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La carroza “El Colorado” del maestro Ribert Insuasty y la historia de Pasto

Por: Enrique Herrera Enriquez.

Al iniciar este nuevo año, Pasto y su gente celebraron con alborozo sus tradicionales carnavales de Negros y Blancos, siendo gratamente sorprendidos por la belleza no únicamente de las carrozas en el magno desfile del 6 de enero sino por todos y cada uno de los temas que se presentaron en sus diversas modalidades. De manera indiscutible la carroza “El Colorado” del Maestro Carlos Riberth Insuasty Ruiz llamó la atención de los espectadores siendo seleccionada como la indiscutible ganadora. Como el tema de que trata tiene que ver con los macabros acontecimientos del 24 de diciembre de 1822 en que Pasto y su gente fue sometida a sangre y fuego por las huestes del general Antonio José de Sucre atendiendo órdenes expresas de Simón Bolívar, trataremos a continuación aspectos pertinentes al respecto.

Denominase la macabra “Navidad Negra” de Pasto a la triste y tenebrosa navidad del 24 de diciembre de 1822, cuando la ciudad y su gente fue objeto de un ataque inmisericorde a sangre y fuego por parte de las tropas al mando del general venezolano Antonio José de Sucre. Es un trágico episodio que los pastusos raizales no podemos olvidar por cuanto en ese día y los que siguieron no se tuvo consideración alguna para con su gente, situación que ha sido muy bien interpretada por el Maestro Riberth Insuasty en la carroza ganadora del magno desfiles del carnaval de Pasto del presente año.

El 24 de noviembre de 1822, las tropas de Sucre sufren una derrota inesperada en Taindala, obligándolos a retroceder hasta Túquerres para esperar nuevos refuerzos de Quito, los cuales llegaron a mediados del mes de diciembre con mil hombres más integrando los batallones “Vargas”, “Bogotá” y “Milicias de Quito” que venían al mando de experimentados militares como José María Córdoba, Hermogenes Maza y Jesús Barreto.

El combate de Tailanda preocupó a la gente de Pasto por cuanto se supo cómo se estaba preparando una nueva arremetida contra la ciudad que obligaba a defenderse tal cual se tuvo que hacer en años anteriores defendiendo su histórica autonomía. Los tres mil hombres de Sucre marchan a la vanguardia con el “Rifles” que pidió ese espacio para reivindicar su actitud nada clara en la pasada contienda de Taindala. Los pastusos estaban parapetados en los riscos del Guáitara esperando alcanzar un nuevo triunfo que al percatarse de la imposibilidad de lograrlo por el gran número de sus contrincantes, retroceden no sin antes destruir el puente sobre ese el rio. Sucre ordena en medio del fuego la reposición del puente y avanza combatiendo cuanto al frente encuentra.

Dos días previos a la navidad, Sucre descansa en Yacuanquer en tanto espera el cruce del resto de sus tropas por el improvisado puente. En la madrugada del 24 de diciembre de 1822, el general venezolano ordena marchar sin ninguna espera para Pasto, avanza arrasando cuanto se presenta en su camino, es una guerra sin cuartel, a campo abierto. El general José María Córdoba con el batallón “Bogotá” va por la derecha, el “Rifles” y el resto de la tropa lo hace por el centro, en tanto el venezolano Benito Boves al observar el alto número de combatientes que tiene al frente, se acobarda, retrocede llevándose consigo a un grupo de soldados foráneos que salen corriendo hasta perderse por sectores de La Laguna para introducirse al Putumayo y no saberse nada nunca más de ellos, dejando comprometida a la gente de Pasto que tendrá que darlo todo para evitar ser destruidos como es la pretensión de los ejércitos republicanos.

El combate es cada vez más sangriento para la gente de Pasto que ha salido a rechazar la invasión, Agualongo se bate con fiereza al lado del “Escuadrón Invencible”, sabe que al igual que otras veces Pasto y su gente han quedado a su suerte y esta vez no le acompaña favorablemente ante la deserción del venezolano Boves y su gente. Las tropas enfurecidas de Sucre entran a Pasto sin dar cuartel, tumban la imagen de Santiago que carga en andas la gente tratando de evitar el criminal asalto, saliendo automáticamente del combate, se sacrifica a hombres, mujeres, niños y ancianos, no hay conmiseración para nadie así sea día de Navidad o Noche Buena, por eso ni templos, ni conventos son de protección ante las encolerizadas tropas republicanas.

El historiador Leopoldo López Álvarez afirma: “Ocupada la ciudad, los soldados del batallón “Rifles” cometieron toda clase de violencias. Los mismos templos fueron campos de muerte. En la iglesia Matriz le aplastaron la cabeza con una piedra al octogenario Galvis, y las de Santiago y San Francisco presenciaron escenas semejantes”. El ahora general republicano José María Obando, refiriéndose a este macabro espectáculo dice al respecto: “No se sabe cómo pudo caber en un hombre tan moral, humano e ilustrado como el general Sucre la medida, altamente impolítica y sobre manera cruel de entregar aquella ciudad a muchos días de saqueo, de asesinatos y de cuanta iniquidad es capaz la licencia armada; las puertas de los domicilios se abrían con la explosión de los fusiles para matar propietario, al padre, a la esposa, al hermano y hacerse dueño el brutal soldado de las propiedades, de las hijas, de las hermanas, de las esposas; hubo madre que en su despecho, salióse a la calle llevando a su hija de la mano para entregarla a un soldado blanco antes que otro negro dispusiese de su inocencia; los templos llenos de depósitos y refugiados fueron también asaltados y saqueados; la decencia se resiste a referir por menor tantos actos de inmoralidad ejecutados para un pueblo entero que de boca en boca ha trasmitido sus quejas a la posteridad”.

Duele, atormenta, da rabia, se siente cual si estuviésemos siendo testigos presenciales de la masacre de aquel 24 de diciembre de 1822 y subsiguientes días en Pasto; el dolor que se expresa leyendo el anterior texto del general Obando nos conmueve y duele saber cómo se trató a la gente de Pasto, a la población civil particularmente. Siete batallones desplegándose por todas sus calles, sus plazas, con sus fusiles calados con la bayoneta dispuestos a matar a quien encuentren, sin que importe que sea mujer, niño o anciano. Los templos, las capillas, los conventos, nada sirven de refugio. Se viola a las doncellas, se mata a la abuela, a los abuelos, los niños son lanzados al aire para ser luego recibidos ensartados en dagas o lanzas. El crimen continua, se pasea orondamente por tres y más días que se plasma, se trascribe en páginas escritas por quienes vivieron o estudiaron detenidamente los macabros episodios del 24 de diciembre de 1822, que continuamos analizando a través de los escritos que han llegado hasta nosotros.

La noche buena, la navidad, se volvió tenebrosa, cruenta, inimaginable para una gente tan católica y creyente como la de Pasto que tuvo que soportar por tres y más días el saqueo, la violencia, los crímenes de toda una soldadesca libres de hacer cuanto a bien tengan, ávidos de sexo y fortuna. Fue una trágica y macabra navidad negra donde algo más de ochocientos cadáveres e innumerable de heridos, quedaron esparcidos entre las calles, plazas, templos y casas de la ciudad que pagaba así el derecho a disentir, a ser autónomos, a vivir en libertad de pensar y actuar de acuerdo a sus principios y en contra de la violencia con que se la trataba. La ciudad ardía en llamas por sus cuatro costados, en tanto la soldadesca buscaba y se llevaba cuanto de valor encontraba, acribillando a cualquier ser humano que se presentaba a su vista. Fue una verdadera carnicería que con horror presenció la martirizada población en aquella navidad y días subsiguientes, por eso con dolor el historiador Ignacio Rodríguez Guerrero manifiesta: “Nada es comparable en la historia de América, con el vandalismo, la ruina y el escarnio de lo más respetable y sagrado de la vida del hombre, a que fue sometida la ciudad el 24 de diciembre de 1822 por el batallón “Rifles”, como represalia de Sucre por su derrota en Taindala un mes antes, a manos del paisanaje pastuso armado de piedras, palos y escopetas de caza.”

A ciento noventa y cinco años de la toma militar de Pasto a sangre y fuego por parte de las tropas que comandaba Antonio José de Sucre, aquel 24 de diciembre de 1822, consideramos oportuno traer a referencia una pequeña serie de comentarios que respecto a este macabro acontecimiento han escrito diversos autores, unos muy allegados y defensores acérrimos de la actitud criminal de Simón Bolívar y sus demás generales contra Pasto, por aquello que suelen decier: Así es la guerra, y otros más imparciales. Pero es lo cierto que los unos y los otros no pudieron ni se podrá ocultar el acto criminal que se cometió contra una población civil indefensa y desarmada, donde mujeres ancianos y niños corrieron la suerte de morir atravesados a cuchillo o la metralla incendiaria dio cuenta de estos mártires de la resistencia pastusa.

Es de recalcar que nuestra censura, nuestra crítica contra las tropas que comandaba Sucre a nombre de la autoridad ejercida por el general Simón Bolívar como Presidente de Colombia, es haberse metido a sacrificar y asesinar a la población civil de Pasto sin que exista discriminación alguna, como se podrá observar en los comentarios que trascribimos a continuación para mayor información al respecto.

Hemos escuchado la lectura de algunos pronunciamientos de personajes que como el general José María Obando al servicio del ejercito republicano, describe con destreza los macabros sucesos de aquella navidad sangrienta del 24 de diciembre de 1822 cuando Pasto y su gente es tomada a sangre y fuego por los ejércitos al mando del general Antonio José de Sucre, obedeciendo expresas ordenes de Simón Bolívar. De no ser por estos documentos y los que vamos a continuación a dar lectura, resulta muy difícil entrar a comprender como los republicanos ejecutaron tantos crímenes en contra de una población que tenía como delito el de defenderse de los ataques que era objeto por expresar su libertad y autonomía ante el gobierno de los republicanos presididos por el general venezolano Simón Bolívar. Entremos entonces a analizar estos nuevos pronunciamientos que describen la crueldad de aquellos tristes y dolorosos acontecimientos del 24 de diciembre de 1822 muy bien interpretados por la carroza El Colorado del maestro Riberth Insuasty.

INTERVENCIÓN DE ENRIQUE

SEGUNDA LECTURA.

Alberto Montezuma Hurtado, manifiesta: “bajo la vista inexplicablemente gorda del general Sucre, los vencedores se entregaron al saqueo de la ciudad, distinguiéndose por sus atrocidades el famo¬so batallón Rifles, con su jefe Arturo Sanders a la cabeza. Sobre los hechos no existe un solo recuerdo, amargo o descomedido, no hay tampoco un solo comentario, que hiciera éste al respecto”. Se refiere al silencio que guardaran tanto Sucre como director material del criminal acontecimiento, y el propio general Simón Bolívar que calló ante cuanto observara cuando hace su ingreso a la martirizada ciudad días después, concretamente el 2 de enero de 1823.

De don José Manuel Groot, escritor e historiador colombiano, dice al respecto: “Las tropas irritadas con la obstinada guerra que les hacían los pastusos, saquearon la ciudad y el general Sucre hubo de permitírselo”.

Del general Tomás Cipriano de Mosquera: “El encono del batallón Rifles por el rechazo que sufrió en Taindala en el mes anterior, le hizo ser cruel y no dio cuartel, de lo que provino que murieran más de cuatrocientos hombres, mien¬tras que los cuerpos del gobierno nacional solamente tuvie¬ron seis muertos y cuarenta heridos. El general Sucre tuvo que restablecer la disciplina y sujetar al Rifles, poniéndose a la cabeza del batallón Bogotá. Este castigo cruel que sufrieron los pastusos produjo que la guerra durara dos años más”.

José Manuel Restrepo, historiador coetáneo de los acontecimientos y profundo admirador de Bolívar y su ejército dice al respecto: “Después de hora y media de combate los facciosos –léase los pastusos- fueron derrotados completamente en todos los puntos. Los dispersos huyeron, unos con Boves hacia las montañas de Sibundoy, camino del Amazonas, y otros al Juanambú, a fin de ampararse en el desierto de El Castigo”.

“En el acto fue ocupada la ciudad, en la que solo hallaron las monjas y unas pocas mujeres acogidas al convento – se refiere al de Las Conceptas- . Los hombres habían huido todos llevándose las armas. Desgraciadamente la ciudad fue saqueada por las tropas vencedoras, irritadas sobremanera por la obstinada resistencia que habían hecho sus habitantes”.

“Los pastusos tuvieron cerca de ochocientos muertos en los diferentes combates, y se les tomaron muy pocos prisioneros a causa de la vigorosa terquedad con que se defendían. Por una rara fortuna, el General Sucre perdió solo ocho muertos y treinta y dos heridos.”

“Pasto fue entregada al soldado, no hubo domicilio que no fuera violado y robado. Sediento de sangre buscaba la víctima en quien saciar sus ímpetus salvajes y la que encontraban la dejaba muerta en el puesto. Toda la noche buscó víctimas, aun con la aquiescencia muda de sus jefes”

El general Daniel Florencio O’Leary, secretario privado de Simón Bolívar, siendo como es obvio suponer su hombre de confianza, dice al respecto: “En la horrible matanza que siguió soldados y paisanos, hombres y mujeres, fueron promiscuamente sacrificados”. Es decir no hubo discriminación alguna, toda persona que se atravesase en su camino era muerta de manera inmediata, sin formula de juicio.

El historiador José Rafael Sañudo, manifiesta: “Lo que pasó después fue una iniquidad que no puede perdonar la historia. Los soldados vencedores penetraron a la ciudad ebrios de sangre y empezaron a matar a todo el que oponía la más mínima resistencia o se lo encontraba con un arma en la mano. Como muchos de los habitantes se habían encerrado en sus casas y echado el cerrojo, empezó la obra de destrucción de hacer volar en astillas las puertas y ventanas para buscar a los milicianos o los haberes de las familias saqueadas, sin perdonar las vidas. No se perdonó a las mujeres, ni a los ancianos ni a los niños, aunque muchos se habían refugiado en los templos o iglesias. En la de San Francisco (hoy Catedral de Pasto) joya de arte colonial por sus altares y por la riqueza de sus paramentos, los Dragones penetraron a caballo y cometieron los más horribles excesos en las mujeres que allí se habían acogido; del robo solo se libraron los vasos sagrados que horas antes se habían puesto a buen recaudo. La nochebuena de ese año fue para los pastusos una negra noche de amarguras. Una Navidad sangrienta, llenas de gritos de desesperación, de ayees de moribundos, de voces infernales de la soldadesca entregada a sus más brutales pasiones. Imposible narrar todos los horrores en esa que debía ser “Noche de paz, Noche de amor”. Se entregaron los re¬publicanos a un saqueo por tres días, y asesinatos de indefensos, robos y otros desmanes hasta el extremo de des¬truir como bárbaros al fin, los archivos públicos y los libros parroquiales, cegando así tan importantes fuentes histó¬ricas. La matanza de hombres, mujeres y niños se hizo aunque se acogían a los templos, y las calles quedaron cu¬biertas con los cadáveres de los habitantes, de modo que “el tiempo de los Rifles” es frase que ha quedado en Pasto para significar una cruenta catástrofe.

Del doctor Roberto Botero Saldarriaga, historiador antioqueño, presidente que fue de la Academia de Historia de Colombia, dice: “Al combate leal y en terreno abierto sucedió una espantosa carnicería: los soldados colombianos ensoberbecidos por la resistencia, degollaron indistintamente a los vencidos, hombres y mu¬jeres, sobre aquellos mismos puntos que tras porfiada bre¬ga habían tomado. Al día siguiente, ochocientos cadáveres de los desgraciados pastusos, hombres y mujeres, abando¬nados en las calles y campos aledaños a la población, con los grandes ojos serenamente abiertos hacia el cielo, parecían escuchar absortos el Pax Ómnibus, que ese día del nacimiento de Jesús, entonaban los sacerdotes en los ritos de Navidad”.

Del historiador bogotano, don Pedro María Ibáñez: “Aquella población fue tratada por los soldados de Sucre como país enemigo; sacri¬ficaron sin piedad a los valientes y obstinados guerrilleros y apagaron con esos triunfos la terrible insurrección. Sucre y sus denodados oficiales llenaron bien la fácil misión que el Libertador (Bolívar) les había confiado. Córdoba obtuvo como premio de sus servicios en Pichincha y en aquella campaña el grado de General de Brigada. El General Bartolomé Salom queda de jefe militar de Pasto y el General Córdoba fue destinado a Popayán, con el cargo d Jefe de Estado Mayor del Ejército”.

Edgar Bastidas Urresty, Miembro correspondiente de la Academia de Historia de Colombia, refiere que: “Estos bárbaros excesos se cometieron estando vigente el armisticio del 25 de noviembre de 1820, firmado por el propio general Sucre, como delegado del Libertador, y los comisionados españoles en la ciudad de Trujillo, en la misma casa donde años atrás Bolívar firmara su extraño decreto de “Guerra a muerte a los españoles y canarios”.

El historiador Emiliano Díaz del Castillo, dice al respecto: “Los 3.000 soldados victoriosos de Sucre, mataron en las calles a cuantas personas encontraron, sin distinción de sexo ni edades; con las culatas de sus rifles rompieron las puertas de las casa, entraron y asesinaron a ancianos, mujeres y niños, se robaron las vajillas de plata, las joyas y cuanto objeto de valor encontraron. No respetaron los templos, violentaron la puerta del templo de San Francisco (hoy la catedral de Pasto), entraron a caballo y con las mujeres que allí se habían refugiado cometieron atrocidades que la decencia impide relatar. Robaron de las iglesias o templos los objeto de valor, a la imagen de la inmaculada Concepción de la Iglesia Matriz de San Juan Bautista, conocida también como la Danzarina de Legarda, le arrebataron las alas de plata con incrustaciones de perlas preciosas, arrancaron de los altares las láminas de plata que los adornaban y todo se llevaron en cajones que cargaron en bestias mulares, en ellas transportaron el fruto de su rapiña para la posterior distribución entre oficiales y soldados”.

“Se destacaron por la violencia y los crímenes los soldados del Batallón Rifles, así cobraron el dolor y la vergüenza de su retirada en la Batalla de Bomboná y las humillaciones en el puente del Guáitara y en Taindala. ¡El saqueo fue completo! Que murieron solo 6 soldados de Sucre prueba que no encontraron resistencia, en la ciudad solo estaban los ancianos, las mujeres y los niños. Boves, el advenedizo venezolano, huyó, los milicianos escaparon a sus pueblos, los pocos del pueblo raso de Pasto se encerraron en sus casas, por ello los soldados de Sucre entraron a la ciudad sin encontrar resistencia y asesinaron a cuantas personas encontraron en las calles, encerradas en sus casas o que habían buscado asilo en las iglesias o templos.”

“Hechos como estos-dice Emiliano Diaz del Castillo- no se encuentran par en la historia de América, superan con mucho, con mucho por su crueldad a las maldades de los piratas en sus asaltos a Cartagena de Indias. Esa fue la Navidad Trágica de Pasto que la tradición y los documentos describen”.

El historiador ecuatoriano Roberto Andrade, refiere así el acontecimiento: “El general Antonio José de Sucre, penetró en Pasto, combatiendo horriblemente. El pueblo sacó la imagen de Santiago, con la esperanza de que éste le ayudara a resistir: fue pisoteado, en la lucha, desde que comenzó la derrota, y el pueblo le gritaba: ¡Traidor! ¡Traidor!”

El historiador Alfonso Ibarra Revelo, dice: “llega la noche y los soldados enfurecidos de Sucre entran a la ciudad desesperadamente sin control alguno se riegan por sus calles matando al que encontraban y penetraban a las casas en busca de gente y alimentos, sin dejar por eso de hacer cuanto abuso desmedido podían cometer. A bala y a empujones eran abiertas las puertas de los domicilios y no había quien se resistiera ante tan numerosas fieras humanas y desatadas en un pueblo sojuzgado por los soldados republicanos. Y allí fue cuando el desenfreno se lo vio extender toda su capacidad violatoria. El libertinaje era entonces su acomodo natural para unos soldados entregados siempre a la matanza y el asesinato sin justa causa. Violación y estupro en demostración de un desbordamiento salvaje del instinto sexual, robo de cuanto objeto valioso encontraban, destrucción de muebles y enseres domésticos, etc, etc, todo estaba permitido en su saña vengativa, pues, la consigna era exterminar ese pueblo obstinado que siempre había sido un peligro para la república”.

“La noche buena de Pasto, en esa época se volvió una noche trágica, el llanto, los gritos, la desesperación llenaban el ambiente y la muerte extendía su guadaña feroz a toda libertad. Imposible narrar tanta atrocidad cometida durante varios días consecutivos, donde la furia, la venganza, la saña, la lujuria, la sevicia, la destrucción, el robo y todos los horrores humanos, se dieron rienda suelta en el único pueblo de América donde se respetaba el amplio sentido de la lealtad”.

Un documento de la época dice de manera categórica: “Que el soldado brutal no perdonó en las 26 horas del desorden, ni templos, ni sacerdotes, ni la inocencia, estuprando multitud de niñas de 10 años para arriba, viudas, casadas y todo género de mujeres. Que pasaron a los pueblos e hicieron otro tanto con las indias, por lo los indios han abandonado sus hogares, y se han retirado a lo más espeso de las montañas”.

En su parte de guerra, el general Sucre no menciona el saqueo de la ciudad: explica las diversas operaciones precedentes, recomienda al teniente coronel Wright, a co¬roneles graduados, a los capitanes Fergusson y Brown, en espera de que el jefe de estado mayor le indique otro más, y termina así: “Mi edecán, el teniente coronel Chiriboga, que pondrá en manos de VS., esta comunicación, tendrá el honor de presentar a S.E. el Libertador la bandera tomada a los enemigos, que formaba su señal de rebelión”.

Todo, absolutamente todo, cuanto hemos dicho está basado en documentos de gran credibilidad porque, no solamente se ha traído los escritos de quienes han censurado la actitud de los ejércitos de Sucre siendo ampliamente contrarios a su proceder, también lo hemos hecho con los escritos de personajes que han defendido la actitud de Sucre y de Bolívar para con la gente de Pasto, manifestando que fueron cosas de la guerra. Es lo cierto que uno y otros coinciden en admitir que Pasto y su gente en aquel 24 de diciembre de 1822, sufrió una arremetida cruel y criminal, sanguinaria y alevosa, macabra, siniestra que no se puede ocultar ni menos desconocer o ignorar.

Si alguien dudase de la responsabilidad del General Bolívar frente a la amarga situación planteada en Pasto, veamos que dice él al respecto en carta suscrita el 28 de diciembre de 1822 desde Ibarra, por intermedio de su secretario J.G. Perez al general Juan Paz del Castillo: “Tengo la satisfacción de participar a ud. la destrucción completa de la facción de Pasto. El 23 del presente el señor general Sucre los batió desalojándolos sucesivamente de las inabordables posiciones que median entre el Guáitara y la parroquia de Yacuanquer. Desde el amanecer de aquel día hasta las seis de la tarde en que nuestras tropas ocuparon a Yacuanquer, duro combate. La operación fue tan bien acertada como audaz y felizmente ejecutada. El enemigo fue atacado de frente y de flanco y completamente envuelto. En esta situación huyó despavorido y sin concierto. Así terminó la destrucción de Pasto, y su excelencia, que ahora mismo marcha para allí, tomara medidas tan eficaces que ponga a los pastusos fuera de la posibilidad de alentar la esperanza de insurreccionarse…”

El 30 de enero de 1823, Bolívar escribía a Santander manifestando categóricamente: “El famoso Pasto, que suponíamos tan abundante de medios, no tenía nada que valiera un comino; ya está aniquilado sin mucho empeño…”. Que se podía esperar de un pueblo que fue sometido tan cruelmente por parte de un criminal ejército que no tuvo consideración alguna para con nadie, como hemos visto en las expresiones que se ha traído a referencia.
El general Francisco de Paula Santander, celebra desde Santafé de Bogotá el genocidio perpetrado en Pasto cuando en carta que suscribe el 6 de febrero de 1823, le dice a Bolívar: “Sucesivamente he recibido tres cartas de ud.: una del 13 de noviembre de Quito, muy poco agradable, por cuanto usted hablaba sin tener a Pasto pacificado; otra del 8 de enero desde Pasto, en que me dice el resultado de la expedición y sobre todo la severidad con que se ha castigado a ese pueblo rebelde, cosa que me parece excelentísima como necesaria e indispensable; y la tercera del 14 en marcha a Quito, que contiene expresiones halagüeñas, ideas lisonjeras y esperanzas agradables…”

Por cuanto hemos visto a través de los documentos que se han trascrito de aquel 24 de diciembre de 1822, marcó el comportamiento de la gente de Pasto frente a los republicanos. Ningún pueblo en el la historia del mundo podría tener comportamiento diferente al que tomó Pasto y su gente después de la masacre de que fue objeto, tanto así que hasta los más comprometidos con defender el proceso de independencia en nuestro país, reconocen de los excesos de fue objeto un pueblo que gozaba de una autonomía económica, autarquía, gracias al abastecimiento de todos los productos agrarios que hacían los poblados del valle de Atriz y los circunvecinos de Funes, Sandoná y Buesaco. Se tenía y tiene todos los climas.

Concluyamos estos trágicos episodios para con la gente de Pasto con la carta escrita por Bolívar a Santander desde Potosí, Bolivia, el 21 de octubre de 1825 cuando dice: “Los pastusos deben ser aniquilados, y sus mujeres e hijos transportados a otra parte, dando aquel país a una colonia militar. De otro modo Colombia se acordará de los pastusos cuando haya el menor alboroto o embarazo, aun cuando sea de aquí a cien años, porque jamás se olvidaran de nuestros estragos…”

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