Hasta luego Camellito

Por: Miriam Lucy Obando Acosta

Con real y profundo dolor me entero de la muerte de mi amigo Jorge Luis Cabrera Cabrera, más conocido como el camello, como sus más allegados le decíamos con aprecio y cariño, víctima de un fulminante paro cardiaco.  Pero yo diría que murió de vida, de existencia, de sentir en su alma y en su cuerpo la misma intensidad de la vida.

Quienes lo conocimos no podemos dejar de recordarlo como un hombre alegre, jovial, mamagallista y amigo de sus amigos.  Fue educador, comunicador social, líder cívico, investigador comprometido con su gente y su región, un incansable luchador de las causas populares y un bohemio en todo el sentido de la palabra.

En los últimos años de su vida se había dedicado de lleno al periodismo, diría yo que fue nuestro Garzón por su manera autentica y peculiar de presentarnos los hechos. A más de uno nos arrancó una sonrisa mientras nos hacía pensar y ahora tenemos que decir lamentablemente que nos arranca una lágrima con su partida.

Laboró en muchas instituciones educativas del municipio de Pasto y siempre mostró sus afectos por las nuevas generaciones que aprendieron de él a comunicarse, a no tener rodilleras, a decir las cosas de frente y sin tapujos.  Sus ideas siempre estaban en movimiento y sus palabras nos permitieron entender que es necesario abrazar la verdad por encima de amigos o compadrazgos.

Murió en su ley, haciendo lo que más le gustaba, el buen periodismo. Se destacó como sindicalista ocupando los cargos de secretario de comunicaciones en SIMANA y fiscal.  Obtuvo el título de comunicador social en la UNAD y ejerció la docencia dejando siempre la inquietud por el periodismo y la información entre sus discípulos.

Permítanme decir que murió de vida, de alegría, de pasión por todo aquello que hacía y sentía.  Sin duda alguna un amigo ejemplar que siempre nos dió catedra de humanismo y solidaridad. Gratos y buenos momentos vividos en su presencia y en su palabra y hoy únicamente tenemos que agregar que fuimos afortunados de conocerlo y tenerlo como uno de nuestros mejores maestros en el arte de la palabra. Paz en su presencia que ahora es invisible pero real y palpable en su sentida ausencia.

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