven mandatario colombiano todavía no se las cree. Que le hace falta auto reconocerse como Jefe de Estado para que asuma con independencia su papel y tome las decisiones que más le convengan al país y a su gente, sin importar lo que diga desde afuera Trump o desde adentro el senador Uribe a quien el mismo Duque llama presidente, olvidando que el presidente es él.

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