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Jaime Garzón o la risa reprimida del pueblo

Texto leído en el homenaje al humorista Jaime Garzón (1960-1999). “El humor en los tiempos de la cólera”, auditorio Margarita González, Edificio Rogelio Salmona, Universidad Nacional de Colombia, agosto 10 de 2017. Participaron: Juan Manuel Roca, Fabio López de la Roche y Julio César Goyes.

Por: Julio César Goyes Narváez. Profesor asociado del Instituto de Estudios en Comunicación y Cultura –IECO, coordinador de la Maestría en Comunicación y Medios de la Universidad Nacional de Colombia.

Foto: Izq. Mario Figueroa, Julio César Goyes, Junan Manuel Roca, Fabio López de la Roche. Escuela de psicoanálisis y cultura, Universidad Nacional de Colombia

En la diversa cultura del humor hay personajes emblemáticos, valga recordar a Buster Kiton, Chaplin, los hermanos Marx, para el caso norteamericano y europeo; a Mario Moreno “Cantinflas” y Roberto Gómez Bolaños “Chespirito”, para el Latinoamericano; a los caricaturistas Pepón y Rendón o al humorista político Jaime Garzón, en Colombia. De cualquier forma, los sentidos sociológicos y antropológicos no se agotan; es más, se resignifican en la historia de la risa cada vez que se nombran, pues las redes sociales se han encargado de borronear los límites entre lo local y lo global. Reactualizar una figura tan incisiva como la de Jaime Garzón, es calibrar lo que esta representa hoy para la memoria posacuerdos o posconflicto armado de Colombia, nadie puede negar las emociones encontradas que continua cobrando en grandes sectores sociales: desde la satisfacción por lo que hizo, hasta el dolor y la indignación por lo que ya no pudo seguir haciendo, dado que los truenos de acero de los obscuros poderes que crecen al amparo de la corrupción en los estados débiles, terminaron derrumbándole los últimos dientes que al fino crítico le quedaban.

Hay muchos discursos sobre este histriónico humorista político, incluyendo el de la impunidad y el de la falta que le hace a este país de la vergüenza solapado de solemnidad y leyes. Lo que voy a intentar en este homenaje denominado El humor en los tiempos de la cólera, promovido por la revista Desde el Jardín de Freud de la Escuela de psicoanálisis de la Universidad Nacional de Colombia, es avivar la experiencia subjetiva del crítico mordaz de la vida política, de los efectos en la cultura mediática y lo que supuso como fenómeno comunicativo televisivo que hacia reír a todos espectadores sobre el poder que ellos mismos representaban. Intento leer el acto de enunciación donde se dibuja el sujeto de carne y hueso que afloraba cada vez que hablaba en público o cuando lo hacia a través de sus textos audiovisuales. Este sujeto que me interesa pergeñar enseguida no es el lógico-cognitivo que está detrás del diseño de la eficacia comunicativa del mensaje político, no el racional, sino el poético-narrativo, el emocional e inconsciente que surge en el mismo acto de la enunciación, incluso en los audiovisuales que rondan entorno de su muerte. Este sujeto que conectó a las grandes masas del pueblo colombiano con la crítica mordaz a los gobernantes de turno –enseñando de paso cultura política–, es el que usa todo el espectro del lenguaje (signos, imágenes, deseos, sueños, símbolos) para dar cuenta del miedo, el dolor y el oprobio, condiciones en que se mueve la historia más reciente de Colombia.

Lo primero que quiero pensar es el hecho mismo de hacer humor –casi digo hacer el amor– en tiempos en los que pulula la cólera y el cólera, la juntura de estos dos términos no es gratuita: si, por qué por un lado, es una enfermedad efecto contagiosa en la que la diarrea puede hacer desaparecer a un cristiano del mapa y, por otro, es el enfado, el enojo y la ira. Sin embargo, la semejanza es posible en una fórmula garzoniana: a más ira más diarrea, o mejor, no se acabará la diarrea si la ira no cesa, por más que el himno patrio quiera convencernos de que cesó la horrible noche.

El humor de Garzón logra que el sujeto excluido, no representado en las decisiones de los poderes del estado tome la palabra, y esto pese a que la constitución colombiana del noventa y uno reconoce un país diverso, plagado de diferencias, aunque cortado con el racero de los intereses por la tenencia de la tierra, la inequidad y la economía de mercado ilegal. Este sujeto que vocifera en sottovoce, murmullo locuaz en la reunión vernácula, ya no  pide la palabra sino que la toma y la modula a través del humor de Garzón, y al hacerlo desarma a ese Otro (los otros) que lo denigran y excluyen. Lo más importante de esta escena es que el veneno del humor –convoco a Freud– alcanza a quién va dirigido cuando hay un tercero, un nosotros que al reír y desacomodarse certifica la eficacia del acto enunciativo de Garzón en clave de ironía, sorna, burla. El tercero, o mejor el nosotros         –ahora convoco a Lacan– es para quien el humorista busca que se le reconozca su verdad; de allí que humor es una de las formas más elaboradas y contundentes de levantar el entredicho, soltar la represión, hacer salir la rabia con toda su cólera. Digámoslo de otra manera: quien hace reír a ese nosotros en el tono que su estilo acredita, levanta la prohibición de ser libres y de poder decir lo que se desee reclamando los vejámenes, olvidos y exclusiones.

No es difícil darse cuenta que un gran humorista –y Jaime Garzón lo era de sobra– fue un chivo expiatorio, una mediación simbólica que al concentrar en el acto de su existencia la tragedia popular, al hablar por nosotros y con nosotros, paga la osadía de desafiar a los dioses de la seriedad y la muerte. En principio, estos dioses se humanizan y resisten el humor como una caricatura que pasa, comprenden la publicidad que la risa del rebaño les dona. No obstante, el humor de Garzón no pasa rápido, la memoria popular y las redes sociales están plagadas con su arsenal cómico, justamente por que la manera como puso en escena y  expresó su humor se reactualiza cada día, a veces en la imitación, otras en la deriva innovadora pero contraproducente, y casi siempre en la repetición sin ingenio.

He aquí el meollo del asunto: ¿por qué un hombre como Jaime Garzón ha tenido que hacer lo que hizo?, ¿por qué repitió el acto que hizo reír a unos y enfadar a otros aún haciéndolos reír?, ¿qué lógica unitaria y unidad de estilo lograba estructurar en su enunciación que los espectadores aplaudían, algunos a hurtadillas o detrás de una mirilla?, ¿acaso sentía placer en hacerlo? La respuesta es sí, Garzón se divertía por qué era alegre y recreativo, pero no era solo simple placer; estos epítetos no son suficientes. Jaime Garzón además era un sujeto que consolaba y además era una especie de consejero, alguien que administraba las economías del goce, ayudando a sanar la rabia de la impotencia y la cobardía. El goce es esa especie de estado sanduche entre el dolor y la satisfacción. Alguien podría decir que eso es sadomasoquismo, pues si, alguien infringe dolor al otro y de paso a sí mismo, y goza. Nada extraño: el “nosotros” goza con el dolor del Otro que también es “nosotros”. Jaime Garzón hacia reír a este país porque le dolía este país, así de sencillo. Su goce no le permitió ningún retiro. No olvidemos que el sujeto desea porque habla y usa el lenguaje en todo su espectro y porque desea algo que se le inmiscuye sin término. Esto equivale a decir que nunca se dejará de desear, de buscar y obtener ese objeto inalcanzable.

Una formula garzoniana podría rezar así: nunca se dejará de reír porque nunca se dejará de hablar y porque nunca se dejará de desear y de vivir muriendo cada día. El oxímoron es esencial, pues no hay mayor pulsión de reír y hacer reír que en una ceremonia o en funeral. ¿Cómo no convocar al mamagallista que escribió “Los funerales de la mama grande? Esos inquietantes esperpentos que ridiculizan hasta la exageración a los terratenientes y caciques de pueblo, sin olvidar los pontífices de parroquia que resuenan por vía humorística en las urbes colombianas: …ahora que el Sumo Pontífice ha subido a los Cielos en cuerpo y alma, y que es imposible transitar en Macondo a causa de las botellas vacías, las colillas de los cigarros, los huesos roídos, las latas y trapos y excrementos que dejó la muchedumbre que vino al entierro… (Los funerales de la mama grande, de Gabriel García Márquez)

Ahora bien, ¿qué es eso que se mueve y desliza en el hablar humorístico de Garzón?, ¿cual es ese objeto deseado?, ¿la felicidad, la justicia, la dignidad? En cualquier caso, el humor viene a salvar al sujeto que se hace añicos intentando comprender las leyes que no se aplican, las denuncias que no se atienden, las diarreas sociales y económicas que no paran jamás. Les parecerá escatológico esto que enuncio reiteradamente, pero es que la risa tiene que ver con el cuerpo y la carne que todo lo exuda. O si no, ¿por qué  César Augusto Londoño exclamó al final del noticiero el día en que abatieron a Garzón: “(…) y hasta aquí los deportes… ¡País de mierda!“? La inversión y exageración, lo escatológico y la materialidad de la vida se anudan al carnaval de la risa porque esta se anida y explota desde el interior mismo del cuerpo. No es gratuito que la voz popular espontáneamente exclame, después de una reunión intensa, que todo el mundo se cagó de la risa. El cólera y la cólera.

Así también lo constató Mijaíl Bajtín (1895-1975), cuando estudió la cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento, en el contexto de Gargantúa y Pantegruel de François Rabelais. Sus contemporáneos –nos dice– percibían vivamente la relación de las imágenes de Rabelais con los espectáculos populares y el carácter festivo de esas imágenes, hondamente influidas por el clima carnavalesco. La risa y su realismo grotesco acerca a los hombres en la comunidad, los solidariza; en cambio, la tragedia los aleja porque el miedo dibuja feas muecas en sus rostros. Digámoslo de una vez: ¿qué pasa cuando la tragedia motiva la risa, o mejor, cuando a través de la risa se canaliza la tragedia? Es así como hemos aprendido a celebrar la vida en este país, acostumbrándonos a su goce.

En el chiste y su relación con en el inconsciente (1905), Freud dejó escrito que lo que se dice con ingenio es más fácil que la censura lo acepte, aun cuando la burla sea extrema y la conciencia rechace estos modos. Freud habló para una sociedad de preguerra donde el diálogo todavía era posible; no obstante, llegarían las conflagraciones mundiales donde ninguna posibilidad de humor fue posible, salvo por la sonrisa cadavérica que dibuja la violencia.

Garzón sabía que mascaba un chicle contundente pero frágil, que al estirarlo se rompería, pero su compromiso fue tan hondo que lo siguió estirando. Su acto político, que era ético y expresivo, no tenía reposo. Como a los buenos caricaturistas, los referenciados y susodichos (no los desuso´s show, ni sábados felicitos) mostraban la sonrisilla que intentaba significar qué bueno, genial, me imita bien; cuando la carcajada era extrema entonces pensaban que la gente olvidaría pronto; o el cinismo de algunos que declaraban que el humor de Garzón les daba rating y los hacia incluso más famosos, terminaban agradeciéndole mientras le hacían pistola. ¿Hasta dónde la censura aguantó el ingenio de lo obsceno, agresivo, cínico, escéptico?  Sabemos la respuesta, el buen humor está sitiado, prohibido, manipulado, troceado. Aun así, el ingenio no le permitió a Jaime Garzón expresarse y comunicarse detrás de un velo sospechoso o de amparo, se opuso a que el efecto de alguna amenaza le escribiera los guiones. Su valentía y talento atrapaba en un escenario abierto todos los radicalismos, las miserias, los odios, y de paso conminaba, convocaba, invocaba –como el caudillo Gaitán lo hizo desde el balcón en clave de política seria–, a la acción, al acto vital de transformación. A los jóvenes universitarios, Jaime Garzón les decía con propiedad crítica y creativa que tomaran el destino del país; es decir, que en el ahora y aquí concretos construyeran su propia historia, que aprendieran a votar exigiendo y sin arrepentirse, que reclamaran los fraudes, que no fueran turistas de fotos en medio de las purgas políticas y culturales, que dijeran algo al  final de las matanzas, o por lo menos que no comieran ni tampoco hicieran el amor frente a los noticieros y los cientos de cuerpos mutilados que navegan como una pesadilla por las pantallas, que no se hicieran los locos frente a la radio y las noticias sobre corrupción y desenfreno del poder, que la música está más que bien, claro que si, pero si no hay dónde y con qué producirla y escucharla, entonces pa´ que zapatos si no hay casa, como dice un personaje en La vendedora de rosas, del cineasta Víctor Gaviaría.

Jaime Garzón tomó como propios los gestos de los otros, de muchos emblemáticos otros, pero no dejó de ser él mismo, no se ocultó en el disfraz, pues él era el relato primario con el cual “nosotros” nos identificamos, sencillamente porque él nos liberaba. Pocos como él, no es que no haya más, los hay y los habrá, pero Jaime Garzón no tiró la máscara de humorista crítico, la encarnó como un auténtico artista del carnaval. Y es que el carnaval resonó en Garzón porque no era una farsante del espectáculo, tampoco un actor de comedia escatológica, menos un cuenta chistes de ratos libres (no estoy demeritando ninguna de estas performances, pues cada una de estas acciones humanas cumple con un papel en el seno de la hipocresía y el miedo social). Bien sabemos que el carnaval no tiene escenario como el teatro, los espectadores no vamos a ver la representación sino que vamos a vivirla. El carnaval esta en entre el arte y la vida, ni personajes excéntricos o estúpidos ni actores cómicos, escribe Bajtín, pues los personajes de carnaval lo son para toda la vida. La risa es ambivalente, cito de nuevo a Bajtín, porque es alegre y llena de alborozo, pero al mismo tiempo burlona y sarcástica, niega y afirma, amortaja y resucita a la vez. De suerte que la risa carga una energía positiva que es esperanzadora, pero también es negativa, dado que escarba en lo real hasta la premonición.

En Francia, el semanario satírico Charlie Hebdo fue visitado de pronto por el terror de Al Qaeda que cobró la crítica contra Mahoma. Los lectores se manifestaron en silencio asumiendo el nosotros en la variante subjetiva de Yo soy Charlie. En Colombia también se estira la ambivalencia de la risotada. El senador Álvaro Uribe ataca las humoradas incisivas del Youtuber Samper Ospina que, según él, ofende su antioqueñidad, y los señala públicamente de violador de niños, para luego argumentar que fue una manera figurada de decir que con esta forma de humor se corrompe a los niños. Es un asesinato moral, dijo el Youtuber. Parece un buen chiste todo este pimpón o calumnia estratégica, como la denominaron los periodistas que firmaron la carta de respaldo al humorista político; pero hay más punto final, sin duda, los niveles de tolerancia y de manipulación en un país de intocables y reverenciados convoca a un análisis profundo. Por ahora, vale recordar los sarcasmos de Godofredo Cínico Caspa en una de sus emisiones audiovisuales: Qué orgullo patrio sentí al ver la revista esta semana que trae en la tapa al pacifista y cooperativo, dignísimo gobernador de Antioquia Álvaro Uribe Vélez. Un hombre de mano firme y pulso armado, líder que impulsa con su aplomado cooperativismo pacificas autodefensas, y él iluminado en los soles de Barú ha dado en llama convivir; así está la revista Semana, encabeza del dirigente vástago de César Gaviaría al proyectar en el escenario nacional a esta neolumera neoliberal de esta nueva época ¡caray! Es que a Álvaro le cabe el país en la cabeza, el vislumbra todo este gran país como una zona de orden público total, es decir, como un solo convivir ¡caray!, donde la gente de bien, por fin, podemos disfrutar de la renta en paz, como debe ser. Y será él, quien por fin, quien traiga a los redentores soldados norteamericanos quienes humanizarán el conflicto y harán de Uribe Vélez el dictador que este país necesita. Buenas nochesQuac!, el noticero, 1995-1997).

Garzón fue un carnavalero de las ideologías y las existencias tanto de derecha como de izquierda, por eso su humor resonó desde la polifonía y la dialogía; asumió las voces populares y reencontró las conciencias sociales de la Colombia profunda (Zoociedad, Edificio Colombia, Heriberto de la Calle, John Lenin, Godofredo Cínico Caspa, Dioselina Tibaná, Néstor Eli), e incluso de la cultura masiva (¡Quac! El noticero, La lechuza, ‘repostero’ William Garra, Inti de la Oz). Intentó que no se le quedara nadie, ni en el poder político y religioso, ni en la industria y el comercio, menos en las instituciones gubernamentales o las autoridades paraestatales. Tenia miedo, se le notaba en su afán por decirlo todo, porque la risa no terminara en su feedback con las audiencias; que duda cabe, fue nuestro inconsciente reprimido.

La pedagogía festiva de Garzón fue útil para aclarar por qué la cultura popular y masiva van de la mano, por qué negocian significados, sostenibilidad y protagonismo. Por su experiencia sabía que no son lo mismo, había sido alcalde, líder cívico, activista de izquierda, periodista, teatrero, politólogo, difusor de la constitución ante los indígenas, profesor normalista, gestor de paz y otros oficios. Lo masivo es repetitivo, cliché, pulsional, comercial-consumista, hace creer que habla por el otro, miente al construir una imagen con tal de mantener el rating; lo popular es creativo, liberador cuando no es distorsión vernácula, su saber es re-existente y dignificante de la subalternidad y, aunque también es comercial por su engarce con las industriales culturales, satisface, compensa lo invertido y adquirido. Claro, esto es más complejo, porque cuando los poderes políticos y económicos intervienen, tanto lo popular como lo masivo terminan sometiendo sus fuerzas creativas a lo elitista y atávico. Es así como aquello que no engrana se pule para que se adapte a la maquinaria, de lo contrario se mutila o se aniquila a nombre de los enemigos de la patria y los focos subversivos. Dice Hollman Morris que a Garzón lo mató primero la propanga negra, esa operación psicológica que lo convirtió en farsante, rico ilícito y peligroso; la propaganda negra lo advierte y lo supone ya muerto, luego llega el paramilitarismo y justifica su asesinato. Todos los demás, los anteriores y los posteriores, identificados o no, serán siempre estigmatizados; falsos positivos, sería uno de esos modos.

Qué duda cabe, los personajes de Garzón, sus voces y conciencias fueron espejos que nos confrontaron al abismo de lo Real, pues la enunciación de su humor siempre dejaba entrever ese abismo que hervía a su alrededor, pues señalaba con el doble sentido el miedo a la libertad, la burla en la imagen intervenida por la analogía, la hipérbole, el quiasmo o el oxímoron; a los criminales y corruptos los amenazaba con risa, los desarmaba con gestos mordaces. Es que el miedo a Garzón no era por su gesta política en cuanto tal, sino a su penetrante humor que terminó alojándose en las aulas y patios universitarios, en los bares, las calles y sitios públicos, en las alcobas familiares, las mismas en donde se fraguaban las listas negras. La risa que se disparaba en nosotros a partir del uso de la lengua no ocultaba el goce que delata que más allá del imaginario humorístico (que parece farsa o invención ingeniosa) y del relato simbólico de la denuncia y la propuesta de una salida como relato de esperanza para este país, estaba Lo real de la violencia, ese caos imposible de controlar y por ello mismo de significar, esa pesadilla social que nos anuda a la ignorancia y la barbarie.

¿Acaso no es esto lo que  nos atraía en sus intervenciones Jaime Garzón?, ¿no es en la lengua y sus estrategias creativas como nosotros intentamos gozar nuestra propia falta, nuestro miedo? Tenemos la certeza del mismísimo Freud, aquella que invocaba a los poetas, dado que el lenguaje transforma al individuo comenzando por su cuerpo, sus necesidades y sus afectos. Fue en esa fascinación de escuchar/ver a alguien que en múltiples tonos y diversas posturas transportaba con lucidez el mismo relato, y resonaba así: si ustedes no hacen nada acabaran mal, si no actúan y defienden lo suyo acabarán mal; y lo más conmovedor: aunque se rían con lo que yo les re-presento, de todas maneras acabarán mal? Desde luego deseo que acabemos bien, pero es un hecho que todavía estamos mal: después de la firma de los acuerdos de paz los asesinatos a líderes campesinos, comunales y de derechos humanos continua. La consigna de las autodefensas delante de la población cuando asesinaron a Nido Dávila en la zona rural de Nariño fue: “matar a todos los que vienen a hablar de sustitución y a todos los campesinos que estén de acuerdo con es eso de la sustitución”. Es claro que la disputa continua por los territorios del narcodolar. Ninguna otra razón se esconde detrás de la estigmatización de subversivos y apátridas. Fue así como a Jaime Garzón se lo investiga por su ayuda humanitaria a los secuestrados y por su defensa al proceso de paz, tanto que tuvo que contestarle al comandante del ejercito Mora Rangel, quien pidió al zar antisecuestros investigar la participación del humorista: General, no busque enemigos entre los colombianos que arriesgamos la vida a diario por construir una patria digna, grande y en paz, como la que quiero yo y por la que lucha usted (6 de mayo de 1998).

Necesitamos más garzones, más niños lúcidos (“garçon” en francés es niño) que rían y nos hagan reír en medio de la incertidumbre y camino a la madurez del respeto por las diferencias, el declive de la impunidad y la consolidación de la justicia social.

De suerte que el humor político de Garzón atraviesa la cólera y el cólera, no únicamente porque nos puso al límite de lo real del asesinato y las desapariciones, al límite de las denuncias y del lenguaje en sus torsiones creativas, sino también frente al cuerpo de carne y hueso que huele y envejece; es decir, nos puso frente a la vida, frente al goce de un trauma que se nos volvió pulsional, repetitivo e innombrable. Hemos buscado desde el odio la paz por años, ahora tenemos la posibilidad de acabar algunos conflictos radicales, pero el odio reaparece debajo de la voz colérica que dice no aceptar la paz a ningún precio, como si hubieran ofertas de paz distintas a ese radical no nos matemos más. No se negocia paz sino con los enemigos.

La confesión de Garzón antes de su deceso es el estoque final: Me van a matar, hasta mañana tengo plazo de vida. Espero haberles transmitido la experiencia de lo Real, el saber qué va a pasar pero no hacemos nada, como en Crónica de una muerte anunciada del mamagallista mayor Gabriel García Márquez, o en la película Técnicas de duelo: es una cuestión de honor (1988) de Sergio Cabrera, director de cine tan irónico como humorístico. En el film de Cabrera todo el pueblo sabe que el carnicero y el profesor se van a matar en la plaza del pueblo a medio día, pero nadie hace nada, es más, el pueblo se acerca en corrillo a contemplar el espectáculo hasta que los contendores se abrazan y deciden matarse de la risa; pero claro, no hay que olvidar al niño Vladimir Oquendo que queda traumatizado, pues uno de ellos dice ser su padre y el otro es su profesor que parecer ser también su padre, pues la pelea es por Miriam, la esposa del carnicero.

En homenaje a Jaime Garzón y a quienes reflexionaron mientras se reían con él, espero que sepamos qué hacer con este proceso de paz o posconflicto, al fin  y al cabo es nuestra compasión, en el sentido de compartir la pasión del otro, su dolor para amilanar el odio, porque la violencia que es lo real no lo podremos arrancar de nuestras muecas. La grandeza de nosotros puede estar en aprender a canalizar esa violencia hacia el relato poético y narrativo del humor que se convierte en amor, en un proyecto político común y fraterno, porque como lo reseñó Marisol Garzón, la hermana de nuestro humorista, que hoy esta entre nosotros: él no es sólo mi hermano, es el hermano de todos.

 

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