Ipiales (Nariño) y Líbano (Tolima). Dos ciudades hermanas

– Homenaje al maestro Eduardo Santa (Líbano, 2 de enero de 1927 – Bogotá, 2 de mayo de 2020) –

Después de la Segunda Guerra Mundial, mientras los vencedores se repartían el mundo a su antojo, las ciudades buscaban la forma de resurgir de entre los escombros, de tal manera que, acudiendo al sentimiento solidario, no solamente los individuos o las familias buscaron ayuda entre sí para recuperarse, sino que lo hicieron también las ciudades. Desde entonces existe en Europa el hermanamiento entre ciudades que, por una u otra razón, encuentran nexos comunes, cualesquiera que sean, para ayudarse y cooperar mancomunadamente en su desarrollo sostenible.

Estudiando las historias de Ipiales y Líbano, encuentro similitudes que nos muestran muchas cosas en común, pero aún más, repasando nuestra historia familiar y nuestro quehacer intelectual, encontramos también que muchos de nuestros amigos son de esa tierra tolimense; entonces me da por creer en los caprichos del universo, en creer que no hay nada que surja por azar, sino que estamos inmersos en un juego sideral que juega caprichosamente con nuestros destinos.

Una de las principales tradiciones de ambos pueblos es su liberalismo, en ambas se esparcieron las ideas sindicales, fruto del trabajo concienzudo de sus dirigentes al crear sociedades culturales organizadas; en ambas la prensa liberal toma su asiento y las ideas se esparcen como pólvora para alimentar el coraje contra hegemonías e invasiones; en Líbano se gestó la fracasada primera revolución comunista en América por allá en 1929; fueron ipialeños los primeros mártires de la Independencia en la Nueva Granada, cuando apoyaron a los patriotas Quiteños para invadir a la realista ciudad de Pasto en 1809.

En diciembre de 1900, el general Avelino Rosas, apodado “El León del Cauca”, se encuentra en el Tolima y en las montañas del Quindío, buscando adeptos y apoyo para la causa liberal; se reúne con su Estado Mayor en Líbano, partiendo de ahí para el norte del Cauca, sin embargo es hecho prisionero por el ejército conservador de Santa Rosa de Cabal, un humilde campesino lo captura y lo entrega a los oficiales, a quienes debe entregar su espada como prueba de su derrota, es enviado a Buga, de donde escapa; continúa sus hazañas en el sur de Colombia, donde había recibido el apoyo del presidente ecuatoriano Eloy Alfaro, establece sus cuarteles cerca a Ipiales, dirige la Batalla de Puerres, donde es vencido y herido, para ser finalmente asesinado en el lugar donde recibía atención médica. Uno de los principales biógrafos de Rosas es el libanense Leónidas Arango, nuestro amigo, quien visitó Ipiales buscando los restos del General, los cuales fueron sustraídos de su tumba y cuyo paradero es aún desconocido.

El líder indígena caucano Quintín Lame Chaustre hizo del Tolima el teatro de sus escenarios reivindicatorios, hasta el punto de forjar toda una revolución y un ideario indigenista que sembró el temor en las añejas élites colombianas, el árbol del Líbano bíblico fue su símbolo mítico fundacional; en Nariño combatió en la Guerra de los Mil Días, obligado a militar con los conservadores caucanos, formó parte del ejército que derrotó al General Avelino Rosas, y al ser licenciado del servicio militar se lo nombró inspector de rentas en la jurisdicción de Ipiales; quizá el pensamiento revolucionario de los Bolcheviques del Líbano y el pensamiento de la escuela de Juan Chiles, aprendido con los indígenas Pastos de la ex provincia de Obando, forjaron el espíritu rebelde de Quintín Lame.

El malogrado presidente Miguel Abadía Méndez debió sortear las protestas del 7 y 8 de junio de 1929, cuando la ciudad de Bogotá se levantó para protestar contra “la rosca”, es decir la corrupción imperante en el gobierno, de tal manera que los estudiantes universitarios se unieron a las marchas y el 8 de junio, en horas de la noche, cae víctima de la represión militar el estudiante ipialeño Gonzalo Bravo Pérez, conmemorando desde entonces el día del Estudiante en Colombia; un mes y 20 días más tarde, las fuerzas represoras del gobierno de Abadía frenan el levantamiento revolucionario de los Bolcheviques en Líbano, dejando una estela de muerte.

Fueron líderes libanenses los primeros en sumarse a las ideas socialistas de Jorge Eliecer Gaitán en los años 30, y fue Ipiales la “Plaza Roja” que le permitió al patricio colombiano alcanzar nuevamente un puesto en el Congreso de la República, visitando por primera vez la ciudad fronteriza en 1933, el mismo año en que fundó el movimiento político Unión Nacional de Izquierda Revolucionaria (UNIR).

Las dos ciudades, para bien o para mal, no han sido ajenas al discurrir político de godos y cachiporros; y pese a las marcadas diferencias que aparentan los dos partidos políticos que marcaron el derrotero del país durante décadas, en el fondo están formados por hombres de carne y hueso, muchos de los cuales antepusieron el fervor político a la comprensión humana; Guillermo Chaves Chaves, político conservador, quien como Representante y como Senador lideró la lucha por la igualdad jurídica de la mujer en Colombia, ideas por las que fue acusado de “marxista”, como se puede leer en los Anales del Congreso de 1946, tuvo entre sus amigos a importantes personajes liberales, muchos de ellos tolimenses. Eduardo Santa, siendo asesor jurídico del Ministerio de Gobierno, cargo que ocupara también el abogado nariñense, fue el encargado de compilar y anotar lo referente a la Propiedad Intelectual en Colombia, que nace gracias a la ley 86 de 1946, cuyo ponente fue el “distinguido jurista y parlamentario” al decir del maestro Santa en el libro La Propiedad Intelectual en Colombia, publicado por el Ministerio de Gobierno en 1959 y que recoge, en parte, lo dicho por lo publicado por el mismo ministerio en 1954. Nuevamente ahí están unidos, en el pensamiento y en la idea de construcción de patria, dos pensadores de Ipiales y Líbano.

Y deberán disculparme el recurrir a la historia familiar y personal contantemente, pero si no volvemos a nuestro propio fogón, a nuestra tulpa en términos de nuestro sur, si no narramos nuestras propias historias, nadie lo hará por nosotros. Así que me doy por dispensado.

Dentro de mis amistades, tengo el grato honor de contar entre ellas a quien considero uno de mis más grandes amigos, con quien hemos compartido varias faenas académicas y humanas, se trata del filósofo Damián Pachón Soto, libanense, a quien conozco desde hace varios lustros; lo he visto crecer académicamente, desde sus primeros ensayos cuando formábamos parte del comité editorial de la revista Planeta Sur de la Universidad Nacional de Colombia, hasta acompañarlo a recibir los reconocimientos de sus trabajos de grado como maestro y como doctor, ambos Summa cum laude. Inmerecidamente, creo, soy el prologuista del primer libro que publicó Damián, además tengo el honor de que mi más reciente libro de poesía lleve un profundo y sentido prólogo suyo.

Tiene la ciudad tolimense la gran ventaja de contar con una importante tradición editorial, en donde permanentemente aparecen libros de sus autores que rastrean el quehacer cultural de su pueblo, publicados por la Biblioteca Libanense de Cultura, cuya alma y nervio es Carlos Flaminio Rivera, a quien siempre vemos en el organizado espacio de la Alcaldía de Líbano en la FILBO, una experiencia que puede aportar mucho para la cultura del Sur de Colombia.

Del Líbano es nuestro ilustre amigo Pablo Pardo Rodríguez, director de Caza de Libros, en donde muchos ipialeños hemos publicado nuestros textos, entre otros Julio César Goyes, Henry Manrique, Julio César Chamorro, Jaime Rodríguez Pantoja, Ramón López, ahí tuve la fortuna de publicar mi primer libro: El vuelo del kinde. En una sabia decisión, la Casa de Montalvo Núcleo de Ipiales condecoró a este libanense con la presea Nubes Verdes, de tal manera que es un ipialeño más.

Ipiales, Nariño y Líbano, Tolima, dos ciudades hermanadas en sus gestas revolucionarias, en sus principios liberales, en la búsqueda a todo trance de la autonomía y la independencia; cuna de hombres que han contribuido con la construcción de la nación colombiana; pueblos libres hermanados en su rebeldía, que han crecido “como potro salvaje con el asco del freno”, al mejor decir de la poeta ipialeña Blanca Morillo Benavides, pueblos que esperamos algún día oficialicen esta hermandad que, como se ha demostrado, está latente en su historia durante siglos.

Con esto queremos rendir un breve y sencillo homenaje al maestro Eduardo Santa, estudioso de la realidad colombiana, está hoy con los Arrieros y Fundadores que inventaron pueblos, forma parte de un capítulo importante de El Libro en Colombia y hoy está más que nunca siguiendo el rastro de Don Quijote por los Caminos de América. Se ha integrado al Cosmos el sábado 2 de mayo en la ciudad de Bogotá, rodeado de los suyos, a quienes enviamos nuestro más sentido abrazo solidario.

Mauricio Chaves-Bustos

Bogotá, en el Bosque Popular, a mayo 2 de 2020

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