La crisis como oportunidad

Aníbal Arévalo Rosero

Esta crisis que está viviendo el mundo nos cogió distraídos; nadie se atrevía a afirmar que lo que se inició en la ciudad de Wuhan, en la China, pudiera extenderse hasta los lugares más recónditos del mundo. No conozco los vaticinios de alguna pitonisa que se haya atrevido a anunciar este fenómeno que se ha convertido en una “Guerra Mundial”. No obstante los perjuicios colosales que esto causa, nos deja una valiosa lección que con el tiempo sabremos capitalizar sabiamente.

Indudablemente el mundo ya no será igual, nos habremos graduado de ciudadanos sabios y precavidos. La historia dirá que miles de personas fallecieron infectadas por un agresivo virus que mutó para intentar destruir a la humanidad, como siempre se ha temido. Pero también la historia dirá que China y Estados Unidos sacaron sus propias vacunas para combatir este mal.

La más importante de las lecciones que nos deja esta crisis es que el ser humano cometió el más atroz de los pecados: arrasar con la naturaleza y provocar el calentamiento global. El origen de este virus está precisamente en el calentamiento global que está alterando el hábitat de los animales, teniendo en cuenta que trastorna su modo de vida y la cadena de alimentación.

Por otra parte, la concentración de la población mundial en grandes conglomerados; el caso de China es el más notorio siendo el país más poblado y con la más alta densidad poblacional que propicia ambientes mal sanos con altos niveles de contaminación, presencia de roedores que transportan bacterias y virus que buscan su sobrevivencia en los seres humanos y mutar para volverse más resistentes.

Además, los individuos estamos jugando de locales en cualquier parte del mundo; con gran facilidad miles de personas realizan viajes internacionales que se han visto incrementados en 13 por ciento desde 1970 hasta el momento. Por esta razón los virus también se propagan con suprema rapidez.

Una vez decretada la emergencia sanitaria, nos damos cuenta que las ciudades de todo el mundo están experimentando una descontaminación. Las grandes factorías se cerraron y con ello dejaron de emitir a la atmósfera miles de toneladas de gases de efecto invernadero. Igual acontece con los aviones, barcos, automóviles y maquinaria pesada que hacen un inmenso aporte en material particulado que ocasiona el calentamiento global.

Esto mismo hizo que se cayeran los precios del petróleo, pues, con la cuarentena decretada en varios países, se demostró que el petróleo no debe ser una prioridad sino que los alimentos y el agua potable son indispensables para la subsistencia humana.

Igualmente, en materia de salud nos damos cuenta que la prevención es la mejor cura, no dejar avanzar la infecciones, evitar el pánico, asumir conductas de profilaxis en todo sentido. Pero también, nos ha permitido darnos cuenta que tenemos un sistema de salud muy débil que no está preparado para afrontar una emergencia como la que estamos viviendo.

Así mismo, nos damos cuenta que, en estos momentos de crisis, cuando todo el mundo está confinado en sus hogares, aflora la creatividad para mantener distraída la mente. Muchos se dedicaron a la lectura, a la narración de cuentos, a almorzar en familia. Pero sobretodo, las personas hemos echado mano de una de las medicinas que lo cura todo o, al menos, se convierte en un bálsamo para muchos: la solidaridad. La peor tragedia sería la falta de solidaridad.

Hemos tenido la oportunidad de convertirnos en expertos ‘virólogos’. Cuantos videos, imágenes, textos y explicaciones que nos han llegado a través de las redes sociales sobre los virus. Si nos preguntan ya sabemos dar respuesta a la manera cómo se transmiten los virus.

También hay quienes escriben textos muy inspirados y los que hacen oraciones y se entregan a una vida espiritual. Bienvenidas las crisis porque aflora la creatividad, la inventiva y nos vuelve resistentes para las crisis furas. Cada crisis es un simulacro para la siguiente. Benditas sean las crisis porque forjan nuestro carácter.

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