Héroe nariñense José María Hernández es «El personaje 10 del día»

Ahora que la patria se encuentra inundada de prohombres de abolengo, urgidos de sencillez, me arriesgo a presentar a un campesino nariñense, nacido y criado entre los taciturnos y gélidos vientos de las fronterizas breñas del municipio de Pupiales, de quien conozco una mínima biografía, en un libro sin editorial ni fecha ni ciudad,  con una diagramación y diseño desafortunados y un estilo empalagoso, a pesar del periodista que firma el prólogo, pero que, por lo menos para quien esta líneas escribe, es lo único escrito que se conoce (“Huella y camino de un héroe”, Luis Arteaga Moreno).

   Nació nuestro héroe, éste sí héroe, el 17 de enero de 1892 y desarrolla la infancia en su vereda de Guachá, de donde salió a la cabecera municipal para sus estudios primarios. No se habla de estudios secundarios ni menos universitarios, inaccesibles en aquellos tiempos para las medianas clases medias. En 1910 muere don Víctor Hernández, su padre, y pasado un tiempo doña Rosario Vivas vuelve a contraer matrimonio con el músico ciego Arquimedes Morán. La vida con su padrastro tuvo inconvenientes desde el comienzo y, en 1914, nuestro héroe se engancha como obrero del Dpto. para instalar la línea telefónica Pasto-Mocoa. Acabado el contrato se queda a vivir como colono en Puerto Asís (Putumayo) quizá con “Juan Gálvez, José Narváez, Pioquinto Sierra / como robles entre robles… /…un hombre de la orilla / un hombre de ligeras canoas por los ríos salvajes”, de Aurelio Arturo. Y se casa allá con Gregoria Iles y tiene hijos.

1932, sobreviene la guerra. El vecino Perú corre linderos y el 1 de septiembre nos invade. Jamás nuestro país está preparado para cosas semejantes. Al igual que más tarde ocurriría con el vergonzoso episodio de la fuga de Pablo Escobar, y con los errores que se han vuelto el plato semanal por estos días, comienza en nuestro ejército de entonces una de órdenes y contraórdenes. No hay carretera hacia esa frontera, sólo el camino de herradura Pasto-Mocoa y el resto a lomo de río entre la selva. Entonces es cuando el ya próspero comerciante José María Hernández se ofrece ante el General colombiano Efraín Rojas para servir de guía a las tropas, trabajo que luego se le cambia por el de identificar la ubicación y pertrechos de las del enemigo, para algunos conocido como el de espía, pero sin remuneración. En la misión es descubierto ante el invasor por un indígena. Es llevado a Iquitos y sentenciado a muerte con cargos de espionaje en un sumarísimo consejo verbal de guerra. Es ejecutado el 17 de abril de 1933, a pesar de que para entonces ya había acuerdo –no firmado- entre los gobiernos de Colombia y Perú ante la Liga de las Naciones.

La Ley 99/36 concede a su única sobreviviente, su hija Justina, la suma vitalicia de $30,oo mensuales. El Ministro de Guerra, Gral. Hernando Correa Cubides, deroga, en acto administrativo, esa ley de la república “por motivos de orden público”. Jamás los recibió doña Justina. Tuvo menos suerte que la joven viuda del ex presidente payanejo de doce días, muerto en el 2003 (quien le sobrevive con una pensión ex presidencial), doce días que le alcanzaron para que sus paisanos le celebraran todos los honores presidenciales en su tierra natal. “Oh, gloria inmarcesible”.

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